Apenas suficiente lo que,
para los otros, excesivo:
Dibujar el navío
Labrar el instrumento
Actuar las artes hasta conocerlas:
hasta que las preguntas
responden,
y uno puede decirse:
yo no busco:
encuentro...
Bien aprendida, entonces,
la lección de estar solo...
Consonancia que el viento espera hallar
para nos despertar al sueño
dentro el silencio de la luz...

Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar






A pesar de mi escepticismo me ha quedado algo de superstición. Por ejemplo esta extraña convicción de que todas las historias que en la vida ocurren tienen además un sentido, significan algo. Que la vida, con su propia historia dice algo sobre sí misma, que nos devela gradualmente alguno de sus secretos, que está ante nosotros como un acertijo que es necesario resolver. Que las historias que en nuestra vida vivimos son la mitología de esa vida, y que en esa mitología está la clave de la verdad y del secreto. ¿Que es una ficción? Es posible, es incluso probable, pero no soy capaz de librarme de esta necesidad de descifrar permanentemente mi propia vida.

Milan Kundera
La broma, 1967






El hilo

De la calle demasiado transitada llegaban voces de niños pequeños. Acostado en un jergón del altillo donde pernoctaba, nuestro protagonista no alcanzaba a distinguir las palabras, que alternaban con bocinazos y motores diversos.
De pronto calló todo, era como si se fuese apagando lenta, pero sistemáticamente, todo sonido. Empezaba como un menguar la intensidad, al rato ningún rumor persistía sin esfuerzo de escucha. Finalmente, ni ese esfuerzo alcanzaba. El silencio ocupaba todos los ámbitos, como un personaje clonado al infinito que se instalase implacable aunque muy delicadamente en cada silla de oficinas o banco de plaza, en las hamacas y los subibajas, pero también se lo podía intuir en los ascensores, las mesas de los bares, los cines, restaurantes y cuanto sitio de reunión pública existiese. Uno hasta podía intuir su apariencia de absoluta discreción en la que ningún rasgo fuese destacable del otro. Una cara y un cuerpo absolutamente neutros, de alguien a cuyos pensamientos y sentimientos, si los había, no era posible acceder.
De los suburbios, habitualmente bulliciosos, tampoco llegaba ningún sonido. Seguramente ya se había reproducido hasta los aledaños del río, sustituyendo hasta el ladrido de los perros.
El hombre acostado recordó entonces cómo había llegado hasta allí, aprovechando, como lo hacía siempre, el descuido de la vigilancia de seguridad en la cochera del edificio. Nadie, por años, había notado su presencia, guarecida, en la confortabilidad de ese espacio. O, más probablemente, le habían hecho creer que no lo notaban y, de ese modo, benévolamente, le cedían el sitio desocupado. Lo preservaba del frío y la intemperie y lo resguardaba de la agresión ocasional de los transeúntes, no siempre considerados. Después de todo, con el vigilante del consorcio, había llegado a entablar una relación de confidencia inadvertida, ya que viéndolo saludar a los propietarios y prestar oído a sus mutuas cotidianeidades, suponía que podía confiar en su complicidad para ocupar lo que le servía de habitáculo para el sueño y el descanso.
Tampoco escuchaba movimiento alguno de ese ámbito familiar.
Podía jactarse de no haber sido sorprendido nunca, ni cuando llegaba ni cuando salía. Y no quería ahora darle el gusto de sorprenderlo a ese personaje clonado, ese clon silenciador que con seguridad había reemplazado también al cuidador. Hubiera sido una deslealtad hacia quien, casi seguro, no había querido importunarlo en su refugio.
De modo que se quedó acostado. Y como no podía dormir sin algún ruido que le referenciase algo de la calle, su residencia de vigilia, se esmeró en continuar con los ojos cerrados y lograr una quietud perfecta, una inmovilidad tan minuciosa que le permitiese adelgazar el oído hasta convertirlo en un hilo capaz de penetrar lo inaudible. En esas condiciones, recordó el instante previo al silencio total, los niños que hablaban en la calle. Su oído tan delgado podía ir y venir en el tiempo y aislar aquellas voces del bullicio que las había ahogado. Y ahora que las escuchaba, nunca hubiera podido imaginar que le importaran tan poco la diferencia entre las palabras. Dijeran lo que dijeran, todas llamaban a la madre. En ese estado de quietud absoluta, en la que no entendía como le llegaba el aliento, transformado en un hilo micrométrico en potentísima tensión todas las palabras decían lo mismo –mamá–mamá–. Desorientado dejó que su recuerdo incluyera el ruido de tráfico que, un rato antes, había tapado las voces infantiles. Y de todo ese estrepitoso fárrago sonoro surgía el mismo llamado. Hasta los bocinazos prepotentes y mandones, al comprimirse a su mínima expresión, se reducían a esa exclamación:
— Mamá–mamá.
Cuando comprobó que nada decía otra cosa, inadvertidamente se pensó sumado a ese clamor. Entonces el hilo pasó de horizontal a vertical y creyó sentirse invitado a treparlo. Ni siquiera se preocupó por indagar acerca de si estaba bien prendido al extremo superior, que no podía vislumbrar en aquel escenario iluminado sólo por su mente.
En ese escenario se volvió tan ínfimamente delgado como su hilo y sin hacer el más leve movimiento con el cuerpo, cosa de no ser advertido por el clon, se visualizó trepando esforzadamente. A medida que ascendía el ascenso se le hacía más fácil, al tiempo que iba cobrando más noción de su cuerpo. Podía captar todo con una lucidez que en vez de concentrarse en el cerebro se le desparramaba a cada uno de los poros. El mundo circundante se llenó de humedad. Hasta que llegó al mismo altillo que se encontraba ocupando, pero en vez del jergón gastado percibía como lecho un mullido receptáculo palpitante.
Lo asustó pensar que el palpitar fuese advertido por el clon y decidiese ahí mismo sustituirlo por su silencio. Entonces, sigilosamente recogió el cordón que aún pendía de donde había venido, para que no pudiese subir y encontrarlo.
Con esa seguridad, quedó acostado en posición fetal y se dejó ganar por un inefable y hondísimo sueño.

Héctor Martín Rotger
www.hectormartinrotger.com.ar






Y no es verdad, dolor yo te conozco...

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena.
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.

Antonio Machado






Junio
A Darío Santillán y Maximiliano Kosteki
in memorian
A todos los que nos dignifican con su lucha.


Lo que va a pasar hoy pasó hace tanto
me desperté diciendo esta mañana,
no vi las predicciones del espanto
que le arrancaba al sueño mi palabra.
En este invierno que pega tan duro
está lejos tu boca que me ama
y se me desdibuja en el futuro,
y junio me arde rojo aquí en la espalda.
En este invierno atroz no hay escenario
más duro que esta calle de llovizna;
cada uno sigue en ella su calvario
pero la cruz de todos es la misma.

Salí con las razones de la fiebre
y una tristeza absurda como el hambre,
y cuando en el corazón la sangre hierve
es de esperar que se derrame sangre.
Me llamo con el nombre que me dieron,
el que tomó la crónica del día;
soy uno de los dos que ya partieron,
los dos en un montón que resistían.
Hermano en la delgada línea roja
que te me fuiste dos minutos antes
con la indiscreta muerte que en tu boca
entraba en cada casa con tu imagen.
Yo estaba junto a vos sobre tu grito
besándote feroz la indigna muerte
mientras te ibas volando al infinito
fulgor de la mañana indiferente...
Yo sé que el corazón que está latiendo
en cada uno es una senda pedregosa,
cuando en el suelo sucio me estoy yendo,
ajeno y solo de todas las cosas.
Si yo salí por mí y salí por todos
cómo es que ahora no hay nadie aquí a mi lado
que me retenga la luz en los ojos,
que contenga este río colorado.


El corazón del hombre es una senda
más áspera que la piedra desnuda;
mi extenso corazón es una ofrenda
que pierde sangre en esta calle cruda.


Yo tengo un nombre rojo de piquete
y un apellido muerto de veinte años,
y encima las miradas insolentes
de los perros oscuros del cadalso.
Yo no llevaba un arma entre las manos
sino en el franco pecho dolorido,
y el pecho es lo que me vieron armado
y en el corazón todos los peligros.
La mano que me mata no me llega
ni al límite más bajo de mi hombría
aunque me arrastren rojo en las veredas
con una flor abierta a sangre fría.

Hoy necesito un canto piquetero
que me devuelva la voz silenciada,
que me abra por la noche algún sendero
pa' que vuelva mi vida enamorada...


Jorge Fandermole
de su disco Pequeños mundos,
Shagrada Medra, 2005






Me gustaría que estuvieras aquí

Entonces, piensas que puedes distinguir
el paraíso del infierno,
los cielos azules del dolor
¿Puedes distinguir un campo verde
de una vía de frío acero?
¿Y una sonrisa de un velo?
¿Crees que puedes distinguirlos?

Y, ¿consiguieron que negociaras
tus héroes por fantasmas?
¿Cenizas calientes por tus árboles?
¿aire caliente por una brisa fresca?
¿Frío confort por cambios?
E, ¿intercambiaste un papel de extra en
la guerra por un rol principal en una jaula?

Cómo me gustaría,
cómo me gustaría que estuvieras aquí.

Sólo somos dos almas perdidas
nadando en una pecera, año tras año
Corriendo sobre el mismo terreno viejo.
¿Qué hemos encontrado?
Los mismos viejos miedos.

Me gustaría que estuvieras aquí.

Roger Waters
del disco de Pink Floyd
Wish you where here, 1975






Incomprensión

No te quejes nunca de la incomprensión de los demás. Nadie comprende a nadie totalmente en este mundo; si tal comprensión fuese posible, la identidad se manifestaría enseguida, y cesaría el fenómeno de la separatividad.
Las almas están muy lejos unas de otras.
Entre las almas se encuentra siempre el universo fenomenal.
Como no pueden hablarse directamente; como se ven forzadas a recurrir a la palabra, que es un símbolo y que no acierta a expresar la esencia de las cosas, parécense a dos hombres que, separados por el océano, conversasen por misterios de signos, apenas análogos, enviados por transmisores imperfectos.
Sólo el Absoluto comprendería totalmente a cada alma y a todas las almas en un acto único y simplísimo, fuera del tiempo.
Mas si otro hombre u otra mujer te han comprendido siquiera a medias; si lo que dices ha movido su espíritu o su corazón, debes sentirte satisfecho.
Un solo germen de palmera fecunda a la palmera distante, y un solo grano de trigo caído en un milímetro de tierra puede producir una cosecha.

Amado Nervo






Del lenguaje como medio de incomunicación

Cuando decimos algo, en la cabeza de quien nos escucha no se dibujan las mismas imágenes que en la nuestra. La mayoría de las personas suele no tener en cuenta esta obviedad; sin embargo, esa discordancia de visiones mentales es la causa de la incomunicación esencial que aqueja a los seres humanos.
Claro está, cuando tal divergencia versa sobre cosas concretas, no se generan, en principio, mayores problemas para el mutuo entendimiento. Si al nombrar la palabra “perro”, yo evoco al cachorro lanudo con el que jugaba en mi infancia pero mi interlocutor piensa en el esbelto doberman que vigila su jardín, la esencia de lo que quise expresar resulta igualmente transferible, independientemente del matiz individual que el otro y yo le asignemos a lo dicho. Del mismo modo, si yo cuento que me subí a un “auto”, poco importa que quien me escucha piense en un vehículo de marca, modelo y color diferentes al de la anécdota real. Lo relevante es que pude comunicarme: el otro me entendió.
Los inconvenientes comienzan, en verdad, cuando nos deslizamos hacia el sinuoso terreno de las subjetividades. Por ejemplo, cuando nos ponemos a calificar. Una misma casa puede ser “acogedora” para mí y “poco funcional” para el otro. Un libro que considero “maravilloso” puede resultarle al otro mortalmente “aburrido”. Una comida puede estar “muy salada” para mi gusto, y saberle “sosa” al otro. La “mejor película que vi en mi vida” puede parecerle al otro “cursi” o “mediocre”. Y así, ad infinitum.
Frente a esta incompatibilidad de apreciaciones pueden suceder dos cosas. Si aquello de lo que estamos hablando está a mano (o al menos ambos lo conocemos), surgirá entonces el desacuerdo, la discusión y, eventualmente, el enojo. Si, en cambio, no hay testimonios materiales disponibles que acrediten mi relato, lo más probable es que, en función de mis adjetivaciones, mi interlocutor se lleve una idea totalmente diferente acerca de aquello que pretendí transmitir. En ese caso, no sería extraño que ni él ni yo nos enteráramos jamás de este equívoco y que marchásemos por la vida convencidos de haber estado de acuerdo sobre algo de lo que, en realidad, nunca hablamos. Sinceramente, no sé cuál de las dos hipótesis es más temible.
Ahora bien, cuando la conversación refiere a temas más abstractos –ideas, sentimientos, valores–, cuando de lo que se trata es de intercambiar las miradas de cada uno sobre el mundo que nos rodea, el lenguaje suele constituir una trampa insalvable. “Lo importante en la vida es ser feliz”, se proclama. “Te amo”, se declara. “Exigimos justicia”, se reclama. “La única verdad es la realidad”, se recita. Suena fácil de entender. Vista la cuestión con ingenua liviandad, los conceptos vertidos parecen transparentes, y hasta podríamos caer en la tentación de pensar, con entera buena fe, que estamos en un todo de acuerdo con lo dicho.
Pero las cosas no son tan sencillas. El reino de lo humano es fatalmente subjetivo. Somos piezas de un ajedrez monumental y –con suerte– apenas si podemos ver (y no necesariamente entender) la minúscula porción de tablero en que nos toca movernos. Pero miramos ese retazo de universo que habitamos y nos da por pensar que conocemos el mundo. Soberbiamente, generalizamos lo particular, transformamos en ley universal nuestra experiencia personal. Y entonces decimos “ser feliz”, “te amo”, “justicia”, “verdad”, “realidad”, con tanta convicción como imprudencia, atribuyéndole a nuestra prédica una transparencia que, definitivamente, no posee. Nombramos las mismas cosas, sí, pero cada uno está pensando en algo diferente. Por lo tanto, a poco de raspar esa cáscara de aparente comprensión, los malentendidos quedan puestos en evidencia, uno tras otro, en inagotable catarata. ¿Cómo saber, a ciencia cierta, de qué habla el otro cuando dice lo que dice? ¿Qué es “ser feliz”? ¿Acumular bienes o despojarse por completo de ellos? ¿Someter al prójimo, o tender a ayudarlo? ¿Hacer lo que se quiere o querer lo que se hace? ¿Y qué es “el amor”? ¿La pasión arrasadora o la ternura que brota en lo cotidiano? ¿El impulso irreflexivo que se agota en poco tiempo, o la lenta construcción que apunta al largo plazo? ¿Los celos posesivos, o el respeto por la libertad del otro? ¿Y qué es “la justicia”? ¿La que se atiene a las pautas del sistema vigente, o la que va más allá y propone un cambio en las reglas del juego? ¿Imponer una sanción ejemplificadora, o brindar la posibilidad de redención? Y si nos atrevemos a internarnos en planteos metafísicos, ¿qué es “la verdad”? ¿Y qué es “la realidad”?
Por supuesto, para todas estas cuestiones –mal que nos pese– no hay respuestas definitivas. Cada cual tiene las suyas, y es natural que así sea (ya lo advirtió Anais Nin: “no vemos las cosas como son; vemos las cosas como somos”). Hay tantas perspectivas sobre algo como sujetos que lo miran. El problema es que elevamos la nuestra a la categoría de verdad objetiva. Y no porque creamos que es la mejor, sino porque, por lo general, directamente somos incapaces de pensar que existen otras.
Como podrá advertirse, cuestionar la eficacia del lenguaje como herramienta de auténtica comunicación entre las personas nos lleva a intuir que estamos sumidos en una gigantesca tragicomedia de enredos, un interminable juego del “teléfono descompuesto” que no resulta nada gracioso, un constante diálogo de sordos en el que incluso hasta hay lugar para una descomunal paradoja: la de que quienes sostienen posturas irreconciliables lleguen a formular discursos tan similares entre sí, que hasta podrían ser intercambiables (piénsese, sino, a título ilustrativo, hasta qué asombroso punto se asemejan las peroratas de EE.UU. y Bin Laden).
Quizás en algunos siglos o milenios nos asista el don de la clarividencia, o tal vez logremos desarrollar una capacidad perceptiva más amplia que la actual. Por el momento, no vendría mal empezar por desconfiar un poco de nuestra propia retórica. Puede que así, lentamente, vayamos descubriendo aquello que los otros realmente están tratando de decirnos.

Alfredo Di Bernardo
alfdibernardo@ciudad.com.ar






Hoy aquí

Ya tuve y tengo mucha tragedia. La tragedia crece en la noche, se alimenta de sollozos, busca rincones para sorprendernos, se agazapa detrás de muebles de madera que crujen en la soledad de la ciudad sin ruidos.
La ahuyento con carcajadas, con un vino descorchado festivamente, con la música que estremece y llora gozosa. Hago que huya la tragedia con sus trapos raídos, con sus conversaciones circulares y sus dolores de estómago.
Le grito a la cara, me le río, me saco sangre de felicidad para que no me atrape.
Hago que la tragedia meta en la bolsa los espantos, que se vaya por debajo de la puerta. Que se vaya.
No me le dejo. Me escabullo en paisajes de Van Gogh alucinados en pinceladas vibrantes, corro por los pasillos con la falda volante, grito bichitos de luz, escupo salamandras que escalan las paredes con rastros ígneos.
Como alfajores de chocolate y los mezclo con lágrimas para que las endulce. Desparramo el miedo para que no sea tan denso y se disipe como el humo de los cigarrillos.
Me miro en el espejo y me regalo una dos muchas sonrisas que empiezan siendo mentira y terminan siendo verdades.
Me recuesto en la calidez de quienes me quieren bien, me admiro de quienes me quieren bien y reconozco con alivio, con felicidad que bien los quiero.
Abrazo al mundo para abrazarme en medio de la caterva de objetos seres e historias. Me miro en perspectiva para tener lástima de una historia tan pequeña, para maravillarme de ser un ser entre los seres, para comprender la pequeñez e inmensidad de cada uno y cada cual.
Descubro que la tragedia le ocurre a quienes están vivos. Beso la vida y me voy a dormir acostada sobre la sábana fresca y tibia de este nuestro mundo.

Mónica Russomanno
monicarussomanno@yahoo.com.ar






música del arcanauta

De antiguo vuelo, de Aníbal Sampayo
Esa voz que lleva el río

“Yo vengo de aquel tiempo de los antiguos pájaros... de los que abrieron surcos en el cielo del canto. De pródigas dulzuras traigo un sueño encordado”, canta Aníbal Sampayo, tras habernos dejado con 80 años caminados de paisaje. Su canto se embarcó hace largo tiempo en las riberas del Uruguay, para que su poesía tome el cauce del río de los pájaros y se vuelva el canto de todos cada vez que orilla. Porque eso consiguen sólo los auténticos cantores populares: que su palabra cobre vuelo en esas voces del pueblo que suelen desconocer el nombre de quien las echa a volar.
Compositor, poeta, guitarrista, arpista, militante de Tupamaros y vecino de Paysandú desde su regreso del exilio hasta su despedida el pasado 9 de mayo, Sampayo se silenció aunque su voz suene cada vez más honda. Su obra habla de una geografía sin fronteras, atravesada por un río vehículo de sus anhelos por la unidad latinoamericana: un sueño que, como hombre consecuente, hizo carne en todos los planos de la vida. Amó la patria grande profunda y la hizo canto. Vivió en Paraguay y en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y padeció el lado oscuro de la América latina en una cárcel uruguaya. Su hermandad con Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune y Raúl Sendic lo muestran en su cabal dimensión. Pero para conocerlo, bastan su Kichororó y sus Garzas viajeras, entre tantas canciones que sabemos todos. Para redescubrirlo, hay un legado compartido con dos amigos: Miguel “Zurdo” Martínez y Carlos “Negro” Aguirre. Juntos, ofrendan el disco De antiguo vuelo (Shagrada Medra, 1999), donde Sampayo reseña, con el cuidado de un orfebre, ciertas piezas claves en la cancionística de ambas costas del Uruguay: galopas, chamamés, chamarritas, chotis, rancheras, zambas y gatos proponen un viaje por los sentires del litoral, hombre y paisaje.
Todo, para que don Anibal nos siga cantando... “abrí sus alas, las impulsé al espacio, y fue un pulmón de trinos el hueco de mi mano. Vibraron en el agua de los sonoros cántaros. Por sobre las fronteras, el vuelo de mis pájaros”.

Gabriela Redero
Podés conseguir este y todos los discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar




Mi padre me hablaba de estrellas

Mi padre me hablaba de estrellas,
sus palabras volaron de mi mente.
Mejor mirar el cielo de esta noche
como aquellas del patio de mi casa.
yo era tan pequeño que quizás
este evocando mi más antiguo recuerdo.
El cielo de esta noche muy poco habrá cambiado,
las estrellas se mueven en otras dimensiones,
sus espacios resultan jardines de los dioses
pasan los hombres y ellas apenas si se mueven.
Algún secreto me contó mi padre,
de su voz sólo queda este cielo plateado.
Si se seca una flor del jardín de los dioses
su perfume perdura generaciones de hombres.
Los hombres somos breves, mi padre ya no está
pero mis ojos hoy reflejan las estrellas,
cuando cierro los párpados oprimo
un refugio estrellado.

Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv