Categoría: EL ARCA del Sur Nº 125
Publicado por: elarca
una canción
Apenas abro los ojos
Apenas abro los ojos
todo el silencio se va
y con el desayuno
me trago el ruido y el humo
que viene de la ciudad.
Apenas salgo a la calle
alguien se empieza a quejar,
se pone a hablar de mi anhelo,
dice que es muy largo ya,
y en la esquina hay un letrero
que dice: Libertad,
dice mi verdad.
Así me voy descubriendo
cruzo la calle corriendo
me pierdo entre tanta gente
queriendo fantasear
y lo cotidiano
me hace soñar.
Apenas abro los ojos...
Carlos Varela
de su disco Nubes, 2000
La ciudad como un espejo de la diversa humanidad que la habita. Esta ciudad que se extraña a sí misma en viejas postales.
Esta ciudad, excedida por el desarraigo campesino que le ha parido incontables hijos en el margen donde se le oculta el sol. Esta ciudad, como otras del sur, aún revolviéndose entre fantasmas de un horror no tan antiguo, desmintiendo promesas electorales, quebrada en mundos paralelos que se cruzan en el rojo de los semáforos, en las canchas de fútbol, en el humo de los basurales, en la página negra de los diarios.
Esta ciudad, que hace apenas tres años se tragó todo un río de dolor y hoy se traga imperturbable otra mueca de impunidad. Esta ciudad, de velocidades desparejas, suicidándose en cualquier calle sin saber por qué. Esta ciudad, con sus ruinas ferroviarias, su horizonte de verdes deshilachados, sus parques confundidos, sus barrios de olvido y balacera, es lo heredado y lo que hacemos que sea.
Esta es la ciudad donde nací y crecí, y sé que, pese a todo desencanto, a todo repetido propósito de dejarla, no hallaré comparación posible con ninguna otra. Siento, también, que la resignación es un pedazo de pan indigerible, y que andar esta ciudad cada día, quererla y sufrirla en sus contradicciones, que son las nuestras, es encontrarnos frente a una pregunta compleja y persistente sobre nosotros mismos y el lugar en el mundo que, todavía, necesitamos hacer habitable.
Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com
Mi amor en la ciudad
Debieras convencerte: a esta ciudad vejada por un hollín que nadie puede precisar pero que nadie puede tolerar.
A esta ciudad de muros raspados y de palancas hábilmente distribuidas, que a tu pesar, jamás cederán nada a nadie.
A esta ciudad sin árboles y que ya comienza a bambolearse como una barcaza en la tormenta. A esta ciudad o lo que sea pertenecen todo tu amor y lo que ella ha hecho de él y lo que aún pueda quedarte.
Juan Manuel Inchauspe
en Alto aire, 1965
Fue aquí
Hacer una crónica del desastre siempre es dificultoso. Se tiende a caer en panegíricos o demonizaciones.
Aquí entró el agua a la ciudad; la ciudad fue penetrada por el río Salado, y todos tuvimos unos meses de locura. Quienes perdieron todo, quienes recibieron parientes en sus casas, quienes se dieron a la tarea de ayudar. Y la solidaridad es una trampa que se liga a la caridad, y el agradecimiento que se espera y no llega embarra los terrenos del espíritu.
Las víctimas fueron clase media, pobres, indigentes. Y por una vez se mezclaron los estratos, como siempre, sin mezclarse demasiado.
En los refugios al principio pasaron todos, pero luego quienes tenían familiares en casas secas se retiraron a un relativo confort y a una normalidad sin norma pero aceptable. Como sucede habitualmente, se decantó la cosa.
Los que prestaban ayuda se hallaron con una sonrisa y mil violencias.
Hubo quien fue con su lancha de recreo puesta al servicio del reparto de agua y comida a los que se quedaron a cuidar sus propiedades desde los techos, y hubo quien recibió disparos, quien fue robado y despojado de su embarcación. Quien recibió insultos, quien se atemorizó por la violencia de los atendidos.
Y en los refugios estaban todos, el albañil con su familia, la sirvienta con sus hijos, y también el cafiolo y el dealer que trasladaron la prepotencia y llevaron consigo el maltrato.
No fue fácil ayudar. El desánimo estaba ahí nomás, en cada gesto y cada desaire. Los que se quejaban de la comida realizada a pulmón y quitando horas al sueño, los que exigían que el pantalón que se les donaba fuese a la moda, y si no les gustaba el modelo tiraban las prendas regando de vestidos las calles que rodeaban las escuelas. Había que saber que las víctimas siguen siendo como eran, llevan con ellas la circunstancia, la historia, los modos de relación con los semejantes y con la realidad. Por eso se quejaban los maestros que trabajaban horas atendiendo a los inundados de que reclamaban limpieza, comida, prendas, atención para sus hijos pero no se prestaban a ayudar con las tareas. Eso también existió pero queda feo traerlo a cuento. La historia oficial es la de una sociedad que se puso a trabajar para atender a los desposeídos, que eran amables y decían “muchas gracias, muchas gracias” con la gorra entre las manos y el corazón resplandeciente. Tampoco está bien recordar a los que no se inundaron, pero dibujaron la dirección para cobrar el resarcimiento económico que dio el gobierno. Queda feo decirlo. Queda feo decir que la ciudad que se inundó fue Santa Fe, esta Santa Fe habitada por gentes, no por víctimas o salvadores abnegados. Que esta Santa Fe tiene sus indigentes que no quieren decir gracias cuando por unos meses se acuerdan de ellos. Que los que pasaban frío en los refugios son los mismos que pasaban frío en sus ranchos de cartón, pero que cuando estaban en sus ranchos de cartón a nadie se le ocurrió ni se le ocurre llevarles un colchón, comida caliente, un abrigo.
Los gestos, entiéndase, estuvieron. La solidaridad estuvo. El trabajo fue realizado. Pero no nos perdamos en los cuentos para niños, donde la simplificación es tan engañosa que anula la realidad.
Los relatos para ser medianamente conducentes deben ser abarcativos. Y no le sigamos pidiendo al que siempre estuvo fuera del círculo que se comporte con la urbanidad del que está adentro y por unos minutos lo hace ingresar. Había que saber eso, que no habría agradecimientos y cariños y palmearse la espalda. Y que al retirarse las aguas el que ayudó volvería a sus paredes de material, a su quinta los domingos; y el que recibió la ayuda volvería a pasar con su carrito y su caballo a levantar las bolsas de basura de las puertas.
Me obligo a ver, me niego al filtro rosado. Es una pena.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
Campo con flores
próximo a la ciudad
tiembla de miedo.
Roberto Malatesta
Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la destrucción del ambiente natural como de la fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de la ciudad demasiado grande es la otra cara de la crisis de la naturaleza. La imagen de la “megalópolis”, la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el mundo. (...) Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.
Italo Calvino
del Prólogo de Las ciudades invisibles
Las ciudades continuas - 1
La ciudad de Leonia se rehace a sí misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas todavía sin abrir, escuchando los últimos sonsonetes del último modelo de radio.
En las aceras, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro de la basura. No sólo tubos de dentífrico aplastados, lamparillas quemadas, periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calefones, enciclopedias, pianos, servicios de porcelana: más que de las cosas que se fabrican venden compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder su lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien expulsar, apartar, purgarse de una recurrente impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles y su tarea de retirar los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las cosas, nadie quiere tener que pensar más en ellas.
Dónde llevan cada día su carga los basureros, nadie se lo pregunta: fuera de la ciudad, está claro; pero de año en año la ciudad se expande y los basurales deben retroceder más lejos; la importancia de los desperdicios aumenta y las pilas se levantan, se estratifican, se despliegan en un perímetro cada vez más vasto. Añádase que cuanto más sobresale Leonia en la fabricación de nuevos materiales, más mejora la sustancia de los detritos, más resisten al tiempo, a las intemperies, a fermentaciones y combustiones. Es una fortaleza de desperdicios indestructibles la que circunda a Leonia, la domina por todos lados como un cerco de montañas.
El resultado es este: que cuantas más cosas expele Leonia, más acumula; las escamas de su pasado se sueldan en una coraza que no se puede quitar; renovándose cada día la ciudad se conserva a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios de ayer que se amontonan sobre los desperdicios de anteayer y de todos sus días y años y lustros.
Los desperdicios de Leonia poco a poco invadirían el mundo si en el inmenso basural no estuvieran presionando, más allá de la última cresta, basurales de otras ciudades que también rechazan lejos de sí montañas de desechos. Tal vez el mundo entero, traspasados los confines de Leonia, esté cubierto de cráteres de basuras en ininterrumpida erupción, cada uno con una metrópoli en el centro. Los límites entre las ciudades extranjeras y enemigas son bastiones infectos donde los detritos de una y otra se apuntalan recíprocamente, se amenazan, se mezclan.
Cuanto más aumenta la altura, más inminente es el peligro de derrumbes: basta que un envase, un viejo neumático, una botella sin su cubierta de paja ruede del lado de Leonia, y un alud de zapatos desparejados, calendarios de años anteriores, flores secas, sumerja la ciudad en el propio pasado que en vano trataba de rechazar, mezclado con el de las ciudades limítrofes finalmente limpias: un cataclismo nivelará la sórdida cadena montañosa, borrará toda traza de la metrópoli siempre vestida con ropa nueva. En las ciudades vecinas ya están listos los rodillos compresores para nivelar el suelo, extenderse en el nuevo territorio, agrandarse, alejar los nuevos basurales.
Italo Calvino
Las ciudades invisibles
La ciudad del futuro
Un solo cubo con una sola ventana
un cielo convertido en una sola fábrica
de moler el rubor del ocaso
un sótano convertido en una red
de captar la melancolía y la nostalgia del mar
aquí no hay microbios poetas o huesos rotos
ni caballos hay ni paralíticos
ni rosas ni bogavantes
una ciudad ideal
en este cubo hay tan sólo
astronautas y autómatas
y arquitectos del cuerpo humano sin boca ni sexo
el suspiro del coito dura una fracción de segundo
el llanto y el comer juntos
minuto y cuarto
el tubo digestivo el corazón y el intestino grueso
son una varilla de plástico
modelada según indicaciones de los filósofos antiguos
en este cubo higiénico
se piensa en dirección única
hay una sola memoria
y un millón de cocodrilos
aquí jamás se muere
aquí de los laboratorios de la historia
salen verdades con figuras de ufanas ranas
y con alitas de langostas melancólicas
un solo cubo con una sola ventana
abierta hacia el punto en donde vela de rodillas
el ángel de piedra
salvado de mi ex tumba.
Petre Stoica
en El soplo y el viento Nº 12
La “ciudad del futuro” ya no se imagina con el perfil neoyorquino o el trazado tradicional europeo. Estos modelos resultan acusados como responsables de todos los males urbanos: alienación, deshumanización, enfermedades, contaminaciones, etc. El parámetro que el mundo está mirando como el ideal para el siglo XXI se relaciona más con algunas ciudades latinoamericanas como Curitiba. Una ciudad a escala más humana, que imposibilita la conformación de un solo bloque urbano y se compone de varios menores, cada uno con todas las densidades y servicios. Estos pequeños bloques se relacionan entre sí a través de grandes espacios verdes públicos donde la comunidad desarrolla sus actividades culturales, en relación directa con el medio físico en el que la ciudad se implanta.
Santa Fe tiene la oportunidad histórica de evitar para siempre la consolidación de un solo bloque, convirtiendo en parques públicos las vacancias ferroviarias –en lugar de lotearlas y edificarlas– y conectando así las plazas, parques y paseos existentes en una Red Verde a través de toda la ciudad.
Mario Margartini
Proyecto Red Verde para Santa Fe
margaritini@hotmail.com
Cuando se habla del vecino y de su participación en la vida de la ciudad parece que hay que referirse a problemas de pequeña escala y de bajo impacto. En todas partes, pero en especial en los medios de comunicación, periodistas, políticos, intelectuales o activistas sociales se ocupan de los problemas vecinales con actitud paternalista, desde arriba y desde afuera.
Podríamos decir que la palabra vecino –como mujer, niño o abuelo– pertenece, desde siempre, a una región devaluada de la realidad. Todos refieren a muy, pero muy, importantes “objetos” de atención y preocupación que merecen todo... siempre que necesiten y acudan a las ventanillas del poder a pedir algo no importa si con gritos y pancartas, o con esforzadas marchas, acciones simbólicas o petitorios con miles de firmas.
Pero otro es el cantar si estos objetos comienzan a perfilarse como “sujetos” con pensamiento y voz propia que toman la iniciativa y pujan por ocupar un lugar efectivo, legítimo y de corresponsabilidad en la mesa de las decisiones, para abordar los problemas en toda su integridad y complejidad, dispuestos a entregar sus conocimientos y capacidades.
Roberto González Taboas
Por favor, pisar el césped
rhgonzalez43@uol.com.ar
Por la autopista del oeste, lugar del sol
cuando incendia la tarde, circulo.
Es un largo muro a su oeste, poco poético –dicen–
un largo muro que obliga la mirada al este
donde la ciudad mece lo oculto
lo innombrable, intocable, insalubre.
Hay allí historias nunca contadas
lágrimas rotas de tanto ser lágrimas
amores puros como la inocencia
niños asustados, homicidios pretéritos
violaciones recientes y hambre acumulada.
Sólo por mencionar algunas hebras
desde la autopista del oeste y mirando al este.
Poco poético –dicen– para hacer de ello un poema.
Oscar A. Agú
cachoagu@yahoo.com.ar
Ciudad
Mezcla de mugre y humo:
olor a rancho
perfume de andurrial, toda la vida respirarlo
y el olor a polvo del patio de tierra barrido en espera de fiesta o de visita que es lo mismo
y el olor a río de cuando vallover o sube l’agua
y el olor a mujer cuando rondan el sueño y el desvelo
y el olor a ausencia cuando el perro se afina hasta que el viento se lo lleva.
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
Fábula de la libertad
Un señor caminaba por un sendero cuando se cruzó con la Libertad. Entonces le dijo:
— Libertad, ¿ves esa colina al final del camino? Tras ella vive un pueblo que es oprimido por quienes gobiernan. Los que trabajan soportan callados que les paguen un salario miserable; nadie protesta porque no está permitido; nadie reclama justicia porque sólo hay injusticia. Hay personas a las que se les ha quitado la casa, sin dar explicaciones, o se la envía a trabajar para otro, sin pagarle. Es un sufrimiento horrible que esa gente aguanta sin quejarse. Así que, Libertad, debes ir a ese pueblo. ¡Ve ya, no te demores!
Pero la Libertad le contestó:
— No voy adonde no me llaman.
Oche Califa
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
música del arcanauta
Coqui Ortiz:
La guitarra del pueblo
Coqui Ortiz creció entre guitarreadas de patio de tierra. En su Chaco natal, escuchó acordes y rasgueos que brotaban espontáneamente de los musiqueros del pueblo. De ellos se nutrió tocando y, a los 15 años, comenzó a explorar más seriamente la guitarra de la mano de Cayetano Gauna, Ramón Acosta y Roberto Rodríguez. El acercamiento a experimentados músicos de su región, como el bandoneonista Aldo Verón y el compositor Lino Mancuello, le brindaron una profunda cosmovisión de la música litoraleña. Aquellas vivencias de Coqui sedimentaron con el tiempo y hoy su música es la herencia del folclore del río. Su primer disco, Coqui Ortiz en Grupo, editado por Shagrada Medra en el 2002, aporta composiciones que renuevan el cancionero popular argentino.
Chamamé que se eleva, El músico y el acordeón, Para Chaco y Corrientes (con música de Luis Salinas), Flor silvestre, Despenadero y El matecito de las siete, entre otros, son pinceladas que nos evocan tanto los sonidos del barrio como los silencios del universo litoraleño. Creador de melodías donde conviven los rasgos propios del folclore del litoral con las búsquedas de la canción urbana, Coqui Ortiz se despoja de artificios para plasmar la esencia del paisaje de agua. Esa síntesis de exquisita calidad poética y musical, lo ubica en la senda de Zitto Segovia o Mario Boffil.
Desde 1992, Coqui comienza a desandar el camino solista y, luego de compartir proyectos con Carlos Aguirre, se suma a una corriente de músicos que crea a partir de una estética propia y una búsqueda artística sin concesiones. Es así como, alejado del chamamé masivo, este compositor construye un personal idioma, que lo ha situado entre los insdiscutidos referentes de la nueva música argentina.
Gabriela Redero
Podés conseguir este y otros discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar
Deja las letras y deja la ciudad...
Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire...
Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas
en la azucena del azul...
Yo quiero ser, amigo,
uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal...
o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume...
No estás tú también
un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?
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Y aquí, hay, asimismo, lo que vinimos a buscar...
Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer?
Hay que perder a veces “la ciudad” y hay que perder a veces “las letras”
para reencontrarlas sobre el vértigo, más puras
en las relaciones de los orígenes...
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Juan L. Ortiz
De las raíces y del cielo, fragmentos,
en Obra completa, ed. UNL, 1996