El benteveo cantó

El benteveo cantó para mí esta mañana.
La luna en un cielo acuoso a punto de disolución
brilló para mí. Alguien dirá
que estas afirmaciones adolecen,
que el pájaro responde a su naturaleza
y la luna es una fría piedra condenada
a la órbita terrestre, pero yo sé
que habiendo podido despertarme y no oír,
que pudiendo haber estado presente y no ver,
esa mañana ver y oír
fueron actos que me constituyeron uno.
Y el pájaro y la luna estuvieron presentes en mí
y a la muerte le quité un día.

Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv






Los crujidos del modelo de los agronegocios

Las actuales crisis que desvelan a la Argentina, dan prueba de que continuamos siendo un país laboratorio de nuevos modelos y de innovaciones tecnológicas, un país que a la vez continúa viviendo en un subyacente estado de catástrofe, siempre al borde del estallido. Esas son las contradicciones de la Argentina profunda: por una parte el hervidero de lo social siempre dispuesto a sumarse a las sucesivas crisis, como el caso de los piquetes rurales que, en su fuerza, sorprendieron a los mismos participantes, y por otra, una clase dirigente con pensamientos antiguos, prácticas autoritarias y mezquinas que empobrecen la participación en la democracia. De hecho, nos encontramos con que el Gobierno que ahora descubre la “sojización”, incorporando a su discurso la necesidad de producir alimentos y de resistir a los monocultivos, es el mismo gobierno que conduce un Estado fuertemente comprometido con el modelo biotecnológico de producción de commodities para la exportación, con la promoción de una ciencia empresarial y con un plan de saqueo de los bienes comunes por parte de las Corporaciones.
Desde el Ecologismo nos resistimos a ver un paisaje sin matices o a mirarlo con las anteojeras con las que se recrean antiguas antinomias. Hace muchos años que denunciamos un proyecto de agricultura industrial tan extractivo y minero como la misma minería química que se practica en gran parte del territorio nacional. Por otra parte, que los productores corten las rutas protestando por un tributo a la exportación, que deja indiferentes a los exportadores, llama la atención sobre el modo en que las Corporaciones trasladan sus cargas hacia abajo en la cadena productiva, oficiando como recaudadores. Ambas situaciones están ausentes en los actuales debates, tanto como en las agendas políticas: lo ambiental en primer lugar, la salud en segundo lugar y además, el rol y el protagonismo de las corporaciones. Estamos en medio de una crisis donde todos los partícipes parecen complotados para no mencionar a los exportadores, a la vez que para ocultar la catástrofe a que el modelo actual condena los suelos y ecosistemas argentinos, y las devastadoras consecuencias de las fumigaciones y de la contaminación sobre la Salud de las poblaciones. Tememos que la confrontación oculte y anticipe los desgarramientos de un modelo de exportación y de producciones en escala, que se acelera con la llegada de fondos de inversión y la producción de agrocombustibles, y que inevitablemente dejará fuera de juego a muchos de los que cortaron las rutas protestando contra un impuesto a la exportación que no pagan las Corporaciones exportadoras.
Desde el Ecologismo proponemos abrir los debates del campo al resto de la Sociedad. Proponemos interpelar a las Corporaciones exportadoras sobre su papel en la crisis actual y auditar las exportaciones que realizan, hasta el momento bajo meras declaraciones juradas y con oscuros procesos de triangulación y subfacturación para evadir impuestos al Estado que parecieran ser la norma consentida por la mirada impávida de los funcionarios del área. Necesitamos recobrar la soberanía de los puertos, reinstalar los organismos de control del Estado, tales como las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, en los marcos de políticas agrarias que actualmente están en manos de los agronegocios. Pero también, necesitamos el respaldo a los desarrollos locales, con precios sostén para los alimentos tradicionales en la mesa de los argentinos; que se impulsen procesos de ecolocalismo que aseguren espacios de seguridad alimentaria, con cinturones verdes para producción de alimentos, ferias de cercanías, respaldo y control municipal de tambos pequeños con distribución de leche fresca o pasteurizada localmente, diseños territoriales con arraigo de familias para el desarrollo de economías de autoproducción y comercialización de excedentes. Proponemos modelos de producción amigables con la Naturaleza, en que la Justicia Social y la Soberanía Alimentaria aseguren la felicidad de la población y su calidad de vida.

Red Nacional de Acción Ecologista
(RENACE) www.renace.net






La garúa penetra en la tierra, no la lava, y acuna las nascencias allí habidas, de consuno a las circunstancias de la tierra que sustenta y la que gira en el espacio, que son la misma...
La tierra se sacia de los frutos del cielo, dice el viejo poema que cito sin comillas porque la verdad no las necesita y para la belleza no existen, y la verdad dicha con belleza es nomás la mejor manifestación de la Poesía... Y sin duda que la garúa es una de sus mejores puentes, de sus mejores climas, de sus mejores casas...
En la blanca luz de los días nublados, esa que obvia todo reloj hasta que ya es de noche, la garúa fabrica y mantiene y comunica los rocíos durante toda la hora diurna. Y acaricia. Y acompaña en la soledad, es decir: consuela...
Espejos de luz, agentes de amor, la Poesía y la garúa son parientes a la hora de hacer habitable el mundo, una de sus basales tareas. Hermanadas sus vías –las mismas– de respeto en acto, pan del día en la mano del necesitado de pan...
Nos moja como cuando nos nombra una voz adecuada, como cuando nos acollara la “querendona mujer” del Canto a la Alegría, versión original. Y, en así, quedamos, fincamos ternurados, almados, sonreídos por la naturaleza de las cosas y la divinidad que todo ritma y cadencia manteniendo el fluir de lo sagrado. Llamémosle: la vida, simplemente...
La garúa forma un ambiente de humedad que favorece las maceraciones, fermentaciones y germinaciones, liberación de la energía, liberación, sin más ni menester de más, en permanente generación, renovación, y alegría. Es una felicidad perdurable de las aguas uniéndonos en misma luz con las árboles y las piedras y las otras criaturas. Y he ahí, noscierto?, la Poesía: bien vale equipararlas...
Saludo a la quichua garúa. Siento haber intuído su lección, creo haberla aprendido. Estarla compartiendo...
Le agradezco, al continuar viviendo...
Cantando...

Horacio C. Rossi
La brisa y la garúa, inédito
terrazio@ciudad.com.ar






La cuenca fluvial

La cuenca fluvial, realidad del ambiente natural con la que convive el habitante de la región, es un don que brinda como todo ser vivo.
Establece el ser humano ese vínculo que lo determina y viceversa. La relación de respeto mutuo adecuada a las condiciones de sus ciclos no puede ser soslayada, pues se sabe que es así y nos acompañará siempre. La convivencia se produce acorde a la armonía de las dos partes en general y los distintos aspectos en particular que la establecen teniendo en cuenta dichos comportamientos recíprocos.
El bienestar es parte fundamental de ese entendimiento. Del hombre, capaz de paz o desequilibrios, es tarea de aprovechar el bien que nos provee el medio natural.
El medio natural nos ha conformado en parte y cuando no se ha establecido ese respeto y consideración, los habitantes de él hemos sufrido. No se interpreta que el respeto implique forzamiento o dolor, sino responsabilidad activa y atenta.
Teñido y no constreñido por el ambiente, el poblador debe procurarse, merced a su capacidad creadora de leer lo natural y lograr plenitud, esa convivencia armónica.
Como en el arte, es un arte más, un arte mayor, realizado por los intérpretes involucrados en él y su buen uso.
La técnica y la inteligencia son un bien, usados correctamente, la naturaleza también es inteligente, pues es un ser vivo, regido por ciclos de plenitud, fuerza, tranquilidad, belleza, embate y paz. Este último aspecto contiene lo agradable, lo que nos llega de forma más honda y perdurable en el sentir común.
Toda la tarea humana y la de los seres que nos acompañan, tienden a este fin. Pero es necesario realizarlo diariamente, en cada una de las conductas, pues cualquiera sea el error, redundará en la alteración de esa posibilidad benéfica.
La cuenca fluvial tiene una conducta inocente, que puede ser bien llevada, tanto en la furia que irrumpe dolorosamente, como en el más delicado y hermoso sonido.

Jorge Drenkard
Lloverá en alta mar, 2003






Milagro de los peces
(Milagre dos peixes)

Yo veo estos peces y voy de corazón
yo veo estas matas y voy de corazón
Naturaleza

En pantalla el colorido
de unos niños coloridos
de un genio televisor.
Y en el andar de nuestros nuevos santos
la señal de viejos tiempos:
muerte, muerte, muerte al amor

Ellos no hablan del mar y los peces
ni dejan ver la moza pura canción
ni ver nacer la flor, ni ver nacer el sol
y yo apenas soy uno más, uno más
que habla de este dolor, nuestro dolor

Dibujando en estas piedras
tengo todos los colores
cuando hablo de lo real
Y en un silencio en la naturaleza
yo que amo a mis amigos
libre, quiero poder decir:

Yo tengo estos peces, los doy de corazón
yo tengo estas matas, las doy de corazón.

Milton Nascimento - Fernando Brant






Déficit de Naturaleza

La era de la informática y la comunicación nos otorga muchos beneficios pero tiene su contraparte negativa. Entre las nuevas amenazas está la adicción a Internet y el síndrome de déficit de naturaleza que puede estar afectando el futuro de muchos niños. Fue Richard Louv, periodista y prolífico autor, el que inventó el término y lo hizo popular a través de su libro El último chico en el bosque. La denominación “déficit de naturaleza” busca retratar una carencia de peso en la infancia del siglo XXI que casi no necesita explicación. Todas las personas mayores en la actualidad saben destacar las diferencias entre sus aventuras infantiles y los juegos que hoy atraen a los niños. Todos los adultos sabemos lo que es embarrarse y trepar un árbol (y la gran mayoría lo evoca con una nostalgia añorante), algo que los niños de hoy en día miran con reticencia. Y somos varios los que nos preguntamos con frecuencia si no es insalubre que la generación más joven no estimule su imaginación en espacios abiertos. Louv decidió indagar en esto cuando investigaba para su libro El futuro de la infancia y descubrió que la falta de contacto con la naturaleza tiene efectos físicos y psicológicos en las personas.
Los niños pasan demasiado tiempo encerrados. Van de la casa a la escuela, a centros de actividades y a casa otra vez. Entienden más que sus mayores de tecnología y muestran mayor facilidad para adaptarse al cambio. En muchas cosas parecen ser más “avispados” de lo que éramos nosotros a su edad o hasta, quizás, más inteligentes. Sin embargo, esta “madurez” prematura les está jugando en contra. Cada vez son más comunes el síndrome de déficit de atención y la obesidad infantil y hay otros efectos como el estrés o la depresión que pueden estar ligados con la falta de naturaleza en sus vidas. Cuando un niño se golpea o corta en la actualidad, los padres se alborotan; en seguida van al médico y lo llenan de remedios, vendas y cuidados. No es que esté mal cuidar a nuestros hijos, pero estamos ejerciendo una sobreprotección que ignora nuestras propias experiencias. En las “infancias viejas” (allá por los 70’s u 80’s) sufríamos raspaduras regularmente, muchos nos hemos fracturado cayendo de árboles o rodando por pendientes, cortado con botellas rotas o clavos oxidados. Muchos veíamos más la aguja de una vacuna antitetánica que la que nuestras madres usaban para tejer y sin embargo aquí estamos: sanos y salvos, llenos de experiencias y saludables (y agradables) memorias. Louv destaca que no son las ciudades y la tecnología los únicos responsables del déficit de naturaleza; los padres forman parte de las causas. La inseguridad social creciente los obliga a remarcar más que nunca el “no hables con extraños” y limitan el esparcimiento de sus hijos a un área marcada y conocida, a moverse en automóvil y no salir mucho de casa. (...) Los niños que son expuestos a la naturaleza muestran mejoras intelectuales, espirituales y físicas en comparación a los que se mantienen encerrados. Las actividades en la naturaleza probaron disminuir el estrés, aguzar la concentración y promover resoluciones creativas a problemas. Louv y varios investigadores más consideran que esta es una buena terapia para el síndrome de déficit de atención y otros males que afectan a los niños. Louv va un poco más allá, sugiriendo que mientras aumentar la exposición de los niños a la naturaleza puede ayudarlos a centrarse, la existencia de desórdenes es evidencia de que dos generaciones de alienación pueden haber resultado en un daño considerable ya hecho a nuestros niños. Y es que el periodista no olvida destacar que, más allá de los pequeños, a los mayores también nos hace bien un poco de verde en nuestras vidas. (...) Estudios en Estados Unidos, Suecia, Australia y Canadá han demostrado que los chicos que juegan en escenarios naturales (con ríos, campos y árboles) son más propensos a crear sus propios juegos y mostrar mayor cooperación que aquellos que juegan en escenarios armados. Y es que en los ambientes controlados no hay verdadera experimentación ni riesgo. Aunque, precisamente, el riesgo es lo que los padres desean evitar, es lo que más nos enseña y estimula la creatividad a la hora de encontrar soluciones.
El déficit de naturaleza no es una enfermedad que requiera de pastillas o tratamientos inclementes. Por el contrario, puede solucionarse recuperando esa costumbre perdida que tan bien nos hizo cuando nosotros fuimos pequeños.
(...) Los chicos de ahora aprenden de naturaleza en sus libros y entienden más sobre la selva amazónica de lo que nosotros comprendíamos años atrás. Pero la falta de contacto con la naturaleza intelectualiza el aprendizaje y los vuelve desapegados. Y son ellos los que deberán luchar por preservarla de aquí a unos años. Es hora de volver a encarrilar nuestra unión con la naturaleza. Tanto la de nuestros niños como la propia.

Constanza Villanueva
http://www.neoteo.com/deficit-de-naturaleza.neo






Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con resplandeciente sonido;
Y ranas que en los estanques cantarán durante la noche,
y ciruelos de tembloroso blanco;
y petirrojos que vestirán plumas de fuego,
y silbarán sus canciones en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá que hay guerra, nadie
se preocupará del fin de la guerra;
a nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al amanecer
apenas sabrá que hemos desaparecido.

Sara Teasdale






el arca de la infancia
[para leer con los chicos]

La laguna del “no me gusta”

A los habitantes de la Laguna del “No me gusta”, nunca les gustaba nada. Era una laguna poblada de bichitos malhumorados: había sapos caprichosos, ranas con rabietas, caracoles con caras largas y patos con pataletas. A ellos, todo les parecía mal. Vivían trompudos y pataleando el suelo.
Si salía el sol, protestaban:
— ¡Ufa! ¡El sol!... –decían las ranas con rabieta.
— ¡No me gusta el sol! –rezongaban los sapos caprichosos.
— El sol me aburre... –se quejaban los caracoles con caras largas.
— Qué llueva –pedían los patos haciendo pataletas.
Y ahí se armaba la chinche, el berrinche y el bochinche. Entonces el sol se iba para que empezara a llover. Pero en cuanto llovía, volvían a protestar:
— ¡Ufa! ¡Llueve! –decían las ranas con rabieta.
— ¡No me gusta la lluvia! –rezongaban los sapos caprichosos.
— La lluvia me aburre... –se quejaban los caracoles de caras largas.
— Que salga el sol, mejor –pedían los patos con pataletas.
Y otra vez se armaba la chinche, el berrinche y el bochinche.
Entonces la lluvia se iba para que saliera el sol.
Si era de día, querían que fuera de noche, y si era de noche, que fuera de día. Lo que más se escuchaba, lo que siempre se escuchaba, lo único que se escuchaba, era: “No me gusta, no me gusta y no me gusta”.
De tanto hacer berrinches, los bichitos de la laguna ya no sabían cómo se saltaba de alegría, ni cómo era aquello de reírse a carcajadas, y mucho menos, cómo se gritaba: ¡¡¡Bien!!! ¡¡¡Iupi!!! ¡¡¡Hurra!!! Pero un día, el sol se enojó de ser siempre tan mal recibido, así que se metió atrás de las nubes y quedó ahí, acurrucado, y trompudo, sin salir ni siquiera a ver qué pasaba. La luna se copió y también las estrellas, y hasta la lluvia dejó de caer. Ahí se quedaron todos: escondidísimos detrás de las nubes. Por la mañana, cuando los bichitos de la laguna se despertaron, vieron todo nublado.
—¡Ufa! Las nubes!... –dijeron las ranas con rabieta.
— No me gustan las nubes –rezongaron los sapos caprichosos.
— Las nubes me aburren... –se quejaron los caracoles de caras largas.
— Que salga el sol, mejor –pidieron los patos haciendo pataletas.
Y, como siempre, se armó la chinche, el berrinche y el bochinche. Pero las nubes no se fueron y el sol no salió. Ni de noche salió la luna, ni al día siguiente llovió: las nubes un día, y las nubes el otro.
Los paraguas se empezaron a llenar de plantitas, porque nadie los usaba; las ranas se olvidaron de cantar, porque no había luna; los caracoles no podían sacar sus cuernos al sol, porque no salía, ni las lombrices hacer pocitos en la tierra porque estaba muy dura; y hasta los patos se olvidaron de cantar. Los bichitos se pasaban el día sentados, sin saber a qué jugar, mirándose, mirando el cielo y volviéndose a mirar. Lo único que se escuchaba era: “No me gustan las nubes...”. Sólo que esta vez, lo decían muy en serio y sin berrinches.
Hasta que un día, una rana que raspaba la tierra seca con la pata, miró al cielo, abrió la bocaza y, en vez de decir “No me gustan las nubes”, le salió un:
— Me gustaría tanto que saliera el sol!... –con suspiro y todo.
Y el sol, que la escuchó, se asomó para oír mejor.
Apenas lo vieron, los habitantes de la laguna se pusieron a saltar de alegría, como hacía tiempo que no saltaban.
— ¡¡¡Bien!!! ¡¡¡El sol!!! –gritaban las ranas contentísimas.
— ¡Me encanta el sol! –aplaudían los sapos entusiasmados.
— ¡El sol me divierte! –se reían los caracoles a carcajadas.
— ¡Que se quede! ¡Que se quede! –pedían los patos a los saltos..
Y siguieron saltando y festejando hasta la noche, en que apareció la luna, y le cantaron para darle la bienvenida.
Esa noche se fueron a dormir cansados pero muy contentos, porque sabían que cuando se despertaran iba a salir el sol otra vez, y después la luna y las estrellas, y a lo mejor la lluvia también, y que todo eso... sí, les gustaba. Y entre tanto y tanto, bailecito y carcajada, se fueron olvidando del “no me gusta”, de las pataletas y de los berrinches. Sólo se guardaron un “no me gusta”, de las pataletas y de los berrinches. Sólo se guardaron un “no me gusta” muy serio, para cuando algo, muy en serio, no les gustaba.
Eso sí: tuvieron que cambiarle el nombre a la laguna.

María Inés Falconi
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves






Mudanza

Mudanza de amaneceres
provocan gozosos los pájaros.
Celebran con la intensidad del trino
el fantástico misterio del alba.

Desnuda y bella está la mañana
mientras contempla al viento
zambullirse, feliz,
en un ocre mar
de dormida hojarasca.

Un oleaje crujiente
de nidos y sombras
ofrece generoso, retazos de luz
guardados en los pliegues de su traje

Desnuda y bella está la mañana,
despojada al fin de sus máscaras.
Sin maquillajes.
Desnuda y bella.
Verdad revelada.

¡Danzan felices las palabras
en cada remolino de historias
que de esta Tierra se alzan!

Palabra que llega efervescente
de la humedad de sus entrañas
sin pedir permiso
a los Dueños de la Nada.

Desafiante.
Decidida.
Desnuda y bella.
Mutando fragancias.
Desnuda y bella,
se ofrece la mañana.

Marta Goddio
martagt46@yahoo.com.ar