Los arroyos pequeños
forman los grandes ríos.

refrán canadiense






el arca de la infancia [ para leer con los chicos ]

Los patrones de la vereda

El mundo es ajeno, el sol tiene dueño pero la calle es libre –pensé.
Y recordé a mi amiga Tununa, parada en el borde de la vereda, mirando los movimientos de una paloma en la cornisa del edificio de enfrente. A unos metros, estaba la parada del colectivo con sus distintas colas. Pero Tununa no esperaba ningún colectivo. Sólo se había parado a mirar como la paloma se esponjaba y volvía a cerrarse en latidos rítmicos, llenos de arco iris. Por eso la sorprendió la voz del señor enojado que la interpeló diciendo:
— ¿Y Ud. dónde se pone? ¿En qué cola? ¿No ve que está así nomás, al medio? Y Tununa aterrizó de la contemplación de la paloma y le contestó muy lentamente:
— No estoy parada en ninguna cola, vea.
El sol tiene dueño y nunca falta el Patrón de la vereda. A esta altura de pensamientos, recuerdos y final de año, caí en otra tarde de mi infancia en la que hice un descubrimiento feliz. Yo no tenía bicicleta por aquel entonces. Y me moría por andar en una. Mi amiga Virucha sí tenía. Para mí la bici era el vuelo, la libertad, el mundo en la palma de la mano. Aquella tarde Virucha me la prestó para dar una vuelta. Y no faltó la envidiosa que cuando me tocó a mí, jetoneó:
— Apurate, mirá que la bici es de Virucha.
Y Virucha me iluminó la vida y contestó:
— Esperá, en este momento la bici es de ella y va a dar una vuelta tranquila, ahora le toca a ella.
Yo sentí que una alegría tibia afirmaba mis pies sobre los pedales de “mi” bici y salí disparada a dar “mi” vuelta. Por eso ahora que hago un balance, pienso que el mundo es ajeno, pero que en definitiva el sol no tiene dueño, que la calle es libre y el Patrón de la vereda tiene que quedarse en el molde porque, en esa vuelta que estoy dando, como tantos otros argentinos, esta bici es mía.

adaptación de un texto de Laura Devetach por Georgina Cánaves
Que vivan una hermosa “vuelta en bici” en el año 2007, esta es nuestra vuelta, otra vuelta que nos toca. Es el deseo de todo el equipo de...






Este arroyo no tiene nombre

Este arroyo no tiene nombre.
Y si acaso lo tuviese, quién lo recuerda ya.
No teniendo nombre a nadie debe obediencia,
ni siquiera a su propio nombre inexistente.
Su corriente que desagua en el río con nombre
no es obediencia, es su libertad,
y puesto que corre como si no corriera
lanzando espuma y susurro
como si nada fuese su sustancia
tampoco este correr lo ata a nada.

Este arroyo no tiene nombre no obstante
sentado a sus márgenes lleva uno
que es el nombre de mi soledad junto a él.
Claro que se trata de un nombre más mío que suyo
y así resulta que el atado soy yo y no él,
atadura por mí elegida y por lo tanto
de espuma y susurro,
como si nada.

Acaso este nombre reúna algo de su soledad
y de la ligazón entre su soledad y la mía
como un ente nuevo perdido en el llano,
y sea este el nombre secreto que nombra
un objeto imposible,
una inasible corriente:
sólo nombre y luz libre entre criatura y criatura,
la esencia de una antigua danza,
perdida puerta, antigua
casa futura.

Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv






Desde su fuente en las montañas el río había atravesado todo tipo de paisajes hasta que finalmente llegó al desierto.
Y cuentan las arenas que el río enfrentó esta barrera tal como había superado las otras.
Pero se encontró con que a medida que avanzaba su agua desaparecía...
Y mientras más esfuerzos realizaba, era peor.
Iba a caer en la angustia, cuando oyó una voz:
“Así como el viento cruza el desierto”, decían las arenas, “puede hacerlo el río. Déjate absorber por el viento”.
El río recordó su rostro juvenil allá arriba, en las montañas. Pero él no quería perder su personalidad. Finalmente, hasta había tenido nombre propio entre los hombres.
“No tienes otra opción”, insistieron las arenas, “aquí lo más que puedes ser es un pantano... y un pantano no es un río”.
El río recordó entonces que alguna vez había viajado en el viento y era una nube que atravesaba la inmensidad de las arenas hasta volar sobre unas distantes montañas, donde volvía a ser agua y caía como lluvia sobre la tierra donde rodaba otra vez transparente, montaña abajo...

tradición Sufí
Claves, Tomo 3, 1986






Navega

Zumba la arena fría al fondo del agua
viene del este, pega y despierta el alma.
Un gigante de la luna
sangre verde de las palmas,
viento de oriente
que llega y reclama, navega.
Hoy casi al despertar soñé que no estabas
al levantarme vi la tierra arrasada.
Giraban por tu ausencia,
veletas y salamandras
y un canto de aire
llevaba mi pena, navega.
Navega, navega, navega.
Levanta del barro una estrella
y en ella flotando liviana
la espuma, la tierra y la llama,
la pluma, la cerda y la escama.
El sueño que tarda
y el alba que llega,
el agua, la sed y la arena;
navega alma mía navega,
respira el dolor por las velas.
Navega, navega, navega.
Todo lo que arde va en el viento al olvido,
que así mide mi vida el reloj del río
por donde iré flotando
con el último latido.
Flores que pasan
y el brillo que queda, navega.
Navega, navega, navega.

Jorge Fandermole
de su disco Navega, Shagrada Medra, 2002






El río del aire hallado

Cunas de cielo azul
trapeando nubes sobre lo verde en arco
hay donde florece l'agua...
y celajes ¡ah!
navegaciones
en cuyo rumbo ocurren las miradas azules...
Una pequeña aldea formó al pie del silencio el musgo de la playa...

Sobriedad las totoras destilan
y parece leche la arena renacuaja...
Laureles posados en la onda
verdean fulgores en lo azul...
Los yuyos parecen dudas de la luz...
Entre los juncos
promulgaciones de nácar
espejeando...

“¿Qué vas a hacer cuando vuelvas del viaje al río más largo?”
: pero la brizna de todas manera zafó de los juncos
¡y fue de la corriente!...

La corriente deshoja nacarancias
misturando lapacho y jacarandá...
¿Qué dibujastes, rama, ahí, donde tembló, de pronto, todo el río?...
¡Andanadas!
La punta fuegosol inventa sueños pájaros
¡Andanzando!...
Las garzas piensan: raro pájaro el sol que va volando ahí:
a la noche no está en el nidal de abajo, sobre el barro,
ni en el nidal de arriba,
donde le arden sus huevos guiños al poncho azul...
Misterio en la ribera: alguien navega las canoas hundidas...
Niña de l'agua y enano de la luna
charlando piraguas fundadas en la hondura,
mateando a flor del tiempo...

Conocer las pestañas del río
y llegar a saber lo que miran los ojos de l'agua...
De infinita materia y delicia del cielo
las escamas perfectas de los ojos que han visto....

Lo que siempre estará en mí, de aquel río a la siesta,
serán las variaciones que en el paso del padre sol hacían
las mojarras
mejorando sus lechos de goce en el fondo...
Hojuelas rosas deja caer el ceibo:
da, en goce,
su lágrima a la fiesta...

Sobre la enorme greda el manojo de tártago.
La luz, toda madura, cimbrando el mediodía.
La mica de los charcos esplende sus amores mirando costeritas...
Y si pasa el arreo, se llena de monedas felices el lomo del río...
Son fulguraciones sagradas las que se acallan, dulces,
en la brisa tibia, como de alma...
Suspensa onda, fluye, quedamente, toda la fragancia...

Por la tierra que no tiene invierno ahora anda l'agua tapando todo dónde posarse dónde prenderse dónde subirse hasta que baje l'agua.
La gente se enfría, entre la mojadura y el cansancio.
Sopla el viento. Norte...

La inmensa agua.
Su humo horizontal todo nombrando. Todo...
Prisioneras de todos los cielos y desta agua mayor
las manos calladas del hombre...
Arde la noche. Fuego su espalda
sobre la gente sonando sus guitarras...
Maderas. Guitarras.
Viento que se queda...

Qué hacer:
se van los hijos a que los oree el tiempo.
Qué decir:
la arena se acuesta sobre los muertos.
Qué mirar:
toda la vida entera tiene ganas de cambiar de luz...

Un signo por las aguas remansas
la luna desde el fondo del río...
bufanda de agua es toda su ganancia:
un gesto de canoa la amoneda...

Es cuando sobre el río se abrocha el esplendor
dejándonos caer sobre las tramas del fondo en fiesta
mientras que alto y infinito
con su leche azul a cuestas sigue el cielo hilvanando los astros
abuelo ya
el tiempo se dedica a memorar sucinto
tan sólo l'ala de los mejores vuelos
puro es el verano
claro es el silencio
nueva es la esperanza
musical es el diezmo
junto a l'agua del fin
la paciencia ejercita sonrisas cuando nos vee llegar...

Río: vos me consistís, yo siento que participo. ¡gracias!...

Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar






Del río de Heráclito

¡Estoy aquí!,
dijo el agua

pero era
un hilo
de sol
donde
flotaba el camalote

Beatriz Vallejos
Del río de Heráclito, 1999






O rio

Ouve o barulho do rio, meu filho
Deixa esse som te embalar
As folhas que caem no rio, meu filho
Terminam nas águas do mar

Quando amanhã por acaso faltar
Uma alegria no seu coraçao
Lembra do som dessas águas de lá
Faz desse rio a sua oraçao

Lembra, meu filho, passou, passará
Essa certeza, a ciência nos dá
Que vai chover quando o sol se cansar

Para que flores não faltem
Para que flores não faltem jamais.

Marisa Monte
de su disco Infinito particular, 2006






Los pececitos anaranjados y la libertad

En el centro de la ciudad se ofrece un piletón para los recuerdos de infancia. Nombrarlo es elaborar la imagen en sepia de mi hermano corriendo de un lado al otro, para recibir el vaporcito que siempre amenazaba con pararse en el medio y provocar la situación de rescate que se le antojaba peligrosa e imposible. Nombrarlo es recordarme haciendo equilibrio, caminando por el borde, yo que no podía ver una parecita sin sucumbir al encanto de compartir sus alturas, su modesta cercanía con el cielo. Y sobre nuestras cabezas giraban las palomas, y allí estaban los ancianos fotógrafos con sorprendentes máquinas antiguas, cajas negras subidas a los frágiles zancos de trípodes vetustos. Y dentro del piletón estaban las carpas naranjadas, siempre lejos, dejándose adivinar apenas debajo del agua sucia.
En el fondo, un mapa de Santa Fe de cemento coloreado, sobre el que nadaban los peces como aves fantásticas que surcasen cielos líquidos.
Los peces anaranjados habitan su encierro. Desde siempre el río los reclama. Muchas veces el Paraná se recogió la falda y con sus pies de agua se puso a caminar por la ciudad para rescatarlos.
Llegará la noche en que la liberación acuda, el día y el mes en que el río logre superar la pared del estanque, y los peces se devuelvan a la inmensidad de un enorme lago que cubrirá la ciudad, repitiendo el mapa inundado que preanuncia, desde siempre, el final del cautiverio.
Y, como los pueblos aborígenes en el Perú celebran cada temblor porque significa que los brazos y las piernas de Tupac Amaru se van reuniendo, y esperan la jornada en que el cuerpo despedazado complete su lento camino al centro, así los peces, con enorme paciencia, celebran cada crecida, y aguardan la llegada de los camalotes que, como banderas vegetales, anuncian la ansiada libertad...

Mónica Russomanno
monicarussomanno@yahoo.com.ar






Río

Río que te embriagas y te vuelves loco,
derramas tu furia sobre la ciudad.
tu cuerpo encrespado sacude la calma
dando dentelladas por el litoral.
Sin pudor te vuelcas en un fuerte abrazo
del que sólo algunos logran escapar.
Parece mentira tenerte en mi casa
como pasajero que entra sin golpear.

Río, río, espejo de nuestro destino,
muestras, río, la herida de tu corazón.

Río me apavoras con tu voz crujiente,
yo, que tantas veces descansé en tu paz,
ahora te siento más frío que nunca,
y me da miedo, río, tu espada de sal.
Al fin te vas volviendo oscuro a tu morada
dejando en los barrios la desolación,
tristes las miradas, los días, las casas,
y un sonido mudo en el corazón.

Río, río, espejo de nuestro destino,
muestras, río, la herida de tu corazón.

Sé que en poco tiempo seremos amigos,
viajarán mis sueños en tu suave andar.
Veré sonrojarse tu espejo en la tarde
y al fin, nuevamente, me dejaré llevar.

Río, río, espejo de nuestro destino,
muestras, río, la herida de tu corazón.

Ana Suñé
del disco Mujeres del Litoral I, UNL-ATE, 2006






El gran río agoniza

El Paraná se muere. Las grandes represas, la contaminación y la pesca indiscriminada destruyen segundo a segundo el sistema hídrico del cuarto río del mundo. Una de las mayores reservas de agua y alimento del continente desaparece... y poco se hace al respecto.
Con buen criterio, a América del Sur se la conoce como “el continente del agua”, un vergel en el que el río Paraná es una de las estrellas rutilantes. En un planeta que cada vez valora más el líquido que nos da la vida y que nos distingue del resto del universo, el gran río del Litoral es el segundo en Sudamérica, después del Amazonas, y el cuarto más importante del mundo. Un tesoro milenario de agua dulce, de alimento, de vida, de trabajo y de progreso que hoy ve su supervivencia amenazada como nunca antes. Este río sufre hoy mutilaciones y mutaciones que hacen añicos sus recursos y amenazan la calidad de vida de los millones de personas que viven en sus costas. ¿Quién se ocupa de semejante desastre ecológico y social? ¡Nadie! Claro... Es que no existen en Argentina muchos casos en los que la burocracia que supimos conseguir sea tan funcional a que nada cambie como en el área de la preservación ambiental. Una profusión de ministerios, secretarías y direcciones... municipales, provinciales, nacionales y federales, sin presupuesto ni programa, que se las ingenian por default para dar vía libre a cualquier iniciativa que dañe el medio ambiente. No ocurre sólo con el Paraná, ocurre en cada rincón de los 3 millones de kilómetros cuadrados del país.
¿Qué pasa específicamente con el Paraná? Cientos de represas a lo largo de su cuenca, una escalofriante sobreexplotación pesquera y la contaminación orgánica e industrial de millones de personas y miles de industrias, dan como resultado un río en el que la alarmante desaparición de los peces –que durante siglos fueron símbolo de su riqueza y biodiversidad– es la punta del iceberg de una catástrofe que se sabe cuándo empezó pero que nadie puede asegurar cuándo y cómo terminará. Y la merma brutal del recurso pesquero no es todo. Todas las actividades humanas que se desarrollan a partir de peces del Paraná, corren peligro de derrumbe. Pescadores comerciales, guías, operadores turísticos... pueblos enteros, miles de familias que pierden su fuente de ingresos.
El sábalo, un pez explotado vorazmente, es la especie clave de la cadena trófica del río, ya que el surubí, el dorado, el patí, la boga y otros peces se alimentan de sus larvas...
El panorama es desalentador: ya se habla de 10 mil pescadores sin trabajo. Las exportaciones de peces del Paraná argentino fueron de 3.043 toneladas en 1993 a 39.883 toneladas en 2004. Esta sobrepesca es tres veces lo que el río permite. Sin palabras.
El pescador artesanal Raúl Rocco no deja de pensar en el futuro: “Si del 2002 al 2005 la crisis aumentó en un ciento por ciento, del 2006 al 2010 ¿qué vamos a sacar del río?” Y agrega “No hace falta ser un gran biólogo ni un científico para darse cuenta de hacia dónde vamos...” Y Rocco tiene razón...
Juan José Neiff, de CECOAL (Centro de Ecología Aplicada del Litoral - www.cecoal.com.ar), asegura que existen buenas normativas que protegen el medio ambiente, pero que no se cumplen. “No hay quien las haga cumplir, o las cumplen sólo los débiles –detalla–. Debiera intentarse una sociedad menos hipócrita y más responsable con las generaciones futuras”.
Tres cosas parecen quedar demostradas aquí:
1) El Paraná está muy enfermo.
2) Las autoridades no saben, no pueden o no quieren hacer nada al respecto
3) Sólo la presión de gente común, de los científicos y de las ONGs parece tener la posibilidad de hacer algo para proteger el medio ambiente de los argentinos. Ojalá lo logremos...

Sofía Loviscek
más información en: www.sosrioparana.com.ar






Esta herida abierta sobre el mundo

De niños aprendemos que debemos cuidar de las plantas, del agua, de los animales. Crecemos y por un raro mecanismo olvidamos estos consejos.
Ramón, un amigo, me dijo: “¿Qué pasaría si un día el río se secara?” Imaginé: “Quedaría una enorme huella deshabitada, como si el río se cansara de nosotros y se fuera”.
Esta canción nació como si estuviera escrita un día después de esta amargura. Sin embargo, los versos no guardan tristeza sino esperanza.

Sentados a la orilla del silencio,
miramos el crepúsculo vacío.
La larga caravana de recuerdos.
La inmóvil calavera de este río.
No queda de su cuerpo ni una gota
que trepe hasta mis ojos aturdidos.
Y el hombre que nació de sus entrañas
navega pena arriba hacia el olvido.

En esta tarde el cielo se desangra.
El sol cae de golpe en un abismo.
La ausencia va mordiendo las barrancas.
La vida navegó hacia otro sitio.

Aquí habitó hasta ayer el gran misterio,
la espesa cabellera de las aguas,
el hambre tintineando allá en la costa,
el hombre que viajaba hacia su alma.
No queda nada más, todo se ha ido:
el hambre, las canoas, la poesía.
Sólo esta herida abierta sobre el mundo
reclama la ternura a sus orillas.

En esta tarde el cielo se desangra.
El sol cae de golpe en un abismo.
La ausencia va mordiendo las barrancas.
La vida navegó hacia otro sitio.

Coqui Ortiz
de su disco Coqui Ortiz en grupo, Shagrada Medra, 2002




música del arcanauta
Parece pajarito
Vuelo libre en cielo litoral

El disco más reciente de Coqui Ortiz contagia al vuelo. Ese deseo de libertad que el compositor y guitarrista chaqueño maduró en su infancia de esquinas con amigos, voces de radio y murmullo del barrio, echa a volar en su música profundamente evocativa de los paisajes del río. Un mundo habitado por aquellas Garzas viajeras de Aníbal Sampayo –telón de fondo de su niñez–, se prolonga hoy en la obra de Coqui, herencia de una música litoraleña varias veces vapuleada, que sus instrumentales Cigarra o Parece pajarito elevan con particular belleza. Y ese río que abre otro cielo en la tierra, poblado de hombres alados de brazos y remos, se mece en la Canoa que Coqui comparte en autoría con el poeta Germán Correa. Es el mismo río que ayuda a mitigar la ausencia de alguien querido en Cruz: “los dioses del agua grande te han detenido/ donde hace cruz el paisaje, con mis suspiros/. Y ya no entiendo la tarde sin tu llegada/ y tu silbido agitando a la gurisada”.
Producido y editado por Shagrada Medra, este disco es el segundo de este músico de oficio que sabe detenerse en madrugadas de guitarreadas o ronda de mates con seres que, como él, crecen con la grandeza de las pequeñas cosas. Una de esas almas, la de Paloma, puso alas a este trabajo.
Parece pajarito nació una tarde en que llevaba a mi hija en bicicleta –cuenta Coqui–. De repente, entre preguntas y respuestas ella dijo:
— ¿Y el abuelo Alfredo dónde está?
— Se fue, respondí. Pero ella insistió:
— Sí, pero ¿adónde se fue?
— Al cielo, dije.
— Eehhhhhhh!, gritó. Parece pajarito, eh?”.
Y, entonces, la poesía levanta vuelo.

Gabriela Redero
Podés conseguir este y todos los discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar






Fui al río...

Fui al río y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba
–¿Era yo el que regresaba?–
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Juan L. Ortiz
El ángel inclinado, 1937