02/12: EL ARCA del Sur Nº 141 - Noviembre de 2007
Category: EL ARCA del Sur Nº 141
Posted by: elarca

Imagen de tapa: Pablo Smerling
http://pablosmerling-dibujos.blogspot.com/
Zamba para la guagüita
Quise hacerte esta zambita
pa’que aprendas a cantar
el canto de nuestra tierra, guagüita,
la más hermosa que hay.
Quise hacerla bien sencilla
–dos o tres tonos no más–
para que puedan tus manos chiquitas
acompañarla al cantar.
Quise hacerte esta zambita, guagüita,
pa’que aprendas a cantar
que ser humilde y muy pobre, petisa,
nunca debe avergonzar
porque son pobres y humildes, guagüita,
los que amasaron tu pan.
Quise hacerte esta zambita
pa’que aprendas a soñar
con esa patria grandota, guagüita,
con que sueña tu papá,
patria sin pobres ni tristes, guagüita,
que algún día llegará.
Hay quien crece para arriba
y otros en ancho nomás,
pero hay quien crece hacia adentro, guagüita,
y es lo que debe importar,
pues si lo de adentro es grande, guagüita,
siempre tendrás para dar.
Quise hacerte esta zambita, guagüita,
pa’que aprendas a cantar,
que ser pobre y muy humilde, petisa,
nunca debe avergonzar,
pues si lo de adentro es grande
siempre tendrás para dar.
Verónica Condomí
de su disco Cielo arriba, 2001
La inocencia es una actitud que lleva consigo la visión, no la ceguera. Habría que recuperar la inocencia en la vida adulta. En la edad de 0 a 2 años es bastante fácil y en la edad parvularia es bastante factible, pero ya en la escuela esta posibilidad se empieza a desvanecer, pues las profesoras parvularias no están preparadas para mantenerla o recuperarla. La inocencia se pierde cuando la atención está puesta en la consecuencia de la acción y se empieza a vivir en el futuro, o cuando en las relaciones de exigencias se vive atendiendo a los resultados. Esto empieza a pasar ya en la educación parvularia. Los profesores de educación parvularia y de kindergarten deberían recibir una formación que les permita saber lo que está pasando con el niño y lo que pasa es que a esa edad el niño está creando su mundo.
Si el niño vive el mundo desde la exigencia, desde la pérdida de la inocencia, ese será, entonces, el mundo que el niño creará y nuestra cultura patriarcal admite y espera esa transformación. A medida que van pasando los años van apareciendo los “discursos de la esperanza” de lo que va a ser el niño, de las expectativas de los padres, de lo que la mamá o el papá esperan que haga el niño en el futuro en función de lo que ellos no hicieron. En una cultura donde es natural que el niño siga a los padres, porque se vive un dinamismo armónico con una historia de cambio temporal lento, no hay esperanzas para el futuro del niño, pues este simplemente crece en el vivir armónico en un mundo con sucesos gratos e ingratos, que son en sí respetables y, por lo tanto, no generan conflictos existenciales. En tal vivir no hay contradicción entre el presente y el futuro. Y de hecho no hay futuro como para nosotros. Si no vivo en la esperanza, no vivo en la exigencia, si no vivo en la exigencia, puedo vivir en la inocencia. El niño puede vivir en la inocencia hasta que la pierde desde la expectativa del adulto como ser centrado en la autoridad y el control por falta de confianza en el mundo natural. Si vive así, el niño o niña llega a ser un adulto socialmente responsable que hará lo que haga bien fuera de la competencia. La competencia no genera calidad en el quehacer, y cuando parece que la genera lo que pasa es que las personas actúan desde la seriedad en su acción. La competencia genera mentira y engaño. Yo pienso que es mejor que nuestros hijos crezcan matrísticos y que aprendan a ser impecables en su quehacer por autorrespeto.
Humberto Maturana
El sentido de lo Humano, 1991
música del arcanauta
Canciones de Sebastián Monk
Para cantar con chicos despiertos

Si la tradición de música infantil en la Argentina incluye nombres como los de María Elena Walsh o proyectos todavía en vigencia como los de Promúsica de Rosario, por esa senda caminan hoy músicos que aportan su sensibilidad, trabajo y compromiso para disfrute de los niños que van naciendo.
Uno de ellos es Sebastián Monk, compositor y pianista, que anclado a su experiencia como profe de música en escuelas primarias, contribuyó con 8 discos de canciones al repertorio destinado a los chicos, que también oxigena el oído de los grandes. Varios de esos trabajos recrean las temáticas de los actos escolares con letras que hablan de la patria, la bandera y los hombres de la historia desde otra mirada, sin la distancia del bronce ni la solemnidad tan arraigada en estas celebraciones.
Con ese espíritu de búsqueda de la belleza, sin dejar de hablar de los temas de siempre, Monk compuso catorce joyitas y se las presentó a músicos amigos para que las enriquezcan con sus voces y arreglos. Así surgió Nuevas canciones para niños sin sueño, donde nanas, canciones de cuna e historias que hablan de lo que ha inquietado a los chicos de todos los tiempos, encuentran cobijo en los ritmos del folclore argentino y latinoamericano.
Cecilia Todd, Silvia Iriondo y Marcos Cabezaz, Carlos Aguirre y Silvia Salomone, Luna Monti y Juan Quintero, María Elía y Diego Penelas, Guadalupe González Táboas y Pablo Tozzi, Melania Pérez, Beto Caletti, Franco Luciani, Néstor Lamónica y Patricio Bonfiglio hacen propias esas canciones y las hermosean con sus músicas, acuñadas en la delicadeza, el respeto y el amor.
Huayno para despertarse con caricias, Coplas de la abuela, Zamba del viento, Huella, la luna son sólo algunos de estos regalos con que podemos acariciar a nuestros niños. Porque, como dice Sebastián en los versos de Si es posible: “para ellos las tardes de jugar en la vereda, el cine, el circo, el sol, los elefantes. Para mí, lo que quede si es que queda, que teniéndolos felices ya es bastante”.
Gabriela Redero
shagradasantafe@yahoo.com.ar
Palabras para Julia
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía, es mejor vivir
con la alegría de los hombres,
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto,
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno,
son como polvo, no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti,
cuando te escribo estas palabras,
pienso también en otros hombres.
Tu destino está en los demás,
tu futuro es tu propia vida,
tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría,
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname, no sé decirte
nada más, pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en tí como ahora pienso.
José Agustín Goytisolo
Tortugas voladoras
Las tortugas también vuelan es un film del 2004 de un director kurdo-iraní. Si alguien había ido al cineclub a olvidarse un poco de la realidad y pasar un momento agradable, no lo debe de haber logrado. A mí no me ocurrió eso, ciertamente.
Los actores son niños que se interpretan a sí mismos; no hay efectos especiales para que al chico le falten los dos brazos, o tenga muletas y una piernita retorcida asome del pantalón. La historia es la supervivencia comunitaria de los huérfanos de Hussein en campos de refugiados, esperando que estalle la guerra.
Y los niños se ganan el sustento limpiando los campos minados para los campesinos; vendiendo luego las minas al ejército. Habría mucho para contar; como la historia de la pequeña suicida que arrastra a su hijito fruto de la violación por los mismos soldados que asesinaron a sus padres; o el liderazgo natural de esas personas llamadas por su propia naturaleza a organizar y ayudar como pueden a sus semejantes, aún con trece años.
Pero una debe hacer pie en algún aspecto, y precisamente cuando salí de la sala una terrible indignación me oprimía el pecho, pensando en esos campesinos que no se preocupaban en utilizar a los propios huérfanos de su pueblo, pequeños indefensos y haraposos, para recuperar sus sitios de labranza. Los mandaban al muere por monedas. Una indignación enorme contra los otros refugiados, adultos, que protegían a sus niños pero se desentendían totalmente de esta enorme bandada de sufrimientos minúsculos que sin embargo llenan de dolor el mundo.
Cómo nadie hacía nada por ellos. Cómo con sus pobres recursos los niños solitos debieron sobrevivir o morir o quedar lastimados para siempre. Solos en la terrible hostilidad de un universo caótico.
Lo pensaba mientras tomaba el colectivo porque hacía un frío atroz; y el viento de Santa Fe hacía rodar en la acera un pedazo de columna de concreto. No fui caminando a mi casa. No estaba la noche como para emprender esa insensata aventura.
En ese momento, cuando subía los escalones hacia la calidez iluminada del autobús, recordé (todos lo sabemos, lo difícil es recordarlo) que hay niños en las calles de mi ciudad, chicos acurrucados en portales, niños vendiendo su sexo inmaduro para lograr la moneda o el reparo, chicos con estampitas o flores, descalzos, haraposos, ignorados.
No tenemos guerra, no estamos en campamentos de refugiados. Pero los niños desheredados vagan alrededor de nuestros refugios.
Primero sentí indignación por los campesinos de Irak. Después, vergüenza por todos nosotros.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
mirador de las voces nuevas
Los sueños madrugados
A la escuela arrastrando una carga:
colgados, se resisten tironeando
los sueños madrugados.
Pies a tientas, los ojos apenas intuyendo;
a la escuela,
a través de la bruma que los sueños emanan.
Finalmente en la puerta se enrollan y se guardan.
Y en el patio del recreo,
sonámbulos, se sueltan
filamentos que flotan y translucen al sol
Los sueños de los niños
esperan impacientes los fines de semana
para estirarse en todas direcciones
sin límites
como fuegos artificiales desbocados.
Laura Hormaeche
lhormaeche@gigared.com
Los pibes banderas
Las Petacas se llama el exacto escenario del segundo estado argentino donde los pibes son usados como señales para fumigar.
Chicos que serán rociados con pesticidas mientras trabajan como postes, como banderas humanas y que luego serán reemplazados por otros nadies.
“Primero se comienza a fumigar en las esquinas, lo que se llama esquinero. Después, hay que contar 24 pasos hacia un costado desde el último lugar donde pasó el mosquito, desde el punto del medio de la máquina y pararse allí”, dice uno de los pibes entre los catorce y dieciséis años de edad. El mosquito es una máquina que vuela bajo y riega una nube de plaguicida.
Para que el conductor sepa dónde tiene que fumigar, los productores agropecuarios de la zona encontraron una solución económica: chicos de menos de 16 años, se paran con una bandera en el sitio a fumigar. Los rocían con Roundup, a veces 2-4 D. Tiran insecticidas y mata yuyos. “Tienen un olor fuertísimo. A veces también ayudamos a cargar el tanque. Cuando hay viento en contra nos da la nube y nos moja toda la cara”, describe el niño señal, el pibe que será contaminado, el número que apenas alguien tendrá en cuenta para un módico presupuesto de inversiones.
No hay protección de ningún tipo. Y cuando señalan el campo para que pase el mosquito cobran “entre veinte y veinticinco centavos la hectárea y cincuenta centavos cuando el plaguicida se esparce desde un tractor que va más lerdo”, dice uno de los chicos.
Con el mosquito hacen 100 ó 150 hectáreas por día. Se trabaja con dos banderilleros, uno para la ida y otro para la vuelta. “Trabajamos desde que sale el sol hasta la nochecita. A veces nos dan de comer ahí y otras nos traen a casa, depende del productor”, agregan los entrevistados.
Uno de los chicos dice que sabe que esos líquidos le puede hacer mal: “Que tengamos cáncer”, ejemplifica.
“Hace tres o cuatro años que trabajamos en esto. En los tiempos de calor hay que aguantárselo al rayo del sol y encima el olor de ese líquido te revienta la cabeza. A veces me agarra dolor de cabeza en el medio del campo. Yo siempre llevo remera con cuello alto para taparme la cara y la cabeza”, dicen las voces de los pibes envenenados.
“Nos buscan dos productores. Cada uno tiene su gente, pero algunos no porque usan banderillero satelital. Hacemos un descanso al mediodía y caminamos 200 hectáreas por día. No nos cansamos mucho porque estamos acostumbrados. A mí me dolía la cabeza y temblaba todo. Fui al médico y me dijo que era por el trabajo que hacía, que estaba enfermo por eso”, remarcan los niños.
El padre de los pibes ya no puede acompañar a sus hijos. No soporta más las hinchazones del estómago, contó. “No tenemos otra opción. Necesitamos hacer cualquier trabajo”, dice el papá cuando intenta explicar por qué sus hijos se exponen a semejante asesinato en etapas.
La Agrupación de Vecinos Autoconvocados de Las Petacas y la Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam) habían emplazado al presidente comunal Miguel Ángel Battistelli para que elabore un programa de erradicación de actividades contaminantes relacionadas con las explotaciones agropecuarias y el uso de agroquímicos. No hubo avances. Los pibes siguen de banderas. Es en Las Petacas, departamento San Martín, provincia de Santa Fe.
Carlos Del Frade
http://www.lacapital.com.ar/2006/09/03/region/noticia_323292.shtml
Patio de la infancia
Qué tan pequeño era
el patio de la infancia,
de aquella la que fuera
por entonces, mi casa.
La de paredes pobres,
la que tanto quería,
donde niño jugaba
y mi madre tejía.
Qué tan pequeño era
el patio de la infancia,
frecuentado por pájaros,
poblado de fragancias
de rojas rosas ¡cuántas!
de floridos ciruelos,
aquellos que podaban
las manos del abuelo.
En mis sueños de niño
amplié su geografía,
me llevó por mil rumbos
mi febril fantasía;
fui soldado, pirata,
cacique y bandolero,
en el patio de entonces,
aquel que tanto quiero,
el de paredes pobres,
sin revoque, vencidas,
donde pasé mi infancia,
lo mejor de la vida.
Danilo Doyharzábal
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
La nona Insulina
A medida que pasaban los años la cara de la nona Insulina se volvía más lisa y desarrugada. Las manos más firmes, la espalda más derecha. Hasta se notaba que crecía un poco. Con el tiempo se le afirmaron los dientes y dejó de usar bastón. Por esa misma época le empezaron a gustar más los tacos altos que las pantuflas.
En unos años nació su último nieto; y un poco después, el primero.
Se jubiló de maestra de piano.
Pronto le desaparecieron las primeras canas.
Cuando quiso acordarse ya faltaban veinte años para su casamiento con el joven Beto Fregolini. Hasta entonces fue criando a sus dos hijos, que le daban cada vez más trabajo a medida que se hacían chicos.
Más tarde conoció a Beto. El la sacó a bailar un sábado de Carnaval en la Sociedad de Fomento de Carapachay. Allí la nona Insulina pronto empezó a ir a las fiestas acompañada de su mamá.
A los doce años entró en séptimo grado y estrenó un par de zoquetes nuevos. Ya nunca más dejaría los zoquetes.
El día que empezó la primaria la nona Insulina gritó como una marrana cuando su mamá la dejó en la escuela. Por entonces se le picó la primera muela por lo que iba a ser su gran debilidad: los caramelos de leche. El primer porrazo fue a los trece meses, cuando se largó a caminar. Después empezó a gatear y a ofrecerle su chupete a medio mundo. Era la época en que la entalcaban para que no se paspara. En cuestión de semanas la pusieron a dormir en un moisés lleno de moños. Enseguida la nona Insulina empezó a despertarse cada cuatro horas para pedir la mamadera.
Una mañana de setiembre, muy temprano, pegó su primer grito: ¡BUAAAAAAA! Le pegaron una palmada en el traste y después nació.
Ema Wolf
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Al pie desde su niño
El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.
Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.
Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.
Aquellas suaves uñas
de cuarzo de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y los pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.
Pero este ciego anduvo
sin tregua, sin parar
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.
Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si lo enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.
Pablo Neruda
Estravagario, 1958
no es ser niño enverdad
lo que se quiere
cuando uno llora
sino permanecer do no se muere
y conservar intactas fauna y flora
hasta besar la piedramor d'aurora.
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar