a Beatriz Vallejos y Roberto Fontanarrosa
in memorian
El árbol
es la ofrenda de la luz
el rumor secreto
Bella es la copa donde bebe la luz
Beatriz Vallejos
Donde termina el bosque, 1993
Oda a la luz encantada
La luz bajo los árboles,
la luz del alto cielo.
La luz
verde
enramada
que fulgura
en la hoja
y cae como fresca
arena blanca.
Una cigarra eleva
su son de aserradero
sobre la transparencia.
Es una copa llena
de agua
el mundo.
Pablo Neruda
Tercer libro de las Odas, 1956
Y la Tierra sonrió
Exactamente en el primer día del invierno, cuando ya comienza a refrescar y casi todas las hojas que debían caer ya cayeron, como las de mi palo de caqui, floreció completamente el cerezo japonés que está delante de mi ventana. Hace una semana me di cuenta de que estaban le saliendo unos brotes. Después se fueron desarrollando con un color rojizo y, de repente, una mañana, estaban casi todos abiertos. Por la tarde del mismo día, 21 de junio, inicio del invierno, se abrieron totalmente.
Para mí, que procuro leer las señales en las cosas –pues estas tienen siempre su otra cara, y lo invisible es parte de lo visible– fue una revelación. Estoy aquí escribiendo sobre la nueva moralidad que urge vivir en medio del calentamiento planetario ya iniciado. Y digo que si queremos salvar la biósfera y conservar nuestra Casa Común, habitable para toda la comunidad de vida, tenemos que rescatar, antes que cualquier otra cosa, la dimensión del corazón y la razón sensible. Si no sentimos la Tierra como nuestra Gran Madre que debemos cuidar como hijos e hijas buenos y responsables, serán insuficientes las necesarias iniciativas técnicas que tomarán las grandes empresas, los gobiernos, otras instituciones y las personas. Nacemos de la generosidad del cosmos y de la Tierra, que nos proporcionan las condiciones esenciales para la vida y su evolución, y una generosidad semejante debe ser nuestra contrapartida.
Esta floración del cerezo japonés, que ocurre sólo una vez al año, es un signo que la propia Tierra nos da gratuitamente. Nos está diciendo: “aunque se caigan todas las hojas, aunque mis ramas parezcan resecas casi todo el año, aunque impere la duda sobre si estoy muerto o aún estoy vivo, yo me arriesgo a develar el misterio que escondo: la capacidad de regeneración y la voluntad de sonreír alegremente, de irradiar belleza y provocar éxtasis”.
Algo semejante debe ocurrir con la crisis ecológica y con las amenazas que pesan sobre el destino futuro de la biósfera y de la vida humana. Estimo que no se trata de una tragedia cuyo fin sería funesto, sino de una crisis cuyo término es un nuevo estado de salud y de conciencia, más vigoroso y más alto. Lógicamente, depende de nosotros transformar los síntomas de tragedia en señales de crisis acrisoladora. Y lo haremos, pues el instinto básico –ya lo reconocía Freud– no es el de muerte, sino el de vida, aunque pasando por la muerte. La vida, que hace 3.800 millones de años irrumpió en la Tierra, pasó por muchas diezmaciones. Nunca fueron terminales. Fueron crisis que crearon oportunidades para el surgimiento de formas más complejas de vida. La vida es un llamado a más vida. Esa es la flecha de la evolución y la dinámica del universo.
Las flores del cerezo japonés significan la sonrisa radiante de la Tierra cuando menos se la espera. Pues el invierno es tiempo de recogimiento y de retirada sostenible, para recobrar fuerzas vitales que después irrumpirán victoriosas y deslumbrantes. La Madre Tierra nos quiere transmitir un mensaje: “a pesar de todas las agresiones que sufro, a pesar de la respiración cansada que tengo debido a las contaminaciones atmosféricas, a pesar de tener contaminada mi sangre y llagados mis pies por causa de los venenos, aun así, tengo energía vital escondida. No es infinita, pero es suficientemente poderosa como para resistir, para regenerarse y para volver a sonreír. Simplemente, denme, por piedad filial, un poco de tiempo para descansar, y un gesto de amor y de cuidado que me fortalezca”.
Leonardo Boff
De las frondas
Abro los ojos a la luz que se filtra por la fronda...
Mis ojos son estanques que sobrevuelan pájaros imposibles...
Hay unos ojos que van volando ahora por la luz...
*
La rama sigue absorta
enmedio del verde fragor
atenta a la semilla
*
Una semilla busca su exacto amanecer:
le pregunta a la tierra
*
¿Aromito?... ¿Espinillo?:
todo, según el modo con que cantes tu vida
*
Casuarinas:
embudos de la luz de la tarde
*
Tan amarillas como se durmieron, se despiertan tus hojas,
álamo carolina...
Y las junturas del cielo con la tierra
sensueñan...
*
Mágicamente,
en la memoria expuesta
se desarrolla y cunde
el fresno
*
(timbó)
bastón dalí del pelo de la diosa
y hondura que prefiere
*
Sexo de raso de la luz
Plumillas que indagan amor
A r a u c a r i a.
Verdes avíos de plantar silencio
Aquí y ahora y mismo
Palta Aguacate:
lustrado verdor
lleno de lluvias de la otra luz
*
Para mi más allá
quisiera tu amarillo,
che, ibirá pitá
*
¿Qué le habrá dicho el viento a la palmera danzando en la luz?
¡Fue ayer, y ella sonríe todavía!
*
(lapacho)
Ese árbol no tiene hojas:
¡las flores!
lo sostienen en el aire
*
(también llamado samohú)
He visto al yuchán ladearse entre las otras frondas para que la luz pueda llegar hasta la tierra
y crezcan las semillas con esa fuerza buena necesaria alos astros del sur del sol...
Lo he visto llenarse de copos nacidos en sus flores como orquídeas austeras, y llenar los patios de mí país
para que las infancias del sur memoren, en los recuerdos que van entre un enero y otro del olvido:
que verde es la lluvia de verdad...
El yuchán, palo nunca borracho, esplende junto al azul del charco y de los lagunones, ¡ah!, esplende sobre el barco de la vida es decir sobre el río, junto al río, todo allí...
Como una cintura de tristura profunda que muy, muy lentamente, sonriera... zafara... al fin...
He visto en los montes silvestres de mi país al sur del sol su magnificencia incesante:
“yuchán” seguramente significa “me hacés bien”...
Por los caminos de mi tierra anda l'árbol de espinas verdes, belleza en flor...
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
La balada del álamo carolina
Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre
volverá. Tú, florece.
Anónimo japonés
Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y este creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.
Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.
Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo álamo carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando dónde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo carolina recuerda.
A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.
Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces.
Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera.
Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra.
Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón.
Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra.
Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo.
En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza.
Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos.
El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza.
Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos.
Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.
Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.
Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.
Haroldo Conti
La balada del álamo carolina, 1975
Argentina: primera en deforestación
A contrapelo de las exhortaciones de científicos y ambientalistas, en la Argentina se desmontan cada vez más bosques, y a mayor velocidad: entre 2002 y 2006, la deforestación creció casi un 42% respecto del período que va de 1998 a 2002.
Los datos de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación son preliminares, y aún no incluyen la provincia de Misiones ni los bosques de caldenes de La Pampa. Unicamente los andino-patagónicos se mantienen estables, y las masas de ñires se habrían extendido.
En 1998, cuando se realizó el “Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos”, las selvas y montes de Salta, Chaco, Formosa, Santa Fe, Santiago del Estero y Córdoba sumaban 23.688.921 hectáreas. Apenas ocho años después habían perdido casi el 10%. Entre 1998 y 2002 desaparecieron 781.930 hectáreas. Pero en los últimos cuatro años, el proceso se acentuó y la tala arrasó con 1.108.669 hectáreas, en su gran mayoría, ahora con soja.
Con estas cifras, la tasa de deforestación de la Argentina –que mide el porcentaje de pérdida anual respecto de la superficie remanente– resulta seis veces más alta que el promedio mundial.
A cargo del relevamiento está la Unidad de Monitoreo del Sistema de Evaluación Forestal de la Dirección de Bosques, que coordina la ingeniera Celina Montenegro. Su equipo recibe las fotos satelitales de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, las procesa a formatos “legibles”, y les aporta la georreferenciación, lo que implica darles coordenadas, para establecer así las correlaciones entre las imágenes y los mapas.
“El avance más importante de la frontera agropecuaria se produjo en la región del Parque Chaqueño”, señala Montenegro. Santiago del Estero encabeza el ranking de desmonte: 515.228 hectáreas en estos cuatro años, lo que significa un 71,61% más que entre 1998 y 2002. Las nuevas peladuras que se ven en los mapas satelitales se concentran en el este, el noroeste y el sur. Pero la mayor aceleración se registra en Salta, donde, en este lapso, la desaparición de masa boscosa (414.934 hectáreas) fue un 113,45% mayor que entre 1998 y 2002. Sólo el departamento de Anta perdió 239.681 hectáreas.
El ritmo sigue incrementándose: Greenpeace relevó que desde diciembre hasta la fecha, el gobierno salteño convocó a audiencias públicas para autorizar desmontes por un total de 195.941 hectáreas. “Ni siquiera se aprovechan los productos forestales, los árboles se arrancan de raíz”, observa el ingeniero Enrique Wabo.
El desmonte más intenso se produjo en la franja de transición entre el Parque Chaqueño y las Yungas. Pero en esta selva se observa también un descenso de la cubierta boscosa, que contribuyó a causar el desastre de Tartagal, la grave inundación producida en abril de 2006.
No es sólo la tala masiva lo que acarrea problemas ambientales y, por lo tanto, también económicos y sociales. El informe final incluirá también datos sobre degradación de los bosques –cuando se extraen las especies más importantes, lo que reduce la diversidad– y sobre fragmentación, con consecuencias similares.
¿Mejoró algo en estos cuatro años? “Nuestra técnica y, por lo tanto, la información”, ironiza el director de Bosques, ingeniero Jorge Menéndez. Como ventana a la esperanza apunta que “la Secretaría de Ambiente está marcando una política, al apoyar la sanción de la ley de presupuestos mínimos para proteger los bosques nativos. Además, estamos trabajando en otra iniciativa, de promoción al manejo forestal sustentable de los bosques nativos”. Pero el proyecto que impone restricciones al desmonte, sancionado por Diputados, está frenado por los senadores de ocho provincias, sobre todo Salta, Formosa y Misiones. Entretanto, se pierde un promedio de 821 hectáreas de bosques por día, es decir, 34 hectáreas por hora. “Con esta información –apunta Menéndez– estamos vacunando muy fuertemente a la opinión pública”.
Sibila Camps
publicada originalmente con el título: La tasa de deforestación del país es seis veces más alta que el promedio mundial, en Clarín (25/6/2007)
música del arcanauta
Avenido, de Aca Seca Trío
Un vuelo que parte de la raíz

Como toda fruta madura, la música de Aca Seca es un estímulo para los sentidos. Se disfruta más cuando se saborea de a poco, para que cada sonido o cada silencio se expanda por todo el cuerpo. Y es difícil de describir. Por eso no hay que perderse el gusto de escuchar este disco, que promete y desafía ya desde el fuerte naranja de su arte de tapa.
Avenido es el segundo CD del grupo, y muestra cómo se consolida la búsqueda estética de sus integrantes, que ponen sus particularidades al servicio de una concepción colectiva: Aca Seca. Las hondas composiciones de Juan Quintero (guitarra y voz), el refinamiento de Mariano Cantero (percusión y voz) y la sutileza de Andrés Beeuwsaert (teclados y voz), que también aporta temas de su autoría, convierte al trío en un proyecto artístico frondoso y exuberante, pero a la vez sensato y profundo. ¿Es folclore?, ¿es jazz? No hay etiquetas posibles para estos sonidos que se nutren de las raíces del folclore latinoamericano, para que su savia corra por sus ramas y así la música cobre vuelo propio.
Quince temas muestran el aporte de Aca Seca al paisaje musical argentino, tanto en la composición, como en los arreglos vocales e instrumentales. Y crean climas que van desde el despojo de voces, cajas y palmas, hasta la potencia de la versión de Carcará (Jorge Fandermole), que es la canción que “los encontró” tocando juntos en 1999, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, cuando los tres estudiaban en sus aulas.
Maricón, Equipaje y Ultimas palabras de aliento brillan entre las obras de Quintero, pero –como si fuera poco– están Pasarero y La música y la palabra (de Carlos Aguirre), Huayno del diablo (de Fandermole) y Avenido, de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, para confirmar que esta música es herencia y se arraiga en sus antecesores, para elevarse buscando el aire. Y para comprobar que es el oxígeno de las músicas de hoy el que sazona ese fruto fresco... que siempre es tan placentero paladear.
Gabriela Redero
El 19 de agosto se podrá escuchar en vivo a Aca Seca Trío en Santa Fe. Tocará a las 20,30 en ATE-Centro Cultural Casa España (Rivadavia 2871), en el marco del ciclo “VERTIENTES, sonidos del más acá”, que organizan “Caja de resonancia” (jueves, de 23 a 24 por LT 10) y ATE. Invita: LT 10, Cultura UNL, Shagrada Medra y Sacále el Jugo
el arca de la infancia [ para leer con los chicos ]
Leyenda de las margaritas
A las margaritas las inventó un pintor que estaba enamorado. No sabía, no podía saber si la mujer amada le correspondía.
Por eso inventó las margaritas, para deshojarlas.
Las creó una por una trazándoles pétalos blancos y botones amarillos.
Quizá las copió de algún molino quieto.
Las pintaba y las deshojaba, me quiere, no me quiere, me quiere...
Quedaban sólo los botones amarillos, desvestidos, que con el tiempo se ponían marrones. De algunos de ellos resbalaron un día unas semillas que cayeron a la tierra y brotaron como manos que se abrían.
Margaritas, margaritas, margaritas, margaritas.
No hay que creerles mucho a las margaritas. Porque las inventó un pintor para deshojarlas. Y ellas quieren, no quieren, quieren... vaya a saber.
Laura Devetach
Propuesta de textos para esta sección: Georgina Cánaves
Árboles
Algunos árboles que ya no tengo
me regresan en sueños:
el sauce llorón de mi infancia,
la línea oscura de ligustros,
las casuarinas y su aullido,
un limonero escala al techo,
una higuera que vio a mi madre crecer
y al sol de la siesta me oyó
conversar con mi abuela,
pesadas hojas que oigo caer desde el gomero.
Son tan nítidos
como si me uniese a ellos un pasaje
que avergonzara al tiempo.
A veces creo que de ellos algo
creció en mí,
que soy la suma de mis árboles.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv
in memorian
El árbol
es la ofrenda de la luz
el rumor secreto
Bella es la copa donde bebe la luz
Beatriz Vallejos
Donde termina el bosque, 1993
Oda a la luz encantada
La luz bajo los árboles,
la luz del alto cielo.
La luz
verde
enramada
que fulgura
en la hoja
y cae como fresca
arena blanca.
Una cigarra eleva
su son de aserradero
sobre la transparencia.
Es una copa llena
de agua
el mundo.
Pablo Neruda
Tercer libro de las Odas, 1956
Y la Tierra sonrió
Exactamente en el primer día del invierno, cuando ya comienza a refrescar y casi todas las hojas que debían caer ya cayeron, como las de mi palo de caqui, floreció completamente el cerezo japonés que está delante de mi ventana. Hace una semana me di cuenta de que estaban le saliendo unos brotes. Después se fueron desarrollando con un color rojizo y, de repente, una mañana, estaban casi todos abiertos. Por la tarde del mismo día, 21 de junio, inicio del invierno, se abrieron totalmente.
Para mí, que procuro leer las señales en las cosas –pues estas tienen siempre su otra cara, y lo invisible es parte de lo visible– fue una revelación. Estoy aquí escribiendo sobre la nueva moralidad que urge vivir en medio del calentamiento planetario ya iniciado. Y digo que si queremos salvar la biósfera y conservar nuestra Casa Común, habitable para toda la comunidad de vida, tenemos que rescatar, antes que cualquier otra cosa, la dimensión del corazón y la razón sensible. Si no sentimos la Tierra como nuestra Gran Madre que debemos cuidar como hijos e hijas buenos y responsables, serán insuficientes las necesarias iniciativas técnicas que tomarán las grandes empresas, los gobiernos, otras instituciones y las personas. Nacemos de la generosidad del cosmos y de la Tierra, que nos proporcionan las condiciones esenciales para la vida y su evolución, y una generosidad semejante debe ser nuestra contrapartida.
Esta floración del cerezo japonés, que ocurre sólo una vez al año, es un signo que la propia Tierra nos da gratuitamente. Nos está diciendo: “aunque se caigan todas las hojas, aunque mis ramas parezcan resecas casi todo el año, aunque impere la duda sobre si estoy muerto o aún estoy vivo, yo me arriesgo a develar el misterio que escondo: la capacidad de regeneración y la voluntad de sonreír alegremente, de irradiar belleza y provocar éxtasis”.
Algo semejante debe ocurrir con la crisis ecológica y con las amenazas que pesan sobre el destino futuro de la biósfera y de la vida humana. Estimo que no se trata de una tragedia cuyo fin sería funesto, sino de una crisis cuyo término es un nuevo estado de salud y de conciencia, más vigoroso y más alto. Lógicamente, depende de nosotros transformar los síntomas de tragedia en señales de crisis acrisoladora. Y lo haremos, pues el instinto básico –ya lo reconocía Freud– no es el de muerte, sino el de vida, aunque pasando por la muerte. La vida, que hace 3.800 millones de años irrumpió en la Tierra, pasó por muchas diezmaciones. Nunca fueron terminales. Fueron crisis que crearon oportunidades para el surgimiento de formas más complejas de vida. La vida es un llamado a más vida. Esa es la flecha de la evolución y la dinámica del universo.
Las flores del cerezo japonés significan la sonrisa radiante de la Tierra cuando menos se la espera. Pues el invierno es tiempo de recogimiento y de retirada sostenible, para recobrar fuerzas vitales que después irrumpirán victoriosas y deslumbrantes. La Madre Tierra nos quiere transmitir un mensaje: “a pesar de todas las agresiones que sufro, a pesar de la respiración cansada que tengo debido a las contaminaciones atmosféricas, a pesar de tener contaminada mi sangre y llagados mis pies por causa de los venenos, aun así, tengo energía vital escondida. No es infinita, pero es suficientemente poderosa como para resistir, para regenerarse y para volver a sonreír. Simplemente, denme, por piedad filial, un poco de tiempo para descansar, y un gesto de amor y de cuidado que me fortalezca”.
Leonardo Boff
De las frondas
Abro los ojos a la luz que se filtra por la fronda...
Mis ojos son estanques que sobrevuelan pájaros imposibles...
Hay unos ojos que van volando ahora por la luz...
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La rama sigue absorta
enmedio del verde fragor
atenta a la semilla
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Una semilla busca su exacto amanecer:
le pregunta a la tierra
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¿Aromito?... ¿Espinillo?:
todo, según el modo con que cantes tu vida
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Casuarinas:
embudos de la luz de la tarde
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Tan amarillas como se durmieron, se despiertan tus hojas,
álamo carolina...
Y las junturas del cielo con la tierra
sensueñan...
*
Mágicamente,
en la memoria expuesta
se desarrolla y cunde
el fresno
*
(timbó)
bastón dalí del pelo de la diosa
y hondura que prefiere
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Sexo de raso de la luz
Plumillas que indagan amor
A r a u c a r i a.
Verdes avíos de plantar silencio
Aquí y ahora y mismo
Palta Aguacate:
lustrado verdor
lleno de lluvias de la otra luz
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Para mi más allá
quisiera tu amarillo,
che, ibirá pitá
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¿Qué le habrá dicho el viento a la palmera danzando en la luz?
¡Fue ayer, y ella sonríe todavía!
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(lapacho)
Ese árbol no tiene hojas:
¡las flores!
lo sostienen en el aire
*
(también llamado samohú)
He visto al yuchán ladearse entre las otras frondas para que la luz pueda llegar hasta la tierra
y crezcan las semillas con esa fuerza buena necesaria alos astros del sur del sol...
Lo he visto llenarse de copos nacidos en sus flores como orquídeas austeras, y llenar los patios de mí país
para que las infancias del sur memoren, en los recuerdos que van entre un enero y otro del olvido:
que verde es la lluvia de verdad...
El yuchán, palo nunca borracho, esplende junto al azul del charco y de los lagunones, ¡ah!, esplende sobre el barco de la vida es decir sobre el río, junto al río, todo allí...
Como una cintura de tristura profunda que muy, muy lentamente, sonriera... zafara... al fin...
He visto en los montes silvestres de mi país al sur del sol su magnificencia incesante:
“yuchán” seguramente significa “me hacés bien”...
Por los caminos de mi tierra anda l'árbol de espinas verdes, belleza en flor...
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
La balada del álamo carolina
Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre
volverá. Tú, florece.
Anónimo japonés
Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y este creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.
Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.
Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo álamo carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando dónde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo carolina recuerda.
A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.
Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces.
Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera.
Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra.
Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón.
Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra.
Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo.
En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza.
Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos.
El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza.
Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos.
Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.
Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.
Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.
Haroldo Conti
La balada del álamo carolina, 1975
Argentina: primera en deforestación
A contrapelo de las exhortaciones de científicos y ambientalistas, en la Argentina se desmontan cada vez más bosques, y a mayor velocidad: entre 2002 y 2006, la deforestación creció casi un 42% respecto del período que va de 1998 a 2002.
Los datos de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación son preliminares, y aún no incluyen la provincia de Misiones ni los bosques de caldenes de La Pampa. Unicamente los andino-patagónicos se mantienen estables, y las masas de ñires se habrían extendido.
En 1998, cuando se realizó el “Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos”, las selvas y montes de Salta, Chaco, Formosa, Santa Fe, Santiago del Estero y Córdoba sumaban 23.688.921 hectáreas. Apenas ocho años después habían perdido casi el 10%. Entre 1998 y 2002 desaparecieron 781.930 hectáreas. Pero en los últimos cuatro años, el proceso se acentuó y la tala arrasó con 1.108.669 hectáreas, en su gran mayoría, ahora con soja.
Con estas cifras, la tasa de deforestación de la Argentina –que mide el porcentaje de pérdida anual respecto de la superficie remanente– resulta seis veces más alta que el promedio mundial.
A cargo del relevamiento está la Unidad de Monitoreo del Sistema de Evaluación Forestal de la Dirección de Bosques, que coordina la ingeniera Celina Montenegro. Su equipo recibe las fotos satelitales de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, las procesa a formatos “legibles”, y les aporta la georreferenciación, lo que implica darles coordenadas, para establecer así las correlaciones entre las imágenes y los mapas.
“El avance más importante de la frontera agropecuaria se produjo en la región del Parque Chaqueño”, señala Montenegro. Santiago del Estero encabeza el ranking de desmonte: 515.228 hectáreas en estos cuatro años, lo que significa un 71,61% más que entre 1998 y 2002. Las nuevas peladuras que se ven en los mapas satelitales se concentran en el este, el noroeste y el sur. Pero la mayor aceleración se registra en Salta, donde, en este lapso, la desaparición de masa boscosa (414.934 hectáreas) fue un 113,45% mayor que entre 1998 y 2002. Sólo el departamento de Anta perdió 239.681 hectáreas.
El ritmo sigue incrementándose: Greenpeace relevó que desde diciembre hasta la fecha, el gobierno salteño convocó a audiencias públicas para autorizar desmontes por un total de 195.941 hectáreas. “Ni siquiera se aprovechan los productos forestales, los árboles se arrancan de raíz”, observa el ingeniero Enrique Wabo.
El desmonte más intenso se produjo en la franja de transición entre el Parque Chaqueño y las Yungas. Pero en esta selva se observa también un descenso de la cubierta boscosa, que contribuyó a causar el desastre de Tartagal, la grave inundación producida en abril de 2006.
No es sólo la tala masiva lo que acarrea problemas ambientales y, por lo tanto, también económicos y sociales. El informe final incluirá también datos sobre degradación de los bosques –cuando se extraen las especies más importantes, lo que reduce la diversidad– y sobre fragmentación, con consecuencias similares.
¿Mejoró algo en estos cuatro años? “Nuestra técnica y, por lo tanto, la información”, ironiza el director de Bosques, ingeniero Jorge Menéndez. Como ventana a la esperanza apunta que “la Secretaría de Ambiente está marcando una política, al apoyar la sanción de la ley de presupuestos mínimos para proteger los bosques nativos. Además, estamos trabajando en otra iniciativa, de promoción al manejo forestal sustentable de los bosques nativos”. Pero el proyecto que impone restricciones al desmonte, sancionado por Diputados, está frenado por los senadores de ocho provincias, sobre todo Salta, Formosa y Misiones. Entretanto, se pierde un promedio de 821 hectáreas de bosques por día, es decir, 34 hectáreas por hora. “Con esta información –apunta Menéndez– estamos vacunando muy fuertemente a la opinión pública”.
Sibila Camps
publicada originalmente con el título: La tasa de deforestación del país es seis veces más alta que el promedio mundial, en Clarín (25/6/2007)
música del arcanauta
Avenido, de Aca Seca Trío
Un vuelo que parte de la raíz

Como toda fruta madura, la música de Aca Seca es un estímulo para los sentidos. Se disfruta más cuando se saborea de a poco, para que cada sonido o cada silencio se expanda por todo el cuerpo. Y es difícil de describir. Por eso no hay que perderse el gusto de escuchar este disco, que promete y desafía ya desde el fuerte naranja de su arte de tapa.
Avenido es el segundo CD del grupo, y muestra cómo se consolida la búsqueda estética de sus integrantes, que ponen sus particularidades al servicio de una concepción colectiva: Aca Seca. Las hondas composiciones de Juan Quintero (guitarra y voz), el refinamiento de Mariano Cantero (percusión y voz) y la sutileza de Andrés Beeuwsaert (teclados y voz), que también aporta temas de su autoría, convierte al trío en un proyecto artístico frondoso y exuberante, pero a la vez sensato y profundo. ¿Es folclore?, ¿es jazz? No hay etiquetas posibles para estos sonidos que se nutren de las raíces del folclore latinoamericano, para que su savia corra por sus ramas y así la música cobre vuelo propio.
Quince temas muestran el aporte de Aca Seca al paisaje musical argentino, tanto en la composición, como en los arreglos vocales e instrumentales. Y crean climas que van desde el despojo de voces, cajas y palmas, hasta la potencia de la versión de Carcará (Jorge Fandermole), que es la canción que “los encontró” tocando juntos en 1999, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, cuando los tres estudiaban en sus aulas.
Maricón, Equipaje y Ultimas palabras de aliento brillan entre las obras de Quintero, pero –como si fuera poco– están Pasarero y La música y la palabra (de Carlos Aguirre), Huayno del diablo (de Fandermole) y Avenido, de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, para confirmar que esta música es herencia y se arraiga en sus antecesores, para elevarse buscando el aire. Y para comprobar que es el oxígeno de las músicas de hoy el que sazona ese fruto fresco... que siempre es tan placentero paladear.
Gabriela Redero
El 19 de agosto se podrá escuchar en vivo a Aca Seca Trío en Santa Fe. Tocará a las 20,30 en ATE-Centro Cultural Casa España (Rivadavia 2871), en el marco del ciclo “VERTIENTES, sonidos del más acá”, que organizan “Caja de resonancia” (jueves, de 23 a 24 por LT 10) y ATE. Invita: LT 10, Cultura UNL, Shagrada Medra y Sacále el Jugo
el arca de la infancia [ para leer con los chicos ]
Leyenda de las margaritas
A las margaritas las inventó un pintor que estaba enamorado. No sabía, no podía saber si la mujer amada le correspondía.
Por eso inventó las margaritas, para deshojarlas.
Las creó una por una trazándoles pétalos blancos y botones amarillos.
Quizá las copió de algún molino quieto.
Las pintaba y las deshojaba, me quiere, no me quiere, me quiere...
Quedaban sólo los botones amarillos, desvestidos, que con el tiempo se ponían marrones. De algunos de ellos resbalaron un día unas semillas que cayeron a la tierra y brotaron como manos que se abrían.
Margaritas, margaritas, margaritas, margaritas.
No hay que creerles mucho a las margaritas. Porque las inventó un pintor para deshojarlas. Y ellas quieren, no quieren, quieren... vaya a saber.
Laura Devetach
Propuesta de textos para esta sección: Georgina Cánaves
Árboles
Algunos árboles que ya no tengo
me regresan en sueños:
el sauce llorón de mi infancia,
la línea oscura de ligustros,
las casuarinas y su aullido,
un limonero escala al techo,
una higuera que vio a mi madre crecer
y al sol de la siesta me oyó
conversar con mi abuela,
pesadas hojas que oigo caer desde el gomero.
Son tan nítidos
como si me uniese a ellos un pasaje
que avergonzara al tiempo.
A veces creo que de ellos algo
creció en mí,
que soy la suma de mis árboles.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv