Sin certezas
(fragmentos)

I
La tarde no se muere en vano
entre las hojas y el viento.
Los edificios altos
no alcanzan a esconder la luna
tienen ventanas abiertas
a los caminos.

II
Desde aquí comienza el desierto
se nos dijo.
La ciudad nos miró ávidamente.
Atrás quedaba el campo.
Y aprendimos a vivir
esperando el agua
hasta que un día
descubrimos el llanto.

María Cristina Pepe






¿La ciudad que no aprende?

Esta jornada de El Arca del Sur estaba inicialmente dedicada al tema “ciudad”. Lo sigue estando pero –todavía inmersos en una nueva y catastrófica inundación–, su contenido ya no es el mismo. Pensar aquí desde la emergencia acerca de lo que pasa en nuestra ciudad ya no puede ser prejuzgado como apresuramiento u oportunismo, cuando siempre hemos expresado la necesidad de comprender dónde estamos viviendo y de prepararnos conscientemente para eso. Cuando todo lo acontecido en estos días revela que esa preparación simplemente no existió, al menos en la medida que la experiencia hacía aconsejable ya que hace apenas 4 años tuvimos un desastre aún peor, ¿cómo no dudar de que hayamos aprendido algo en todos estos años? Sin embargo, escucharemos explicaciones oficiales sobre fenómenos climáticos que dejaron hace tiempo de ser novedosos, argumentos que no sirven para calmar la tribulación de miles de personas en medio del reiterado caos asistencial.
Aquí sólo intentamos ofrecer algunos testimonios. Palabras surgidas desde los primeros momentos para compartir la ya completamente anegada capacidad de asombro ante una calamidad que no debía volver a ocurrirnos pero que ocurrió y que hasta podría repetirse otra vez si no llegamos a asumir colectivamente que las causas ambientales de tanto sufrimiento son en el fondo políticas y económicas en una sociedad que –en su mayoría– sigue negándose a reconocer la devastación infligida al ambiente desde hace décadas.
A esta altura del agua está claro que la tan manoseada solidaridad sólo resultará auténtica cuando recuperemos el sentido de lo comunitario para darnos gobiernos responsables que reduzcan nuestra vulnerabilidad y, llegado el caso, asistan eficientemente a los damnificados.
El dolor de cada nueva catástrofe reabre un interrogante para todos. La respuesta sigue dependiendo de nosotros.

Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com






A un mes de los cuatro años... no hay escurridor, bolsa con arena ni indignación que alcance

“Estamos más o menos, entró mucha agua adentro y se mojaron las zapatillas de los chicos; hasta el ropero se mojó. Por ahora estamos en mi casa...” Rossana, barrio San Lorenzo. 28/3/2007 a las 15:20 hs. Hoy, 29/3, se encuentra en un “Centro de Alojamiento Transitorio” ...lo que antes llamábamos “Centro de Evacuados”.
Se le notaba en la voz, se sentía su incertidumbre… ella, como tantos, cientos, miles de vecinos, no sabía si irse o quedarse, no sabía a quien creerle, no entendía por qué su barrio otra vez parecía un río; y mientras intentaba responderle a sus hijos pequeños sobre lo que estaba ocurriendo y sobre qué iban a hacer, sólo podía pensar en ese “nadie va a reparar tanto daño y tanta pérdida”, ni la del 2003, ni la desesperación del 2007, ni las muertes, ni los proyectos arrancados, ni los miedos, tampoco el frío de los pies mojados. Los escurridores no alcanzaron, se mezclaron con el agua de lluvia tanto como sus ganas de obtener respuestas ante semejante desesperación. Su rostro y sus palabras se confundieron con lo ya conocido.
Pasaron casi cuatro años de la inundación del 2003 en Santa Fe. Exactamente hoy se cumplen 47 meses del ingreso del Salado, 47 meses de aquel tremendo 29 de abril que hoy más que otras veces está tan vigente.
Ahora son las lluvias las que inundan gran parte de la ciudad, de los campos y de tantas localidades de la provincia, imágenes que se repiten en distintos lugares argentinos. Y cuando falta sólo un mes para que el almanaque termine de dar su cuarta vuelta, las paradojas cotidianas siguen siendo idénticas a las de 2003: causas naturales versus causas sociales; responsabilidad política versus mito, presentimiento, desinformación y desamparo.
A un mes del 29 de abril podemos decir que hace cuatro años un tramo de la defensa no estaba terminado (aunque se había inaugurado) y por ello el agua entró a la ciudad y se convirtió en una trampa sin salida, ya que dentro de la ciudad hubo dos metros y medio más que en el río. Hoy, sobre este final de marzo, tenemos que decir que a pesar de la influencia de los factores climáticos y meteorológicos, no existieron obras, los barrios inundados están peor que antes de 2003, que otra vez no hubo previsión ni hay “plan de emergencia”. La palabra de muchos referentes del Foro del Oeste (en el que se agrupan innumerables instituciones sociales y barriales) es clara: “Los funcionarios nos dicen que tenemos que esperar, como si no hubiera pasado nada; nadie nos da respuestas. Nosotros proponemos la idea de una sola ciudad, que tengamos una sola Santa Fe para todos. No queremos que existan ciudadanos de primera, con obras públicas en el centro, en la Costanera y en los bulevares y ciudadanos de tercera, como nosotros, que estamos destinados al abandono en los márgenes del territorio”.
Otra vez los vecinos tuvieron que confiar en sus intuiciones o en sus creencias, una vez más debieron recurrir a los medios de comunicación para saber qué hacer o para al menos, tener un nexo (sin dejar de lado que las empresas periodísticas responden a intereses políticos y económicos y que por lo tanto las transmisiones y coberturas son acordes a los intereses de los que tienen que respaldar). La desesperación volvió a tomar las calles, como si la experiencia fuera poca cosa, como una especie de boicot a la memoria por parte de los responsables, como si el dolor no sirviera para nada. Y si profundizamos sobre los factores ambientales que tanto se están manoseando en los discursos, tenemos que preguntarnos una vez más qué está pasando en la provincia con la plantación indiscriminada de monocultivos, mayoritariamente de soja, y su consecuente agotamiento de los suelos, o preguntarnos qué cosas provocó la deforestación irracional de toda la región y qué pasa con las lluvias en ese marco.
Eso entre otras tantas cosas, como el tan vapuleado cambio climático, enunciado que sólo ampara a los que tienen que actuar porque son responsables –y porque fueron elegidos para eso–; responsables a los que ahora otra vez les agarró el “apuro”. Pareciera que a la culpa frente al deterioro del planeta y al mal uso de los recursos naturales la tenemos sólo los ciudadanos comunes… situación cierta, pero que no puede usarse para encubrir otras tantas y verdaderas responsabilidades, justamente a sólo 7 días de haberse conmemorado el Día del Agua... recurso tan redituable para unos pocos, escaso para la mayoría en su versión potable y público como servicio sólo en determinadas circunstancias.
No poder salir, no querer volver. Hay un eje o una marca elocuente para hablar a cuatro años de la inundación, para hablar del transcurrir durante tantos meses, entonces tendremos que pararnos sobre las consecuencias y poder contar cómo llegamos a este 29 de marzo de 2007. Y si hay algo evidente son las secuelas presentes en los inundados y también en las personas que no sufrieron directamente la entrada del agua del Salado; esa la muestra de que la ciudad está mojada y que nunca se secó. Hoy lo contundente y donde tenemos que poner el ojo es en las secuelas en la salud psíquica y física, y en las muertes y pérdidas colaterales. Debemos hacer foco en ese dato cotidiano que no siempre se publica ni se cuenta.
No hay historia de vida de alguno de los 150.000 afectados en el 2003 –de un tercio de la ciudad– que no tenga un familiar, amigo, conocido o que él mismo no sufra fobia, depresión o angustia; y ni hablar de las enfermedades respiratorias o cardíacas que a partir de informes realizados por los Organismos de Derechos Humanos evidencian una realidad que desespera y preocupa, aún más, cuando los datos y casos son de muertes colaterales que se desencadenan de esas situaciones en la salud de la población santafesina. Pero también tenemos que hablar de ese “no poder salir” de la casa desde el 2003 o de ese no “poder volver” en otros casos, que muestra que ni las heridas están cerradas, ni que podemos volver a empezar de cero como si nada hubiera pasado y como tantos sectores proponen. Hoy, muchos, demasiados, por no decir la mayoría, prefieren no hablar de lo que pasó hace 4 años, prefieren no hablar porque si lo hacen “lloran”, porque no pueden comprender lo que pasó y porqué ocurrió; y porque frente a tanto dolor y desamparo pareciera que el olvido los ayuda a cicatrizar lo que todavía es muy reciente y está tan vigente.
Entonces, como hoy, 29 de marzo, se están repitiendo tantas cosas que ya conocemos y que ya vivimos, supongo que tendremos que hacer algo. Cada uno sabrá qué… los que podemos apostar a la memoria porque estamos más fuertes tenemos esa responsabilidad para afrontar… Por lo pronto hay una plaza que llenar el próximo 29 de abril para seguir resistiendo y seguir reclamando. De muchos depende que los que todavía no pueden contar encuentren en nuestra voz un medio.
Mientras sigue lloviendo sin parar y los “pronósticos y los alertas, y las contingencias climáticas” son las que “guían nuestro destino”; a un mes de los cuatro años del 29 de abril de 2003, en una jornada donde desde todos los barrios se pide auxilio, creo que lo que tampoco tenemos que seguir sosteniendo es la impunidad que sigue reinando, la impunidad que nos sigue gobernando.

Mariana Rabaini
rabaini@arnet.com.ar






Agua que cae

La tierra se puso patas arriba y se hundió en las nubes. Arriba es como abajo. Todo agua. El lecho del cielo se juntó con el del río y navega, al azar, nuestra existencia con un timón averiado.
Nada es ya igual. ¿O todo es igual? El 2003, su 29 de abril fatídico, se recicló, nos arrojó el eterno retorno con el río hecho cielo.
Perplejos, vemos el agua que cae aluvionalmente para, después, verla brotar como un vergel acuático que cubre los imprecisos horizontes, nuestros lugares, nuestros calzados. Lo que significa mi casa, mi trabajo, mis cosas.
Y otra vez con el agua al cuello, que sube porque cae.
— Me llega hasta acá, señalándose debajo del cuello, el agua en mi casa. Así se expresó Melisa mientras buscaba algo para su nena de tres años.
— Igualito a la otra vez. No sabemos cómo atajarla. No nos alcanzan las manos.
Pero no es el mismo río. Ya no somos los mismos nosotros. El albardón se jaló en una nube imprecisa y a ella no podemos montar para ponernos a salvo. El río se ha dado vuelta. Y en nosotros está aún brotando, de la abril herida, todo el dolor.
Entonces, vocifero contra alguien, aúllo a la luna ausente, convoco a todas las ánimas, me hago creyente, me convierto en mendigo extendiendo mis manos por un trozo de pan y una taza de mate cocido caliente; son el paraíso perdido. Son lo que fui. Son lo que quiero recuperar.
La caballada ocupa el paseo verde. Lo que queda de él. Lo que el agua cielar no cubrió.
— Son nuestros, me dice el jinete que cuida. Soy ciruja y estos animales son de otros cirujas y debemos alimentarlos. Que no se pudran sus cascos. Tenemos que seguir trabajando.
Un helicóptero cubría el cielo con su ronroneo. Pasó sobre mi cabeza. Como el agua. Como todo este surrealismo acuático. ¿O el surrealismo es la imprevisión del timonel?

Oscar Agú
cachoagu58@yahoo.com.ar






Crónicas del agua

I
La gente tiene todavía muy cerca de la piel del espíritu la inundación de 2003. Ya habían hecho los bolsitos hace rato en los barrios del oeste. Es así de exagerada la gente, se acuerda de lo malo. Pero acá tenemos la facultad de ingeniería hídrica, ¿Cómo va a ocurrir de nuevo? Es la gente ignorante que ve crecer el Salado y se asusta, que ve cómo el Paraná llena la laguna que se va trepando despacito por los pilares del puente colgante, y se asusta. Pero no va a pasar nada, eso decían los que saben, los que observan las fotos satelitales y monitorean (les encanta decir “monitorean” las cotas de riachos y ríos).
Nadie podía saber que el cielo se nos caería sobre las espaldas, sobre las cabezas, sobre los techos de losa o de chapa. Pero se cayó. Y cómo, me preguntaba en el salón de clases semidesierto mientras por las ventanas caía el cielo, cómo es que el agua que es tan pesada adentro de un balde está flotando allá en el cielo. Cómo es que un océano viaja por los cielos y esas toneladas etéreas caen así, tan desde arriba, tan compactas. Pero el cielo cayó y cayó y anunciaba con luces eléctricas, con avisos de catástrofe luminosos que seguiría cayendo. Y siguió cayendo. Cinco metros de agua cayeron en cada pequeño espacio de la ciudad y de las ciudades vecinas, y sobre el campo extenso.
La temida inundación que nos cercaba por el este y por el oeste, retenida a fuerza de defensas, dio un salto y nos atacó desde arriba. Pero vino. La gente ignorante que la esperaba no se alegró por haber acertado contrariando los pronósticos de los catedráticos. A ellos les toca el dolor y la pérdida.
Otra vez los mismos relatos. Cuatro años después.
Cuatro años de tiempo en el que el Comité de Crisis y Defensa Civil debiesen haber trazado los planes que se revelan, otra vez, inexistentes. Vayan aquí algunos aguafuertes, acuarelas, me temo:
Don Caballero y su mujer, en barrio Chalet. Ya tenían el bolsito preparado. La otra vez perdieron casi todo, él perdió, por mucho perder, hasta una pierna. Esta vez al menos prepararon los documentos y algo de ropa. Por la radio les dieron el lugar de concentración donde irían a buscarlos para la evacuación. Ese lugar estaba ya bajo agua. Y no fue nadie.
El presidente de la vecinal consiguió unas canoas y así llegaron a tierra firme. De ahí, cada cual adonde pudiera ir. Un amigo del sobrino los fue a buscar con una camioneta y los llevó con hijo, mujeres y nietos a la casita donde se apiñaron ocho. Allá están. Por obra y gracia de los vecinos y familiares y desconocidos solidarios.
Las artesanas en Esperanza sintieron un horrible zumbido que provenía del cielo. El sonido de las trompetas de los ángeles exterminadores, quizás. Se pusieron debajo del dintel de una puerta aguardando un aterrador tornado.
Y el zumbido seguía intolerable, hasta que se inició el bombardeo atroz. Era granizo de un tamaño imposible, que destrozó todo.
Mary fue rescatada de su casa con el agua a la cintura. En canoa. No se llevó nada. Es empleada doméstica. En el 2003 perdió todo. Ahora, cuando llegó al centro de evacuados, estaba con la ropa mojada y sin comida. Otra vez, otra vez con la nada por delante, con la certeza de haber perdido todo lo que pudo conseguir en estos cuatro años. Mojada y hambrienta, tan espantosamente sola.
Myriam en el extremo norte de la ciudad, en el barrio transformado en una isla. Un amigo fue a hacerles una provista al supermercado, no pudo llegar con la camioneta 4 por 4. Entonces un grupito de adolescentes salió en expedición a buscar víveres para varias familias. Tienen para hoy y para mañana. Después se verá. La arena para frenar el agua que le entra a los Zanelli por el fondo se las dio una vecina que estaba construyendo. Y tienen ganas de reírse todavía, y cuando pasó Tito todo de amarillo el Rober dijo “vienen los Teletubis” y todos se reían. Y se reían cuando miraban con apetito la bolsa de arroz de la perra. Y todavía tiene espíritu científico Myriam, que me contó que la tortuga en el patio estaba paradita en la pared a 45 grados, alejándose unos centímetros, lo poco que podía pobrecita, del suelo amenazante.
Y en los edificios de las Flores suben las cucarachas. Los alacranes salen en toda la ciudad de los sumideros. Los gorriones bajo la lluvia se comen las lombrices que afloran para no ahogarse en la tierra que está saturada de agua.
Ya no llueve, pero se viene el agua que busca el cauce del río. Desde lejos se viene, atravesando campos. Quienes sobrevolaron la zona hablaron para la radio con una voz donde se nota el temblor involuntario.
El caos se asienta, se decanta, va tomando la ciudad como la otra marea. Están los que cobran peaje en las avenidas, los que saquean a los que huyen con sus cuatro cositas y los pesos ahorrados. Los que en las escuelas que funcionan de centro de evacuados amenazan a las maestras que no tienen nada que ofrecerles y no saben de dónde fabricar colchones, o ropa, o comida.
Pero los de Defensa Civil, los funcionarios de la municipalidad, deliberan. Les sale bien eso de deliberar. Mientras tanto cada uno hace lo que puede y ayuda si puede y le dan las ganas y el coraje. Como hace cuatro años, como siempre, socorre el buen samaritano y las fichas se acomodan según van cayendo. Después escucharemos explicaciones razonables. No me cabe duda.

II
Vino Mary del refugio improvisado en la escuela. Tiene los ojos rojos Mary, y va formando imágenes en el aire la Mary; cuenta y cuenta mientras toma leche con tostadas en la mesa de la cocina.
Dice que la buscaron en canoa, y cuando llegaron a la “San Cayetano” los encerraron con llave, y no los dejan salir por miedo a que se metan otros y rompan, o roben, o vaya a saber qué cosas que puede hacer la gente cuando es mala y se siente impune, y afuera está el caos. Dice la Mary que no comieron desde la noche que llegaron hasta la otra noche, un día entero estuvieron sin comer, y las tripas le hacían ruido y se le quejaban.
Cuenta la Mary que no les dan comida para los perritos, pero los perritos son la familia, también, así que de su ración come, y esconde un poco, y con eso le llena las tripitas al cuzquito que pobrecito, también es gente o al menos más gente que algunos.
Y cuenta que si tenían frazada no les daban colchón, a pesar de que a la noche se vino el frío, y eso de estar arriba de la frazada pero sin nada para taparse no abriga, y el suelo además de duro estaba helado. Así que lo peleó la Mary al hombre, y le dieron un colchón para los cinco de la familia que se juntaron allá en el refugio. Y adónde, pregunta la Mary, adónde van los colchones que quedaron en el camión ¿No? Y es la misma pregunta que hacía ella y que hacía tanta gente hace cuatro años.
Y dice la Mary, y le da un poco de vergüenza y le cambia la voz cuando lo dice, que tienen que mentir para que les den agua caliente. Tienen que decir que hay un bebé y una mamadera para que les den agua caliente. Pero cómo, cómo se aguanta sin el mate el hambre, el frío, la angustia; cómo se comparte y atenúa, sin mate, tanto sufrimiento. Le da vergüenza decir que tiene que mentir para que les den agua caliente.
Los baños bien, limpios, bien por suerte. Pero es una escuela, las escuelas no tienen calefón ni termotanque, hay que lavarse con el agua fría y de ducharse ni hablar, claro, lavarse un poco para ir tirando, y escuchar por ahí “estos negros mugrientos”.
A lo mejor la heladera vuelve a andar, si la sopletean con agua y compresor como la otra vez, eso si no estalla la puerta de entrada y las cosas se van flotando, se pierden en la calle donde se van a juntar todos los peces muertos de la resaca. Dice que la heladera a lo mejor ande, pero no puede imaginarse la casa y la heladera, tan pesada, que flotará extrañamente como los buques de hierro y toneladas excesivas. La heladera flotando por la casa es intolerable. Cambia de tema. Mejor hablar de ahora, de acá, al futuro todavía no tiene el coraje de enfrentarlo. Ya llegará con las aguas servidas, los cimientos que ceden, el olor y la podredumbre. Otra vez, un futuro que exuda pasado de pesadilla, esas pesadillas cíclicas que cambian las leves circunstancias pero no el terror de fondo que siempre es el mismo.
Cuenta que la Negrita se aburre, la nena encerrada en un gran dormitorio de colchones y gentes deprimidas. Me pide un mazo de cartas para la Negrita. Todos se aburren, con la desesperación del que siente que algo urgente lo requiere, pero tiene la pesada tarea de aguardar. Afuera tiene que bajar el agua.
Y la Mary cuenta, con los ojos rojos cuenta y cuenta, y no quiere más tostadas. Y mamá que le ofrece más tostadas porque qué se puede hacer sino ofrecer tostadas, y escuchar, y sentir. Y yo que salgo a comprar cosas. Cosas, a prepararle un bolso de cosas. Qué poco podemos hacer salvo ofrecer cosas que le faciliten un poco la jornada. Pero no está en mí el poder de hacer milagros. Le armamos con mamá unas bolsas de cosas y le deseamos buena suerte. Y nos quedamos con los relatos y los ojos rojos en la mente y en el corazón. Hasta pronto. Mejor suerte. Hasta pronto Mary.

III
El tiempo se ha detenido. Es el momento de mirar el agua y de comprobar que no baja; el tiempo de mirar el cielo nublado, ese compacto cielo amenazante. El tiempo suspendido de todas las esperas que convergen en un silencio de escala de grises.
Es el tiempo del nudo del relato, el tiempo de defenderse del hastío, el tiempo igual a si mismo cuando no quedan ya palabras nuevas. Cuando se repiten las historias que ya fueron contadas, cuando empieza a trabajar la ira desde abajo, desde el fondo. Cuando las manos no hallan reposo en el trabajo y comienza la calma preñada de monstruos.
No lo oigo, pero en el silencio de la ciudad parada hay un llanto, ladrido de perros en la oscuridad, fogonazos y detonaciones.
Es el tiempo en que el estupor y la agitación se velan por la luna que entre nubes fosforescentes recorre el rectángulo de la ventana. Velas entre muros húmedos. La vieja, la antigua caverna que nos protege del afuera hostil. Esa sensación de sitio, ese abismo.
La radio que pone en ondas la tragedia, que imparable destila nombres y lugares precisos poniendo en particular la generalidad de las urgencias. Las voces que se encienden y desaparecen recién brotadas, ese extraño silencio del tumulto, esa insensibilidad del extremo dolor.
Es, me lo digo, el tiempo en que las voces se confunden como en las tribunas, y surge la sola y única voz plural de un pueblo que grita, así como las calles y campos anegados han formado un único espejo líquido que refleja un cielo inclemente.
Asusta este silencio de masa sonora, este silencio de chicharras, esta aguda nota sostenida hasta que duele. Da miedo este silencio, da miedo este tiempo mudo de mirar el agua, de mirar la oscuridad allá afuera, de mirar las manos cerradas en puño.
Hay que dejar que la voz se desenrolle, decir de vuelta, otra vez, no importa cuántas veces decir lo que pasa y lo que pasó. Hay que escribir la sinfonía de los desesperados, dar a cada instrumento un espacio para elevar su motivo o bajarlo, o desentonar como la trompeta que se desbarranca desde las alturas conquistadas. Hay que permitir que se liberen las fuerzas agazapadas en los vientres crispados.
Es el tiempo muerto de la espera. No muramos.
En los centros de evacuados, en las casa secas, en los techos de la vigilia acecha la ferocidad de quien está obligado a esperar. Las garras dejarán surcos en el revoque desgranado, los colmillos se ensañarán con el compañero de celda. Estallará, uno por uno, cada miembro del clan que se revuelve en el lecho caótico del desastre. Y lo que fue en un principio solidaridad se tornará codicia y maledicencia, la simpatía se replegará bajo escamas aceradas, molestará el que hace, el que no hace, el que simplemente se interpone.
Habrá que superar este tiempo de caldera a presión, este tiempo de algodones sucios, de bocas negras. Habrá que superarlo mientras la luna se desplaza entre nubes fosforescentes. Silenciosa.

IV
Dos de abril, fecha de oprobio, de recordatorio de los muertos, fecha de los soldados que volvieron o quedaron en las Malvinas. Cuántos de ellos estarán ahora bajo el agua, como estuvieron bajo el agua en aquellas heladas trincheras. Cuántos, me pregunto, con la misma falta de atención que sufrieron allá. Este es un país duro que no cobija a sus hijos, demasiado pronto a diluir y disfrazar, con enorme capacidad de olvido y de perdón para los culpables.
A causa de la radio me sorprende una de esas carcajadas inesperadas.
Entre la madeja informe de quejas y reclamos y noticias de cortes y piquetes, un funcionario dice que se vieron superados por este fenómeno inédito de una segunda inundación. Me río y le digo a mi mamá que está colgando la ropa lavada a la luz del cielo blanco, “escuchá, escuchá, un fenómeno inédito que se repite” Y está buena la excusa; me los imagino dentro de un tiempo, sorprendidos en su buena fe por el fenómeno inédito de una décima inundación. Y todavía sin bombas de desagote, sin plan de evacuación, sin saber muy bien quién y cómo tienen que hacer qué cosa.
Otro fenómeno que se repite, que terrible y repugnantemente se repite, es el del abuso de los niños o las mujeres en los centros de evacuados. Esta vez y que yo sepa, detrás de la terminal de ómnibus, en los galpones que fueron del ferrocarril. Una nena esta vez, una nena de seis años esta vez, y mujeres que toman sus hijos, sus pobres bártulos y se van a su casa aunque todavía tengan agua. Madres, mujeres que huyen.
Y la ferocidad del sexo que brota en los centros, en las salas comunes, sobre el suelo. Reparten condones. No pasó un mes de evacuación, pasaron seis días. Entiendo la urgencia de los jóvenes acicateados por el desastre, pero me conmociona. Como en las guerras, como cada vez que los dioses o los elementos, o la Historia se desatan, los cuerpos se buscan en la obscuridad, entrelazan los anhelos, engendran para no morir. Lo entiendo, pero me aterra la bestia suelta en la noche. Huelo su aliento y no es dulce.
La ciudad mañana volverá en sí, termina el fin de semana largo. Prescindirá de los menos favorecidos, pero seguro que ni lo notaremos.
Apenas por los baños químicos que continúan ocupando algunas veredas, por esa gente en ojotas y con bolsitas exiguas que transitan con rostros inescrutables. Sólo los del oeste y suroeste seguirán dentro de la pesadilla. No se los extrañará en los bancos, en los negocios, en las tiendas ni en los cafés. No se los extrañará, simplemente. Al fin y al cabo, como hace cuatro años, volverán a sus extramuros y nos iremos olvidando de las paredes que se desgranan y de las fotografías ahogadas. Aunque digamos que no, que esta vez sí que los vamos a recordar, como a los veteranos de Malvinas.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com






el arca de la infancia [ para leer con los chicos ]


El diario a diario

Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo.
Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.

Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas, 1962

Propuesta de textos para esta sección: Georgina Cánaves






música del arcanauta

Borgeana
La ciudad que Borges añoró

Tango y milonga, ritmo de los morenos en una ciudad naciente. La Buenos Aires del puerto y de los suburbios, escenario de esa “secta del cuchillo y del coraje” que añora el gran escritor urbano y universal. Esa atmósfera de calles empedradas, hombres de puñal llevar y faroles esquineros completando la imagen fantasmal de una noche porteña de entonces, es la que sobrevuela la música de Borgeana.
Este tributo musical a la poesía de Jorge Luis Borges fue una idea del entrerriano Walter Heinze, a la que se sumaron Luis Barbiero y Pablo Ascúa, para redondear un disco que pone de relieve, desde la música, las palabras del escritor seducido por la memoria de una ciudad todavía incipiente: la del 1900.
Este territorio de reos –guapos orilleros en esos confines que expandían sus dominios sobre la agreste llanura–, nos habla de Jacinto Chiclana, de Nicanor Paredes o de Manuel Flores; nos advierte que “se acabaron los valientes... y no han dejado semilla”; y nos convida a la cosmovisión del tango. “Esa ráfaga, el tango, esa diablura, los atareados años desafía;/ hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía/ que sólo es tiempo./ El tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto,/ el recuerdo imposible de haber muerto peleando,/ en una esquina del suburbio”, escribe Borges en su poema dedicado a esa música ciudadana.
La poblada voz de Heinze y su guitarra, las cuerdas de Ascúa y la flauta de Barbiero, proponen un viaje por el universo borgeano musicalizado por Astor Piazzolla, Julián Plaza, José Basso, Eladia Blázquez, Carlos Guastavino, Gustavo Leguizamón y el propio Heinze. Reeditado por Shagrada Medra y la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER, a propósito de los 20 años de la muerte de Borges, mantiene vivo el diálogo con la mirada del escritor sobre la condición humana.

Gabriela Redero
Podés conseguir este y todos los discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar






bajo casuales vestiduras, la miseria,
y la necesidad de que te sepan vivo...
el grito mudo de surcar las calles como brisa de pasos que no gasta mejor las avenidas...

como un enjambre de mariposavispas, rozando,
molestando imbéciles rutinas
de gentes que se creen: bien, afuera, a salvo...

yo, por ejemplo, me duermo sin problemas de un tirón hasta la madrugada
tan sólo porque estuve (lo creo suficiente) yo también caminando, nombrando, repitiendo
por escrito, que oigamos:

el rumor del silencio...

Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar