Para nombrarte
Para nombrarte puedo decir
ruido de espuma de jabón
chiquilín, rorro
pelusa en los bolsillos
niña
gurisita
maga que llenás con nada tu cuarto vacío
guainita
que podés tener al mundo en el hueco de la mano
y regalarlo.
Botija
ojo negro
chico
que sentís cómo tu zapatilla no crece.
Carcajada
muchachita
chiquilín
de mil horas debajo del gato
que elegís
caminar con las manos
porque sí.
Gurí cohete
susto
que tenés el sol metido en tu naranja.
Nene
para nombrarte
puedo volar un silbo
un silbo pibe
con dos dedos en la boca.
Laura Devetach
La lección del tren
Juan sentó a su mujer en una silla de la cocina y, con semblante preocupado y tono suave, habló:
— Este hijo nuestro está cada vez más malcriado. Ahora me ha pedido que le regale un tren. ¿Cómo puede ser? No podemos gastarnos tanto dinero en juguetes que usa una vez y luego deja olvidados en cualquier rincón. Pero he pensado en darle una lección: lo llevaré en tren a casa de mi madre. Si llegara a reprocharme que no puede traérselo a casa, le recordaré su costumbre. La mujer observó a su marido con gesto de ternura y asintió. Luego le pidió que cuidara al niño. Después de todo, sería su primer viaje en tren. Así fue que Juan salió de su casa con su hijo Ernesto de la mano. El niño era todo expectativa y mientras caminaban rumbo a la estación no se cansaba de preguntar acerca de aquel tren que le regalaría. Juan sonreía y esquivaba las precisiones.
Al llegar a las boleterías, el padre compró un billete mientras Ernesto observaba admirado el antiguo edificio. Luego, ya apostados junto al andén, el niño expresó su asombro cuando vio aparecer la máquina, y se tapó los oídos para protegerlos del chirrido de las ruedas que frenaban sobre los rieles. Subieron.
El atardecer era un hecho. Los ojos de Ernesto, grandes como duraznos, observaban cómo la silueta de la ciudad se despedazaba a toda velocidad, conformando un espectáculo desconocido para sus cuatro añitos. Ernesto apretó con todas sus fuerzas las manos de su padre, que lo miraba complacido. El hombre pensó que había tenido una idea genial.
Pasaron cinco estaciones, y padre e hijo se sentían cada vez más felices. El nene estaba viviendo una experiencia que lo excitaba. Juan creía estar procediendo como un padre inteligente y amoroso, que alecciona con sabiduría. Y llegaron a la estación Flores, en las cercanías de la casa de la abuela de Ernesto. Bajaron sin desprender sus manos. Antes de abandonar la estación, el papá se inclinó hasta quedar a la altura de Ernesto y le preguntó qué le había parecido el tren. El nene dijo que era el mejor regalo que había recibido jamás. El padre, extrañado, quiso saber más.
— ¿Sí? ¿Y por qué?
— Porque es la primera vez que jugamos juntos.
Germán Ulrich
ulrichgerman@hotmail.com
Todas las hojas son del viento
Cuida bien al niño
cuida bien su mente
dale el sol de Enero
dale un vientre blanco
dale tibia leche de tu cuerpo.
Todas las hojas son del viento
ya que él las mueve hasta en la muerte.
Todas las hojas son del viento
menos la luz del sol.
Hoy que un hijo hiciste
cambia ya tu mente
cuídalo de drogas
nunca lo reprimas
dale el áurea misma de tu sexo.
Todas las hojas son del viento
ya que él las mueve hasta en la muerte.
Todas las hojas son del viento
menos la luz del sol.
Luis Alberto Spinetta
del disco de Pescado Rabioso Artaud, 1973
La felicidad se encuentra en un país
llamado nunca jamás.
Me lo dijo un pibe que lloraba de la alegría.
Creo que fue en un sueño que tuve... qué se yo...
últimamente todo es como un sueño sin fin del cual busco desesperadamente despertar.
DM
diegonodroga@hotmail.com
Niños, vosotros sois el futuro, dijo y yo sé ahora que aquello tenía un sentido distinto de lo que pudiera parecer a primera vista. Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro. Niños, no miréis nunca hacia atrás, decía y quería decir que no debemos permitir nunca que el futuro se hunda bajo el peso de la memoria. Tampoco los niños tienen pasado y ese es el secreto de la encantadora inocencia de su sonrisa (…).
Milan Kundera
La broma (fragmento), 1967
Niños
A 30 pisos de altura frente a la playa de Copacabana,
la calle huele a humedad, a fruta, sexo, bronceador, cachaza.
A 30 pisos de altura veo la vida que me mira y pasa,
bebiendo agua de coco frente a la playa de Copacabana.
Cuando den las diez no volverán a casa,
se quedarán ahí, no volverán a casa.
Cuando den las diez los niños de la playa
se quedarán ahí, no volverán a casa.
Como los coches, luz de farola, como los gatos y las baldosas,
como las tiendas y los buzones, como basura por los rincones,
como los perros, intentando vivir, viviendo.
Desde la asfixia y la altura veo el temor de la ciudad dormida,
nada se intuye en el aire de la violencia en la que todo gira.
Colombia avanza y el mundo no sabe nada y si lo sabe olvida,
y todo sigue girando, morir al día es parte de la vida.
Niño del dolor que cuelga de los coches
y aspira oscuridad crecida de la noche.
Niño del dolor, sin nada a que agarrarse,
perdido en la ciudad ya es parte del paisaje.
Como los coches, luz de farola, como gatos y las baldosas,
como las tiendas y los buzones, como basura por los rincones,
como los perros intentando vivir, viviendo.
A muchas horas de casa miro la luz de la ciudad torcida,
la inmensidad del D.F., la multitud que en el smog respira.
A muchas horas de casa otra mirada nos observa y mira,
y la serpiente emplumada quedó atrapada y ahora es luz cautiva.
Niño del dolor haciendo piruetas
a cambio de tener migajas o monedas.
Niño del dolor que juega a hacerse grande,
ausente del amor ya es parte de la calle.
Pedro Guerra
de su disco Ofrenda, 2001
Mi hijo y el perro viejo
Mi hijo identifica al perro viejo como suyo,
dice que el nuevo es mío y a mí me da tristeza.
Pudo haber elegido al joven pero escogió al viejo
que pronto va a morir, y si la muerte es triste
la inocencia de mi hijo le añade un tristísimo elemento.
Se sabe que la muerte cría a su alrededor
colonias de animales melancólicos
y en cada rincón reproduce un símil de sí misma,
falsas muertes que cumplen la misión de ofuscarnos.
Yo quisiera evitarle un pesar a mi hijo,
mas no consigo sino entristecerme.
Hoy jugamos a la pelota y yo perdía siempre
mirando a los rincones, desatento,
él se rió mucho, se ríe y piensa en su perro.
El puede lo que yo no puedo, el cree sólo en la vida.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv
un cuento para todos nosotros, los niños...
Estaba el otro día desgranando ideas en un poema imaginario, cuando llegó Luis Alberto con su bicicleta anaranjada, y me invitó a tomar un refresco en la próxima nube. Fuimos a buscar a Kuky y a Pelusa. Al salir todos juntos escalando la pared sin cornisas, en bicicleta, un heladero nos gritó si estábamos locos. Nos causó mucha gracia la pregunta, y le dijimos: “¡no!”.
Entonces nos tiró un helado de ananá, de esos que enloquecen a la bicicleta de Luis Alberto.
La parte de arriba de la nube estaba con alta gramilla. Llegamos justo cuando los pájaros de vidrio, que la impulsan, desayunaban.
Nos mostraron un brillo nuevo del sol. Era realmente último modelo. Parecía hecho de tortugas jugando a la mancha, pero eran caracoles cocinando empanadas.
Al principio, yo no quería creer que fueran caracoles. Creía que algo era, pero no caracoles. Tomé uno y le pregunté cómo se llamaba. Me respondió: “caracol”. Recién entonces creí.
La bicicleta rodó riendo en torno a mí. Su burla era hermosa, clara, lógica y prudente. Era justa.
Yo me puse colorado.
Entonces un caracol me ofreció una empanada, y le dije: ¡gracias, caracol!. La tomé y la mordí. Su sabroso relleno era una carta en la cual los caracoles me perdonaban haberlos confundido y, sobre todo, no haberles creído, siendo tan importante la fe en los seres. Y más en estos tiempos.
Fue la secuencia más larga de nuestro tiempo en la nube.
La bicicleta se me había subido a los hombros, y me susurraba luz en el oído... Se torna regalona luego de hacernos burlas, y nos tiene prendados con sus mimos, sus caricias y sus ronroneos, así como, a veces, nos enojan sus impertinencias o nos desconciertan algunas de sus actitudes.
¡Hace cada cosa con esos manubrios y pedales! Siempre le digo a Luis Alberto que no la mime tanto.
Pero todos la dejamos hacer.
Kuky y Pelusa escuchaban las quejas del viento frío. Decía que, si seguía el tiempo caluroso como estaba, los chocolatines no iban a florecer. Él venía del campo, por eso lo sabía (¿no?).
Un pájaro de vidrio le trajo sus pichones a Luis Alberto. Niño él todos nosotros para siempre, pronto jugamos jugamos jugamos con esas suaves plumitas, todavía de acrílico.
El tiempo era un caramelo de dulce de leche chocolatada (¡ah!).
Los pájaros de vidrio habían convertido su desayuno en un picnic festejando que, pronto, toda la gente tendrá solamente primavera en el alma, y no habrá necesidad de almanaque que la determine. Festejando, porque pronto todo será sólo felicidad.
Las nubes tenían que irse. Las habían invitado no sé dónde. Los pájaros de vidrio empezaron a volar.
Como los pájaros de vidrio tampoco sabían bien adónde debían ir, hasta ponerse de acuerdo hubo una real y densa marejada de órdenes, gritos, picotazos y carreras. Y aleteos. Todo un ruido desparejo que nos dio risa, y reímos como locos.
Todo ese barullo hizo que el viento frío se cayese de cabeza, arrastrando consigo toda la basura del picnic.
La gente abría paraguas y corría hacia sus casas para protegerse de la lluvia, porque eso era la basura del picnic de los pájaros de vidrio.
Nosotros le gritábamos que no corriesen, que eso era puro, fresco, limpio, que saltasen y bailasen, que se abrazasen y se besasen y se quisiesen mucho.
Pero la gente no nos oía, porque solamente oye estupideces.
Nosotros bajamos corriendo desde el cielo, mientras Dios nos guiñaba el ojo desde todos lados.
Al llegar decíamos: hola, qué tal, chau. Todos los árboles querían saber de nuestro viaje. La estatua del parque, bañándose desnuda y feliz bajo la lluvia, nos preguntó, coqueta, si había carta para ella, y si se la veía linda desde el cielo.
Le gritamos que sí, mientras masticábamos chicles de carcajadas multicolores.
Toda la tierra anudaba su eterno moño con un brillante cordón de lombrices.
Y, desde el parque a casa, fue correr.
Correr y ser felices.
Correr todos juntos, de la mano.
La bicicleta de Luis Alberto se quedó con la estatua, abrazada a su sombra, paseando el paso a paso de chisme pero de amor.
Y todo esto es así porque la vida es un sueño que soñamos solamente nosotros los niños.
Nadie más suele atreverse a vivir.
Fue hermoso.
Vos no hicistes este viaje con nosotros. ¡Pero podés hacer el próximo!. Con sólo soñar, imaginar, reir. ¡Reir mucho!.
Yo creo firmemente que, así, el mundo entero será un día una sola flor de niños felices para siempre.
horacio c. rossi
mcmlxxii, mmiii, años de chicle
terrazio@ciudad.com.ar
Chiquillo (Menino)
Quem cala sobre teu corpo
Consente na tua morte
Talhada a ferro e fogo
Nas profundezas do corte
Que a bala riscou no peito
Quem cala morre contigo
mais morto que estás agora
relógio no chão da praça
batendo, avisando a hora
Que a raiva traçou no tempo
No incêndio repetido
O brilho do teu cabelo
Quem grita vive contigo.
..........................................
Quien calla sobre tu cuerpo
es cómplice de tu muerte
tallada a hierro y fuego
en lo profundo del corte
que el plomo te abrió en el pecho.
Quien calla muere contigo
más muerto que estás ahora
reloj caído en la plaza
golpeando, avisando la hora
que el odio trazó en el tiempo.
En el incendio repetido
el brillo de tus cabellos.
Quien grita vive contigo!.
Milton Nascimento y Ronaldo Bastos
del disco de Pedro Aznar Aznar Canta Brasil, 2005
música del arcanauta
Corazones que sienten
Cuando los ojos no ven...
El arte es la herramienta pedagógica por naturaleza. En la naturaleza anida la belleza, que no necesita más que del silencio para vincularse con el corazón de un niño. Y cuando es un niño el que canta, el mundo lava sus vicios y multiplica sus virtudes.
Arte y naturaleza están unidos por la sensibilidad infantil en Corazones que sienten, un CD con 22 canciones escritas e interpretadas por los alumnos de la Escuela Especial Nº 1 Hellen Keller de Paraná. La música y arreglos son de Gustavo “Koki” Satler, un gestor y artista que puso su creatividad, trabajo y amor, a disposición de este material editado por la propia escuela, que contribuye a distribuir Shagrada Medra.
Con humor y una atractiva orquestación en beneficio de arreglos bien cuidados, los niños se divierten cantando estos temas que recorren diversos géneros de nuestra música popular, a partir de historias de yaguaretés, hormigas, gallinas, sapos, patos, elefantes y otras tantas especies del reino animal.
“La música, como todas las artes, nos brinda la posibilidad de sorprendernos, emocionarnos, encontrarnos, maravillarnos y, como en este caso, unirnos para un propósito utópico. En estos tiempos, en los que las utopías se ven sólo en papeles amarillentos, un sueño se torna tangible gracias al esfuerzo, la energía y, fundamentalmente, la creatividad de un grupo de ciegos y disminuidos visuales de la ciudad de Paraná -cuenta Satler-. La música es, en este caso, causa y efecto de un proyecto que comenzó en la escuela, cuando en la hora de música, sus alumnos jugaban a descubrir el arte (...). Por todo esto, hoy estamos en condiciones de asegurar que ojos que no ven... corazones que sienten”.
Gabriela Redero
Podés conseguir este y todos los discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar
el arca de la infancia
[ para leer con los chicos ]
La oveja 99
Para poder dormirse, Matilde se puso a contar ovejas.
Dentro de su cabeza se figuró un cerco de alambre tendido en el medio del campo.
Las ovejas empezaron a saltar por encima del alambre. Todas en orden, como deportistas entrenadas.
— Una, dos, tres, cuatro –las contó Matilde.
Eran blancas y espumosas. Igualitas. Olímpicas. Saltaban sin equivocarse.
— Cuarenta y dos, cuarenta y tres –seguía contando Matilde y bostezaba.
Hasta que algo pasó.
Y fue a causa de la oveja 99.
Cuando le tocó el turno de saltar, se paró a tomar impulso.
Estaba un poco gorda. No era nada ágil.
Las ovejas que venían detrás se la llevaron por delante y perdieron el ritmo.
— ¡Dale, saltá! –le dijeron.
Ella se puso nerviosa.
— ¡No puedo!
Las otras protestaron.
— ¡Eso te pasa por comer tanta pasta frola!
— ¡Cuánto más me digan, menos voy a saltar! –se encaprichó la 99.
Después empezó con que no iba a saltar porque no se le antojaba, no porque no pudiera.
Las ovejas discutieron a los gritos. Unas se pusieron de su parte, otras dijeron que era una arruinatodo.
Entre dos le hicieron pie para que cruzara pero terminaron todas en el suelo. Después quisieron pasarla empujándola por el pompas, pero les dio tanta risa que la soltaron.
No había caso. No podían con ella.
Entonces una oveja fue a buscar ayuda o algo.
Encontró una grúa de las que se usan en el campo para apilar bolsas de maíz.
¡Eso iba a servir!
Volvió donde estaban las otras, manejando la grúa a lo loco.
Y así fue como la cruzaron: en grúa.
A la 99 le encantó. Se balanceaba en el aire como un piano.
Las demás aplaudían y gritaban.
Sólo que con tanto escándalo Matilde se desveló y tuvo que empezar a contar de nuevo.
— Uno, dos, tres...
Pero se le hizo largo y se durmió recién al amanecer: todas las demás ovejas quisieron cruzar el cerco en grúa.
Ema Wolf
Selección literaria de esta sección: Georgina Cánaves
Los niños invisibles
Una directora de escuela dijo en una reunión de personal que las maestras tienen que tener la viveza de, en algunas ocasiones, hacer como si no hubiesen escuchado o visto palabras o actitudes agresivas de los alumnos.
Madres y padres pasean con sus niños ignorando flemáticamente los berridos y caprichos de los pequeños revoltosos. Abuelos comprensivos desvían la mirada y el propio espíritu cuando sus nietos adorables se transforman en animalitos salvajes. Y los niños se empeñan en no desaparecer. A medias transparentes, por fuerza de gritos, insultos y pataletas consiguen por momentos colocarse en el mundo tangible. Les demanda esfuerzo, pero cada tanto un sacudón feroz de algún adulto les proporciona la sensación de no poseer enteramente los atributos de los fantasmas. Mientras no molesten demasiado, pueden hacer o decir cualquier cosa. Explicar el por qué no de ciertos actos, con constancia, cansa. Estamos fatigados, queremos disfrutar de ellos y no andar dando lecciones morales ni retos. Nos sentimos buenos y tolerantes cuando les negamos la atención que requieren, y dejamos que batan el parche hasta que se rompa. Recién en el momento de tornarse insoportable la situación la bondad y la tolerancia acaban, y viene el estallido.
Así crecen, empujando los límites para poder saltar la barrera de la invisibilidad. Luchando contra una espesa pared de humo que los oculta, contra la madre que sigue hablando por el celular o el padre que simplemente se va con cara de fastidio; sin decirles una palabra.
La única vía de comunicación es la violencia, y el golpe final es la atroz recompensa. Satisfechos al fin se acarician el coscorrón o se acurrucan en el lugar donde fueron encerrados “hasta que se les pase”. Qué suerte, sus seres queridos pueden verlos.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
La mancha
Había una mancha en la pared
que era un dibujo años atrás.
Hoy con un trapo la borré:
después lo iba a lamentar.
Me volví: tras de mí
la pared sin borrón,
pero entonces sentí
frío en el corazón.
Había borrado mi niñez
y aquellos sueños de ir al sol.
Era algo bueno del amor,
pero de pronto lo olvidé.
Me volví: tras de mí
la pared sin borrón,
pero entonces sentí
frío en el corazón.
Qué inexplicable, mas no vi
aquel dibujo en el borrón.
¿Mis ojos han cambiado en mí
o lo que cambia es la razón?
Atención, atención:
no borrar, no tirar.
Sería horrible botar
la vida en un latón.
Silvio Rodríguez
de su disco Expedición, 2002