Categoría: EL ARCA del Sur Nº 124
Publicado por: elarca
Seguramente haya otro lugar
más allá de este pozo
y de este horizonte seco
y quebradizo. Un lugar
para sentirse más palpable
y que hay que edificar aquí.
Eduardo Dalter
Hojas de sábila, 1987-1992
cuadcarmin@hotmail.com
En el silencio de la luz escribo
aprovechando que las campanillas orean su resol cerrando
ya el verano pujando los aromas y colores de la terraza en paz
conmigo en paz también
amén sin fin
y digo que:
Hay demasiado dolor en estos días demasiada vergüenza
provocada basura que no merece tornarse abono
encaramada en casi todas partes intentando y logrando
contagiar hijos de buena gente y actividades sanas
pudrir las ganas desde su raíz
y triunfar hasta casi la victoria de un horizonte cotidiano al otro
por dentro y fuera y noticia tras noticia
hasta la extenuación de las palabras
produciendo silencio artificial lluvia de plástico barato y nada
muy cara nada a pagar con vida
domingos trabajados como lunes o jueves
da lo mismo (parece) pero no
a la vida no le da lo mismo
y digo que:
Fue mala idea silenciar al monte
no muere el adoquín bajo el asfalto y menos aún la tierra
y en la fotografía que parecemos hay mucho más que tinta
mucho mejor que papel satinado
y digo que:
Siempre hay algo todo por ahí
algo que siempre estuvo
y sonrío y
callo.
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
Buenos tipos
El hombre en el primer asiento habla con el colectivero. No se qué dicen exactamente, porque llego en la mitad de la conversación y sólo escucho lo que dice ese señor de cabello cano y cartera para llevar documentos.
Se queja de "Los de Derechos Humanos", que "si matan a uno de los nuestros no dicen nada, mientras que si es al revés arman un quilombo". Y dice que hay que pegarles en las piernas, no en los tendones porque quedan duros, en las piernas. "¡Ah, y en las manos!". Se acuerda de que en las manos también se les debe pegar. En las piernas y en las manos.
El señor está sentado en el primer asiento, y es el abuelo de cualquier nenito sonriente, el vecino amigable, supongo. "Un buen tipo", diría mi papá, que en esa descripción hace entrar a todo el que se peine por las mañanas y lleve camisa planchada.
No me sorprende que suba un padre cargando un bebé, y el buen tipo se levante caballerosamente, y le diga que por favor, que es un gusto, que no faltaba más. Sientesé. No me sorprende pero me espanta.
No creo que el hombre haya pegado alguna vez a alguien en las piernas y en las manos, en los tendones no. No tengo la seguridad, pero supongo que sólo expresa la ferocidad que aflora en cuanto no nos gusta la melodía que toca el músico.
Con cuánta soltura se habla del paredón, o se dice que a esos hay que matarlos a todos. Y uno se olvida de que las palabras son armas que otros se apresuran a utilizar, y que si no apretamos los gatillos, en el momento en que condenamos a muerte o tortura a otro ser humano prestamos dedos fantasmales a los verdugos.
Pero en el colectivo cedemos el asiento, hacemos demostración de urbanidad frente a la gleba. Somos buenos tipos. Todos.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
Época
Un prolongado ulular me despertó durante la noche.
Tuve una visión fugaz de luces rojas y amarillas, intermitentes.
Con los ojos recién abiertos en la oscuridad
escuché el sonido giratorio por las calles desiertas.
Instintivamente estiré mi mano por entre las varillas
y palpé el cuerpo de mi pequeño hijo:
suave, cálido,
pacificado como un animalito.
El no sabe nada de estas cosas.
No sabe nada del sueño cortado
en la fría madrugada.
Ni tiene nunca tampoco por qué saber
cómo brotan del sueño estas visiones;
cómo giran, intermitentes, en la memoria,
y flotan con sus ojos de vidrio alrededor del corazón.
Juan Manuel Inchauspe
Poesía Completa, UNL, 1994
Dos canciones
b>Crisantemo
Yo caminé junto a esta pared
yo quedé por aquí
cuando no hubo más luz.
Quiero mirar a través de mi piel
y volar otra vez
en tu cuerpo sin mí.
Crisantemo que se abrió
encuentra el camino hacia el cielo.
Crisantemo que se abrió
encuentra de nuevo tus manos...
Luis Alberto Spinetta
de su disco Camalotus, 2004
Signos en el muro
Ya no están. No nos ven.
No pueden oírnos.
Cuéntame ¿cómo estás
Sombra en la pared?
Háblame de tu amor
Hermano cautivo.
¿Dónde irá el dolor
sobre esta ciudad?
¡Libertad! me dolió
tu beso de vampiro.
Te hará bien maldecir
Signos en el muro.
Sueña como yo que alguien por ahí
nunca nos olvidará.
Francisco Sazo
del disco de Congreso Por amor al viento, 1997
La perspectiva histórica y sus trampas
El 25 de octubre de 2005, a los 92 años, murió Rosa Parks, la mujer negra cuya pequeña gran rebelión individual derivó impensadamente en una lucha colectiva que, años después, consiguió desarticular la legislación racista imperante en los Estados Unidos.
Vale la pena repasar brevemente los hechos. Una tarde de diciembre de 1955, mientras regresaba a su casa en un autobús urbano de la ciudad de Montgomery, el conductor le exigió a Rosa que se levantara y le cediera su asiento a un hombre blanco que acababa de subir. Ella se negó a cumplir la orden. Como semejante conducta violaba la ley vigente en el estado de Alabama, su inédita y osada decisión le valió un arresto y una multa. Pero su detención motivó la reacción generalizada de la comunidad negra de Montgomery, que canalizó su protesta a través de un férreo boicot a las empresas locales de transporte, medida esta que se prolongó durante 381 días. La revuelta –uno de cuyos líderes fue un hasta entonces poco conocido pastor bautista llamado Martin Luther King– marcó el inicio de una serie de crecientes reclamos en favor de los derechos civiles de los negros, que culminó en 1964 con la sanción de la ley que prohibió la discriminación racial.
Medio siglo después de aquel episodio fundacional, la muerte de Rosa Parks ha provocado a nivel mundial una catarata unánime de elogiosos conceptos sobre su personalidad y un amplio abanico de cálidos homenajes a su emblemática figura. Que esto ocurra es, además de justo, totalmente lógico. Y es que, en nuestros días, los derechos civiles de los negros se encuentran debidamente aceptados, institucionalizados y salvaguardados. Solamente un troglodita –que, por cierto, siguen existiendo en todas latitudes– podría cuestionar hoy la validez e importancia de aquel valiente acto de desobediencia.
Son las ventajas que otorga la perspectiva histórica. Es fácil valorar las transformaciones sociales y políticas cuando una sociedad ya las tiene incorporadas a su acervo cultural, cuando la gran mayoría de los ciudadanos acepta lo que alguna vez fue conflictivamente resistido. Por supuesto, no viene mal que así sea. Desde este punto de vista, la mirada retrospectiva nos devuelve una imagen alentadora de nosotros mismos, permite comprobar que –al menos en algunos aspectos– la raza humana ha evolucionado en forma considerable.
El problema es que esa misma perspectiva histórica nos tiende sutiles trampas en las que solemos caer con inquietante inocencia. La perspectiva histórica nos hace sentir que no estamos involucrados en ciertos acontecimientos, como si fueran enteramente extraños a nosotros. Nos muestra conflictos como si nada tuvieran que ver con el presente, como si sólo fueran cadáveres disecados con mayor o menor destreza. Nos libera de responsabilidades y de culpas. Por sobre todas las cosas, nos regala la ilusión de creer que indudablemente pertenecemos al bando correcto.
Si lográramos esquivar esas trampas, empezaríamos a dudar. Nos veríamos obligados –por ejemplo– a preguntarnos con una mano en el corazón si, en caso de haber estado viajando en aquel autobús, habríamos salido a proteger a Rosa, o si en cambio habríamos permitido que se la llevaran detenida por alborotadora. Y si no hubiésemos compartido aquel histórico viaje, ¿realmente habríamos valorado el heroísmo de su gesto en 1955, tal como lo valoramos hoy?
Podríamos remontar siglos y siglos hilvanando interrogantes en idéntico sentido. ¿Habríamos alzado nuestra voz para defender a ese tal Jesús que se peleaba con los mercaderes en el templo, o habríamos hecho cola para exigir indignados que se aplicara mano dura con aquel peligroso revolucionario? ¿Habríamos organizado una manifestación en favor de Galileo, o nos habríamos reído de aquel loco que suponía que la tierra se movía? ¿Le habríamos prestado nuestro oro a Colón para financiar su utópico viaje hacia las Indias, o le hubiésemos cerrado la puerta en las narices a aquel insensato que osaba afirmar que la tierra era redonda? ¿Habríamos impedido que quemaran a Juana de Arco o a Giordano Bruno, o nos hubiésemos sentido aliviados al comprobar cómo las purificantes llamas de la Inquisición mantenían a salvo el orden preestablecido que tanta comodidad nos brindaba?
Pero no se trata aquí de hacer especulaciones sobre lo que pudo haber pasado y no pasó (después de todo, como no estuvimos allí, nunca sabremos cuál habría sido en verdad nuestra reacción). Se trata exactamente de lo contrario; se trata de plantear una revisión honesta sobre lo que ocurre aquí mismo, a nuestro alrededor, hoy. Repensar cuál es la actitud que tomamos a diario frente a aquellos cuya mirada sobre el mundo cuestiona, contradice o desafía la nuestra. Preguntarnos, en suma, en este mismo día en que recordamos con admiración la valentía de Rosa Parks, a cuántas Rosas Parks despreciamos, maldecimos o ignoramos cada vez que salimos a la calle.
Convendría utilizar las enseñanzas de la perspectiva histórica, no sus trampas. Convendría admitir la posibilidad de que quizás en esos reclamos actuales que nos mueven el piso y nos incomodan se encuentren las semillas de ciertas verdades que en el futuro resultará inconcebible negar.
Convendría no olvidar que la Historia es una película donde –aunque nos guste pensar lo contrario– muchas veces solemos ponernos del lado de los malos.
Alfredo R. Di Bernardo
alfdibernardo@ciudad.com.ar
(...) Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos;
y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso que recibe
prestado, en el viento escribe;
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!).
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende. (...)
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca
La vida es sueño, 1635
Creo que en las escuelas se sigue hablando del medio ambiente como si se tratara de algo completamente separado de nuestras vidas. Y es por eso que continuamos observando a la naturaleza a través de la mirada de los biólogos, los geólogos, los arqueólogos... Todas ellas son visiones muy interesantes y enriquecedoras, pero son parciales. Lo que a mí me preocupa es que aún no hayamos logrado entender que este planeta es una sola entidad de la cual formamos parte todos, y que, sin la vida de cada especie, nosotros tampoco podremos sobrevivir. Muchas de las actividades que realizamos son profundamente nocivas para nuestro planeta y, por lo tanto, para nuestro bienestar. Desde que vamos a la escuela, se nos educa para que algún día podamos acceder a los bienes que se producen en las fábricas; con el tiempo, eso se convierte en el "ideal del buen vivir". De ese modo, vamos perdiendo registro del arte y la belleza presentes en la naturaleza, expresados allí en su máximo esplendor. En ese contacto con lo esencial están la sensación de bienestar y felicidad que tanto buscamos, infructuosamente, en los objetos materiales producidos en las fábricas.
El hecho de tener más bienes no es necesariamente un sinónimo de desarrollo; el desarrollo económico y material puede convivir simultáneamente con una gran pobreza en la calidad de vida. Y esto último, efectivamente, ocurre. Claro que se nos suele decir que los países escandinavos, por ejemplo, tienen un alto índice de calidad de vida; pero esos indicadores están relacionados con el poder adquisitivo, básicamente. Desde mi punto de vista, todo ese tipo de mediciones es superficial. Lo que sí diría es que, más allá de donde viva una persona, en los Estados Unidos o en el país más pobre de África, lo importante es tener una buena calidad de vida, y ser feliz. La acumulación de bienes materiales no es necesariamente una fuente de felicidad...
Wangari Maathai
ecologista keniana – Premio Nobel de la Paz 2004
Lejos de mí
Lejos de mí la palabra juega su ronda.
Así, a la deriva, ausente de ella, intento.
Dura porfía de acontecer soles.
Hoy está lejos, casi ausente.
Tejo y destejo esta obsesión de continuar con la línea.
Hasta que ya no desee.
Dejo que la luz transcurra, que la sombra
haga su labor. Dejo que el río fluya.
Y al abrir los ojos veo erguirse sistemas
Que se derrumban sin más. Sólo polvo.
Entonces río. Río de mi propia ignorancia,
de las redes que se destejen, del conocimiento.
Todo cae, todo se derrumba sin miramientos.
Como si un eterno temblor aconteciera.
Y acontece. Abrir los ojos y ver
Los soles del cada día y la lenta erosión...
Ya no deseo. Ya no quiero esa carga
inútil en mis espaldas. Sólo esto.
Permanece el hombre que en su andar
el mundo pone el pan sobre la mesa.
Oscar A. Agú
cachoagu@yahoo.com.ar
música del arcanauta
Martín Sosa y Los Replicantes
En el camino de la canción urbana
La música, como la utopía, sirve para caminar. Para ir paso a paso transitándose uno mismo, para recorrerse, para contarse y cantarse. Y, entonces, ahí sí, nace la expresión artística.
De eso se trata para Martín Sosa la música. Lo escribe claramente en su letra, con la claridad con que suena su guitarra, con la claridad con que anuncia a viva voz: "Voy".
"Voy regando mis sueños con agua de lluvia, fabricándome un día de abril y fortunas, sobrevolando tu sonrisa, dándole tiempo a la prisa. Voy en busca del verbo que limpie mis deudas, con los brazos cansados y los ojos alerta", dice este cantautor santafesino en su más reciente disco.
Un puñado de canciones de su propia factura, dan cuenta de un camino que –con sus mojones– ha templado el músico que hoy es. El violín de su abuelo, la guitarra de su padre, las enseñanzas de su madre, el despertar a los primeros sonidos compartidos en familia, tallaron un oído abierto y unas manos ávidas de tocar. Primero la guitarra y después el piano. Primero el folclore y después el rock, hasta el regreso a la tierra: el folclore propio, ese que suena a todas las músicas que Martín escuchó y compartió.
"Tengo temas de raíz folclórica, otros de corte urbano y algo de pop. Lo que pasa es que después agarrás una de esas canciones, le ponés el maquillaje de la otra y resulta lo que se suele decir fusión. Pero esa es una palabra que a mí no me dice nada, porque se habla muy a la ligera del tema. Hay gente que dice que hace fusión pero en realidad no sabe bien lo que está haciendo. Y para hacer fusión uno tiene que saber qué es lo que va a fusionar", aclara.
Lejos de los encasillamientos, Martín Sosa grabó en su disco Voy –registrado en Santa Fe y editado por Shagrada Medra–, una docena de canciones propias –y algunas de su hermano Mario Hugo–, compartidas con Los Replicantes, el grupo que lo acompaña desde 1999.
Con un sonido urbano –basado en ritmos del folclore argentino– y una apuesta a revalorizar la canción como género, Voy luce la participación de destacados nombres de la música popular, como Raly Barrionuevo, Ernesto Snajer y Facundo Guevara, que grabaron como invitados. Los arreglos concebidos en forma grupal, resaltan a un trovador con una estética propia, que une las raíces tradicionales con los nuevos sonidos de la llamada música argentina. Unas músicas que van surgiendo en las distintas regiones del país, de la mano de jóvenes compositores que, como Martín, caminan a paso firme.
Gabriela Redero
Podés conseguir este y otros discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
Supernadie
No vuela, no tiene puños de acero, no trepa por las paredes, no es el hombre más fuerte del mundo y ni siquiera alguna vez ha tirado por el suelo a algún bandido armado. Nadie lo conoce porque sólo ve a la gente cuando sale apurado de su casita humilde, pintada de cal y, cuando la gente pasa, tan llenos los ojos de super-voladores, super-invisibles y super-bolsillos llenos, no pueden ver al héroe de la cabeza gacha. Su nombre es Supernadie...
Supernadie porque ya no quedan nombres...
Supernadie porque su familia parece no tener apellido.
Supernadie porque la única persona que conoce su nombre es la libreta negra del almacenero.
Supernadie porque el idioma no le puso nombre al sacrificio, al sacrificio en silencio, a la sonrisa de lágrimas y sudor, a la esperanza de un horizonte más abierto...
Supernadie parte todas las mañanas dejando debajo de las frazadas rotas a sus angelitos de dientes de leche. Supernadie penetra todos los días en el recuerdo gris de las chimeneas bullentes y del humo oscuro.
Supernadie vuelve todas las noches para que sus pequeños hijos le prendan las estrellas de la felicidad y le oculten el cansancio, el desaliento.
Supernadie es el héroe que vuela hacia un soñado futuro mejor, que tiene la frente más alta y el corazón más puro y grande del mundo, es quien todas las mañanas tira por el suelo a la miseria que llama a su puerta, que vive sonriéndole a la vida de ceño fruncido.
Supernadie es, no lo olvides, el héroe cotidiano que pasa frente a tu puerta ciega todos los días.
Graciela Rozas - 12 años
Selección literaria: Georgina Cánaves
y otra canción
Angel de la mañana
ven a tomar un mate
que el día no está bueno,
que le han herido el aire.
Angel de la mañana
ven a mirarme suelto,
la tierra me dura hasta el cielo
porque la pienso en tu cama.
Una mariposita
ha madrugado en tu alma,
con lo que dure su historia
la eternidad escribirá en tu entraña:
que el viento recoge al viento
que el agua levanta el agua
y lo nuestro se acomoda
como puede en la tardanza.
Angel de la mañana
qué poco soy sin verte,
me sobran la luna y los barcos
y un abrigo pa'esconderte.
Algo resuelve al mundo
y juro que lleva ombligo,
la muerte no escribe a nadie
porque se asusta cuando te escribo:
que el viento recoge al viento
que el agua levanta el agua
y lo nuestro se acomoda
como puede en la tardanza.
Alberto Muñoz
del disco de Silvia Iriondo Silvia Iriondo, Melopea, 1990
Lenguaje
Dijo tanto
el silencio
cuando
fue abrazo.
Antonio Ramos
Lentes universales
Homo Sapiens Ediciones, 2005