02/02: EL ARCA del Sur Nº 142 - Diciembre 2007 / Enero y Febrero 2008
Category: EL ARCA del Sur Nº 142
Posted by: elarca
El verdor, la madurez
y lo marchito
son el tiempo
de las aguas
distintas
y las mismas;
y nada nace
ni muere,
pareciera;
todo gira,
gira
y se rehace,
en las horas
y los días
de la eternidad
efímera.
Eduardo Dalter
Canciones olvidadas
Ediciones Recovecos, 2006
cuadcarmin@hotmail.com
Una marca, un recuerdo
Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido. Y después, a los sesenta, setenta, un año pasa muy rápido, y a los cien, más todavía. Los años pasan cada vez más rápido, y a los mil años, un año pasa como si fuera una semana, un día. Es una noción interna.
Todo pasa rápido, y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando buscamos la Vía, cuando queremos practicarla, despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío”. Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.
Eugenia Bertone
eugeniabertone@hotmail.com
Mi vivienda es la mano
donde mueren todos los relámpagos,
hontanar de todos los ríos
y madre de las músicas naturales...
Trato en vano de capturar siquiera
la luz o el calor, la humedad o,
simplemente, cualquier canto...
Amo en vano bajo soles y lunas,
sobre planetas llenos de gentes vacías.
Amo en medio de la soledad,
perfumado de verdes cristalinos,
habitado por deseos cálidos, simples...
La mano sostiene un gran azulejo celeste:
es el cielo que reposa su color.
Y le da de beber...
Y le da de beber mi vida.
Y cada dedo mío es un pezón para el cielo
que baja de tarde en tarde...
Y es azul azul mi cielo cielo...
Aquí estoy, tratando de capturar calor y vida.
Como mano, soy más lenta que el relámpago.
Soy el ciego hontanar, el padre que todo río olvida...
Herido sin retribución
vibro mi pena
y la gente siente que algo suyo anda en el aire...
Sin más movimiento que el impuesto
por la cicatrización de las heridas,
distraigo vectores en todo sentido.
Tengo planetas por todas partes de mi cuerpo...
Me hurgo en los bolsillos. Aparece
un planeta, luego otro, y otro más.
Mi mano se llena de ellos.
Se entintan.
Se inscriben en un papel...
Aveces, apenas tengo tiempo para vibrar mi pena....
Tiempo. ¿Tiempo?. Tiempo.
Tiempo de estar con mis amigos.
Nos damos las manos.
Mis manos y sus manos.
Mis planetas y sus planetas.
Órbitas convergentes y órbitas divergentes...
Y la conversación diversa del hombre
tienta explicar la soledad del mundo...
Tumba de relámpagos,
vertiente y culpable de la música,
adivinando qué podría suceder,
no lo puedo negar:
me gustaría ver un día
a todos los planetas siendo sólo uno...
Pienso que será entonces el tiempo
de habitar el poema
a través del cual se justifica el universo.
Horacio C. Rossi
Del Actas (1972/3/4), inédito
terrazio@ciudad.com.ar
Las edades
Un niño no es un hombre hasta que no puede cargar a su padre en sus espaldas. Eso dijo un chino, y sabemos que los orientales dicen muchas cosas con una frase tejida en apretada urdimbre.
La niñez acabó cuando surgió la urgencia de tener una personalidad. La adolescencia terminó cuando la casa y la comida me las proporcionó mi propio trabajo. La juventud feneció cuando cargué a mi padre en hombros. Entonces fue la adultez.
Las edades de la vida no responden a los solsticios. A algunos les sucede el invierno cuando sus coetáneos están aún nadando en los lagos del verano, otros se niegan a reconocer que llegó la temporada del frío, y continúan vistiendo los pantalones cortos cuando la nieve cayó sobre sus cabezas.
Recuerdo el temor y el azoramiento ante esas cosas que hacía la gente grande. Ir a los bancos, hacer trámites, tomar decisiones, afrontar espantos como las salas de los sanatorios y las discusiones con funcionarios. Eso jamás me iba a pasar. Nunca podría, yo, realizar esas sorprendentes actividades.
Hube, sin embargo, de alzar del suelo el cuerpo de mi padre. Transité sanatorios, postergué mis miedos y me hice fuerte porque lo requería mi responsabilidad. Y aquello que me infundía pavor fue lo cotidiano. Crecer o envejecer, no importa cómo nombremos la actitud de madurar.
Llevaré los crayones en los bolsillos, no renunciaré al asombro ni al temblor. Pero no será tristeza, será orgullo sentir el peso de mis mayores y saber que puedo marchar con esa carga y la magnífica alegría de ser soporte en los vendavales.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
Maravilla
Adentrado mi andar en darme cuenta,
súbitamente en ciernes, noticiaba
su aviso entre difusas avanzadas
la imprevista señal de la advertencia.
¿Qué advertencia; qué anuncio avizoraba
con la aseveración de una sentencia
mi sensibilidad, en la inminencia
del acontecimiento que anonada?
Enterábame a tientas del aviso
perplejándome, sosteniendo en vilo
mi aliento, que ante sí lo presentía.
Y fue venir de siempre a espabilarme
que todo es siempre y, como nunca antes,
en cada siempre espié la maravilla.
Un hombre se manifiesta y transcurre como habitante de su propio siempre.
Convive con otros en el intercambio de siempres que cada uno describe como de todos, dando por sentada la omnipresencia de su siemprecidad.
La memoria no puede establecer un comienzo de esa noción. Aunque agregue eslabones a la cadena, cada nuevo eslabón tiene un lugar definido y único de enganche o significación para cada uno de los siempres en vínculo.
Un hombre de las cavernas y un hombre cibernético, un esquimal y un beduino, un moribundo y un infante, cada cual refiere a su siemprecidad como si no fuese posible que no fuese la misma para todos. Todo lo diferente que venga a ocurrir de aquí en más no alterará la pansiquicidad ilusoria en la que cada uno estableció su residencia, sin poder recordar momento o instancia de comienzo, lo que le permitiría reconocer que su siemprecidad no es común a todas y que, por algún motivo, en algún momento eligió su particular noción de siempre.
Uno es su continuidad psíquica; uno es su siemprecidad; uno es según cómo se refiere a lo que todos entienden por siempre.
La noción de siempre es el flujo del tiempo cristalizado en nuestra psiquis.
Esa cristalización es una elección vinculante en la que queda atrapada nuestra voluntad, nuestra sensibilidad y nuestra razón (si cabiera dividir lo que, de hecho, actúa en bloque). El libre albedrío del que disponemos es esclavo de lo que esa cristalización nos permite ver. La verdadera libertad es liberación de la jaula de nuestra mirada. La verdadera relación es la relación con nuestra mirada. Carente de esa libertad, y de esa relación, el albedrío elige según su siemprever. Toda elección debe garantizar la continuidad ininterrumpida del siempre. Aún una persona que padeciese amnesia severa, puesta en la situación de optar entre dos posibilidades, no dejaría de actuar en forma similar a la persona que fue antes de perder la memoria. La noción de siempre es mucho más atávica que la memoria reciente o superficial. La noción de siempre es la ecuación que hace el yo al preguntarse de dónde viene y cuál es su dirección. El yo de cada uno va del siempre al siempre de cada uno. El siempre es la apropiación que el yo hace del tiempo, sin el cual, a su vez, el yo sería inconcebible. El tiempo no existe independiente del “yo”. El tiempo del yo, si cabiera hablar de ellos por separado, es nuestra siemprecidad.
Lo que hace que, a pesar de tal apropiación exclusiva del tiempo, no vivamos ensimismados en cada siemprecidad, es el lenguaje. Las palabras hacen el promedio de todas las ecuaciones yo+tiempo y sostienen la ficción que llamamos realidad o cordura. Hoy día es demodé hablar de “normalidad”, pero cualquier persona acusa recibo cuando alguien no se conduce “con normalidad”, o sea, cuando se sitúa fuera de lo acordado tácitamente en el lenguaje por toda la variedad de siemprecidades en vínculo. Mi siempre puede confiar en tu siempre, no es amenazado por él, no constituye momentáneamiente un peligro. Por lo tanto, me agradas y te quiero. O he dejado de quererte porque no actúas como siempre.
Aún pensando en el lenguaje, el lenguaje mismo, la lengua materna, forma parte del siempre acordado, ya que se piensa según las pecualiaridades del idioma.
El idioma tejido por las siemprecidades en vínculo constituye una cultura. El idioma no pemanece estable, porque las siemprecidades confrontadas con cambios tecnológicos, ambientales, o de cualquier orden, obligan a modificar expresiones. Al cambiar la forma de proteger la siemprecidad en riesgo, decimos que cambia la forma de pensar, pero no hay tal cambio. Un idioma –y sus cambios– es un cierto modo de preservar la idea de que hay un siempre común para el grupo que lo habla.
Hubo movimientos, en la historia del arte de occidente, que entrevieron este escamoteo del instante inédito por el siempre seguro. Buscando un instante pleno que eludiera la abrumadora dictadura del siempre, cayeron en la cuenta que debían subvertir el lenguaje, reductor a común denominador. Así nació el Dadaísmo, inspirado por el rumano Tristán Tzará, precursor del Surrealismo, quien, liderado por la fogosidad de André Breton, toma por los años '30 las banderas de una revolución que quiso ser ontológica, cuya pretensión era cerrar filas junto al marxismo y el psicoanálisis. Sin embargo, lejos estaban los marxistas y los discípulos de Freud de arriesgar su plafond científico en aras de un cuestionamiento que, llegado el caso, explorando más allá de los bordes canónicos, los pondría en aprietos. Freud tenía problemas en su frente interno, lidiando con discípulos díscolos y brillantes como Carl Jung, que emparentó el análisis con el campo esotérico y Wilhem Reich, quien profesando la fe marxista, no pudo evitar que su diagnóstico radical acerca de la raíz antisomática y sexorepresiva del facismo, lo llevara a comulgar inadvertidamente con las ideas milenarias del tantrismo acerca del cuerpo y adoptar finalmente una militancia mística que la academia y el stablishment intelectual de marxistas y freudianos no podían tolerar más que la derecha ultraconservadora que lo confinó en la cárcel.
Así las cosas, no sorprende la sordera de Freud hacia Breton. Freud no entendió adónde quería llegar el surrealismo, aunque Breton propugnaba un arte poético que conmoviera el “siempre” del lenguaje formal. El surrealismo quería redescubrir la chispa de lucidez que había debajo de la capa represiva del conciente. Y en tanto que Wilhem Reich aseguraba que esa lucidez yacía bajo capa tras capa de la “coraza caracterológica” y que la terapia debía apuntar a disolver la inercia muscular forjada tras siglos de represión orgásmica –“quien toca al cuerpo toca al inconciente”–, Bretón urgaba en la cantera de los sueños y las asociaciones automáticas. En la palabra y el cuerpo estaba, sin duda, la llave maestra al laberinto del inconciente. Lacan, quien fundó escuela, no podía concebirlos por separado. Las palabras y el cuerpo estaban entretejidos en una trama indisoluble.
El Mayo francés de 1968 fue la última eclosión, esta vez multitudinaria, de todo este malestar que quería sacudir la policía interior de los mandatos sociales. Jamás había registrado la historia semejante despropósito: una revolución que anteponía la inspiración a la organización; que planteaba preguntas en vez de recetas. Tal vez fue el canto del cisne de una revuelta sísmica que venía incubándose desde muchas corrientes dispersas.
Después de todo, que es la carga de siemprecidad lo que nos impide ver la maravilla constante, es el diagnóstico invariable de toda una pléyade de inconformes que reúne a William Blake, Thoreau, Krishnamurti y tantos otros que, sin distingo de siglos y culturas, destapan de tanto en tanto, las fosas del miedo.
El fracaso del Mayo francés dejó la evidencia, por si no la hubiera, de que la revolución propugnada no era viable en términos de proselitismo o poder de número. Por el mismo motivo, tampoco era viable el surrealismo, que acabó en lo menos deseado por su fundador: un modo estético alternativo de los tantos que jalonaron el cuello de botella del siglo XX.
El psicoanálisis convertido en terapia adaptable; el surrealismo devenido algo más; el oriente milenario vuelto orientalismo californiano, desmedulado en formato New Age; el revival anarquista al estilo Michel Foucault o Jean Baudrillard, que fortalecen el síntoma al mostrar el control policíaco como una fatalidad exterior; son algunos de los nudos que muestran el error de los que pretenden que la lucidez, la metanoia o el segundo nacimiento pueden incubarse en otra matriz que no sea la “soledad sonora y la música callada” 1A como lo supo Jesús antes del cristianismo y Buda antes del budismo.
No se puede acceder a un fin yendo por el medio que lo contradice. Todos los medios contradicen el fin cuando se pretenden continuadores del principio. El principio y el fin, el alfa y el omega son lo mismo. No hay medio entre ambos. Sólo lo semejante conoce a lo semejante. No hay proceso –ni mucho menos “progreso”– en el hacer por ser. Hacer por Ser no es hacer hacia un fin que pueda preverse o predecirse. Se hace por Ser, como enseñara Nicolás de Cusa, cuando se reside en la “docta ignorancia” –exactamente al revés de nuestra actual “ignorancia ilustrada”– o, como lo enseña Eckhardt, cuando se reside en el desasimiento de todo lo que damos por conocido –sobre todo la idea de Dios– 1B. La maravilla es la disolución del “siempre” coagulado. Y el siempre se disuelve cuando se lo mira y uno no deja de reírse de haber dado algo por propio o adquirido, cuando uno confronta la desproporción entre lo que proyecta y lo que puede, entre la palabra convencional y la realidad. Quien puede reconocer esa zona infranqueable y soportar la presión corrosiva de la mentira radical en la que se fundan nuestros optimismos cómplices, quien aun con todo eso no se concede la falsa opción del pesimismo victimizante; quien en vez de la desconfianza paranoica acepta el reto de ver al otro, a cada otro, como la interpelación de ¿quién vive en mí? y nunca da por resuelta esa pregunta; ese que, en virtud de lo anterior no es propiamente un “quien”, un quien afirmado, sino más bien un ¿quién dice quién?, un quien auto interrogado, tiene acceso a la visión de “un mundo en un grano de arena” (según W. Blake), ya que el “siempre” ha sido obturado en su maniática y vetusta solidez.
A partir de ahí, ninguna expectativa del siempre por lo inminente en ciernes puede distraer la atención de esto que ahora mismo viene dándose: la intersección del devenir y el advenir.
La maravilla es advertible por un ojo que no espera otra cosa que lo que se da, pero en vez de conformarse con verlo como cosa de siempre, ve la totalidad del siempre capturada en la cosa. Es como decir que siempre se puede estar viendo lo mismo, pero lo mismo nunca es lo de siempre. No es conformismo pensar que la realidad no necesita ser transformada según el ver o la perspectiva del siempre, –que cambia algo para que nada cambie–. No hay otro cambio necesario –y efectivo– que la transformación que el sujeto haga de su visión, y desde ahí, como no hay ver sin actuar, lo abarcativo o restrictivo de nuestra visión dará la cobertura o el alcance de nuestra acción. No se trata de sumar miradas sino de asumirse en lo que se mira, suspendiendo las categorías estrechas del juicio. Dicen que Leonardo se quedaba largo tiempo absorbido en los relieves que habían formado, aleatoriamente, a través de los siglos, los escupitajos de los que pasaban ante un muro. Igualmente se cuenta la anécdota de que Jesús pasaba ante un perro muerto lleno de moscas, al que todos esquivaban por la imagen y el hedor y él, deteniéndose maravillado dijo “— Miren sus dientes, brillan como perlas”.
1A–1B Estas expresiones pertenecen a quienes cultivaron lo que se dio en llamar la “Vía Apofática”: perseverancia en la búsqueda con el previo reconocimiento de nuestra radical desvalidez cognitiva, lo que despierta el saber infuso. Juan de la Cruz, Nicolás de Cusa, Eckhardt son, entre muchos otros, sus exponentes. Juan de la Cruz la sintetiza del siguiente modo: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes./ Para venir a lo que no gustas,/ has de ir por donde no gusta./ Para venir a lo que no posees,/ has de ir por donde no posees./ Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres... Para venir a saberlo todo,/no quieras saber algo en nada./ Para venir a gustarlo todo,/ no quieras gustar algo en nada./ Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada./ Para venir a serlo todo,/ no quieras ser algo en nada.
Héctor Martín Rotger
www.hectormartinrotger.com.ar
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
El sueño
Con ocho horas de sueño,
si vives sesenta años
te pasas veinte durmiendo.
¡Veinte años! Sería bueno
que en las horas que no duermas
te cuides de estar despierto.
José Sebastián Tallon
Las Torres de Nuremberg
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Cada día del año es un regalo que se ofrece a un solo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de este para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué trivialidad va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada.
Vladimir Nabokov
El Elfo Patata (fragmento)
y lo marchito
son el tiempo
de las aguas
distintas
y las mismas;
y nada nace
ni muere,
pareciera;
todo gira,
gira
y se rehace,
en las horas
y los días
de la eternidad
efímera.
Eduardo Dalter
Canciones olvidadas
Ediciones Recovecos, 2006
cuadcarmin@hotmail.com
Una marca, un recuerdo
Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido. Y después, a los sesenta, setenta, un año pasa muy rápido, y a los cien, más todavía. Los años pasan cada vez más rápido, y a los mil años, un año pasa como si fuera una semana, un día. Es una noción interna.
Todo pasa rápido, y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando buscamos la Vía, cuando queremos practicarla, despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío”. Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.
Eugenia Bertone
eugeniabertone@hotmail.com
Mi vivienda es la mano
donde mueren todos los relámpagos,
hontanar de todos los ríos
y madre de las músicas naturales...
Trato en vano de capturar siquiera
la luz o el calor, la humedad o,
simplemente, cualquier canto...
Amo en vano bajo soles y lunas,
sobre planetas llenos de gentes vacías.
Amo en medio de la soledad,
perfumado de verdes cristalinos,
habitado por deseos cálidos, simples...
La mano sostiene un gran azulejo celeste:
es el cielo que reposa su color.
Y le da de beber...
Y le da de beber mi vida.
Y cada dedo mío es un pezón para el cielo
que baja de tarde en tarde...
Y es azul azul mi cielo cielo...
Aquí estoy, tratando de capturar calor y vida.
Como mano, soy más lenta que el relámpago.
Soy el ciego hontanar, el padre que todo río olvida...
Herido sin retribución
vibro mi pena
y la gente siente que algo suyo anda en el aire...
Sin más movimiento que el impuesto
por la cicatrización de las heridas,
distraigo vectores en todo sentido.
Tengo planetas por todas partes de mi cuerpo...
Me hurgo en los bolsillos. Aparece
un planeta, luego otro, y otro más.
Mi mano se llena de ellos.
Se entintan.
Se inscriben en un papel...
Aveces, apenas tengo tiempo para vibrar mi pena....
Tiempo. ¿Tiempo?. Tiempo.
Tiempo de estar con mis amigos.
Nos damos las manos.
Mis manos y sus manos.
Mis planetas y sus planetas.
Órbitas convergentes y órbitas divergentes...
Y la conversación diversa del hombre
tienta explicar la soledad del mundo...
Tumba de relámpagos,
vertiente y culpable de la música,
adivinando qué podría suceder,
no lo puedo negar:
me gustaría ver un día
a todos los planetas siendo sólo uno...
Pienso que será entonces el tiempo
de habitar el poema
a través del cual se justifica el universo.
Horacio C. Rossi
Del Actas (1972/3/4), inédito
terrazio@ciudad.com.ar
Las edades
Un niño no es un hombre hasta que no puede cargar a su padre en sus espaldas. Eso dijo un chino, y sabemos que los orientales dicen muchas cosas con una frase tejida en apretada urdimbre.
La niñez acabó cuando surgió la urgencia de tener una personalidad. La adolescencia terminó cuando la casa y la comida me las proporcionó mi propio trabajo. La juventud feneció cuando cargué a mi padre en hombros. Entonces fue la adultez.
Las edades de la vida no responden a los solsticios. A algunos les sucede el invierno cuando sus coetáneos están aún nadando en los lagos del verano, otros se niegan a reconocer que llegó la temporada del frío, y continúan vistiendo los pantalones cortos cuando la nieve cayó sobre sus cabezas.
Recuerdo el temor y el azoramiento ante esas cosas que hacía la gente grande. Ir a los bancos, hacer trámites, tomar decisiones, afrontar espantos como las salas de los sanatorios y las discusiones con funcionarios. Eso jamás me iba a pasar. Nunca podría, yo, realizar esas sorprendentes actividades.
Hube, sin embargo, de alzar del suelo el cuerpo de mi padre. Transité sanatorios, postergué mis miedos y me hice fuerte porque lo requería mi responsabilidad. Y aquello que me infundía pavor fue lo cotidiano. Crecer o envejecer, no importa cómo nombremos la actitud de madurar.
Llevaré los crayones en los bolsillos, no renunciaré al asombro ni al temblor. Pero no será tristeza, será orgullo sentir el peso de mis mayores y saber que puedo marchar con esa carga y la magnífica alegría de ser soporte en los vendavales.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
Maravilla
Adentrado mi andar en darme cuenta,
súbitamente en ciernes, noticiaba
su aviso entre difusas avanzadas
la imprevista señal de la advertencia.
¿Qué advertencia; qué anuncio avizoraba
con la aseveración de una sentencia
mi sensibilidad, en la inminencia
del acontecimiento que anonada?
Enterábame a tientas del aviso
perplejándome, sosteniendo en vilo
mi aliento, que ante sí lo presentía.
Y fue venir de siempre a espabilarme
que todo es siempre y, como nunca antes,
en cada siempre espié la maravilla.
Un hombre se manifiesta y transcurre como habitante de su propio siempre.
Convive con otros en el intercambio de siempres que cada uno describe como de todos, dando por sentada la omnipresencia de su siemprecidad.
La memoria no puede establecer un comienzo de esa noción. Aunque agregue eslabones a la cadena, cada nuevo eslabón tiene un lugar definido y único de enganche o significación para cada uno de los siempres en vínculo.
Un hombre de las cavernas y un hombre cibernético, un esquimal y un beduino, un moribundo y un infante, cada cual refiere a su siemprecidad como si no fuese posible que no fuese la misma para todos. Todo lo diferente que venga a ocurrir de aquí en más no alterará la pansiquicidad ilusoria en la que cada uno estableció su residencia, sin poder recordar momento o instancia de comienzo, lo que le permitiría reconocer que su siemprecidad no es común a todas y que, por algún motivo, en algún momento eligió su particular noción de siempre.
Uno es su continuidad psíquica; uno es su siemprecidad; uno es según cómo se refiere a lo que todos entienden por siempre.
La noción de siempre es el flujo del tiempo cristalizado en nuestra psiquis.
Esa cristalización es una elección vinculante en la que queda atrapada nuestra voluntad, nuestra sensibilidad y nuestra razón (si cabiera dividir lo que, de hecho, actúa en bloque). El libre albedrío del que disponemos es esclavo de lo que esa cristalización nos permite ver. La verdadera libertad es liberación de la jaula de nuestra mirada. La verdadera relación es la relación con nuestra mirada. Carente de esa libertad, y de esa relación, el albedrío elige según su siemprever. Toda elección debe garantizar la continuidad ininterrumpida del siempre. Aún una persona que padeciese amnesia severa, puesta en la situación de optar entre dos posibilidades, no dejaría de actuar en forma similar a la persona que fue antes de perder la memoria. La noción de siempre es mucho más atávica que la memoria reciente o superficial. La noción de siempre es la ecuación que hace el yo al preguntarse de dónde viene y cuál es su dirección. El yo de cada uno va del siempre al siempre de cada uno. El siempre es la apropiación que el yo hace del tiempo, sin el cual, a su vez, el yo sería inconcebible. El tiempo no existe independiente del “yo”. El tiempo del yo, si cabiera hablar de ellos por separado, es nuestra siemprecidad.
Lo que hace que, a pesar de tal apropiación exclusiva del tiempo, no vivamos ensimismados en cada siemprecidad, es el lenguaje. Las palabras hacen el promedio de todas las ecuaciones yo+tiempo y sostienen la ficción que llamamos realidad o cordura. Hoy día es demodé hablar de “normalidad”, pero cualquier persona acusa recibo cuando alguien no se conduce “con normalidad”, o sea, cuando se sitúa fuera de lo acordado tácitamente en el lenguaje por toda la variedad de siemprecidades en vínculo. Mi siempre puede confiar en tu siempre, no es amenazado por él, no constituye momentáneamiente un peligro. Por lo tanto, me agradas y te quiero. O he dejado de quererte porque no actúas como siempre.
Aún pensando en el lenguaje, el lenguaje mismo, la lengua materna, forma parte del siempre acordado, ya que se piensa según las pecualiaridades del idioma.
El idioma tejido por las siemprecidades en vínculo constituye una cultura. El idioma no pemanece estable, porque las siemprecidades confrontadas con cambios tecnológicos, ambientales, o de cualquier orden, obligan a modificar expresiones. Al cambiar la forma de proteger la siemprecidad en riesgo, decimos que cambia la forma de pensar, pero no hay tal cambio. Un idioma –y sus cambios– es un cierto modo de preservar la idea de que hay un siempre común para el grupo que lo habla.
Hubo movimientos, en la historia del arte de occidente, que entrevieron este escamoteo del instante inédito por el siempre seguro. Buscando un instante pleno que eludiera la abrumadora dictadura del siempre, cayeron en la cuenta que debían subvertir el lenguaje, reductor a común denominador. Así nació el Dadaísmo, inspirado por el rumano Tristán Tzará, precursor del Surrealismo, quien, liderado por la fogosidad de André Breton, toma por los años '30 las banderas de una revolución que quiso ser ontológica, cuya pretensión era cerrar filas junto al marxismo y el psicoanálisis. Sin embargo, lejos estaban los marxistas y los discípulos de Freud de arriesgar su plafond científico en aras de un cuestionamiento que, llegado el caso, explorando más allá de los bordes canónicos, los pondría en aprietos. Freud tenía problemas en su frente interno, lidiando con discípulos díscolos y brillantes como Carl Jung, que emparentó el análisis con el campo esotérico y Wilhem Reich, quien profesando la fe marxista, no pudo evitar que su diagnóstico radical acerca de la raíz antisomática y sexorepresiva del facismo, lo llevara a comulgar inadvertidamente con las ideas milenarias del tantrismo acerca del cuerpo y adoptar finalmente una militancia mística que la academia y el stablishment intelectual de marxistas y freudianos no podían tolerar más que la derecha ultraconservadora que lo confinó en la cárcel.
Así las cosas, no sorprende la sordera de Freud hacia Breton. Freud no entendió adónde quería llegar el surrealismo, aunque Breton propugnaba un arte poético que conmoviera el “siempre” del lenguaje formal. El surrealismo quería redescubrir la chispa de lucidez que había debajo de la capa represiva del conciente. Y en tanto que Wilhem Reich aseguraba que esa lucidez yacía bajo capa tras capa de la “coraza caracterológica” y que la terapia debía apuntar a disolver la inercia muscular forjada tras siglos de represión orgásmica –“quien toca al cuerpo toca al inconciente”–, Bretón urgaba en la cantera de los sueños y las asociaciones automáticas. En la palabra y el cuerpo estaba, sin duda, la llave maestra al laberinto del inconciente. Lacan, quien fundó escuela, no podía concebirlos por separado. Las palabras y el cuerpo estaban entretejidos en una trama indisoluble.
El Mayo francés de 1968 fue la última eclosión, esta vez multitudinaria, de todo este malestar que quería sacudir la policía interior de los mandatos sociales. Jamás había registrado la historia semejante despropósito: una revolución que anteponía la inspiración a la organización; que planteaba preguntas en vez de recetas. Tal vez fue el canto del cisne de una revuelta sísmica que venía incubándose desde muchas corrientes dispersas.
Después de todo, que es la carga de siemprecidad lo que nos impide ver la maravilla constante, es el diagnóstico invariable de toda una pléyade de inconformes que reúne a William Blake, Thoreau, Krishnamurti y tantos otros que, sin distingo de siglos y culturas, destapan de tanto en tanto, las fosas del miedo.
El fracaso del Mayo francés dejó la evidencia, por si no la hubiera, de que la revolución propugnada no era viable en términos de proselitismo o poder de número. Por el mismo motivo, tampoco era viable el surrealismo, que acabó en lo menos deseado por su fundador: un modo estético alternativo de los tantos que jalonaron el cuello de botella del siglo XX.
El psicoanálisis convertido en terapia adaptable; el surrealismo devenido algo más; el oriente milenario vuelto orientalismo californiano, desmedulado en formato New Age; el revival anarquista al estilo Michel Foucault o Jean Baudrillard, que fortalecen el síntoma al mostrar el control policíaco como una fatalidad exterior; son algunos de los nudos que muestran el error de los que pretenden que la lucidez, la metanoia o el segundo nacimiento pueden incubarse en otra matriz que no sea la “soledad sonora y la música callada” 1A como lo supo Jesús antes del cristianismo y Buda antes del budismo.
No se puede acceder a un fin yendo por el medio que lo contradice. Todos los medios contradicen el fin cuando se pretenden continuadores del principio. El principio y el fin, el alfa y el omega son lo mismo. No hay medio entre ambos. Sólo lo semejante conoce a lo semejante. No hay proceso –ni mucho menos “progreso”– en el hacer por ser. Hacer por Ser no es hacer hacia un fin que pueda preverse o predecirse. Se hace por Ser, como enseñara Nicolás de Cusa, cuando se reside en la “docta ignorancia” –exactamente al revés de nuestra actual “ignorancia ilustrada”– o, como lo enseña Eckhardt, cuando se reside en el desasimiento de todo lo que damos por conocido –sobre todo la idea de Dios– 1B. La maravilla es la disolución del “siempre” coagulado. Y el siempre se disuelve cuando se lo mira y uno no deja de reírse de haber dado algo por propio o adquirido, cuando uno confronta la desproporción entre lo que proyecta y lo que puede, entre la palabra convencional y la realidad. Quien puede reconocer esa zona infranqueable y soportar la presión corrosiva de la mentira radical en la que se fundan nuestros optimismos cómplices, quien aun con todo eso no se concede la falsa opción del pesimismo victimizante; quien en vez de la desconfianza paranoica acepta el reto de ver al otro, a cada otro, como la interpelación de ¿quién vive en mí? y nunca da por resuelta esa pregunta; ese que, en virtud de lo anterior no es propiamente un “quien”, un quien afirmado, sino más bien un ¿quién dice quién?, un quien auto interrogado, tiene acceso a la visión de “un mundo en un grano de arena” (según W. Blake), ya que el “siempre” ha sido obturado en su maniática y vetusta solidez.
A partir de ahí, ninguna expectativa del siempre por lo inminente en ciernes puede distraer la atención de esto que ahora mismo viene dándose: la intersección del devenir y el advenir.
La maravilla es advertible por un ojo que no espera otra cosa que lo que se da, pero en vez de conformarse con verlo como cosa de siempre, ve la totalidad del siempre capturada en la cosa. Es como decir que siempre se puede estar viendo lo mismo, pero lo mismo nunca es lo de siempre. No es conformismo pensar que la realidad no necesita ser transformada según el ver o la perspectiva del siempre, –que cambia algo para que nada cambie–. No hay otro cambio necesario –y efectivo– que la transformación que el sujeto haga de su visión, y desde ahí, como no hay ver sin actuar, lo abarcativo o restrictivo de nuestra visión dará la cobertura o el alcance de nuestra acción. No se trata de sumar miradas sino de asumirse en lo que se mira, suspendiendo las categorías estrechas del juicio. Dicen que Leonardo se quedaba largo tiempo absorbido en los relieves que habían formado, aleatoriamente, a través de los siglos, los escupitajos de los que pasaban ante un muro. Igualmente se cuenta la anécdota de que Jesús pasaba ante un perro muerto lleno de moscas, al que todos esquivaban por la imagen y el hedor y él, deteniéndose maravillado dijo “— Miren sus dientes, brillan como perlas”.
1A–1B Estas expresiones pertenecen a quienes cultivaron lo que se dio en llamar la “Vía Apofática”: perseverancia en la búsqueda con el previo reconocimiento de nuestra radical desvalidez cognitiva, lo que despierta el saber infuso. Juan de la Cruz, Nicolás de Cusa, Eckhardt son, entre muchos otros, sus exponentes. Juan de la Cruz la sintetiza del siguiente modo: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes./ Para venir a lo que no gustas,/ has de ir por donde no gusta./ Para venir a lo que no posees,/ has de ir por donde no posees./ Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres... Para venir a saberlo todo,/no quieras saber algo en nada./ Para venir a gustarlo todo,/ no quieras gustar algo en nada./ Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada./ Para venir a serlo todo,/ no quieras ser algo en nada.
Héctor Martín Rotger
www.hectormartinrotger.com.ar
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
El sueño
Con ocho horas de sueño,
si vives sesenta años
te pasas veinte durmiendo.
¡Veinte años! Sería bueno
que en las horas que no duermas
te cuides de estar despierto.
José Sebastián Tallon
Las Torres de Nuremberg
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Cada día del año es un regalo que se ofrece a un solo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de este para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué trivialidad va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada.
Vladimir Nabokov
El Elfo Patata (fragmento)