La ciudad era esta incertidumbre
la eterna pregunta –quién soy–
dicho de otro modo: quién sos.

Cristina Peri Rossi
fragmento de Tango - Otra vez eros, 1994






Nuevamente hablamos de la ciudad. Una vez más, decimos que lo urbano no puede comprenderse cabalmente sin una mirada que trascienda los límites de una jurisdicción municipal. La ciudad es generadora de impactos sobre su entorno inmediato y, a la vez, caja de resonancia del sistema de relaciones económicas y políticas impuesto en un territorio mucho más extenso. Se espera de ella que resuelva múltiples conflictos de complejidad creciente para los cuales suele carecer de planificación y hasta de posibilidades materiales.
Decisiones tomadas en un ámbito urbano continúan convirtiendo aceleradamente a gran parte del campo y de los bosques nativos de nuestro país en un inmenso desierto verde de soja, con trágicas consecuencias sociales y ambientales que ya se están padeciendo. A la vez, y como reflejo de eso, la expulsión durante años de cientos de miles de campesinos descartados por los eufemísticamente llamados “agronegocios” –“agrogenocidios”, en realidad– viene haciendo inhabitables a muchas ciudades, entre las cuales la nuestra –no por casualidad situada en la zona epicentral del asunto– es un lamentable ejemplo. Incluso el propio gobernador de la provincia ha dicho que “el proceso de sojización ha significado vaciar el campo, que la gente migre a las ciudades, con oficios que no corresponden a las demandas que hoy tiene una ciudad, a vivir en los peores lugares, lo que genera planes sociales que nunca tendrán el valor del trabajo como elemento formador del individuo y la sociedad” (diario La Nación, 1/2/2008). Ciertamente, cada vez son más las voces que reconocen esta tragedia colectiva disfrazada de fiesta privada; sin embargo, desde un medio como Radio Nacional se disponen a levantar Horizonte Sur, el programa donde Jorge Rulli y otros vienen denunciando lo que nos está ocurriendo y proponiendo alternativas. Por eso, abriendo la mirada más allá de lo que se suele entender por urbano, cabría preguntarse si seguiremos enfocando paliativos para los problemas de la ciudad o nos decidiremos a comprender la complejidad de la cuestión para cambiar el rumbo antes de que resulte demasiado tarde.

Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com






Extramuros

ante las nunca habidas pero eficientes puertas de la ciudad
emergen unos toldos de lata y unas tareas sin palabra
y se establecen afuera, perfectamente afuera
y desde allí penetran las nunca habidas pero cerradas puertas de la ciudad
rociando nuestros ocios con un tema de charla que tampoco perdura...

el instinto de esa gente conoce...
escuchan las electricidades al tocar los envases y las cenizas del consumo
que alimenta la carne y la presunción es decir la materia y la ignorancia
es decir la creencia y la ajenidad (estoy tratando de algo decir)
de nosotros los no menos transitorios y mudables...

forman hilera para el examen de las hojarascas domésticas...
contratan apenas pactando la transacción que los enladrillados
creemos gananciosa para nuestro ciudadano privilegiado beneficio...
en así aprenden cómo...

y se preparan a heredar el mundo...

Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar






“Homo urbanus” ¿celebración o lamento?

El año 2007 fue visto por algunos como un gran hito en la saga humana, con una magnitud similar a la era agrícola y la revolución industrial. Según Naciones Unidas, por primera vez en la historia la mayoría de los seres humanos están viviendo en grandes zonas urbanas con poblaciones de 10 millones de habitantes o más. Nos hemos convertido en el Homo urbanus.
El fenómeno de millones de personas apiñadas y amontonadas unas encima de otras en gigantescos centros urbanos es nuevo. Recordemos que, hace 200 años, una persona normal de la Tierra habría conocido entre 200 y 300 personas en toda su vida. Hoy, un habitante de Nueva York puede vivir y trabajar entre 220 mil personas en un radio de 10 minutos de su casa u oficina en el centro de Manhattan.
Sólo una ciudad en toda la historia –la Roma antigua– contaba con una población de más de un millón de habitantes antes del siglo XIX. Londres se convirtió en la primera ciudad moderna con una población de más de un millón de personas, en el año 1820. En la actualidad, 414 ciudades poseen una población de un millón de habitantes o más, y no se atisba el fin del proceso de urbanización, ya que nuestra especie está creciendo a una velocidad alarmante. Cada día nacen en el planeta 376 mil personas. Se espera que la población humana alcance los 9 mil millones en 2042, la mayoría de los cuales vivirán en densas zonas urbanas.
Mientras la raza humana dependió del flujo solar, los vientos, las corrientes y la energía animal y humana como sustento vital, la población se mantuvo relativamente baja para adaptarse a la capacidad de carga de la Naturaleza: la capacidad de la biosfera para reciclar residuos y reponer recursos. El punto de inflexión se produjo con la exhumación de grandes cantidades de energía solar almacenada, primero en forma de depósitos de carbón, y luego, petróleo y gas natural bajo la superficie terráquea. Aprovechados por el motor a vapor y más tarde por el motor de combustión interna, y convertidos en electricidad y distribuidos a través del tendido eléctrico, los combustibles fósiles permitieron a la humanidad crear nuevas tecnologías que aumentaron de manera espectacular la producción de alimentos, los artículos manufacturados y los servicios. El incremento de la productividad derivó en el crecimiento desenfrenado de la población y la urbanización mundial.
No es sorprendente que nadie esté realmente seguro de si este profundo punto de inflexión en las modalidades de la vida humana debería celebrarse o lamentarse, o si simplemente deberíamos dejar constancia de él. Ello se debe a que nuestra población en aumento y nuestro estilo de vida urbano se han comprado a expensas de la desaparición de los grandes ecosistemas y hábitat de la Tierra. El historiador cultural Elías Canetti comentaba en una ocasión que cada uno de nosotros es un monarca en un campo de cadáveres. Si nos detuviéramos por un momento y reflexionáramos sobre el número de criaturas y recursos de la Tierra que hemos expropiado y consumido en nuestra vida, nos horrorizaría la carnicería y la explotación que han sido necesarias para garantizar nuestra existencia.
El hecho es que las grandes poblaciones que viven en megaciudades consumen cantidades ingentes de energía del planeta para mantener sus infraestructuras y su flujo diario de actividad humana. Para poner esto en perspectiva, sólo la Torre Sears, uno de los rascacielos más altos del mundo, utiliza más electricidad en un día que una ciudad de 35 mil habitantes. Y lo que es todavía más increíble: nuestra especie actualmente consume casi un 40 por ciento de la producción primaria neta de la Tierra, aunque sólo constituimos un 0,5 por ciento de la biomasa animal del planeta. Las demás especies tienen menos para consumir. La otra cara de la urbanización es la estela que dejamos en nuestro camino hacia un mundo de edificios de oficinas de 100 plantas, torres de viviendas y paisajes de cristal, cemento, luz artificial e interconectividad eléctrica. No es casualidad que mientras celebramos la urbanización del mundo, nos aproximemos rápidamente a otro hito histórico: la desaparición de la Naturaleza. El crecimiento de la población y el consumo de comida y agua, la ampliación de las carreteras y los ferrocarriles, y la expansión urbana siguen invadiendo la Naturaleza y la abocan a la extinción.
Nuestros científicos nos dicen que a lo largo de la vida de los niños de hoy, la Naturaleza desaparecerá de la faz de la Tierra tras millones de años de existencia. La autopista transamazónica, que cruza toda la extensión de la selva del Amazonas, está acelerando la devastación del último gran hábitat natural. Otras regiones naturales, desde Borneo hasta la cuenca de Congo, están mermando rápidamente cada día que pasa, y abriendo camino a unas poblaciones humanas cada vez mayores que buscan espacio y recursos para vivir. No es de extrañar que, según el biólogo de Harvard E. O. Wilson, estemos experimentando la mayor oleada de extinción masiva de especies animales en 65 millones de años. Actualmente perdemos por la extinción entre 50 y 150 especies al día. En 2100, dos terceras partes de las especies restantes de la Tierra probablemente se habrán extinguido.
¿Adónde nos lleva todo esto? Intenten imaginar mil ciudades de casi un millón de habitantes o más dentro de 35 años. Nos deja helados y es insostenible para la Tierra. No quiero ser aguafiestas, pero quizá la conmemoración de la urbanización de la raza humana en 2007 podría ser una oportunidad para replantearse nuestra manera de vivir en este planeta. Sin duda, hay mucho que aplaudir de la vida urbana: su rica diversidad cultural, sus relaciones sociales y la densa actividad comercial. Pero es una cuestión de magnitud y escala. Debemos reflexionar sobre la mejor manera de reducir nuestra población y desarrollar entornos urbanos sostenibles que utilicen con mayor eficacia la energía y los recursos, que sean menos contaminantes y que estén mejor diseñados.
En resumen: en la gran era de la urbanización hemos aislado cada vez más a la raza humana del resto del mundo natural en la creencia de que podríamos conquistar, colonizar y utilizar la rica generosidad del planeta para garantizar nuestra completa autonomía sin consecuencias funestas para nosotros y para las generaciones futuras. En la próxima fase de la historia humana tendremos que encontrar un modo de reintegrarnos en el resto de la Tierra viviente si pretendemos preservar nuestra especie y conservar el planeta para las demás criaturas.

Jeremy Rifkin
economista estadounidense (1943)






Divagaciones al comenzar la mañana

Estoy en el trabajo. Una oficina no muy grande con ventanales al parque y con vecinos conversadores. Vendedores de revistas, bizcochitos y facturas. Todo transeúnte, a estas horas de la mañana, se detiene a comprar una bolsita de harinas cocidas de variedades dulces y cremosas o saladas, para acompañar el desayuno.
Un poco más allá, la avenida reporta los ruidos de siempre: motores acelerados, frenadas, el roce de los neumáticos en el pavimento, una puerta que se cierra. Luego, árboles y el lago. La mirada se detiene en ellos. Es una mirada necesaria para intentar seguir viendo. Es el remanso que alumbra el día.
Algunos pájaros gorjean. Se bajan irrespetuosos a comer las migas que los vendedores esparcen al final de cada jornada. Y no temen. No hay nadie de caza. Algún perro acompaña la comparsa, adoptando dueños pasajeros para luego hundirse en lo ignoto de esta parte de la ciudad. Fluyen las hormigas, pequeñas y grandes, llevándose restos invisibles a sus guaridas. Otros insectos se escabullen en el aire o entre la gramilla, esquivando pasos o picotazos de los pájaros.
En tanto, observo. La vida fluye sin miramientos. Fluye y se dispersa en los confines y sus intersticios. No se detiene ante el primer escollo. Lo burla, lo salta, lo trepa y sigue presentándose renovada.
Sé que me habita. Sé que está bordeándome, esculpiéndome en cada instante. Sé que la habito y me permite habitarla. No pedí permiso. Solamente me concedió la gracia. Y no sé más de ello.
Entonces sólo queda hundirse en el flujo que nos contiene y celebrar. Celebrar la vida.

Oscar Angel Agú
cachoagu@yahoo.com.ar






No lugar

No lugar es no lugares, no es uno solo, de tanto no ser es muchos, se multiplica; de tanto carecer de identidad es impecablemente igual a sí mismo, reconocible en su aparente falta de señales y ausencia de huellas.
No lugar de los aeropuertos, de los shoppings, de los lobbys de hotel con la misma música difusa, decoración sin personalidad, borrosa gente. Imagen con filtro, fotografía extraviada del álbum, ¿esto era Estambul o Buenos Aires? ¿Este era Julio o Fernando? ¿Y quién soy, yo, en la fotografía?
Como dice Kundera, siempre hay aliados de sus propios sepultureros, gente que se deleita en ser uno más de millones, en no ser reconocido ni reconocer, en que la indiferenciación cree el fantástico tono futurista de un mundo aséptico y dilatadamente uniforme. Andy Warhol proclamando que Moscú no es bella porque no tiene Mac Donald, que Madrid es bella porque tiene Mac Donald. Se ha reparado la falta, ahora todas las ciudades son bellas.
La vestimenta, las comidas, el mismo lenguaje es aplanado por el limbo desdibujado del sitio inmóvil enclavado en el centro del caos. Afuera evolucionan abigarrados colectivos fileteados, mujeres de lustrosas pieles rojizas, aromas de especias. Afuera hace frío o calor, llueve, las voces aferran caligráficos acentos. Afuera es la vida.
En el mercado, el verdulero saluda a Eduardo y le pregunta por Eva, le da la medida justa de tomates que necesita, receta un remedio de la abuelita para el ardor de estómago, exhibe los olores impúdicos de las frutas maduras. En el super o el hiper las normadas bandejitas pesan igual para todos los clientes, el plástico transparente no impide que el tenue perfume a desodorante de ambientes sea el mismo en la sección de carnes que en la de pescado. Y adentro nunca sabrás si afuera nieva o el sol derrite el asfalto, si a media cuadra hay un mendigo que expone las llagas de las piernas al sol, si acaso penden banderas de los balcones. Desde adentro, se puede intentar que el afuera no exista.
Lo bueno es que el subte salga directamente en el shopping, que el taxi nos deje justo en la puerta, que no se cuele ninguna brizna de pasto y nos desarregle el peinado. Ah la epifánica felicidad de no ser, estar invisiblemente, confundirse. Y mirar, sin asombro, los mismos objetos, las mismas marcas en todos los escaparates. Sin sentir miedo ni horror.
El maravilloso éxtasis de estar en un no lugar, es decir no estar, no ser, dejar de haber sido.

Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com






Agenda on line

Una ciudad
Grande como un país
sumergida en el aire
infectada de tránsito
mercado y afanes
violación de espacios
narcodólar
así
vagando
desde la niebla de lo increíble
peinada maquillada
con documento de decencia
desde lo periférico
con visitas de excelencia
o variopintos aliados
una ciudad
grande como un país
sostenida sobre las espaldas
de antiguos dioses obreros
una ciudad de ascetas
resistiendo a los fondos buitres
meditando
en la disparidad del dólar
o en la caída de algunos fondos
una ciudad como un país
con canales de participación
unión y voluntad
memoria
voto
alianzas políticas
pactos de no agresión
balances de gestión incorrectos
matirizada por líderes de temple
una ciudad
una entidad
en emergencia hídrica
agropecuaria
sanitaria
judicial
pelándose los codos y las horas
por un desarrollo armónico sustentable

una ciudad
crisol de colectividades
con libertad de expresión
tolerancia religiosa
con genómica
proteómica
comida
una vestal
con potencialidades
semiocultas:
los docentes tienen miedo
los padres no saben qué hacer
sacerdotes confusos
confusión esperanza confusión
esperando quizás
por otro siglo de las luces
virtualmente.
Una ciudad
que sueña adolescente
que escribe y borra con sudor
que planea sobre el tablero
las líneas de su legado aborigen
y emigrante
su arquitectura divina.

Víctor M. Falco
vittoriofa9@hotmail.com






el arca de la infancia
[para leer con los chicos]

Trompada

Hubo una época en que a la gente no se le había ocurrido poner luz en la calle. Luz había en la casa. Afuera todo estaba oscuro y, para alumbrarse, cada uno se las arreglaba como podía. Unos llevaban faroles, otros, una especie de teas y, otros, sencillamente, un pedazo de vela en el bolsillo.
Andar por las calles era una aventura. En Madrid, por ejemplo, allá por el año 1730, las calles no estaban empedradas y, cuando llovía, se formaba barro que le llegaba a la gente a la rodilla. Además, en las casas no había agua corriente ni baños y la gente hacía lo que todo el mundo hace varias veces al día, en un gran recipiente que ponían arriba de todo, en el granero.
Ese recipiente, que se llamaba bacín, al finalizar el día estaba cualquier cosa menos vacío y cuando llegaba la noche, había, claro, que vaciarlo.
Al bacín lo vaciaban en la calle. Así como les digo.
Agarraban el bacín entre dos y, desde la puerta de la casa, o a lo mejor desde la ventana, gritaban: ¡Agua va! y tiraban lo que había adentro del bacín a la calle.
Como estaba oscuro no veían si había gente, y como querían –me imagino– terminar cuanto antes con ese trabajito, tampoco se fijaban mucho si había alguien. Y así era como a veces el contenido del bacín le caía encima a alguno.
Y ahí no terminaban las desgracias. No era nada raro que dos que caminaban en esa oscuridad quisieran pasar por el mismo lugar y a la misma hora pero en direcciones distintas y se pegasen un tremendo golpe uno contra otro.
No sé si ustedes se fijaron, pero de todos los golpes que uno puede darse cabeza contra cabeza con otra persona, el peor es el que uno se da en las narices. Es terrible cómo duele la nariz. Duele tanto que da la impresión de ser mucho pero mucho más grande. Parece que en vez de ser una nariz fuese una trompa de elefante.
Y fue justamente porque los golpes dados de frente hacían doler las narices chiquitas como si fuesen trompas grandes que la gente empezó a llamar trompazos a los golpes que se daban nariz contra nariz y llamó después trompada a cualquier golpe violento que una persona daba a otra..
La gente que quiso vivir un poco mejor, un día empedró las calles, otro día inventó sistemas de agua corriente y otro día puso faroles en los frentes de las casas. Así terminó el barro, la suciedad y los trompazos en la calle. Las trompadas, por desgracia, no terminaron. Hay gente que sigue pegando trompadas como si les gustara vivir en la época del barro, los bacines llenos y la oscuridad.

Gloria Pampillo

Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves






Corazón urbano

Gente en la calle
siguiendo el sol,
pucha, qué hermoso es vivir.
Quiero sacar mi mejor canción
como una oración.

Otra ciudad,
otro yo, tal vez.
Ojos que miran sin ver,
quiero bañar en la luz del sol
lo que siente hoy este corazón urbano.

¿Quién pisará esta tierra
en el diez mil catorce?
¿Quién dormirá en la plaza Colón?
¿o es que no habrá cirujas?

Los que conducen
sin dirección
y el vecindario sin fe.
Cada cartel sonriéndose
parece burlarse de este sentir.

Y pese a todo
la vida va
hembras, hombres con sed.
Hay que seguir
buscando el lugar
para la expresión
de nuestra esperanza...
urbana... urbana.

Horacio Sosa
del disco Cordobeses, 2007