26/07: EL ARCA del Sur Nº 145 - Mayo de 2008
Category: EL ARCA del Sur Nº 145
Posted by: elarca
Infancia
Mis construcciones de madera
cubrían el mundo.
Mullida gramilla a mis pies
arriba el cielo en sus asuntos.
Yo construía mis refugios desde
la aspereza, jugaba a no se qué
seguramente a algo no muy ajeno
a escribir poemas,
a extraer de lo poco lo mejor.
Cuando al caer la tarde los mayores
me llamaban a casa, obedecía
perfumado de hierba y de sudor,
me parecía a las estrellas
del vecindario.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bioniktv.com
Los niños que faltan
“Hay niños que no encuentran al hombre, caen antes, / se van sonrisa abajo, muerte abajo, se pierden / entre lo destituido que cae y se disgrega...” Los versos de Tejada Gómez vuelven a ser verdad, una dolorosa verdad, en su propia provincia. Porque en la tierra del sol y del buen vino, la de los troperos cantores y las maestras que madrugaban, uno de cada cuatro niños deja la escuela, deja el colegio o bien se cae, por alguna razón, del sistema educativo. La estadística mendocina no es peor que la que nos llega de La Rioja, de Chubut, de Catamarca o la provincia de Buenos Aires. Más de un millon de chicos –dice el registro oficial– fracasa cada año en las escuelas primarias y secundarias del país. La mitad de los adolescentes que ingresan al secundario –nos informa el Ministerio de Educación nacional– no lo termina. “Hace 30 años –manifestó a la prensa Pablo Pineau, de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación– cuando la escuela expulsaba, había un sistema que incluía: el mercado laboral. Actualmente, cuando un pibe abandona la escuela, cae al vacío...”
Capitalismo piramidal
En el ensayo La escuela capitalista en Francia, publicado a mediados de los ’70, Charles Baudelot y Roger Establet analizan, mediante una fría y objetiva estadística, cómo se construía en el siglo XX la denominada pirámide educativa (es decir, cómo el sistema educativo francés producía la cantidad de peones de campo, personal de servicio doméstico, obreros, empleados, pequeños industriales y comerciantes, profesionales liberales y gerentes que el sistema económico necesitaba).
Aquel estudio, luego emulado y replicado en España y en los países anglosajones, terminaba con el mito liberal de la “igualdad de oportunidades” y también con otro mito, muy arraigado entre nosotros: ese que sostiene que los individuos que llegan al vértice de la pirámide son los de mayor capacidad y talento. Porque existen, sin duda, voluntades y talentos excepcionales; individuos capaces de sortear obstáculos hasta cumplir con su ambición y su vocación. Pero no es el sistema educativo –revelan Baudelot y Establet– el ámbito donde esas voluntades y talentos más prosperan.
El delantal blanco igualitario que encarnaba el espíritu de la ley 1.420 es hoy más que nunca un detalle pintoresco, que no guarda relación con la auténtica máquina de discriminar, desalentar y expulsar que es nuestro sistema educativo, más allá de contadas excepciones.
“Las mediciones de la Encuesta Permanente de Hogares realizada por el INDEC –leemos en un artículo de Clarín publicado el 30 de octubre pasado– revela que entre los más pobres repiten más del quíntuple de chicos que entre los más ricos...”
El futuro malherido
Pero además, analizando la educación como una herramienta del Estado ¿por qué deberíamos pensar que en un agro hipertecnificado como el nuestro, en donde ya casi no se necesitan braceros, y en un modo de producción industrial robotizado, que no requiere más que unos pocos técnicos y obreros calificados para operar una planta, el sistema va a querer “producir” una masa desproporcionada de obreros rurales u obreros industriales? En rigor, en un país periférico y de economía trasnacionalizada como es la Argentina, el sueño de la inclusión y la promoción social a través de la escuela es sólo eso, un sueño. Por eso la pirámide educativa se achica proporcionalmente, tanto en la base como en el vértice, en relación con el crecimiento demográfico del país. Pensemos que hay niños que están naciendo ahora, en alguna de nuestras crueles provincias, y ni siquiera tendrán la chance de entrar a la pirámide educativa. Se los cargará el hambre, maldita sea. Y las fiebres y las diarreas y un abanico de enfermedades que no serían mortales si no se dieran en un contexto de pobreza y exclusión. Esos chicos no tendrán ni siquiera la oportunidad de ser repitentes o desertores. Se caerán antes –¡ay!– sonrisa abajo, muerte abajo. Se perderán entre lo destituido que cae y se disgrega. Después, están los otros, los que se caen de la escuela, porque un sistema con anteojeras ignora que sin vivienda ni salud ni unidad (aunque sea precaria) de la familia, cualquier educación es inviable. Y por último, están los “desertores presentes” (así los llaman), los que van a la escuela y no aprenden, los que están en el aula pero “tienen ADD”. O bien están acechados por el paco. O por el alcohol. O simplemente porque levantaron la cabeza y entreabrieron los ojos para descubrir que en esta (dulce) tierra, no había lugar para ellos. “Hacen falta militantes, combatientes de la Educación”, oímos decir a alguno. Por supuesto. Hacen falta militantes a secas. Hacen falta argentinos que no renuncien al sueño de un país para todos y un Estado para todos. Los pronósticos –advertimos– son los peores. Nuestro futuro está herido de muerte, porque a nuestro presente le faltan niños. Dicen que la escuela los perdió. Dicen que el sistema los perdió. Pero esa no es toda la verdad. Fuimos nosotros los que los perdimos. Hoy esos niños nos están faltando a todos.
Oscar Taffetani
http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com/2008/01/los-nios-que-faltan.html
En Pampa y la vía
¡No se puede vivir con esto
yo crié a mis hijos en esta plaza
y ahora
es una vergüenza!
¡esto!
¡esto!
¡esto!
esto tiene brazos
dos piernas
un gorrito del mundial '94
los pelos sucios
revueltos
esto tiene la panza
tan grande como África
tan vacía como un desierto
los ojos de pegamento
las manos de la basura
esto tiene un corte en el cachete
seis años de persistencia
una pelota sachet de leche
esto que es hijo de lo que venden
de lo que compro
lo que se echa
los ojos de pegamento
seis años de persistencia
las manos de la basura
esto se va morir
antes que nadie
excluido de esta granja
este charco
este infierno.
Majo López Tavani
en Mail de los viernes
http://docs.google.com/View?docid=df29b38_1182wz274scr
Mapa de la infancia
Cuando el barrio era el país
y el olor en la nariz
era de tierra, y asuntos
como la constitución
y la ley de la razón
eran la vejez del mundo.
Cuando el ocio era el poder
y el tapial y la pared
eran la altura del cielo.
Cuando el orden era un lío,
cuando el otro, era el amigo
cuando no quemaba el fuego.
Menuda patria
dame tu mapa
soy ciudadano
de un país perdido que
se llama infancia.
Cuando el peine y el reloj,
las medidas y el adiós,
cuando las ganas de adulto;
cuando el no, y el calendario,
cuando la muerte y el diario
eran juguetes sin uso.
Cuando el trazo de la tiza
dibujaba y no sabía
dividir el territorio.
Cuando uno, era nosotros,
cuando tuyo, era de todos,
cuando nadie estaba solo.
Menuda patria
dame tu mapa
soy ciudadano
de un país perdido que
se llama infancia.
Fernando Montalbano
de su disco El Barrio del Deseo, 2007
¡Juan Roberto!...: ¡tu cometa es la más linda del cielo de la tarde!...
Arriba de los techos panzones de las fábricas, campeando el terraplén que es del ferrocarril y de los tréboles, entre los que brilla la mica de una lata, o de una piedra serrana que se cayó del tren, enamorada de la cometa de Juan Roberto...
Los ligustros y las ligustrinas marcan el fondo de los traspatios que a esta hora duermen la siesta. Los gallineros se abren como la boca del asombro, mostrando al sofocante calor aplacando el tierral del gallo nuevo, y l'agua densa de los semijarros de cerámica en que se hinchan hasta secarse verdes el alpiste, la migaja de pan, y alguna fruta tirada o caída.
Ya que del limonero que siempre hay, sale volando un retemblor tal vez de tacuarita, de hornero o caserito, de chingolo, de pechocolorado, de benteveo pitowé pitanguá.
Y el fondo de los patios tiene una parecita de ladrillos cansados, mojadas rajaduras rellenas de verdín y, arriba, unos cascotes de botellas rotas para que los ladrones se asusten muchísimo y en serio y no pasen por ahí.
Y sobre todo eso sobrevuela la cometa de Juan Roberto, la pandorga, el barrilete, el volantín, según el pago y la edad del que mira...
Cardos pateados quieren que se los llame una cancha de fútbol: tierral, a plena siesta, pelota recosida, si no de trapo. Y el pito chifla al son del juego cuyos nombres en inglés se van volviendo castellanos.
De los jardines laderos hacen señas los nísperos y las viejas higueras donde los perros ladran a las comadrejas.
Y la sierra de la carpintería parece cortar la luz del sur en rebanadas...
Aire que se diría de vidrio. como una botella para la luz azul que hay más arriba. Tras la calle del sol.
Del sol, que está cerquita: se tiró de cabeza para aplaudir a la cometa de Juan Roberto...
Y justo antes del segundo tren, la voz que arde como un papel blanco entre tanto resplandor, algo más ocre y más verde, también: “¡Juancito: la leche está servida: no la dejés que se enfríe, o vas a ver!”.
Che, Juan, nos llaman –dice el menor que Juan– dale, vamos.
La panza del piolín se comba, enrula un poco, culpa del fastidio. Pero baja perfecta. Mansita, la canoa con timón de trenza. Compadreando.
Adiós. Por hoy, adiós...
¡Juan Roberto!...: ¡tu cometa es la más linda del cielo de la tarde!...
(a juan roberto widder, in memóriam)
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
Lo que usted merece
Para que te duermas niño
de pelo de trigo
yo le robo al aire viejo
el canto de los grillos.
Para que su brillo de alas
no traiga el desvelo
lo pondré en una tinaja
de algodón del cielo.
Duerma que la noche viene
oscureciendo el agua,
alzando su capa negra
toda agujereada.
Prende la luna menguante
su vela chiquita
y en sus ojos arde el sueño
como una arenita.
No es que todo esté tan calmo
como estas palabras,
pero el sueño es necesario
pa' que vuelva el alba.
No es que todo sea tan bueno
como aquí parece
pero voy cantando al menos
lo que usted merece.
Duerma que llegó la noche
estrellada y honda,
y anda uncida de su coche
repleto de sombras.
Y por lámpara cimera
cuelga el lucerito
su luciérnaga estrellera
por el infinito.
No es que todo sea tan bueno
como aquí parece
pero voy cantando al menos
lo que usted merece.
Que si usted me sueña el día
un poco más bello
yo me gasto la vigilia
listo para hacerlo.
Jorge Fandermole
de su disco Navega, 2002
Niños, libros y lecturas
Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.
Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.
Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.
Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.
A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.
Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle, creaciones todas que poco tienen de infantiles.
Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas. (...)
Alejandro Dolina
Crónicas del Angel Gris, 1988
Angeles de mi pueblo
Hay un halo triste en la noche del pueblo.
Hay un insondable silencio al acecho.
Hay una luz pobre, bajo un pobre techo,
Y un cuerpito mustio sin voz... sin resuello.
Y dicen que el hambre caló sus adentros.
Y dicen que el sol le negó sus caricias.
Y dicen que Dios le omitió la risa.
De allí, la navaja... y de allí el tolueno.
Y de allí la noche preñada de estigmas.
Y de allí su entrega al cobijo del cielo.
Y de allí el oprobio de su padre preso
tres años y medio por robar comida.
Fueron siete años sin niñez... sin juegos.
Fueron siete años, pan duro y rencor.
Fueron siete años huyendo al dolor.
Dolor de blasfemia en su blanco entrecejo.
Dolor de su madre, de amor sin juguetes.
Dolor de su hermana, sueño y caramelos.
Dolor de mi alma... y estos tristes versos,
Luto rojo, azul, amarillo y verde.
Luto de colores, de muerte temprana.
Luto de madera y de blanca mortaja.
Luto en sus etéreas guedejas doradas.
Negros abanicos de largas pestañas.
Argumento infame sin ley sanitaria.
Argumento leve de algún funcionario.
Argumento absurdo, circo y obituario.
Y tres días después el olvido talla.
Mi patria está enferma de ángeles que parten.
Mi patria es botín de hienas y cuervos.
Mi patria me duele de olvido y saqueo.
Mi América toda llora en esa madre.
Oscar A. Rey Cardamone
sieteestrofas@gmail.com
Lo que pensemos para los chicos habla de quienes somos y lo que esperamos de nosotros como sociedad.
Las Políticas Públicas de las Infancias ponen de manifiesto en cada programa cuál es su postura frente a los derechos y libertades, cuál es su visión del mundo y del porvenir. (...)
En el concepto de desarrollo integral está la pretensión de que el niño crezca autónomo, con movilidad urbana y social. Un verdadero conflicto cuando grandes sectores de la sociedad piden más policías, más penas y más seguridad, cuando el Mercado pide más consumidores y las voces “claman” por los chicos de la calle (algunos con buena voluntad, otros con responsabilidad, bastantes otros con sensacionalismo y no menos con molestia). Este es el verdadero desafío cuando la gestión local busca plasmar en sus Políticas Públicas de Infancia el desarrollo integral de los chicos.
(...) En el caso de la infancia es imposible dirigirse a los niños sin dedicarse a la familia, la escuela, el barrio, el club... es decir, un desarrollo integral del chico sólo se piensa como razonable en el marco de una política también integral para los grupos sociales (...)
Todo cambia de lugar en una Política integral. El “para chicos” no desaparece, pero hace que “con los chicos para todos” se convierta en cuestión principal. Lo social se logra con múltiples intervenciones y con protagonismo asociativo, redes, con gestión. Promoción cambia su concepción en participación y derechos, Salud por calidad de vida, y Cultura por dispositivo de sentido (imaginario social, comunicación, identidad). La ciudad se piensa para todos, desde los que se incorporan, con ellos. La obra pública se pregunta por su razón de ser... entonces une barrios, hace tajos en el paisaje urbano y genera grandes espacios de convivencia. La ciudad quiere ser recorrida, embellecida, apropiada por sus habitantes, fantaseada, integrada, pública y secreta...
(...) La sensación cotidiana de insistir que nos merecemos lo mejor, porque eso es el espacio público, el que nos permite no declinar en la excelencia, ser tenaces, devolverle belleza a la dignidad de las personas y pensamientos a la estupidez, decir que no todo está en venta y nadie está condenado al abandono y la soledad (...).
María de los Angeles “Chiqui” González
Docente, abogada especializada en Derecho de Familia y Minoridad,
actual ministra de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe
en Experiencia Rosario, Políticas para la gobernabilidad, 2003
el arca de la infancia
El cautivo
En Junín o en Tapalquén refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inúltimente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.
Jorge Luis Borges
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
El niño
El niño vuelve a casa
con dos chichones,
el médico amenaza
dar inyecciones.
Pregunta la abuela:
–¿Habrá que internarlo?
¿Será una secuela,
tendrá convulsiones?
Su madre pa’ curarlo
le hace canciones.
El niño está muy triste
¡qué descontento!
el médico insiste
con los fomentos.
Sugieren los tíos:
–Mejor abrigarlo,
que no tome frío
y cuidarlo del viento.
Su madre pa’ curarlo
le cuenta un cuento.
El niño ha amanecido
con pesadillas,
el médico ha ido
por las pastillas.
Si fue algún fantasma
que vino a asustarlo,
poner cataplasmas,
pisarle papilla.
Su madre pa’ curarlo
le hace cosquillas.
El niño en bicicleta
se tuerce un hueso,
el médico receta
ponerle un yeso.
El párroco ordena:
–Vuelta a bautizarlo
y si trepa la pena
dobleguen los rezos.
Su madre pa’ curarlo
lo come a besos.
Sebastián Monk
de su disco Nuevas canciones para niños sin sueño, 2005
Adultos
Algunos jamás fueron niños, demasiado temprano abrieron los ojos y vieron, y la mañanera comprensión les puso pátina de tristeza en los rostros sin estrenar. No pudieron darse a la puerilidad, las crueldades les supieron amargas en la boca, no fueron capaces de abrazar la inconsciencia. Fueron ingenuos, pero sabían que lo eran.
Pasaron la adolescencia como un viaje obligado a esa adultez que era esencial, que ya estaba instalada desde siempre. Aunque quizás lo hayan intentado, jamás hallaron destreza para las bromas torpes, y la brutal urgencia del sexo les devino amor.
Estas gentes que jamás fueron niños y padecieron los desgarros y lastimaduras de la adolescencia, estas gentes conservan la pureza de esa infancia sin mancillar, la rebeldía de una pubertad que no se resolvió en semen y sangre desperdiciados.
Aguardaron su hora.
Son adultos, palabra vejatoria en labios que repiten lo que el siglo se empeña en instalar.
Con reflexión y tolerancia son adultos.
No conocen la infelicidad de desear un pasado irrecuperable. Son lo que construyeron con paciencia, saborean la felicidad de comprender, de elegir la fruta que han de comer, a quién abrazar, con quiénes compartir maravillas y perplejidades. Viven con los ojos abiertos y las palmas ofrecidas. Y, de tanto en tanto, el regalo de que alguien les diga “quiero ser como vos cuando sea grande”.
Mónica Russomanno
monicarussomanno@yahoo.com.ar