22/09: EL ARCA del Sur Nº 139 - Septiembre 2007
Category: EL ARCA del Sur Nº 139
Posted by: elarca
Setiembre asoma con holgura de pájaros
y de soles redondos
saludando a la intemperie con sus copos de colores.
Ya vendrán los lapachos con su rosada lujuria
de amaneceres constantes.
Y ya están los pequeños brotes
en la cumbre de las manos.
Setiembre es un pájaro de soles compartidos.
Oscar Angel Agú
Leyenda
Al amanecer
algunos ojos eran de la oscuridad
y huyeron hacia las tinieblas del ayer
con un puñado de semillas por sembrar,
con un puñado de promesas por crecer
y amar.
Pero salió el sol
y se elevó sobre la tierra siempre más,
secando el frío nocturnal, dando calor,
regocijando al mundo con su prodigar,
urgiendo al viento un poderoso corazón
de amar.
Y su luz subió
saltando las montañas, traspasando el mar,
regando al mundo con su cálida verdad,
su cálida razón,
esparciendo la claridad como una estación.
Era bello el sol
que se elevaba sobre el mundo siempre más
con su destierro de nevada, su canción,
su semillero en jubiloso despertar,
erguido al viento el poderoso corazón
de amar.
Y su luz llegó
al reino oscuro, a las torres del ayer
y la simiente arrebatada de su amor
sintiose renacer
al contacto de su calor y su quehacer.
Luego al final,
a la hora en que se suponía atardecer,
sintieron que la luz quedó en su respirar
como una sangre de la atmósfera, un poder,
un pacto eterno con la claridad solar,
con la claridad solar,
con ser.
Silvio Rodríguez
de su disco Tríptico Vol. 3, 1985
Precariedad
La vio en la costanera, en un árbol todavía no brotado, torcacita parda sobre un nido penosamente construido con tres o cuatro ramitas cruzadas.
La señaló para ella con gesto infantil. Con el dedo extendido y la emoción extendida, trazó una línea cálida entre su clara mirada y la avecilla tierna.
Después siguieron caminando, y la vida transcurrió sobre sus cabezas.
Por la noche el viento fue inclemente, ululó en las antenas, con dientes de perro se aferró a los batientes de las ventanas. Las plantas se quejaron con voz vegetal. El hombre despertó en la noche.
Al día siguiente le contó a ella que le había temblado un poco el alma a la madrugada. Le dijo que había pensado en la palomita, en la fragilidad de la intemperie de varillas peladas. Los ojos le brillaban. Dijo que vio los huevitos del futuro protegidos por el cuerpo escaso, por las alas minúsculas. Dijo que la vida es fuerte en su resistencia.
Ella le dijo “te quiero”.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
música del arcanauta
Ernesto Snajer – Palle Windfeldt
Espíritu de guitarreros

Entre los cultores de las seis cuerdas suele percibirse la distinción entre “guitarristas” y “guitarreros”. Mientras los primeros son quienes han abordado en forma académica el instrumento y se sumergen en su estudio sistemático, hay quienes identifican a los segundos con aquellos músicos que tocan “de oído” y cultivan el espíritu “popular” de la guitarra, tan vinculada a la música argentina. Si siguiéramos esa premisa, Ernesto Snajer y Palle Windfeldt son guitarristas. Pero ellos eligen llamarse Guitarreros. Así nombraron a su primer disco compartido en Copenhague (Dinamarca) poco tiempo después de conocerse y comenzar su proyecto a dúo. Y mantuvieron la identidad para este disco, producido años más tarde por Egberto Gismonti para el sello Carmo.
Instrumentista de jerarquía y particular compositor, el argentino encontró en el danés a un cómplice con quien compartir su mirada sobre la guitarra. De espíritu inquieto, ambos bucean desde que se conocieron –allá por 1989– en la riqueza rítmica y las cadencias del folclore argentino, con un lenguaje que también ampara al jazz, a los sonidos brasileños y a los aires de otras músicas del mundo. Este trabajo, basado en composiciones propias, propone un viaje sin prejuicios por las posibilidades de la guitarra. Ritmo, potencia, colores, son las características de esta música elaborada con libertad y frescura. El zapatraca, El Cañuflete, Qué hacé, pescau!, Nohos, Maracatú, Chinese chacarera y Guitarreros, algunas de sus perlas.
“De todo lo que hice hasta ahora, elijo este trabajo –dice Ernesto Snajer–, por lo que significa para mí y por las puertas que nos abrió junto a mi gran amigo Palle. La música de Guitarreros es, sin dudas, la que más me representa; y fue una yapa inesperada y mágica que, después de 8 años de editada, Gismonti haga una selección, la edite para Carmo y la distribuya en todos los países de Europa. Egberto era uno de mis héroes desde siempre. Por eso sentí que un sueño de cuando era pibe, se me había cumplido”.
Gabriela Redero
Jardín
De una ventana sé que si se abría
daba a un jardín interno y que las flores
de ese jardín se abrían cuando el hombre,
cerrando la ventana, se dormía.
Cierta vez despertó a la medianoche.
Detrás de la ventana suponía
a las flores cerradas; en su vida
todo estaba cerrado para entonces.
Algo lo llevó a espiar por una hendija.
A la luz de la luna vio de golpe
todo el jardín abierto y todavía
no vuelto del asombro, el picaporte
de su absorta mirada florecida
abrió en la oscuridad su primer brote.
La idea de jardín, en la simbología, refiere a aquella parte de la naturaleza que hemos logrado disciplinar. Un jardín alude a noción de control y dominio de lo que, por sí mismo, exhibiría el aspecto caótico de la selva. Ese control de jardinería, embalsamador de la belleza, inhibidor de lo que, como la belleza, no es manejable, ocupa nuestras horas de distracción ocupada, para no dar a ese tiempo el honroso nombre de “vigilia”, que alude a quien en vez de podar y someter lo que está llamado a crecer, desarrolla el poder de atención reverente, la visión alerta que da el tono y el alcance de cada respuesta, que no es posible que, en esas condiciones, sea copia de la anterior.
A la vista del jardín que nos expresa, vale por lo tanto preguntarse si, como especie, no hubiera sido posible dedicar nuestros afanes a otra cosa que no sea este afán domesticatorio.
Se manda desde chicos a los niños al “jardín” de infantes, para que la selva perceptiva de la niñez y los espacios vírgenes de su inteligencia de asombro sean tempranamente disciplinados, esto es, moldeados a la imagen de lo que la sociedad espera de ellos. Desde luego, todo lo que viene después, lejos de semejarse a la jungla en la que cada uno tiene su apropiado recurso predatorio y defensivo de subsistencia, es lo más parecido a la arena del circo romano, donde la violencia natural es pervertida en los ojos y los gestos monstruosos de quienes la recrean gratuitamente. Para quienes estén pensando que el circo romano desapareció hace mucho, cabe invitarlos a considerar si más bien no ha ocurrido que la arena del circo se trasladó a nuestra cotidianeidad ordinaria y la única diferencia es que todos somos gladiadores y espectadores en un combate que transfiere la fuerza instintiva de la selva a nuestro canibalismo mediático y político.
Vale decir que el circo romano es la pieza de desechos, el reverso impresentable del mentado jardín. Las erupciones y los delitos sociales que nos afligen son la fotografía plural de nuestro secreto coliseo privado; más secreto cuanto mejor nos adaptamos a convivir tibiamente escondidos tras la máscara del conciente, cuya compostura y afeites se hacen cargo de nuestra representación, tan eficazmente que terminamos muriendo y matando si la máscara se ve amenazada.
La crisis civilizatoria que estalla en nuestras narices, este verdadero paisaje de horror que admite todos los abordajes demostrativos, desde la amenaza ecológica hasta los genocidios por hambre de mayorías excluidas; desde el valor humano corroído por el valor de las cosas, hasta la sustitución de la misma noción de hombre por la de “recursos humanos”; esta erosión imparable del significado y del sentido, esta meteorización de la palabra que refiere a un parlante que subsiste en un vacío de escucha y pertenencia, tornan en impostura cualquier intento de atenuar la alarma, cualquier proyecto que no venga prevenido de la desconfianza en las certezas inconmovibles que proyectaron este presente. Esta crisis civilizatoria que no reconoce geografías a salvo y que precipita en el abismo de la anomia indolente a toda la dimensión de la interioridad humana, no puede ser tratada desde la perspectiva liviana del que imagina posible salvarse del naufragio cargando las valijas. Lo que sea digno de pervivir de nuestra civilización deberá flotar inconmovible a la oxidación del devenir y arribar algún día a las playas de otro tiempo.
Este tiempo nuestro es el de un jardín de flores cerradas porque el hombre ha cerrado la ventana a su interior, porque el jardín se ha blindado hasta perder toda conexión con la selva. El hombre permanece dormido a la apertura de su sabiduría, que ocurre en su nocturnidad y florece cuando licúa todos sus coágulos de savia, cuando reconcilia su ascenso con lo que tiene de terrestre, de visceral, de somático. El hombre de otros vínculos, remotos a nuestra cultura pero intensamente próximo si nos atrevemos a armar el rompecabezas de todo lo que de la sabiduría llegó a nuestras playas (sobreviviendo quien sabe a cuántos naufragios); ese hombre raigal no hablaba de una dimensión espiritual desconectada de la sacralidad sensoria. Y porque conectaba la dimensión somática con la psíquica y la psíquica con la pneumática, el observador no se desvinculaba de lo observado y de lo que no alcanzaba a observar. Se veía a sí mismo como una estación de peregrinaje de la entidad mistérica que lo atravesaba y lo sobrepasaba, y que, en consecuencia, lo convertía en súbdito y no en amo de todo género de manifestación, preservándolo de arrogarse la representación legislativa, de hablar en nombre de la entidad convocante.
En semejante cosmovisión, de ningún modo el instinto podría asimilarse a brutalidad sino a acontecimiento tangible, a recorte estacional del intercambio inmanente entre el ser y la existencia, entre el ahora eterno y su despliegue en el tiempo. Esa fue la cosmovisión que sostuvieron quienes, como peregrinos del tiempo, errantes y solitarios, arribaron, periódicamente desde quién sabe dónde, a las costas de la cultura dominante (que no los dominó a ellos) poniendo todo convencionalismo y todo supuesto entre paréntesis o signo de pregunta. Uno de estos extraños seres, William Blake 1, dijo “si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito. Porque el hombre se ha encerrado hasta llegar a ver todas las cosas a través de las estrechas hendiduras de su caverna”. Esta frase no difiere, sin embargo, del pensamiento indígena de cualquier lugar de América, lo que de hecho se comprueba a poco de indagar en esa fuente. Y como desafía todo marco cultural, también refiere al alemán Jacob Boheme 2 zapatero remendón, o a Thoreau 3 (rescatado en la película La sociedad de los poetas muertos) o a la elección de vida que, en idéntico sentido hizo nuestro tan cercano Esteban Laureano Maradona, quien, ejerciendo la medicina y la investigación botánica en un medio aborigen, ajeno a todo reconocimiento, prefirió el retiro del corazón a nuestro deliberado exilio de todo lo que pudiera oler a vida.
Para llegar a este jardín aséptico de flores cerradas y hombre dormido hubo primero que demonizar al instinto que alguna vez era sagrado. El instinto demonizado se volvió ciego y se lo puso bajo el control de la razón. Pero la luz de la razón, lejos de irradiar desde un centro, dirige un enfoque cerrado al área de su interés y cierra la vida en la estrechez de su rutina, validada por el consenso tácito de toda una época, hasta que otro interés resitúa el halo de luz en otro enfoque y la cultura cambia de molde. Desde luego, cegado y mutilado el instinto, hay que trasladar lo sagrado a un “deber ser” que la razón circunscriba y vigile. Entonces lo sagrado, lo espiritual, pasa a ser patrimonio de la decisión del hombre en vez de serlo, sin necesidad de mediación alguna, la conjunción y la reciprocidad de todo con todo.
Para reconocer que se es mucho más que lo que está contenido entre la cabeza y la planta de los pies, tenemos primero que pensar que lo que ahí, entre ambos, respira, comunica como una estación sensoria, con lo que excede a nuestra sensorialidad. Como dice Walt Whitman “sagrado soy por dentro y por fuera”. Esa admisión de sacralidad inmanente y trascendente alumbrará, previo despertar a medianoche y acechar por una hendija hacia el jardín, envuelto por la oscuridad, el florecimiento de nuestra mirada.
Claro que, el despertar a medianoche no puede ser gratuito. Su costo es muy alto. La historia de la civilización muestra que lo que el hombre elige es dormir, esto es, autoconsentirse en su mirada estrecha e interesada del mundo; no sobrepasar su conformismo o, meramente, entender por cambio el modelo de cambios que nos ha traído hasta acá. Para el cuello de botella en que estamos inmersos como civilización hace falta pensar en términos radicalmente disruptivo-expansivos. Y no son pensamientos suficientes ni oportunos los que se apoyan en la validación abierta o encubierta del autoengaño imperante, que recrea el supuesto de que tenemos algún género de inteligencia o don más importante que la trama que nos sostiene y nos contiene.
Valgan en tal sentido estas palabras del célebre antropólogo Claude Lévi-Strauss: “Un humanismo bien ordenado no comienza consigo mismo, sino que devuelve las cosas a su lugar. Sitúa al mundo delante de la vida, a la vida delante del hombre y al respeto por los demás antes del amor a sí mismo. Esta es la lección que nos enseñan aquellas personas que llamamos ‘salvajes’: una lección de modestia, de decencia y discreción a la vista de un mundo que precedió a nuestra especie y que la sobrevivirá”.
Héctor Martín Rotger
rotgerhm@arnet.com.ar
1-2-3: Jacob Boheme (Sajonia, siglos XVI/XVII), William Blake (Inglaterra, siglos XVIII/XIX) y Henry David Thoreau (EE.UU., siglo XIX), sin conexión entre ellos y a través de una literatura autotestimonial, constituyen, entre no muchos otros, mojones de referencia imprescindible a la hora de evocar las voces que resistieron una visión confiscatoria y reductora de la dimensión humana, cuyo alcance, según ellos, podía encontrarse a condición de abrirse paso entre los formatos opcionales del molde social, que en todas las culturas presiona o seduce con múltiples formas de acatamiento adaptativo.
Boheme con sus célebres Confesiones; Blake con sus Cantares de Inocencia, sus Cantares de Experiencia, su Matrimonio del cielo y el infierno y sus grabados ilustrativos; y Thoreau con la prosa poética de su Walden o la vida en los bosques, ponen en palabras verdaderos hitos o cumbres de compromiso transmutativo que, al exceder las miopías convencionales, pasan inadvertidos a su época y, cuando son finalmente reconocidos, tienen el mérito de no encajar en etiquetamientos que pretendieran neutralizarlos.
La primavera en aquel barrio
se llama soledad
se llama gritos de ternura
pidiendo para entrar
y en el apuro está lloviendo
ya no se apretarán
mis lágrimas en tus bolsillos...
Fernando Cabrera
cantautor uruguayo
El tiempo está después, fragmento
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
Un pasito... y otro pasito
Ignacio se llamaba como su mejor amigo, su abuelo Nacho. Cuando Ignacio nació, su abuelo le dijo a todo el mundo:
— Ignacio no va a aprender a decir abuelo hasta que tenga tres años. Así que le voy a enseñar a llamarme Nacho.
Y Nacho fue la primera palabra que Ignacio aprendió a decir.
Fue Nacho quien enseñó a Ignacio a caminar.
— Agárrate de mis manos, Ignacio –le decía su abuelo–. Un pasito... y otro pasito. Un pasito... y otro pasito.
A Nacho y a Ignacio les gustaba mucho jugar con los viejos tacos de madera, que se guardaban en un estante en el cuarto de costura.
Los tacos tenían letras en dos lados, números en dos lados, y en los otros dos lados tenían dibujos con animales y otras cosas. Ignacio y Nacho iban poniendo los tacos uno encima del otro, muy poquito a poco, para construir una torre. Altísima. Había treinta tacos.
A veces, cuando todavía no habían puesto ni la mitad de los tacos, la torre se caía.
Otras veces, la torre iba creciendo y creciendo cada vez más alta, hasta que ya casi no quedaban tacos que ponerle.
— Solamente falta uno –decía Nacho.
— Y es el taco del elefante –decía Ignacio.
Y con mucho cuidado, ponían el taco del elefante en lo más alto de la torre.
Pero entonces, a Nacho se le salía un estornudo y toda la torre se venía al suelo. Ignacio se reía y se reía.
— Los elefantes siempre te hacen estornudar, Nacho –decía Ignacio.
— Bueno, la próxima vez sí nos va a salir una torre que no se caiga –le decía su abuelo.
Entonces, Nacho sentaba a Ignacio en sus rodillas y le contaba cuentos.
— Nacho, cuéntame cómo me enseñaste a caminar –le pedía Ignacio.
Y su abuelo le contaba cómo lo agarraba de las manos y le decía: Un pasito... y otro pasito. Un pasito... y otro pasito. Hasta que un día, Ignacio se soltó de las manos de su abuelo y caminó solo.
El día que Ignacio cumplió cinco años, él y Nacho pasaron un día muy especial. Fueron al parque de diversiones. Se montaron en la montaña rusa, comieron perros calientes y helados. Se tomaron fotos y cantaron canciones.
Y cuando se hizo de noche, fueron a ver los fuegos artificiales.
En el camino de regreso, Nacho iba contándole cuentos a Ignacio.
— Ahora –pidió Ignacio–, cuéntame cómo me enseñaste a caminar.
Y Nacho le contó.
Poco después del cumpleaños de Ignacio, su abuelo se puso muy enfermo.
Ignacio regresó de la escuela y su abuelo no estaba en casa.
— Nacho está en el hospital –le dijo su papá–. Le dio una cosa que se llama infarto.
— Quiero ir a verlo –dijo Ignacio.
— No se puede, mi amor –contestó su mamá. Ahora Nacho está demasiado enfermo y no puede ver a nadie. No puede mover sus brazos ni sus piernas, y no puede hablar. El doctor dice que tal vez ni siquiera reconoce a las personas. Tenemos que esperar y confiar en que Nacho se mejore.
Ignacio no sabía qué hacer. No quería comer, y por las noches no se podía dormir. Lo único que quería era que Nacho se curara.
Pasaron meses y meses y meses. Nacho seguía en el hospital.
A Ignacio le hacía mucha falta su abuelo.
Un día, cuando Ignacio regresó de la escuela, su papá le dijo que Nacho volvería a casa.
— Pero todavía está muy enfermo –le dijo. No puede caminar, ni hablar. Cuando nos ve, a tu mamá o a mí, no sabe quiénes somos. Y el doctor cree que no se va a mejorar. Así que no te asustes cuando veas que Nacho no se acuerda de ti.
Pero Ignacio sí se asustó. Su abuelo no se acordaba de él. Lo único que hacía era estar todo el día acostado.
A veces, el papá de Ignacio cargaba a Nacho desde la cama y lo sentaba en un sillón. Pero Nacho no hablaba y ni siquiera se movía.
Un día, Nacho trató de decirle algo a Ignacio, pero lo que hizo fue un sonido horrible. Ignacio salió corriendo del cuarto.
— Nacho hizo un ruido como un monstruo –le dijo a su mamá.
— No fue a propósito –le contestó ella.
Ignacio volvió al cuarto donde estaba sentado Nacho. Le pareció que había una lágrima bajando por la cara de su abuelo.
— Yo no quería salir corriendo, Nacho. Pero es que me asusté. Perdóname. ¿Sabes quién soy?
A Ignacio le pareció ver que Nacho guiñaba un ojo.
— ¡Mamá, mamá! –gritó–. ¡Nacho sí me reconoce!
— No, Ignacio –le dijo su mamá–. Tu abuelo no nos reconoce. Trata de tranquilizarte.
Pero Ignacio estaba seguro. Corrió hasta el cuarto de costura. Sacó la caja de tacos del estante y corrió otra vez al cuarto donde estaba Nacho.
En la cara de Nacho apareció una pequeña sonrisa.
Ignacio empezó a construir la torre.
Llegó hasta la mitad...
Luego, casi hasta lo más alto...
Solamente faltaba un taco.
— Bueno, Nacho –dijo Ignacio–, ahora el taco del elefante.
Y Nacho hizo un ruido extraño, que sonó como un estornudo.
La torre se vino al suelo, y Nacho le sonrió y movió un poquito los dedos, para arriba y para abajo.
Ignacio se rió y se rió. Ahora sabía que Nacho se iba a curar.
Y así fue. Poco a poco, comenzó a decir algunas palabras. Sonaban extrañas, pero cuando decía Ignacio se entendía clarito, clarito. Después, Nacho pudo mover los dedos, y luego, las manos. Ignacio lo ayudaba a comer, hasta que un día Nacho pudo sostener solo la cuchara. Pero, todavía no podía caminar.
Cuando pasaron las lluvias, el papá de Ignacio sacó una silla al patio y sentó allí a Nacho. Ignacio se sentó a su lado.
— Ignacio –dijo Nacho–. Cuento.
Y entonces Ignacio le contó un cuento.
Luego, muy despacito, Nacho se levantó de la silla.
— Tú. Yo. Caminar –dijo Nacho. Ignacio entendió.
Se paró delante de Nacho para que se apoyara en sus hombros.
— Ya está, Nacho. Un pasito...
Nacho dio un paso.
— Y otro pasito.
Nacho dio otro paso.
Al final del verano, Ignacio y Nacho podían ir caminando hasta el parque y Nacho hablaba cada día mejor y mejor.
Cuando cumplió seis años, Ignacio sacó la caja de los tacos. Poco a poco, construyó la torre. Sólo faltaba un taco.
— Ahora, taco elefante –dijo Nacho.
Ignacio lo puso en lo más alto.
¡Nacho estornudó!
— Los elefantes siempre te hacen estornudar, Nacho –dijo Ignacio–. Bueno, la próxima vez sí nos va a salir una torre que no se caiga. Ahora, cuéntame un cuento.
Y Nacho le contó un cuento.
Luego Nacho dijo:
— Ignacio, cuéntame cómo me enseñaste a caminar.
— Bueno, Nacho, tú te apoyaste en mis hombros y yo te dije: Un pasito... y otro pasito. Un pasito... y otro pasito.
Tomie de Paola
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Parque Garay
La gente oronda sobre la tierra gorda que ya está lista para la primavera.
Las construcciones de la naturaleza. Y de la industria humana que tarde en concordar, en aceptar su puesto transitorio.
Los sones de la charla y del paseo en silencio. Paseo acompañado nomás por el nombre domingo de este día.
La luz acata, es un decir, acata al verdadero sol, avante a varios diámetros del brillo que hay arriba del cielo. Y, entonces, ocurren las mudanzas de todo, las sombritas caminosas, allí, donde la rama entronca, o el hombre y la mujer entroncan. Beso. Flujo de la savia.
Oportunidad de llamar con palabras a la vida. Al consuelo. Al sentimiento que pasea mojado de beneficio.
Hondas verduras. Y la vasta inocencia de la gente.
Una frase, con la verdad de siempre: la vida continúa.
Así como el entendimiento, que se tarda, pero que no se ausenta del camino.
La inmadurez chillona grita: soy inmadura. Es un adorno de la soledad.
Y, si es sin factible zafadura, está bien que no sepa, y que quede sin nombre bautismal. Que se reitere, nomás, para el cometido del hombre por la tierra. Que juegue con civilización, y se jacte de estar en los cuadernos actuales.
Está bien que no muera.
Arriba de las cosas y afuera de los nombres, aparte de los ángeles, el verde se hace azul.
El azul es el poema de los poemas.
En las aguas, los pájaros del tiempo performan ejercicios de agradecimiento.
El mejor, es el que va a nacer.
Me felicita, por haber estado, la memoria.
Y me cuenta el cuento de un amor...
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
Como el agua
Como el agua
se afana
callada
bajo el trigo,
como la tierra,
humilde,
elabora
metales
y eleva
hasta la rosa
la hermosura,
así, de esa manera,
escribirás
tus versos:
sólo en hondo
silencio
germinan
las palabras
luminosas.
Miguel D'Ors
poeta español nacido en 1946
La música extremada, 1991