Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas
Ed. Sudamericana, 1962-1994






La supervivencia fue uno de los incentivos para medir el tiempo. Las antiguas civilizaciones utilizaban los calendarios para saber cuándo era el momento de plantar y cosechar. Pero, desde el comienzo, la medida del tiempo resultó ser un arma de doble filo. Por una parte, la programación puede hacer que cualquiera, desde el campesino hasta el ingeniero de software, sea más eficiente. No obstante, en cuanto empezamos a dividir el tiempo, las tornas se vuelven y el tiempo nos domina. Entonces nos convertimos en esclavos del horario: este nos fija fechas límite que, por su misma naturaleza, nos dan un motivo para apresurarnos. Como dice un proverbio italiano: "el hombre mide el tiempo y este mide al hombre".
Dado que hacían posible la programación diaria, los relojes prometían una mayor eficiencia, pero también un control más estricto. No obstante, los relojes primitivos eran demasiado inseguros para regir a la humanidad como lo hacen los relojes actuales. Los relojes de sol no funcionaban de noche ni cuando el cielo estaba nublado, y la longitud de una hora de reloj solar variaba de un día a otro debido a la inclinación de la Tierra. Los relojes de agua y arena, ideales para medir una tarea concreta, no servían para indicar la hora del día. ¿Por qué tantos duelos, batallas y otros hechos históricos tenían lugar al amanecer? No se debía a que a nuestros antepasados les gustara levantarse temprano, sino a que el alba era el único momento del día que todo el mundo podía identificar con precisión. En ausencia de relojes exactos, la vida obedecía a los dictados de lo que los sociólogos denominan el tiempo natural. La gente hacía las cosas cuando le apetecía, no cuando se lo decía un reloj de pulsera. Comían cuando tenían hambre y dormían cuando se amodorraban. Sin embargo, desde el principio, saber la hora fue de la mano con decirle a la gente lo que debe hacer.

Carl Honoré
Elogio de la lentitud,
Ed. Del Nuevo Extremo, 2005






una canción

Reloj de plastilina

Una vez creí que nada iba a pasarme
una vez pensé que nadie iba a matarme.
El tiempo pasó
entre rayuelas y cometas
entre un amor y bicicletas
y aunque estuviera solo
sabía jugar
aunque quisiera llorar.
Yo te quería amar y no sabía tu nombre
te quería encontrar pero no sabía dónde.
Yo te fui a buscar
quería que todo fuera eterno,
se fue el amor
llegó el invierno
y anduve tiritando en cualquier lugar
y sólo pude llorar.

Alcanzar lo interminable
rebotando en la pared
dando vueltas en el aire
mientras el payaso hace la red.
Nadie pudo ver
que el tiempo era una herida.
Lástima nacer
y no salir con vida.
Yo quiero llorar.
Reloj de plastilina
no existes más.
Ya no te puedo esperar
mientras el payaso hace la red.

Salgo a caminar y sigo imaginando.
Fui lo que creí
soy lo que está pasando.
No quiero llorar
no quiero estar envuelto en penas
siempre arrastrando estas cadenas.
Si el tiempo no es amigo
no importa más.
Yo sólo quiero jugar.

Jugar, jugar
sólo quiero ver jugar.
Yo sólo quiero jugar
sólo quiero jugar.

Charly García
de su disco Filosofía barata y zapatos de goma, 1990






Momento para el luego

Paseo con mi madre por el parque del Sur. Hace mucho frío, es temprano en la mañana del domingo. Estamos nosotras, los dueños de perros felices, y perros, también felices, pero sin dueños. Todos miramos los árboles y las hojas pardas o naranja sobre el pasto; ojos verdes, ojos marrones, los hermosos ojos amarillos de un animalito que nos acompaña un rato. Desde diferentes alturas sobre el suelo, muchos ojos miran los árboles y el pasto. Escuchamos los pájaros que sonorizan el aire limpio y claro, el cielo perfecto.
Las gentes caminamos como sin vernos mientras los perros se saludan, se advierten con uno o dos ladridos, se corretean un rato dibujando grupitos aleatorios.
Está tranquilo el mundo en este rincón esta mañana. Los verdes y marrones se manchan con las flores amarillas o rosadas de los palos borrachos, una alfombra oriental, magnífica en sus tonalidades y encajes se despereza a nuestros pies. A veces las puntadas son anchas hojas húmedas, otras el tejido es una urdimbre abigarrada de hojitas minúsculas y secas.
Sobre las cabezas, el cielo adornado también por los etéreos dibujos de las copas de los árboles. Se ha adornado el mundo hoy, engalanado para sí mismo y para nosotros que lo disfrutamos. Mi madre y yo charlamos apenas, señalamos una garza blanca en el lago, nos mojamos el calzado en el rocío que dejó la noche para fertilizar la tierra.
Estamos bien en este rincón de la mañana. Está tranquilo el pequeño mundo. Quizás venga, después, el día roto y sucio, la vereda de baldosas faltantes, el humo de los automóviles, la voz devenida en grito, la rama enferma del árbol torcido. Seguramente vendrá el día caótico y desdibujado. Pero si luego no recuerdo el parque a la fría luz celeste, si olvido la charla y la trama ocasional de los perros moviendo las colas sobre la humedad del pasto blando. Si mañana no recuerdo la calma de hoy, no importa. En algún lugar queda la sospecha de que la vida puede ser como debe ser. Y de que ocasionalmente podemos ser felices.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com






Estamos ciegos y ausentes de la vida porque nos entretienen los medios de vida o nos obsesiona un fin supuestamente ulterior a la vida. Pero la vida es su propio fin y, en todo caso, nosotros somos su medio.

Héctor Martín Rotger
rotgerhm@arnet.com.ar






La velocidad crea el olvido.
(...) Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el ritmo para mostrarnos que ya no desea ser recordada, que está cansada de sí misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria.

Milan Kundera






El espejo que huye

Una imposible mañana de invierno, en una estación bien conocida, un hombre al que no conozco, con abrigo y dos violetas en el ojal, quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande y que el mundo es bello. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que se consumía al viento sin que nunca me lo llevara a la boca. Lo escuchaba y sonreía, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus rápidas palabras, escurridizas, duras, como acabadas de fundir, como acuñadas de nuevo en algún sitio, hacía poco tiempo, me llenaba de una embriaguez muy parecida a la que da el champaña. Algo picante y saltarín; una necesidad de abrazar y de llorar, de bailar, de reír a pequeños impulsos.
A un cierto momento, su voz dijo:
— Piense, caballero, piense en la grandeza del progreso que se realiza bajo nuestros ojos, en el progreso que lleva a los hombres del pasado al futuro, de aquello que ya no es a lo que no es todavía, de aquello que se recuerda a aquello que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en lo por venir; no prevén y no previenen. Pero nosotros: nosotros, hombres civilizados; nosotros, hombres nuevos, vivimos para el futuro y gracias al futuro. Toda nuestra vida está dirigida hacia lo que tiene que venir, está construida en vista a lo que sucederá. Nuestros hombres consagran el hoy al mañana, siempre, cada día que pasa al mañana que pasará, respetuosamente y valerosamente. Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecerse los peligros, que nos da fuerzas, que hace descubrir nuevas posibilidades, que nos convierte en dueños de la tierra, del mar y del cielo, y de una cosa que vale más que todo eso, caballero: ¡nosotros mismos! Pero en aquel momento un tren expreso llegó a la estación. Su solemne ruido en los cruces de las vías, su breve silbido, decidido e irritado, interrumpieron el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren estuvo tranquilo y sólo se oyeron los sordos bufidos de la máquina y los viajeros huyeron, el Hombre quiso seguir hablando, pero yo se lo impedí:
— Señor Hombre –le dije– este tren que ha llegado ahora, ¿no le ha dicho nada que convenga a nuestro asunto? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que sé traducir la lengua de los trenes y de muchas otras cosas?
Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo repleto e iluminado, a través de la campiña solitaria y neblinosa. Y he aquí que, de repente, se ha detenido, los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas están quietas perezosamente en las vías y los vagones, vacíos y oscuros, añoran el parloteo de los viajeros y las maletas de variados colores. Así termina una fuga cuando se viaja sobre vías. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento yo pienso en una cosa absurda y se la digo a usted, señor Hombre, y la digo porque no hay aquí multitudes que puedan oírme. Si estuvieran aquí todos los que deseo, diría: Imaginad, hombres, una cosa imposible, una cosa absurda, loca, increíble y terrible. Imaginad que todo el mundo se detuviera de repente, en un instante determinado, y que todas las cosas se quedaran en el punto en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, casi estatuas, en aquella actitud en que estaban en aquel momento, en el acto que estaban realizando... Si esto sucediera y, a pesar de ello, continuara en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran considerar todo lo que han realizado desde su nacimiento y volver a pensar en lo que querían realizar antes de la muerte, ¡imaginaos cuánta desesperación ardería bajo el tétrico silencio de este mundo detenido de improviso!
Yo no sé si tenéis el valor de sentir todo lo terrible que sería esto. Esforzaos durante unos momentos por ver a todos estos hombres inmovilizados mientras estaban atentos a su trabajo, jadeando detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, empujados rudamente por sus deseos. Vedlos aquí, esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los hubiera transformado en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Vedlos en las más asquerosas posiciones y en las más ridículas, en las más fatigosas y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en el sueño pesado, con la boca entreabierta como un cadáver borracho; he aquí al hombre en el acto amoroso, tendido como una bestia jadeante sobre la mujer de ojos cerrados; he aquí el hombre que robaba en las tinieblas, con sus ojos falsos y la linterna que nunca más se apagará; he aquí al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto asiento; he aquí al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y un céntimo; he aquí a la mujer que sonríe lascivamente, con su cara blanca de polvos un poco reclinada hacia un lado; he aquí al mercader de manos huesudas que gesticula por tener diez céntimos más; he aquí al campesino afanoso con el aguijón en la mano dirigido hacia sus inmóviles bueyes; he aquí al elegante orador detenido en mitad de una sonrisa y de un cumplido; y el soldado que estaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada; y el homicida que estaba preparando sus venenos en un desván; y el obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas untuosas, inmóviles y siniestras; y el científico que no puede apartar su ojo cansado del microscopio en el que han interrumpido su danza los monstruos invisibles...
Imaginad ahora, si no os falta corazón, los pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante a la conciencia de su muerte. ¿Creéis que habrá un solo hombre –uno solo, ¿comprendéis?–, uno solo que esté contento y satisfecho de aquel momento en que el destino lo ha inmovilizado? ¿Creéis que para uno solo de estos hombres fue aquél el momento de Fausto, el momento bello que quisiéramos detener, fijar y conservar por toda la eternidad? ¡No lo creéis, no podéis creerlo!
El señor Hombre (usted, aquí presente, ante mí) ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el porvenir, consagran perpetuamente todos los hoy a los mañanas que tienen que llegar. Todo hombre sólo vive para aquello que prevé, que espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto sabe que ese instante prepara un instante sucesivo; cada hora, otra hora que llegará; cada día, otro día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de esperanzas; todo su presente está hecho de pensamientos sobre su futuro. Todo lo que es, que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros solamente nos consolamos pensando que todo este presente no es más que un prefacio, un largo y fastidioso prefacio a la hermosura novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven por esta fe. Si de repente se les dijera que dentro de una hora tienen que morirse, todo lo que hacen y han hecho no tendría para ellos ningún gusto, ningún sabor, ningún valor. Sin el espejo del futuro, la realidad actual parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que hace esperar en los desquites, en las victorias, en las ascensiones, en los ascensos y en los aumentos, en las conquistas y en los olvidos, los hombres no quisieran vivir. Sin el lejano perfume del mañana, no quisieran comer el negro pan del hoy. Pensad, pues, en estos hombres detenidos de repente, que ya no pueden actuar, pero que todavía piensan. Pensad en estos hombres aprisionados en un eterno hoy, sin la liberación de la conciencia. ¿Qué deben de pensar estos hombres? ¡Qué dolor debe de roer sus entrañas y desgarrar sus nervios! Inmóviles en sus actitudes vergonzosas y delictuosas, tristes e idiotas, sin posibilidad de esperanza, sin luz de ensueños, sin dulzura de proyectos, con las alas cortadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de esclavos miguelangelescos ceñidos por los lazos de su vida mezquina, asquerosa, por los lazos de esa vida que toleran solamente con la esperanza de vidas más bellas y mayores, estos condenados a la perpetua inacción reconocerán, con infinita rabia, toda la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que sacrificaban todo el presente a un futuro que a su vez se convertiría en presente y a su vez sería sacrificado a otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy residía en el mañana, y el mañana valía solamente por otro mañana, y se llegaba ahí hasta el último hoy, el hoy definitivo, y así toda la vida transcurría para preparar, de día en día, de hora en hora, de momento en momento, lo que no llega nunca. Y descubrirán esa tremenda cosa: que el futuro no existe como futuro, que el futuro sólo es una creación y una parte del presente, y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida dolorosa, por este futuro que de día en día huye y se aleja, es la estupidez más dolorosa de esa estupidísima vida.
Hombres, nosotros perdemos la vida por la muerte, nosotros consumimos lo real por lo imaginario. Nosotros valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán otro valor que el de llevarnos otros días semejantes a ellos... Hombres, toda vuestra vida es un fraude atroz que vosotros mismos tramáis en perjuicio vuestro, y sólo los demonios pueden reír fríamente de vuestra carrera hacia el espejo que huye.
Otro expreso, gritando y atronando, entró en la estación, y, una vez más, los viajeros huyeron y el maquinista se secó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco seguía delante de mí –con su abrigo, con sus dos violetas en el ojal– aunque me había olvidado de él por completo.
— He aquí –le dije– mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la vida. Usted no está de acuerdo conmigo, pero yo estoy de acuerdo con alguien, por ejemplo con la niebla, que suele intentar cubrir el mundo y esconder al hombre del hombre, a la miseria del desprecio, a la fealdad de la melancolía. Y a mí me gustan muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen después de sus inútiles fugas y la niebla que cubre aquello que no se puede destruir.
El Hombre que no conozco se había puesto nervioso, y todo su entusiasmo había desaparecido como un mechón de humo. En lugar de contestarme, se quitó del ojal una violeta y me la ofreció. Yo la cogí con una inclinación, me la acerqué a la nariz y su leve olor me agradó.

Giovanni Papini
Lo trágico cotidiano, 1906






Lección de vuelo

El conocimiento
camina lento hecho oruga.
Primero no sabe que sabe
y voraz se contenta con el cotidiano rocío
dejado en las hojas vívidas de las mañanas.
Después piensa que sabe
se encierra en sí mismo:
hace murallas,
cava trincheras,
levanta barricadas.
Defendiendo lo que piensa saber
levanta seguridad en la forma de un muro.
Se enorgullece de su capullo,
hasta que madura,
explota en vuelos
riendo del tiempo en que imaginaba saber
o guardaba prisionero lo que sabía.
Vuela alto su osadía
reconociendo el sudor de los siglos
en el rocío de cada día.
El mismo vuelo más bello
descubre un día no ser eterno.
Es tiempo de emparejar,
volver a la tierra con sus huevos
a la espera de nuevas y prosaicas orugas.
El conocimiento es así,
ríe de sí mismo y de sus seguridades.
Es meta de la forma,
metamorfosis,
movimiento,
fluir del tiempo
que tanto crea como arrasa,
al mostrarnos que para el vuelo
hizo tanto el capullo
como el ala.

Mauro Luis Iasi






El mecanismo perpetuo

En cierta forma era de día. Una luz insoslayable se imponía en todo el naciente. Yo recordaba la ciudad con sus arpegios de automóviles andando, con su formalidad de bancos abiertos, sus ausencias en los domingos, donde los paseantes huían a la tarde y los desprevenidos amantes se recostaban en los bancos del boulevard a llevarse la vida en un abrazo. No era esto el día, sino la vigilia, el arte de estar aún despierto y en la esperanza. Claro, las cosas cambiaban con el tiempo, mutaciones que a veces se repetían y sorpresas que perduraban, pero, aún no era el día. No me refiero al día común, donde no distinguimos el camino recorrido, donde nos envolvemos en un ensimismamiento que nos hace frágiles pero a la vez fuertes en la lucha. Aunque en realidad salvo las variaciones en la naturaleza todo cabe en un reloj con sesenta minutos. El mecanismo es casi perpetuo. Los niños lo saben, pensar en el tiempo es irse en él. Pero creo que podemos ser testigos de ese huir. Y ese es el día real, no el armado con nuestras preocupaciones, el día que aproxima el verdadero tiempo, esto es, el tiempo del poeta, el del artista y también el del padre, o el del que enseña, el de aquel que modela su visión y puede tomar del agua de su quehacer. La corona de vida tras la muerte diaria, tras lo dramático de nuestros límites o nuestros errores, la justicia de lo ínfimo o el dolor inconcebible que es solamente el renacer en el mundo o más allá, donde lo pequeño se une a lo grande y de allí surge una voluntad, la de ser, aunque de paso en paso creamos dejar lo que más vale.

Jorge Drenkard
Nada imita al alma, 1994
drenkard@arnet.com.ar






el arca de la infancia
[para leer con los chicos]

El cuento más corto

Había una vez un cuento que quería ser el más corto de todos los cuentos y cada vez que le ponían encima una palabra nueva el cuento se la sacaba. El lápiz que escribía el cuento le preguntó al cuento:
— ¿Por qué te sacas cada palabra que te doy?
— Porque quiero ser el cuento más Corto.
— Pero entonces, ¿cuántas palabras querés que te dé para que seas el cuento más Corto?, preguntó el lápiz.
— Ninguna, contestó el cuento.
Y así fue que el lápiz no le dio ninguna palabra y el cuento pudo ser el más Corto.
¿Y saben cuál es la historia del cuento que no tiene ninguna palabra?
No se sabe, pero algunos dicen que es la historia del Silencio.

Guido J. Mizrahi
No se sabe

Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves






música del arcanauta

Walter Heinze – Pablo Ascúa
Las cuerdas del tiempo

Dentro de la serie "Guitarra" que creó el sello Shagrada Medra, el disco Después del tiempo aporta composiciones de Walter Heinze que exploran –en su mayoría– formas musicales argentinas. Un legado que el maestro comparte aquí con quienes fueran sus alumnos: los destacados guitarristas Pablo Ascúa y Silvina López, en calidad de invitada. A continuación, las palabras que este trabajo despertó en Juan Falú:

Fiel a un estilo despojado de estridencias, Walter Heinze nos regala un fino compendio de músicas argentinas de su propia cosecha. Corroborando lo obvio, que el tiempo y la memoria hacen de las suyas para que la madurez impregne naturalmente los sonidos, Walter dio a luz el registro que, en mi modesto modo de ver, alcanza el punto más elevado de su musicalidad.
Con el aporte sustancial de Pablo Ascúa y Silvina López (que hace tiempo vienen confirmando la solvencia de una verdadera escuela paranaense de la guitarra argentina), este compacto recrea los climas que son esperables en cada uno de los géneros musicales de nuestro acervo: hondura en la vidala, ternura en el bailecito, juego y melancolía en el chamamé, donaire en la zamba, fuerza en la chacarera. Su propia incursión en el choro de Brasil denota esa seguridad de lo que se quiere decir en cada música, recreando la elegancia y "tono de saudade" de aquellos chorinhos clásicos de los '40 y '50 que, en definitiva, delinearon la base estilística de dicho género.
Hoy, que precisamos más del talento en las ideas y la sensibilidad que de la habilidad o la picardía de quienes terminaron concibiendo el arte como un mero juego de artificios, debemos cobijar este modo de mirar, recuperar y amar los frutos de la propia tierra. Además de todo, suena lindo, como nos gusta que suene la guitarra.

Juan Falú

Podés conseguir este y otros discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar






Tu materia es el tiempo,
el incesante tiempo.
Eres cada solitario instante.

Jorge Luis Borges
de El ápice, La cifra, 1981






Ha de volver
el tiempo, lo sé.
Mas para mí,
que no he de volver,
es único este día.

Kino Tsurayuki