Hombre nuevo

Caminar en el trueno por encima del mundo
es algo que sucede si destruyes los nudos.
Los pies se vuelven tierra y la cabeza cielo,
los días son destellos de un eterno desvelo.
Se desgarra callada la cortina del tiempo
y un santuario infinito se vuelve el Universo.
Los asuntos del mundo se vuelven algo tuyo
y limpias con tus ojos lo que se muestra sucio.
No le temas al trueno ni a destruir los nudos
porque el cielo y la tierra son solamente Uno.
Los días luminosos te inundan en silencio
y del diluvio nace, despierto, el hombre nuevo.

Rubén Feldman González






Tomar la ciudadela

No me pregunten qué es la ilusión, no me digan la palabra esta que tan ingenuamente utilizan los enamorados, los que viven, los que se dan el tiempo o el permiso de alargar sus expectativas. Los que esperan algo de alguien, algo de sí mismos, algo de las frías estrellas o el mudo firmamento.
La ilusión no tiene sombra en el mundo de la media tarde, no expele aroma en la gélida época del desencanto. No está, no brilla, no deja escuchar su tintineo de monedas de cristal.
En el autobús desportillado, en las veredas desparejas, en las casas sin pintura, en los pechos las gargantas, en los brazos sin abrazo. No hay ilusión. Para tener ilusión es estrictamente necesario estar vivos, poder pensar en el mañana, tener intacta o al menos reparada la capacidad de confiar en algún ser o en algún entresueño amarillento.
La ilusión elude a los empecinadamente tristes. Huye de los que sostienen que las cosas siempre fueron siempre serán, deben ser iguales en la tiniebla y la mancha.
Difícil cosa la de ilusionarse, la de confiar y creer y la de volver a poner estampillas en la libreta de ahorros. Si no somos niños ya más, si ya nos han desgastado el verde de la esperanza, cómo, me pregunto, ilusionarse.
Pero, amigos míos, es la única forma de no morir.
Sin ponernos el sayo del ingenuo, no nos queda otra cosa que colgarnos los débiles cascabeles y seguir andando. Mirar hacia adelante, aferrar lo que nos queda, perseguir lo que nos abra el apetito del deseo. Seguir andando y dejar que nos guíe el elusivo pájaro hacia un futuro ganado por asalto. Para tomar la ciudadela, necesitamos tener la ilusión de la acaso imposible victoria.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com






una canción

Las preguntas

Quisiera saber qué busca el ojo que mira lejos,
una mitad en el agua y otra mitad en el cielo.
Qué buscan las margaritas en medio del humo denso,
el ademán que vacila y no encuentra movimiento.
Qué quieren los corazones multiplicando la marcha,
las columnas del recuerdo en las tumultuosas plazas,
y mi boca a la deriva en oscuras coordenadas,
y tu cabeza lluviosa en las lánguidas ventanas.

Dónde rebotan los ecos de tantos gritos de guerra,
quién quiso ver en las garras delicias para esta tierra,
quién ve los árboles vivos después de cantar la sierra,
quién ve la madera intacta en la ceniza que vuela.
Por qué se me queda el paso tan atrás de la palabra
y cuando canto y me rompo la mitad se me adelanta.
Y dónde caerá el extremo de esta cuerda enamorada,
que aunque me muera esta noche puedo estar vivo mañana.

Quisiera saber qué escuchan en los nudos del silencio
los ancianos, sumergidos en nubes los pensamientos.
Por qué será que los barcos vienen a morir al puerto
y amores tan enraizados se van a morir tan lejos.
Y qué sentirán los locos al emerger de la luna,
los perros de las estrellas y las flores de las tumbas.
Y cuando no encuentro el fondo de una tristeza profunda,
qué tiene del aire tu alma que no deja que me hunda.

Jorge Fandermole
de su disco Los trabajos y los días, Melopea, 1993






Cuando nacimos, nos entregaron este mundo y sus leyes de cómo tratarlo y entenderlo. Crecimos embotados dentro del marco del racionalismo, donde fundamentalmente nos decían lo que no debíamos hacer para no alterar lo que con tanto esfuerzo y sacrificio había costado construir. No podíamos pensar porque estaba pensado, no podíamos imaginar porque perdíamos el tiempo, no podíamos debatir porque teníamos que obedecer, no podíamos reclamar porque debíamos ser sumisos. Tan simple y tan acostumbrados: no debíamos. Alguien pensaba y decidía por nosotros y ese alguien es el hombre mismo. Pensaba y creaba a la manera de un Dios, con omnipotencia, con omnipresencia y a la vez con soberbia y mezquindad. Esos pensamientos produjeron el concepto de abundancia y de ganancia que se pagan con la muerte por desnutrición de 3 niños por minuto en el planeta, un sistema donde los mayores de 30 años son viejos laboralmente, y los de 70 descartables, donde el hombre administra justicia con el más débil arrodillándose ante el poderoso descubriendo su propia debilidad, pensando sistemas para hacer trampas y gozando con el engaño como son los ciudadanos cautivos, ridiculizando a ese Dios y hasta desafiándolo cuando no haciendo creer que forman parte de una sociedad.
Más peligroso que una bomba de última generación, es un idiota con poder.
El hombre abusó del lado oscuro de la razón.
Dicen nuestros antepasados: “el camino más largo es aquel que está entre la razón y el corazón” y este es el momento de empezar a transitarlo. No menos cierto es que se hace en cada instante con actitud ética inquebrantable, cambiando el yo por el nosotros difícil será que nos puedan dividir hasta lograr formar la comunidad con mayúsculas.
Muchos son los beneficios que se disfrutan en una verdadera comunidad. De ella saldrán los dirigentes que no piensen con sus bolsillos ni en sus bolsillos, pensarán que si hay para todos, también habrá para mi. Cada hombre elegido por su comunidad e identificado cabalmente, no tendrá necesidad de formar un partido para si, para su ego. Bien identificados están los dos partidos: los de arriba y los de abajo. Niños bien formados, alimentados, queridos, improbable será que sean delincuentes. Fundamentalmente queridos, en familias que no tengan que abandonarlos porque no tienen posibilidades económicas, o abandonarlos para buscarlas.
Ese mundo que nos entregaron ya no es el mismo mundo, porque algunos nos animamos a pensar, a debatir, a crear, decidimos y hacemos por nosotros y para todos por igual. Y aquel viejo mundo de razón que ve nacer uno nuevo, sale a combatir con las peores armas: la calumnia, el desprestigio, argumentando violencia para respaldarla y caos para producir más.
Confrontar ideas para el viejo mundo es ser subversivo y terrorista, y ¡a quién le importa confrontar ideas!. Decimos de abrir el pecho, de sacar el alma, de recuperar al hombre que tenemos guardado con esperanzas y dignidad. Decimos que tenemos que recuperar los sueños que mancharon con promesas incumplidas y excentricidades. Un sueño común a todos, donde recuperemos nuestra identidad. Decimos de recuperar el espíritu de un hombre nuevo, para un mundo nuevo, donde no seamos muertos-vivos y donde no veamos en el otro a un enemigo sino uno igual a nosotros.
Disfrutar y compartir la libertad, no la condicional ni la que se representa en una estatua tan grande y tan inmóvil.
Saborear la igualdad, no la de todos peones o todos reinas, sino TODOS HOMBRES.
Mujeres y hombres, caminemos juntos un camino con corazón para lograr los cambios, sin corazón el camino es estéril y lo sabemos porque ya lo experimentamos.
Llegan a nosotros voces de que un mundo mejor es posible, ayudemos a construirlo por nosotros y por los que vendrán.

Movimiento Multisectorial del Pueblo de San Luis
enviado por Jorge Daffra - jdaffra@infovia.com.ar






el arca de la infancia
[para leer con los chicos]

Tacirupeca - Caperucita

(¡Al derecho
o al revés,
una niña
había una vez.)

Este es un cuento contado
completamente al revés.
Al principio digo Fin
y al final, Había una vez.

¡Fin! Los buenos cazadores
salvan a Caperucita.
¡Ese lobo y su costumbre
de comerse a las visitas!

“¡Qué boca tan grande tienes!”
“Para comerte mejor...”
“¡Qué orejas exageradas!”
Esto va de mal en peor.

El lobo se ha disfrazado
con bata y cofia amarilla.
Caperucita hace un ramo
de flores de manzanilla.

A la abuelita le lleva
queso, dulce y pan francés.
Por los caminos del bosque
una niña había una vez...

Beatriz Ferro






Decir

De lo que hablo, digo de mí mismo.
Nadie nombra a algún otro sin nombrarse.
Más temprano o más tarde se ve el círculo
entre cada existencia y su lenguaje.

Yo soy, de mi palabra, intento y límite.
Diga Dios o demonio, muerte o vida,
lo dicho se refiere al que lo dice.
El que lo dice es lo que significa.

Somos, de las palabras, el alcance,
esta es la clave, nadie va más lejos
que su propio vivir, aunque proclame
un más allá de lógico argumento.

De manera que, al ser quien la pronuncia,
la palabra es el molde en que vacío
el contenido de lo que me abunda,
más como sangre que como sonido.

Y si esa voz de sangre no coagula,
lo que diga la voz estará vivo.


Sócrates se negaba a decir por escrito. El diálogo no podía asentarse en la letra porque la intención vital, la motivación de la pregunta sería, de cualquier modo, ingraficable. Su decir apuntaba infinitamente menos a la precisión de la respuesta que a la pertinencia de la pregunta. Y la pregunta pertinente, la que se advierte en el relámpago del acontecer es siempre nueva e inasible. No remite a lo que se dice sino a “quien” lo dice. El arte de Sócrates era el de la atención, la tensa expectación en torno al cauce que va tomando el diálogo. El relato de la vida, de este modo, jamás se da por terminado, jamás se fija en un texto interior. No es exagerado decir que el arte de preguntar, estar al acecho de la pregunta pertinente, llega a plasmar una “poética de la interrogación”.
Si en el decir de alguien lo que nos importa es el “¿qué?”, lo que queremos es información.
Si nos importa el “¿cómo?”, examinaremos la expresión.
Si pesa más la perspectiva, el “¿desde dónde?”, estamos interpretando la intención y habitualmente la soberbia nos priva de la sagacidad de advertir desde dónde nos autorizamos a escuchar para hacer la interpretación de ese desde dónde del otro.
Pero ¿qué?, ¿cómo?, ¿desde dónde?, remiten al “¿quién?” Al decir de Humberto Maturana: “todo lo dicho es dicho por alguien”.
El quien no puede decir algo, –que es decirse a sí mismo–, si no es alguien entre otros “quién”. Cada quien reúne un “qué”, un “cómo” y un “desde dónde” que, como tales, separadamente, son intransferibles a otro. Pero el “quién”, en su totalidad, impacta y gatilla el decir de otro “quién”.
La pregunta pertinente es, entonces: ¿qué nos lleva a creer que podemos abstraer las palabras, pensar en un significado independiente del que, en definitiva, elige significarse a sí mismo por esa palabra entre otras palabras?
Quizá fue la creencia de que las palabras pueden ser abstraídas de quien las dice lo que condujo a la divulgación masiva de la escritura, práctica circunscripta en sus comienzos a los registros comerciales de un pueblo de navegantes prósperos: los fenicios (en rigor, ese fue el origen del alfabeto consonántico que completarían los griegos con las vocales, siglos más tarde).
La escritura conlleva un apartamiento, una toma de distancia, cuanto menos visual, respecto de lo que se piensa y eso arrastra el peligro de dar por supuesto que el pensador y lo pensado no son la misma cosa.
Pero, lo pensado ¿es acaso otra cosa, algo diferente, que el pensador?
Por supuesto, dos personas pueden escribir lo mismo, pero ¿dicen lo mismo?
Cuando uno cree que el otro puede pensar lo que uno dice, o sea, que piense lo mismo que uno, uno puede llegar a pensar que eso es bueno, y caer en la tentación de convencerlo. ¿Y qué es con-vencer sino absolutizar el “qué”, el “cómo” y el “desde dónde” por sobre el “quién”?
Podrá aducirse, no sin razón, que si no hubiera sido por la escritura, Platón no nos hubiera enterado de lo que Sócrates decía en su tiempo. Nos hubiéramos perdido lo dicho por ese quien. Pero si no somos capaces de disolver nuestra coagulación, coagularemos a Sócrates en nuestros moldes, que era la razón por la cual él se negaba a escribir. Y esto será peor que no haberlo conocido. Es dudoso que Sócrates encontrase hoy interlocutores para sus preguntas, habiendo tanto texto coagulado, tanta certeza en las mentes, tanta seguridad en el discurso, o tanta ausencia de perplejidad, que, para el caso, es el mismo síntoma.
La voz no coagulada en el molde de la certidumbre fluye con el sístole diástole del corazón y es capaz de hacer que el diálogo socrático –o la pregunta pertinente– sea tan intensamente viva e impostergable como los latidos que la impregnan.

Héctor Martín Rotger
rotgerhm@arnet.com.ar






El centro de nuestra vida

El centro de nuestra vida
es lo que importa
el centro
no la periferia abarrotada y estéril

La periferia de nuestra vida
que no pudimos prever
que hicimos
que se hizo
y que va y viene
con nosotros.

El centro oculto de nuestra vida
es lo que vale.

Juan Manuel Inchauspe
Poesía completa, UNL, 1994






música del arcanauta

Canciones, por Myriam Cubelos
Esas ausencias siempre presentes

Chacho Müller fue, para la cantante rosarina Myriam Cubelos, algo más que un padrino artístico. Casi un padre más. La vida le regaló, entonces, dos figuras paternas, de esas que abrazan, guían y van iluminando el camino a cada paso. Pero resulta que en sendos días oscuros, los dos se fueron. Y la ausencia cobró sentido en el canto de Myriam.
Ese sentimiento es el que inspira el disco Eco de ausencia, que Cubelos comparte con dos compañeros de la vida y la música: Juancho Perone (percusión, voces y arreglos) y Mariano Braun (piano, teclados y arreglos).
Editado por Shagrada Medra, este trabajo recoge 12 canciones que jalonaron el recorrido musical de la intérprete, desde sus comienzos en Pro Música de Rosario allá por 1978, hasta su presente solista. Así, Myriam canta al Chacho Müller en cuatro piezas de su obra tan fundamental para la música del litoral (La isla, Ay, sinó..., Mujer de la isla y Monedas de sol) y le suma los aportes que Jorge Fandermole y Raúl Carnota hicieron al cancionero argentino. Pero también da lugar a los jóvenes compositores Juan Quintero y Martín Sosa, y hasta se da un gusto: incluye Cielo litoral, donde explora la veta compositiva junto a Juancho Perone.
La idea que sobrevuela el disco –y su trayectoria– es rescatar esas músicas de raíz nacional y latinoamericana, que van perfilando nuestra esencia. Con la ayuda de su voz, Myriam las pone a navegar, como esos barcos lejanos que surcan el Paraná. “La música nos lleva a transitar nuestro pasado –dice–. Por eso las canciones vienen a buscarnos para navegar sensaciones, rostros, olores... ellos nos dan la maravillosa posibilidad de recordar quiénes somos”.

Gabriela Redero
Podés conseguir este y todos los discos del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar






Amigas

Todos los días ellas me saludan
haya garúa o haya resolana
sea de noche o sea de mañana
con tan sencilla arte me ayudan
cada una uviña es árbol y campana
verde cairel de fruto moro al viento
igual que cuando vence el sentimiento
abriendo para l'alma una ventana
su inminencia de alba nos mejora
tan perfecta cantancia descendiendo
ciudadelas de amor sin día ni hora
invierno aún y ya van reviviendo
consuelo azul su gracia encantadora
imaginarlas es quedar sonriendo

imaginarlas es quedar sonriendo
consuelo azul su gracia encantadora
invierno aún y ya van reviviendo
ciudadelas de amor sin día ni hora
tan perfecta cantancia descendiendo
su inminencia de alba nos mejora
abriendo para l'alma una ventana
igual que cuando vence el sentimiento
verde cairel de fruto moro al viento
cada una uviña es árbol y campana
con tan sencilla arte me ayudan
sea de noche o sea de mañana
haya garúa o haya resolana
todos los días ellas me saludan.

Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar






La Belleza
a Ana Silvia Galván

La belleza será para todos. Si así no ocurriera,
la culpa y la pena destemplen las cuerdas de cada guitarra, enluten paletas y quiebren pinceles, buriles o gubias, y entierren en cieno de olvido la pluma o el lápiz que escriben el verso.
La belleza será para todos pues nace de todos los sueños del hombre, hasta el más desvalido merece su pan de hermosura en la tierra, porque guarda en su alma el inmenso poder de anhelar libertad y justicia, y alzarse en la cresta de su rebeldía desafiando la sombra y el miedo.
Cruje el mundo, sus máscaras. La vida custodia a la vida bajo la tormenta, y en el haz del erial perpetúa su verde porfía de erguirse en el viento, que varón y mujer consagraron simiente del tiempo y el árbol futuro, del árbol urgente y plural cuyos frutos serán para todos.
De la angustia y la herida y el grito también nacerá la belleza, del secreto crisol que fusiona nostalgias y anhelos, de la íntima lid en que cada corazón vencerá su zozobra y cada garganta hallará su registro: su timbre y su tono y el propio fraseo.
La belleza será para todos y no para el goce mezquino de un príncipe de ayer o de hoy.
Y el cantar, cuando ofrezca al silencio su espiga sonora, brindará para todos el hondo bordón o la endecha de ausencia, la austral melodía hilada en el huso sutil de los álamos, y el invicto misterio de cómo retoña una y otra vez la esperanza.
La belleza será para todos.

Edgar Morisoli
Última rosa, última trinchera, 2005






La noche es hermosa,
también lo es el rostro de la gente.

Las estrellas son hermosas,
también lo son los ojos de las gentes.

Hermoso, también, es el sol.
Hermosa, también, es el alma de las gentes.

Langston Hughes






Huella de luz

La luz que me precede
me convoca
a continuar el rumbo
de su huella.

Danilo Doyharzábal
El cielo de adentro, 1993






El solitario

Aborrezco tanto el seguir como el guiar. ¿Obedecer? ¡No! ¿Mandar? ¡Jamás! Quien no es terrible para sí no inspira terror a nadie, y sólo quien causa terror puede dirigir a los demás.
¡Yo, hasta el dirigirme a mí mismo aborrezco!
Semejante a los animales del bosque y del mar, me agrada ensimismarme, acurrucarme a soñar en encantadores desiertos, recordarme a mí mismo lejano, seducirme a mí mismo, hacia mí mismo caminar.

Friedrich Nietzsche






Un hombre cansado

Un poema ha surgido del cansancio de un hombre.
Breve, quizás intenso, ese poema
cierra el día, y un día, es sabido, contiene
como el germen al árbol la vida de los hombres,
lo que antes fue y aquello que será.
Y en ese día gris el cansancio del hombre
reinó, pero ese hombre, ciertamente extenuado
dio curso al manantial que todos ignoraban
doloroso el desierto y la roca agrietada
cedió a la fuente, ese es el caso: este hombre
se funde en el poema que nimba su cansancio.

Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv