Categoría: EL ARCA del Sur Nº 128
Publicado por: elarca
Tiempo de guerra
Olvidar el último deseo
caminar sobre la resignación de los cuerpos
esquivar las miradas ausentes
presentir la ceguera del sol
decir adiós cada mañana.
Antonio Ramos
Lentes universales
Ed. Homo Sapiens, 2005
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
La lengua y otros problemas
La señorita Silvia tomó envión. No es que hubiera hecho alguna maniobra corporal específica, se trataba de un simple efecto actitudinal, el de tomar envión, sentirse como una enviada desde el mundo de la sabiduría cuyo destino era ayudar a la formación de unos treinta jóvenes argentinos. Su futuro, su potencial, y vaya a saber cuántos tiempos verbales más, dependían de ella. Este pensamiento la ayudó a distraerse y, cuando se dio cuenta, ya estaba dentro del aula. Era la hora de la verdad. O bueno, sin tanto melodrama, era la hora de Lengua.
— Hoy vamos a hablar de las palabras –quiso comenzar, pero no pudo.
— ¡No entiendo, seño! ¿Cómo vamos a hablar de las palabras?
— ¡No corrijas a la seño, que ella hizo el magisterio y vos no! –le gritó Joaquín.
— ¿Magisterio? ¿Qué es eso, un misterio mágico? –preguntó la dulce Julieta.
— ¡No te hagas la magistérica! –otra vez Joaquín, pero ahora con Julieta.
— ¡Seño, seño, Joaquín me dijo una mala palabra! –insistió la dulce Julieta–. ¡Me dijo magistérica! ¿Qué quiere decir?
— ¿Y cómo sabés que es una mala palabra, si no sabés lo que quiere decir? –intentó la seño.
Pero la dulce Julieta fue terminante:
— Porque si lo dijo Joaquín, seguro que es una mala palabra.
Y por si necesitaba apoyo, obtuvo el de Ariel.
— Además, seño, mi mamá dice que las palabras que no entendemos, son malas palabras.
— ¿Eso dice tu mamá?
— Bueno, no exactamente, pero cada vez que le pido que me explique lo que quiere decir una mala palabra, ella se enoja y me dice que mejor use una buena palabra, que para qué pierdo el tiempo queriendo saber una palabra que es mala, habiendo tantas buenas.
— Medio paralelepípeda, tu mamá, ¿no? –dijo Joaquín.
Ariel se le fue al humo.
— Paren, chicos –La señorita los separó–. ¿Qué es esto de pegar, Ari?
— Pero, seño, ¡Joaquín le dijo paralelepípeda a mi mamá! ¡La trató de animal, de bestia, de gusana, de ciempiesa!
— ¡Pero Ari, el paralelepípedo es un cuerpo geométrico!
— Sí, pero es un cuerpo de animal, por más que sea chiquito y mida menos de un metro, como usted dice... Yo sé, seño, los que tienen dos patas son bípedos, los que tienen cuatro son cuadrúpedos, y los que tienen muchas, y paralelas, como los ciempiés, son "paralelepípedos". Esa es una mala palabra...
— ¡No, son dos malas palabras juntas! Porque las últimas cinco letras, es otra mala palabra –le echó nafta al fuego la dulce Julieta.
— Chicos, las palabras no son ni buenas ni malas, todo depende de cómo se las use. ¡Malo es el tono..., la intención, pero no la palabra!
— Es cierto, seño –intervino Sebas–. Por ejemplo, para mí, "jarrón" es una mala palabra, cuando la usa mi mamá.
— ¿Por qué, Sebas, qué es lo que dice?
— Dice: ¡"Te voy a estrellar el jarrón en la cabeza, vas a ver!"
— ¡Es una equilátera tu mamá! –insistió Javi.
Sebas se le acercó amenazador.
— ¡Mi mamá no es ninguna equilátera! ¿A quién le decís equilátera, vos?, ¡más escalena será tu hermana!
— ¿Mi hermana, escalena? ¡Tu hermano es un mesozoico!
— ¡Tu prima es una eucarionte!
— ¡Callate vos, linfocito!
— ¡Sos un percentilo, eso es lo que sos, un percentilo helicoidal!
— ¡Y vos, una abscisa paradójica, una sujeta tácita, una verdadera excipiente patognomónica polisémica!
La señorita Silvia no sabía qué hacer.
— ¡Chicos, paren...! ¡Ni que estuvieran en guerra!
Y la dulce Julieta:
— ¿Guerra dijo? ¡Ay, seño, no diga malas palabras!.
Rudy
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
una canción
Sinhué
Tomando en cuenta la santa inocencia,
voy a cantarle a la vieja Bagdad,
donde mis sueños bebieron esencias
y donde en noches de luminiscencia
de niño zarpaba siguiendo a Simbad.
Algo debiera hechizar portaviones,
alguien debiera apretar un botón
que reciclara metralla en razones
y poderío en conmiseración.
Qué solo está Sinuhé
de amor y de fe.
Qué solo está Sinhué,
¿Qué tal sigue usted?
Bajo las ruinas vagan inquilinos
de las leyendas que fueron maná.
Pasa la sombra infeliz de Aladino
sin una lámpara para el camino
y sin el secreto de Alí-Babá.
Algo debiera embrujar los misiles,
alguien debiera hacer estallar
el hongo de los derechos civiles
de los fantasmas que pueblan Bagdad.
Qué solo está Sinhué
de amor y de fe.
Qué solo está Sinhué.
¿Qué tal sigue usted?
Ahora es escoria el papel sorprendente
de Sherezada en su lecho nupcial.
La orden de fuego la dio un disidente
de la cultura, la carne, la mente,
el sueño y la vida que no sea virtual.
Mil y una noches para la malicia,
mil y una noches de intimidación,
mil y una noches de fuego y codicia,
mil y una noches sin dios ni perdón.
Qué solo está Sinhué
de amor y de fe.
Qué solo está Sinhué.
¿Qué tal sigue usted?
Silvio Rodríguez
de su disco Cita con ángeles, 2003
La púnica maldición
Catón culminaba todas sus exposiciones en el Senado recordando que había que exterminar a Cartago. Escipión, en cambio, decía que la grandeza de Roma se sostenía gracias al contrapunto que proporcionaba la existencia de otra gran nación. Sin adversario, todo imperio cae en la autocomplacencia y se derrumba hacia adentro. Su propio peso lo aplasta. Me pregunto si no estamos, otra vez, en la misma encrucijada histórica.
Roma, para justificar la guerra, demonizó al enemigo y creó los mitos que proporcionasen un marco al odio. Deliberadamente se encargó a Virgilio narrar para siempre la historia de la doncella púnica despreciada por el joven romano. Se reducía toda una sociedad a una mujer despechada, lanzada insensatamente a una venganza que debía ser evitada. Un rival débil, despreciable, pero peligroso por la furia implacable y la necedad.
Parece que la historia gusta de repetirse, o que la naturaleza humana es invariable. Siempre el otro es atroz, y no nos queda más remedio que borrarlo de la faz de la tierra, ya que todo diálogo sería imposible. Y si el otro no es atroz, usemos la imaginación o empujémoslo un poco para que haga atrocidades.
También decía Catón que los cartagineses eran orientales y por lo tanto perversos, oscuros y de hábitos tenebrosos. Que no les competía estar en territorios civilizados, olvidando que Cartago llevaba ochocientos años de existencia, y que los romanos se beneficiaron del modelo de ciudad y de los métodos de agricultura que desarrollaron. Pero eran bárbaros con dioses extraños, no tan razonables como el panteón romano con sus familias de dioses y diosas que se empeñaban en parecerse premonitoriamente a una mala telenovela.
¿Eran buenos los cartagineses y viles los romanos? Plantear esto es ingenuo. Tampoco pregunto, y no tiene sentido preguntárselo, si hubiese sido mejor que finalmente Cartago venciera a Roma. Pero sobre Roma pesó la púnica maldición; la terrible mancha de haber exterminado a su oponente quemando la ciudad, asesinando a los habitantes, derribando con enorme esfuerzo y eficiencia los muros, y borrando la memoria de su cultura. La púnica maldición pesó sobre Roma.
Lo que me pregunto es si es totalmente necesario renovar las maldiciones sobre nosotros; si no podremos escapar finalmente al destino de superponer anatemas, de atraer la furia de los dioses, de vestir la vergüenza siglo tras siglo renovando los exterminios.
Mientras tanto, los oradores terminan cada exposición recordando que es totalmente necesario exterminar Cartago.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
Morir de hormonas
Era un hombre
de polvo
que seguía
mirando el sol
con sus ojos de polvo
Eran dientes de polvo
donde dormían moscas de polvo
y polvo de sonrisa
trazada con un pulverizador
y polvo de piel
lanzado a las lunas del racismo
Apolo noventa y tres
Made in Idiotez
Made in Odio
Made in Vanidad.
Eran polvaredas de vergüenza
y la Gran Risa del silencio
sobre los hombres
y las mujeres
y los chiquillos
y vuestra pólvora de caza
y vuestra civilización de lápices de labios
y vuestra tecnología de vergüenza en el corazón
y vuestro trabajo colosal
de montar la tontería de las tonterías
de morir en serie.
Y ya no es morir
ya ni siquiera es morir
morir de hormonas.
Sony Labou Tan’si
en El Correo de la Unesco, noviembre 1982
Todos para una sopa
Había una vez, hace muchos años, un soldado que volvía a casa luego del fin de la guerra. Un día gris, frío y lluvioso llegó a un pequeño pueblo donde todo estaba silencioso. Soplándose las manos para calentarse, el soldado llamó en la primera casa que vio y preguntó:
— ¿Habrá un caldito caliente
para un soldado valiente?
Desde la ventana, una anciana contestó:
— No tenemos nosotros
ni para darle al perro un hueso,
ni un pedazo de carozo,
ni una miguita de queso.
El soldado no se desanimó, porque de sólo pensar que ya no estaba en la guerra se sentía contento. Y golpeó en la siguiente casa:
— ¿Habrá un caldito caliente
para un soldado valiente?
Esta vez se asomó una nenita:
— No hay ni caliente ni frío,
sólo un montón de ceniza
y un poco de agua del río.
El soldado sonrió y le pidió a la nena que le trajera el agua. Mientras, encendió un fueguito y sacó de su mochila una olla vieja y una piedra gris y pesada. La lustró con un trapo despaciosamente, para que todos los que espiaban detrás de las cortinas la vieran bien. Y al final, la colocó, con el agua, dentro de la olla. Cuando el agua ya hervía y la piedra bailoteaba en la olla, las ventanas de esa calle se fueron abriendo para oír mejor el olvidado ruido del fuego de cocinar.
— ¿Con qué va a llenar la olla?
— ¿Quiere una antigua cebolla? –le ofreció una señora que apareció con tres niños de la mano.
— Gracias, muy gentil señora:
tengo una piedra en la olla
que es mágica y hace sopa,
pero es mejor con cebolla.
— ¿Le pone sal, don soldado?
— Me gusta el caldo salado –y la viejecita de la primera casa se acercó al fuego con una bolsita de sal. El soldado le agradeció y comenzó a revolver el caldo con una cuchara que le alcanzó la nena.
— Esta piedra hace una sopa
para chuparse los dedos
pero más rica saldría
con verduras de puchero.
Cuando oyeron esto, dos señoras, que habían estado mirando desde una callecita del costado, sacaron de sus delantales un choclo y tres papas, y una le dijo:
— Este pueblo está muy pobre
a la hora de la cena
pero siempre hay verdura
dormidita en la alacena.
El soldado se frotó las manos de contento y haciendo una reverencia explicó:
— Esta piedra hace mil años
me la dio una bruja vieja.
Me dijo: "Tenela contigo
y siempre habrá algo en tu mesa".
Como todos se quedaron con la boca abierta, de asombro y ganas de comer a la vez, el soldado apuró a ofrecer:
— La piedra sabe hacer
sopa para todo un regimiento:
ahora mismo los convido
con todo mi sentimiento.
A medida que la sopa se cocinaba, había cada vez más gente a su alrededor. Algunos venían con algo para poner en el caldo; otros ya tenían la servilleta y traía platos hondos y cucharas.
— Tenga un zapallito –le dijo un hombre bajito.
— Tome, soldado, un chorizo –le dio otro más petiso.
El soldado recibió todavía más ingredientes: unos tomates bien rojos, tres zanahorias finitas, el ala de un pollo tierno y tres o cuatro arvejitas completan ya la comida.
Al cabo de dos minutos, el soldado comenzó a servir la sopa, y alcanzó para que todos comieran un segundo plato. También el soldado que, cuando se vació la olla, tomó la piedra y la secó con el trapo. Todos se acercaron a mirarla. No tenía nada especial, pero la sopa había sido maravillosamente rica.
— Aquí les dejo mi piedra,
por haber sido tan buenos
con este pobre soldado
que se marcha hacia otro pueblo.
Los vecinos tomaron el regalo y empezaron a planear cómo iban a hacer la sopa de piedra mágica del día siguiente, mientras el soldado se alejaba.
— Le pondremos unas coles.
— Para el gusto, ají y ajo.
— Con pancito, ¡qué sabrosa!
— Yo traigo queso rallado.
El soldado caminó toda la tarde bajo la nieve. Al anochecer, llegó a una aldea de casas blancas. Antes de entrar, tomó una piedra del camino.
¿Se imaginan para qué?
versión libre de un cuento popular belga
por Cecilia Pisos
en Jardín de Genios Nº 17
una canción
Ethel Koffman
Flor guerrera
Una mujer hace equilibrio sobre el mundo. Lucha por no caerse. Sostiene una pesada carga entre el cielo y la tierra con su cuerpo frágil. Esta imagen, metáfora de su mensaje musical y, en definitiva, de su propia concepción de vida, inaugura el segundo disco solista de Ethel Koffman. Esta intérprete rosarina que dejó madurar siete años este trabajo –después del anterior Lila– para que echara raíces y, una vez a flor de tierra, pudiera elevarse. Lo logra.
Flor verbena (Ediciones Musicales Rosarinas) desgrana trece canciones de un alto lirismo, a partir de la interpretación propia de quien consigue navegar con comodidad por el mundo interno de cada tema; todo, con un sonido anclado en el intercambio casi lúdico de los músicos. La voz de Koffman toma vuelo, entonces, con el impulso del cuarteto formado por Alberto Callaci (piano y coros), Claudio Bolzani (guitarras y coros), Charly Pagura (contrabajo y coros), y Javier Allende (batería y percusión). Y, por si fuera poco, reúne a cinco artistas invitados que vuelcan su sensibilidad y su color en los arreglos: Carlos Aguirre en piano, Juan Quintero en guitarra, Mariano Braun en acordeón, María Jesús Olóndriz en violoncello y Marcelo Petetta en voz.
Una cuidada selección de canciones de Pedro Guerra, Rafael Bielsa y Alberto Callaci, Leo Maslíah, Hugo Fattoruso, Pedro Aznar, Carlos Aguirre, Juan Quintero, María Joao y Mario Laginha, encuentra en Flor verbena –de la poeta rosarina Laura Suárez–, un punto en común: esa flor guerrera, que nace en terreno hostil, en suelo seco y viento implacable. Planta indómita, como aquellas personas que aún en pleno desierto, sostienen sus ideales.
"En realidad, este disco es una canción sobre la lucha por la vida, las ideas y el camino que elegí", sintetiza Ethel Koffman. La flor verbena –y Ethel– insisten, igual que la gente que enciende lo seco, la lucha, el presente. Vocación de mantenerse en el mundo, aunque cueste.
Gabriela Redero
Podés conseguir este disco y todos los del sello Shagrada Medra llamando a los teléfonos: (0342) 154-187953 ó 4502561, o escribiendo a la casilla: shagradasantafe@yahoo.com.ar
Matar en la guerra no es mejor que un asesinato vulgar.
(...) El hecho de armarse no significa una afirmación de paz sino una preparación para la guerra. Tampoco de aquí podrá salirse gradualmente, sino de una vez o nunca.
Albert Einstein
Inteligencia militar son dos términos contradictorios.
La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.
Groucho Marx
Acerca de la paz
(...) Los hombres están empeñados en matarse unos a otros (...). Cuando usted tiene un invariable propósito de ganancia a toda costa, el resultado es inevitable.
(...) Hasta que se de fin a la causa, el mero hecho de componer los síntomas carece de significación.
(...) La mayoría de nosotros no desea poner fin a la guerra porque nuestra vida es incompleta; toda nuestra existencia es un campo de batalla, un conflicto incesante con el prójimo. Eso es nuestra vida, de lo cual la guerra y las bombas son simplemente las proyecciones más violentas y espectaculares; y mientras no comprendamos todo el significado de nuestra existencia y produzcamos una radical transformación, no podrá haber paz en el mundo. (...) La mayoría de nosotros presta escasa atención a la transformación de nosotros mismos porque no deseamos transformarnos. Estamos satisfechos de seguir como somos, y por eso es que mandamos nuestros hijos a la guerra. (...) ¿Qué entendemos por paz? Dicen que la O.N.U. trata de establecer la paz organizando a las naciones miembros, lo cual significa que está equilibrando el poder. ¿Es eso buscar la paz?
Luego está la reunión de individuos en torno a cierta idea de lo que ellos consideran que es la paz. Esto es, el individuo resiste a la guerra ya sea de acuerdo a sus convicciones morales o a sus ideas económicas. Colocamos la paz sobre una base racional o sobre una base moral. Decimos que debemos tener paz porque la guerra no es provechosa, lo cual es la razón económica; o decimos que debemos tener paz porque es inmoral matar, porque es irreligioso, porque el hombre es de naturaleza divina y no debe ser destruido, etc. Existen, pues, todas esas diversas explicaciones de por qué no debemos tener guerra: las razones religiosas, morales, humanitarias o éticas en favor de la paz por una parte, y los motivos racionales económicos y sociales por la otra. Pero ¿la paz es cosa de la mente? Si tienen una razón, un motivo para la paz, ¿traerá eso paz? ¿Comprenden lo que quiero decir? Si yo me abstengo de matarte porque creo que ello es inmoral, ¿es eso ser pacífico? Si por razones económicas no destruyo, si no entro al ejército porque creo que es improductivo, ¿es eso ser pacífico? Si yo baso mi paz en un motivo, en una razón, ¿puede eso traer la paz? Si yo los amo porque son hermosos, porque me agradan corporalmente, ¿es eso amor? Presten a esto un poco de atención, porque es muy importante. La mayoría de nosotros hemos cultivado de tal modo nuestra mente, somos tan intelectuales, que deseamos hallar razones para no matar, siendo esas razones la espantosa destrucción de la bomba atómica, los argumentos morales y económicos en favor de la paz, etc. Y creemos que cuantas más razones tengamos para no matar, tanta más paz habrá. ¿Pero es posible tener paz por una razón, puede hacerse de la paz una causa? ¿La causa misma no es parte del conflicto? ¿La "no violencia", la paz, es un ideal que haya de ser perseguido y finalmente alcanzado mediante un proceso gradual de evolución? (...) Lo que realmente se trata de saber es si la paz es un resultado, la consecuencia de una causa, o bien si la paz es un estado del ser, no en el futuro o en el pasado sino ahora. Si la paz, si la "no violencia", es un ideal, ello indica con seguridad que de hecho somos violentos, que no somos pacíficos. Desean ser pacíficos y dan razones por las cuales deberían ser pacíficos, y estando satisfechos con las razones, siguen siendo violentos. En realidad, un hombre que quiere la paz, que ve la necesidad de ser pacífico, no tiene ideal alguno acerca de la paz, no hace ningún esfuerzo para volverse pacífico, sino que ve la necesidad, la verdad de ser pacífico. Es sólo el hombre que no ve la importancia, la necesidad, la verdad de ser pacífico, el que hace de la "no violencia" un ideal, lo cual sólo es realmente un aplazamiento de la paz. (...)
La mente que inventa una razón para ser pacífica está en conflicto, y una mente así producirá caos y conflicto en el mundo. (...)
Dicen que la paz jamás podrá lograrse del modo que estoy expresando, que es imposible; deben por tanto tener razones para la paz, deben tener organizaciones para la paz, deben tener una hábil propaganda por la paz. Pero es obvio que todos esos métodos son mero aplazamiento de la paz. Sólo cuando estamos en contacto directo con el problema, cuando vemos que sin paz hoy no podremos tener paz mañana, cuando no tenemos razón alguna para la paz sino que vemos realmente la verdad de que sin paz la vida no es posible, la creación no es posible, que sin paz no puede haber sentido alguno de felicidad, sólo cuando veamos la verdad de eso tendremos paz. Entonces tendremos paz sin organizaciones por la paz. Para eso, debemos reclamar la paz con todo nuestro corazón, debemos hallar la verdad al respecto por nosotros mismos, no a través de organizaciones, ni mediante la propaganda, ni con hábiles argumentos en favor de la paz y contra la guerra. La paz no es la negación de la guerra. La paz es un estado del ser en el cual todos los conflictos y todos los problemas han cesado; no es una teoría, ni un ideal que haya de realizarse después de diez encarnaciones, de diez años, o de diez días. Mientras la mente no haya comprendido su propia actividad, engendrará más miserias; y la comprensión de la mente es el principio de la paz.
Jiddu Krishnamurti
La revolución fundamental, Ed. Kier, 1993
La taberna es un lujo de hambres...
Los soldados de todas las naciones se dan cuenta que,
Ellos,
perdieron, siempre, todas las guerras,
y mascan sus pipas y muescan sus barajas
rumiando su bronca, condimentándola
hasta que hierva un pleito
nomás porque haya algo que no sea
obedecer a otro
siempre ajeno
mandando
a mi abuelo a mi padre a mí a mi hijo a mi nieto,
desde antes que nacieran los antaños,
y de ahí hasta acá,
parando, apenas, para
cantar, preñar, y re morir,
sí, hasta ahora, cuando
a ese que aparez en las monedas
lo dejamos junto al muelle:
Nos llevamos los cantos...
Horacio C. Rossi
Europeana, inédito