Todo vivir humano ocurre en conversaciones y es en ese espacio donde se crea la realidad en que vivimos. (...)
En el conversar construimos nuestra realidad con el otro. No es una cosa abstracta. El conversar es un modo particular de vivir juntos en coordinaciones del hacer y el emocionar. Por eso el conversar es constructor de realidades.

Humberto Maturana






música del arcanauta

Canciones sobre poemas de Juanele
Cuando el agua dice

“El alma es un olvido hacia una orilla eterna”, escribió Juan L. Ortiz en uno de sus poemas. Palabras que resuenan, que inundan, que pueblan un disco que es también un libro –o al revés–, donde tres músicos se han dado un gran gusto: ponerle sonido propio a esos versos que anidan en el paisaje del río. El trío Sebastián Macchi - Claudio Bolzani - Fernando Silva, es autor de un reciente CD editado por Shagrada Medra, llamado Luz de agua, que se presentará en vivo el próximo 23 de junio en el Teatro 3 de Febrero de Paraná (la orilla que Juanele habitó).
“Al leer en voz alta las palabras escritas suelen animarse y expresar algún sentido a través de la propia voz. Andando los versos de Juanele así, como disuelto en un otro mundo, fueron despertando algunas impresiones sonoras que hallaron su forma en estas canciones”, cuentan los músicos acerca de estos poemas de Ortiz musicalizados por el pianista Sebastián Macchi. “Luz de agua es un diálogo sin tiempo, de amor y profundo respeto. Un homenaje y, finalmente, una manera despojada de agradecer tanta belleza que su obra y su vida nos enseñan, como formas de resistir desde lo sutil”, dicen. La sutileza es, precisamente, la intención que define el sonido de este disco. Diez canciones, donde la voz aterciopelada de Bolzani y la de su propia guitarra, se encuentra con los sonidos de agua en el piano de Macchi y con la atmósfera de hondura que crea el contrabajo (violoncello, berimbao) de Silva.
“En algunos casos, la canción suele tomar alguna idea o sonoridad del poema y reexponerlo de manera libre”, explican. Pero, además, es la palabra en la carnadura del poeta, la que se mezcla con la música del trío en Rosa y dorada, la canción que inaugura el disco. Allí, donde un instante basta para que la voz de Juanele nos devuelva otro tiempo:
Rosa y dorada la ribera
la ribera rosa y dorada.
Febrero,
y ya estás,
belleza última, en el cielo y el agua.

Gabriela Redero

Podés conseguir este y otros discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar






una canción
Pasa

Aquí hace menos frío que en la calle
hay leña para un fuego,
no mucha pero bueno
un poco de calor no viene mal.
Aquí hay una canción que nos descansa
un hueco para el alma,
sentirse como en casa,
un alto en el camino nada más.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
y no se descubre en nada nada
de las cosas que ha escuchado y desespera.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
pero se abraza a lo que tiene
y se levanta con la fuerza que le queda.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.
Aquí hace menos frío que en la calle,
los labios para un beso,
oídos para un sueño
la brisa que precisa tu dolor.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
y no se descubre en nada nada
de las cosas que ha escuchado y desespera.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
pero se abraza a lo que tiene
y se levanta con la fuerza que le queda.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.
Pasa, entra,
no importa lo que fue pero será lo que será
y alguna forma encontrarás
para pasar por esa puerta.
Pasa, entra,
después de algún traspiés algún color
dibujará lo que hace falta
para estar de nuevo en pie y no perder fuerzas.
Pasa, entra,
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea, tararea.

Pedro Guerra
de su disco Tan cerca de mí, 1997






Robando color

Ladrones de carbón, los más pobres. Los que se abalanzan sobre los cascotes negros que les darán un poco de calor, que permitirán que hierva el puchero. Ladrones de carbón.
Entre las historias de mi madre, recuerdo la de aquella mujer sin brazos. El tren le había cortado los dos cuando trataba de juntar el carbón caído de los vagones. Se casó esa mujer, tuvo hijos, les cambiaba los pañales con los pies y la boca. Son duros estos ladrones, fuertes como la vida. Quieren vivir si los dejan. Una dice “ladrones de carbón”, y se acuerda de la revolución industrial, de las minas europeas con sus pueblos pardos, la gente tiznada irremediablemente viajando en tranvías, los pulmones enfermos y la sangre escupida sobre los adoquines. Una evoca duras posguerras, calderos magros, personas apiñadas alrededor de un brasero. Gorras sobre los ojos y bocas desdentadas. Vestidos antiguos, tiempo acumulado como capas de laca, que van amarilleando la postal. Se imagina eso. Y una película de Chaplin con niños corriendo junto al tren con sus pantalones cortos y sus zapatones acordonados. Algo así. En blanco y negro, piano de fondo. Una no piensa en el ahora ni en el aquí. No piensa en Mendoza, Argentina, ni se imagina a la policía disparando en el pecho a un chico de catorce años que murió allí junto a la vía, hiriendo por la espalda a uno de trece. No se imagina que el carbón de coque que quepa entre los brazos sea tan oneroso como para que se lo defienda a muerte, que alcance para ser el precio de una vida.
Esto es a color y ocurrió mientras yo encendía mi calefactor y mandaba mensajes desde mi CPU, mientras hablabas por tu celular y tu vecino volvía de comer en el restaurante.
Nosotros vivimos a color, vastas regiones desabrigadas aún subsisten en el sepia. Y un policía mata a un niño que roba carbón del tren. Las fuerzas del orden luchan contra la delincuencia, no vaya a ser que estos ladrones se roben un poco de color para sus vidas en blanco y negro.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com






Par

Abandonado sí u olvidado
el par de un par se trata
de raídas zapatillas ordenadas
ordenadamente olvidadas.
Sus formas corrían y pateaban la esfera de cuero
o jugueteaban en aquella bicicleta o en otra
calzaban cascotes en agujeros elegidos
corrían desesperadas sin saber el por qué
o esperaban impacientes en una esquina
o dormían el día abandonadas de sí.
Olvidadas en el esplendor del verde y del agua
el par convocaba en la ausencia.
Cuando volví nadie había
y no estaban.
Imaginé entonces los pies que la calzan
y el invierno que se avecina.

Oscar A. Agú
cachoagu58@yahoo.com.ar






El pensamiento único

Nos damos a hablar del “pensamiento único”, expresión anatematizada por periodistas, comunicadores y todo el arco de intelectualidad alertante de la opinión pública que, cuanto más pública, más unificada en no pensar pensando que piensa y, por ende, más proclive a tenerse por pensante en función de la mayor combinación de slogans y frases hechas, combinatoria que da por resultado otro pensamiento único.
Nos damos a la crítica del pensamiento único desde un único pensamiento acerca del pensamiento único. Bueno –me adelanto a la objeción– ¿quién dijo que hay un único pensamiento para oponer al pensamiento único? Nosotros aceptamos la diversidad y la disidencia, siempre que no trate de pregonar las bondades del pensamiento único, ya que el pensamiento único anula lo que lo cuestiona.
En realidad, el pensamiento único no anula lo que lo cuestiona. Lo que lo cuestiona lo fortalece. El pensamiento único busca anular aquel pensamiento para el que el pensamiento único no cuenta, el que no puede desmontar porque no pertenece a su órbita de influencias.
Cuando Jesús dijo “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” dejó bien claro que a él lo tenía sin cuidado el poder, que si no fuera este sería otro y que, sin excepción, busca instaurar un pensamiento único.
A su turno, el comunismo fue el pensamiento único, pero antes lo había sido el cristianismo –que no tomó el ejemplo de Jesús– y en el extremo oriente el budismo. Todos contaron con tiranos que lo impusieron a sangre y fuego: Stalin en Rusia, los conquistadores católicos en América Latina, el budista Ashoka –que no tomó el ejemplo de Buda– en Japón. En fin, para qué enumerar a los que, si no fueran ellos, serían otros.
La música clásica y los timbres instrumentales y vocales que instauró y el modo pasivo y público de escucha también fue un pensamiento único, lo mismo que el ballet, que según Isadora Duncan desnaturaliza el movimiento, por lo que ella buscaba la danza auténtica en los anales griegos, quienes ostentaban un largo panteón de “pensadores únicos”. En la edad Media cristiana los Patrísticos y los Escolásticos patrocinaron a la Iglesia con los andamios intelectuales de Platón –los primeros– o de Aristóteles –los segundos– y se alternaron San Agustín y Santo Tomás en la edificación del dogma intocable.
Como vemos, el problema del pensamiento único está en la cabeza de cada hombre. Los que protestamos contra el pensamiento único del mercado y la globalización actual, venimos acuñados en otras globalizaciones, que, por asimiladas, creemos aconsejables para todos. Pero es bueno saber, sólo como mínimo ejemplo, que, en su momento, los hombres veneraron como sagrados, como símbolos que iban mucho más allá de lo biológico lo que luego sería asimilado a pecado, el falo y la vulva. Hubo pensamientos únicos que sostuvieron la necesidad del sacrificio humano como instrumento de equilibrio entre el reino de los dioses y los demonios. Podrá pensarse que en eso estamos mejor, que al menos entre nosotros ya no hay muertes sacrificiales, si no se supiera que en esas civilizaciones nadie moría por desnutrición o abandono social, una forma profana de sacrificar masivamente ¿o una profanación del sacrificio?.
Es paradójico que en esta época de red internet y gran mercado persa de opiniones, ideologías, religiones y profusión y saturación de información sobre diversidades étnicas, estéticas, en fin, variedades de todo cuño y para todos los gustos, aparezca tan acusada esta conciencia del pensamiento único.
¿No será que el pensamiento único, avezado en aquello de “dividir para reinar” se divide a sí mismo para sobrevivir, y pasa tan sagazmente camuflado, que se vuelve por eso inidentificable al ocultarse detrás de lo diferente, de lo que vemos como alternativa al pensamiento único? En ese caso, pensemos lo que pensemos, estamos atrapados en el agujero negro de la homogeneidad, aunque nos pretendamos cultores de la diversidad. La misma palabra diversidad está hablando de lo que no es igual a uno, aquello que uno “tolera” y que va a seguir tolerando en tanto no se vuelva intolerable.
Como la cabeza indestructible de la gorgona, el pensamiento único sale fortalecido de los pensamientos que pretenden cortarlo. Vale intentar, entonces, ver si el problema del pensamiento único no está más en el cómo se piensa lo que dice pensarse que en el rótulo que se pone a lo que se piensa.
Al pensamiento único le da lo mismo cualquier pensamiento, todo lo engulle y lo compacta a su formato, tiene capacidad omnívora, clasifica, agrupa y empaqueta y de este modo vigila, controla, reduce, somete y, por añadidura, crea una falsa imagen del pensamiento único.
Pero, como se dijo, el pensamiento único queda desarmado cuando deja de contar el qué se piensa y el pensador se da a investigar acerca de sí mismo en función de lo que piensa. Entonces el “qué” se desvía hacia el “cómo”. Y si se sostiene la atención en el “cómo”, no queda margen para seguir ocultando que el pensamiento no es distinto que el alcance anímico del pensador. El pensamiento oculta al pensador, y esa ocultación es la madre de todos los autoengaños. A partir de ese ocultamiento es posible mandar a la hoguera a los que no creen en el dios del amor pretendiendo que el dios del amor necesita soldados. A partir de ese ocultamiento, toda proclama se vuelve contra lo que predica.
El pensamiento oculta al pensador. Y para no tomarse el trabajo de la desocultación, el pensador fortalece al pensamiento único homologándose a él o pretendiendo que lo resiste a través de la militancia por otros pensamientos que, a su turno, serán tan globales y únicos como el actual.
¿Puede tener solución este conflicto? No si se piensa, como hasta ahora, que la solución está afuera, que hay un pensamiento distinto del pensador. No si se cree que es posible hablar de una verdad en términos de pensamiento. No si se presume que hay un real compromiso con lo que se piensa ignorando “cómo” se piensa, “desde dónde piensa” el que piensa aquello que dice pensar.
Sólo llegando al pensador, al que “no se conoce”, puede haber compromiso con la vida. Llegar al que “no se conoce” no será conocerlo según nuestros términos, tener alguna certeza sagrada acerca de uno mismo, sino será invertir la ecuación “conocedor-conocimiento” por “desconocedor”-“disposición a ser conocido por lo que permanece incognoscible”, será dispensarse a la escucha, será verificar la procedencia de los ecos que bifurcan el sonido del fondo cósmico y será entender que no se “es” sino como subsidiario de ese sonido cuya dimensión resulta inaccesible a todo pensamiento y menos aún a nuestra pretensión de erigirnos como pensadores u objetores del pensamiento único. Esta dispensación al misterio inaccesible no conlleva la pérdida de la cotidianeidad, sino de la creencia que autoriza a presumirse juez de esa cotidianeidad –“el que esté sin pecado que tire la primera piedra”–.
Esta dispensación no es objeto de recetas. Es, en todo caso, un camino de autonegaciones progresivas que, paradójicamente, en vez de constituirse en impotencia despeja el obstáculo de la autopresunción, que interfiere el alcance de la mirada y de las respuestas ante lo que se ve.
Es el modo de resultar inaccesible al tremendo poder orbital, a la colosal atracción gravitatoria del pensamiento único.

Héctor Martín Rotger
rotgerhm@arnet.com.ar






Al pie del cielo

Al pie del cielo me levanto hombre y canto
la alegría de estar vivo,
el respeto por todo lo que late lo que alienta y existe,
la dicha de sentirme dispuesto a proseguir la especie,
luminosa triste alegre fecunda del hombre cotidiano
que se llama conmigo a cantar y hacer que el pie del cielo
camine el universo infinito habitante habitado de l'amor,
con la mansa bravura de insistir respirando este inmenso contagio de asombro
que es la vida,
cuya sola palabra de gente me enamora
en el re unido río mar
De l'aire hallada
Hermana compañera amiga y gozo directo entero
Entera la voz toda que canto y canto y canto.

Horacio C. Rossi
Del Aire Hallado, edic. Mainumbí, 1988
terrazio@ciudad.com.ar






el arca de la infancia
[para leer con los chicos]



Rapa tonpo cipi topo
Canción en jerigonza

Sipi sepe duerpe mepe
Gapa topo Lopo copo,
Rapa tonpo cipi topo
quepe sopo ropo epe.

Pepe ropo tanpa topo
quepe sopo ropo epe
quepe sepe duerpe mepe
Rapa tonpo cipi topo.

¡Opo japa lápa quepe
Gapa topo Lopo copo
duerpe mapa máspa quepe
Rapa tonpo cipi topo!

José Sebastián Tallon

Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves






La identidad, lista para usar

En un contexto donde mercados y gobiernos crean perfiles consumistas y sociales, ¿cuál es la propia identidad, la que uno cree tener o la que le dan los demás?
— Ni una ni otra. No hay una identidad propia sino un modelo de organización de la experiencia subjetiva que se construyó en la modernidad y que consiste en la ilusión de que nuestro modo de ser, de amar, de comprender el mundo es nuestra esencia. Este sigue siendo el modelo dominante de organización de la subjetividad, porque tiene que ver con algo que el capitalismo necesita por su propia lógica: la creación constante de nuevos mercados y el desecho de otros. Al abandonar un mercado y crear otro, se deshace también un paquete de maneras de ser, de mapas de sentido. Una especie de identidad pret-à-porter se produce junto con un mercado que se abre: para participar de la producción o del consumo de una nueva esfera, la gente consume una identidad. Se ve en ese espejo, se somete y se organiza según ella. El rol del márketing es vehiculizar identidades pret-à-porter. Desde hace algunos años la publicidad no vehiculiza productos sino estilos de vida. Se mantiene la lógica del modelo de la identidad, con la diferencia de que antes el mapa de sentido era bastante estable y hoy es flexible.
¿Quedan identidades y/o mapas de sentido afuera del mundo de los mercados? ¿Se pueden conformar nuevas?
— Así como creo que es difícil no consumir las identidades pret-à-porter, también creo que el mercado es parte de la realidad y no es posible inventar mapas de sentido para situarse en el mundo actual sin tenerlo en cuenta. Si, por un lado, sigue siendo un valor fundamental crear un mundo más justo y más digno, por otro, hoy no tiene sentido pensar como en los '70 e imaginar un mundo paralelo supuestamente sin conflictos porque es un delirio metafísico. Hay que hacer de este mundo, que es el único que existe, otro mundo.
La idea de reconocer la identidad del otro ¿cambia con la globalización?
— Ahí está el problema, no se trata de reconocer identidades culturales. Así como el ‘’otro’’ no es una identidad, el otro, colectivo, no es una identidad cultural. Reconocer al otro como identidad es una dimensión muy limitada del reconocimiento efectivo de la existencia del otro porque lo aprisiona en un mapa de sentido, como si esa fuera su esencia. Cuando hacemos eso, el encuentro con el otro no es una experiencia nueva que produce extrañamiento y que nos hace recrearlo, recrearnos, para incorporar lo nuevo de la experiencia del otro. Aprisionado en su identidad, el otro no tiene ninguna existencia efectiva, ningún efecto de contaminación. La globalización pone en crisis el aprisionamiento en la identidad, lo que tiende a provocar su exacerbación casi desesperada pero también permite cuestionarlo y superarlo.
¿Las ideas de diferencia, minoría, identidad mutan en el intercambio?
— Una minoría para sobrevivir tiene que verse como identidad y luchar por sus derechos civiles. Al mismo tiempo, cuando se ve como identidad, se instituye en ese lugar fijo y se autoestigmatiza. Es una paradoja porque, al mismo tiempo que se habla de un “nosotros” para luchar, cuando ese colectivo se ve como homogéneo pierde su fuerza de singularización.
¿Cómo conectó el manifiesto antropofágico con su trabajo?
— En los '60, el Tropicalismo, uno de cuyos fundadores fue Caetano Veloso, estaba marcado por el Movimiento Antropofágico, una tendencia surgida en el seno del Modernismo brasileño de los '20. A fines de los '80 incorporé el concepto de antropofagia. La “subjetividad antropofágica” es no adherir a ningún sistema de referencia. La idea es mezclar repertorios con libertad de improvisación de lenguaje. Esa subjetivación puede ser alta o baja. En una antropofagia baja, el criterio que conduce la irreverencia y la improvisación es un criterio narcisista, de búsqueda de poder y de prestigio en el que la relación con el otro es de uso. A la antropofagia alta le corresponde un criterio ético que parte de un real reconocimiento del otro. Mi irreverencia, mi libertad es incorporar la experiencia del otro. Sólo así el otro, y mi relación con el otro tienen una existencia efectiva, real. Porque sino ¿qué defendemos cuando hablamos de lo social si el otro no tiene una existencia efectiva más allá de una pura imagen de “derechos civiles”?

Suely Rolnik
de una entrevista con Héctor Pavón, en Zona, diario Clarín, 22/7/2001






Distancias
a Sergio Rigazio

Un gorrión juguetea en la rama del naranjo,
se trata de una rama baja,
no mucho más allá de mi cabeza.
Junto a mí, el perro no se inmuta,
apenas si lo observa, no se enfurece
como lo hacía cuando era joven.
Yo también he modificado mi espíritu
y el gorrión parece apreciar la diferencia,
sin sentirse amenazado prosigue en sus asuntos.
Mi perro y yo estamos un poco más viejos.
Si algo perdidoso hay en este indeclinable estado,
no pocas son las gracias; no es difícil
imaginar al gorrión más cerca nuestro,
nada extraño sabernos más cerca de él.

Roberto D. Malatesta
No importa el frío, edic. El Arca del Sur, 2003
malatesta@ciudad.com.ar






No separarse del mundo. No malogra uno su vida cuando la pone en contacto con el mundo. Todo mi esfuerzo, en diversas situaciones, las desdichas, las desilusiones, consiste en volver a reanudar los contactos. Y aún en medio de esta tristeza qué deseos siento de amar y qué embriaguez ante el solo espectáculo de una colina en el aire de la tarde.
Contactos con lo verdadero: la naturaleza, en primer lugar; luego el arte de aquellos que han comprendido, y mi arte si soy capaz de ello. Si no, la luz y el agua y la embriaguez están aún ante mí, y los labios húmedos del deseo.
Desesperación sonriente. Sin salida, pero ejerciendo sin cesar un dominio que uno sabe vano. Lo esencial: no perderse y no perder lo que de sí está latente en el mundo.

Albert Camus
Carnets I, 1936