Infancia
Mis construcciones de madera
cubrían el mundo.
Mullida gramilla a mis pies
arriba el cielo en sus asuntos.
Yo construía mis refugios desde
la aspereza, jugaba a no se qué
seguramente a algo no muy ajeno
a escribir poemas,
a extraer de lo poco lo mejor.
Cuando al caer la tarde los mayores
me llamaban a casa, obedecía
perfumado de hierba y de sudor,
me parecía a las estrellas
del vecindario.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bioniktv.com
Los niños que faltan
“Hay niños que no encuentran al hombre, caen antes, / se van sonrisa abajo, muerte abajo, se pierden / entre lo destituido que cae y se disgrega...” Los versos de Tejada Gómez vuelven a ser verdad, una dolorosa verdad, en su propia provincia. Porque en la tierra del sol y del buen vino, la de los troperos cantores y las maestras que madrugaban, uno de cada cuatro niños deja la escuela, deja el colegio o bien se cae, por alguna razón, del sistema educativo. La estadística mendocina no es peor que la que nos llega de La Rioja, de Chubut, de Catamarca o la provincia de Buenos Aires. Más de un millon de chicos –dice el registro oficial– fracasa cada año en las escuelas primarias y secundarias del país. La mitad de los adolescentes que ingresan al secundario –nos informa el Ministerio de Educación nacional– no lo termina. “Hace 30 años –manifestó a la prensa Pablo Pineau, de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación– cuando la escuela expulsaba, había un sistema que incluía: el mercado laboral. Actualmente, cuando un pibe abandona la escuela, cae al vacío...”
Capitalismo piramidal
En el ensayo La escuela capitalista en Francia, publicado a mediados de los ’70, Charles Baudelot y Roger Establet analizan, mediante una fría y objetiva estadística, cómo se construía en el siglo XX la denominada pirámide educativa (es decir, cómo el sistema educativo francés producía la cantidad de peones de campo, personal de servicio doméstico, obreros, empleados, pequeños industriales y comerciantes, profesionales liberales y gerentes que el sistema económico necesitaba).
Aquel estudio, luego emulado y replicado en España y en los países anglosajones, terminaba con el mito liberal de la “igualdad de oportunidades” y también con otro mito, muy arraigado entre nosotros: ese que sostiene que los individuos que llegan al vértice de la pirámide son los de mayor capacidad y talento. Porque existen, sin duda, voluntades y talentos excepcionales; individuos capaces de sortear obstáculos hasta cumplir con su ambición y su vocación. Pero no es el sistema educativo –revelan Baudelot y Establet– el ámbito donde esas voluntades y talentos más prosperan.
El delantal blanco igualitario que encarnaba el espíritu de la ley 1.420 es hoy más que nunca un detalle pintoresco, que no guarda relación con la auténtica máquina de discriminar, desalentar y expulsar que es nuestro sistema educativo, más allá de contadas excepciones.
“Las mediciones de la Encuesta Permanente de Hogares realizada por el INDEC –leemos en un artículo de Clarín publicado el 30 de octubre pasado– revela que entre los más pobres repiten más del quíntuple de chicos que entre los más ricos...”
El futuro malherido
Pero además, analizando la educación como una herramienta del Estado ¿por qué deberíamos pensar que en un agro hipertecnificado como el nuestro, en donde ya casi no se necesitan braceros, y en un modo de producción industrial robotizado, que no requiere más que unos pocos técnicos y obreros calificados para operar una planta, el sistema va a querer “producir” una masa desproporcionada de obreros rurales u obreros industriales? En rigor, en un país periférico y de economía trasnacionalizada como es la Argentina, el sueño de la inclusión y la promoción social a través de la escuela es sólo eso, un sueño. Por eso la pirámide educativa se achica proporcionalmente, tanto en la base como en el vértice, en relación con el crecimiento demográfico del país. Pensemos que hay niños que están naciendo ahora, en alguna de nuestras crueles provincias, y ni siquiera tendrán la chance de entrar a la pirámide educativa. Se los cargará el hambre, maldita sea. Y las fiebres y las diarreas y un abanico de enfermedades que no serían mortales si no se dieran en un contexto de pobreza y exclusión. Esos chicos no tendrán ni siquiera la oportunidad de ser repitentes o desertores. Se caerán antes –¡ay!– sonrisa abajo, muerte abajo. Se perderán entre lo destituido que cae y se disgrega. Después, están los otros, los que se caen de la escuela, porque un sistema con anteojeras ignora que sin vivienda ni salud ni unidad (aunque sea precaria) de la familia, cualquier educación es inviable. Y por último, están los “desertores presentes” (así los llaman), los que van a la escuela y no aprenden, los que están en el aula pero “tienen ADD”. O bien están acechados por el paco. O por el alcohol. O simplemente porque levantaron la cabeza y entreabrieron los ojos para descubrir que en esta (dulce) tierra, no había lugar para ellos. “Hacen falta militantes, combatientes de la Educación”, oímos decir a alguno. Por supuesto. Hacen falta militantes a secas. Hacen falta argentinos que no renuncien al sueño de un país para todos y un Estado para todos. Los pronósticos –advertimos– son los peores. Nuestro futuro está herido de muerte, porque a nuestro presente le faltan niños. Dicen que la escuela los perdió. Dicen que el sistema los perdió. Pero esa no es toda la verdad. Fuimos nosotros los que los perdimos. Hoy esos niños nos están faltando a todos.
Oscar Taffetani
http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com/2008/01/los-nios-que-faltan.html
En Pampa y la vía
¡No se puede vivir con esto
yo crié a mis hijos en esta plaza
y ahora
es una vergüenza!
¡esto!
¡esto!
¡esto!
esto tiene brazos
dos piernas
un gorrito del mundial '94
los pelos sucios
revueltos
esto tiene la panza
tan grande como África
tan vacía como un desierto
los ojos de pegamento
las manos de la basura
esto tiene un corte en el cachete
seis años de persistencia
una pelota sachet de leche
esto que es hijo de lo que venden
de lo que compro
lo que se echa
los ojos de pegamento
seis años de persistencia
las manos de la basura
esto se va morir
antes que nadie
excluido de esta granja
este charco
este infierno.
Majo López Tavani
en Mail de los viernes
http://docs.google.com/View?docid=df29b38_1182wz274scr
Mapa de la infancia
Cuando el barrio era el país
y el olor en la nariz
era de tierra, y asuntos
como la constitución
y la ley de la razón
eran la vejez del mundo.
Cuando el ocio era el poder
y el tapial y la pared
eran la altura del cielo.
Cuando el orden era un lío,
cuando el otro, era el amigo
cuando no quemaba el fuego.
Menuda patria
dame tu mapa
soy ciudadano
de un país perdido que
se llama infancia.
Cuando el peine y el reloj,
las medidas y el adiós,
cuando las ganas de adulto;
cuando el no, y el calendario,
cuando la muerte y el diario
eran juguetes sin uso.
Cuando el trazo de la tiza
dibujaba y no sabía
dividir el territorio.
Cuando uno, era nosotros,
cuando tuyo, era de todos,
cuando nadie estaba solo.
Menuda patria
dame tu mapa
soy ciudadano
de un país perdido que
se llama infancia.
Fernando Montalbano
de su disco El Barrio del Deseo, 2007
¡Juan Roberto!...: ¡tu cometa es la más linda del cielo de la tarde!...
Arriba de los techos panzones de las fábricas, campeando el terraplén que es del ferrocarril y de los tréboles, entre los que brilla la mica de una lata, o de una piedra serrana que se cayó del tren, enamorada de la cometa de Juan Roberto...
Los ligustros y las ligustrinas marcan el fondo de los traspatios que a esta hora duermen la siesta. Los gallineros se abren como la boca del asombro, mostrando al sofocante calor aplacando el tierral del gallo nuevo, y l'agua densa de los semijarros de cerámica en que se hinchan hasta secarse verdes el alpiste, la migaja de pan, y alguna fruta tirada o caída.
Ya que del limonero que siempre hay, sale volando un retemblor tal vez de tacuarita, de hornero o caserito, de chingolo, de pechocolorado, de benteveo pitowé pitanguá.
Y el fondo de los patios tiene una parecita de ladrillos cansados, mojadas rajaduras rellenas de verdín y, arriba, unos cascotes de botellas rotas para que los ladrones se asusten muchísimo y en serio y no pasen por ahí.
Y sobre todo eso sobrevuela la cometa de Juan Roberto, la pandorga, el barrilete, el volantín, según el pago y la edad del que mira...
Cardos pateados quieren que se los llame una cancha de fútbol: tierral, a plena siesta, pelota recosida, si no de trapo. Y el pito chifla al son del juego cuyos nombres en inglés se van volviendo castellanos.
De los jardines laderos hacen señas los nísperos y las viejas higueras donde los perros ladran a las comadrejas.
Y la sierra de la carpintería parece cortar la luz del sur en rebanadas...
Aire que se diría de vidrio. como una botella para la luz azul que hay más arriba. Tras la calle del sol.
Del sol, que está cerquita: se tiró de cabeza para aplaudir a la cometa de Juan Roberto...
Y justo antes del segundo tren, la voz que arde como un papel blanco entre tanto resplandor, algo más ocre y más verde, también: “¡Juancito: la leche está servida: no la dejés que se enfríe, o vas a ver!”.
Che, Juan, nos llaman –dice el menor que Juan– dale, vamos.
La panza del piolín se comba, enrula un poco, culpa del fastidio. Pero baja perfecta. Mansita, la canoa con timón de trenza. Compadreando.
Adiós. Por hoy, adiós...
¡Juan Roberto!...: ¡tu cometa es la más linda del cielo de la tarde!...
(a juan roberto widder, in memóriam)
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
Lo que usted merece
Para que te duermas niño
de pelo de trigo
yo le robo al aire viejo
el canto de los grillos.
Para que su brillo de alas
no traiga el desvelo
lo pondré en una tinaja
de algodón del cielo.
Duerma que la noche viene
oscureciendo el agua,
alzando su capa negra
toda agujereada.
Prende la luna menguante
su vela chiquita
y en sus ojos arde el sueño
como una arenita.
No es que todo esté tan calmo
como estas palabras,
pero el sueño es necesario
pa' que vuelva el alba.
No es que todo sea tan bueno
como aquí parece
pero voy cantando al menos
lo que usted merece.
Duerma que llegó la noche
estrellada y honda,
y anda uncida de su coche
repleto de sombras.
Y por lámpara cimera
cuelga el lucerito
su luciérnaga estrellera
por el infinito.
No es que todo sea tan bueno
como aquí parece
pero voy cantando al menos
lo que usted merece.
Que si usted me sueña el día
un poco más bello
yo me gasto la vigilia
listo para hacerlo.
Jorge Fandermole
de su disco Navega, 2002
Niños, libros y lecturas
Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.
Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.
Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.
Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.
A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.
Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle, creaciones todas que poco tienen de infantiles.
Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas. (...)
Alejandro Dolina
Crónicas del Angel Gris, 1988
Angeles de mi pueblo
Hay un halo triste en la noche del pueblo.
Hay un insondable silencio al acecho.
Hay una luz pobre, bajo un pobre techo,
Y un cuerpito mustio sin voz... sin resuello.
Y dicen que el hambre caló sus adentros.
Y dicen que el sol le negó sus caricias.
Y dicen que Dios le omitió la risa.
De allí, la navaja... y de allí el tolueno.
Y de allí la noche preñada de estigmas.
Y de allí su entrega al cobijo del cielo.
Y de allí el oprobio de su padre preso
tres años y medio por robar comida.
Fueron siete años sin niñez... sin juegos.
Fueron siete años, pan duro y rencor.
Fueron siete años huyendo al dolor.
Dolor de blasfemia en su blanco entrecejo.
Dolor de su madre, de amor sin juguetes.
Dolor de su hermana, sueño y caramelos.
Dolor de mi alma... y estos tristes versos,
Luto rojo, azul, amarillo y verde.
Luto de colores, de muerte temprana.
Luto de madera y de blanca mortaja.
Luto en sus etéreas guedejas doradas.
Negros abanicos de largas pestañas.
Argumento infame sin ley sanitaria.
Argumento leve de algún funcionario.
Argumento absurdo, circo y obituario.
Y tres días después el olvido talla.
Mi patria está enferma de ángeles que parten.
Mi patria es botín de hienas y cuervos.
Mi patria me duele de olvido y saqueo.
Mi América toda llora en esa madre.
Oscar A. Rey Cardamone
sieteestrofas@gmail.com
Lo que pensemos para los chicos habla de quienes somos y lo que esperamos de nosotros como sociedad.
Las Políticas Públicas de las Infancias ponen de manifiesto en cada programa cuál es su postura frente a los derechos y libertades, cuál es su visión del mundo y del porvenir. (...)
En el concepto de desarrollo integral está la pretensión de que el niño crezca autónomo, con movilidad urbana y social. Un verdadero conflicto cuando grandes sectores de la sociedad piden más policías, más penas y más seguridad, cuando el Mercado pide más consumidores y las voces “claman” por los chicos de la calle (algunos con buena voluntad, otros con responsabilidad, bastantes otros con sensacionalismo y no menos con molestia). Este es el verdadero desafío cuando la gestión local busca plasmar en sus Políticas Públicas de Infancia el desarrollo integral de los chicos.
(...) En el caso de la infancia es imposible dirigirse a los niños sin dedicarse a la familia, la escuela, el barrio, el club... es decir, un desarrollo integral del chico sólo se piensa como razonable en el marco de una política también integral para los grupos sociales (...)
Todo cambia de lugar en una Política integral. El “para chicos” no desaparece, pero hace que “con los chicos para todos” se convierta en cuestión principal. Lo social se logra con múltiples intervenciones y con protagonismo asociativo, redes, con gestión. Promoción cambia su concepción en participación y derechos, Salud por calidad de vida, y Cultura por dispositivo de sentido (imaginario social, comunicación, identidad). La ciudad se piensa para todos, desde los que se incorporan, con ellos. La obra pública se pregunta por su razón de ser... entonces une barrios, hace tajos en el paisaje urbano y genera grandes espacios de convivencia. La ciudad quiere ser recorrida, embellecida, apropiada por sus habitantes, fantaseada, integrada, pública y secreta...
(...) La sensación cotidiana de insistir que nos merecemos lo mejor, porque eso es el espacio público, el que nos permite no declinar en la excelencia, ser tenaces, devolverle belleza a la dignidad de las personas y pensamientos a la estupidez, decir que no todo está en venta y nadie está condenado al abandono y la soledad (...).
María de los Angeles “Chiqui” González
Docente, abogada especializada en Derecho de Familia y Minoridad,
actual ministra de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe
en Experiencia Rosario, Políticas para la gobernabilidad, 2003
el arca de la infancia
El cautivo
En Junín o en Tapalquén refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inúltimente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.
Jorge Luis Borges
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
El niño
El niño vuelve a casa
con dos chichones,
el médico amenaza
dar inyecciones.
Pregunta la abuela:
–¿Habrá que internarlo?
¿Será una secuela,
tendrá convulsiones?
Su madre pa’ curarlo
le hace canciones.
El niño está muy triste
¡qué descontento!
el médico insiste
con los fomentos.
Sugieren los tíos:
–Mejor abrigarlo,
que no tome frío
y cuidarlo del viento.
Su madre pa’ curarlo
le cuenta un cuento.
El niño ha amanecido
con pesadillas,
el médico ha ido
por las pastillas.
Si fue algún fantasma
que vino a asustarlo,
poner cataplasmas,
pisarle papilla.
Su madre pa’ curarlo
le hace cosquillas.
El niño en bicicleta
se tuerce un hueso,
el médico receta
ponerle un yeso.
El párroco ordena:
–Vuelta a bautizarlo
y si trepa la pena
dobleguen los rezos.
Su madre pa’ curarlo
lo come a besos.
Sebastián Monk
de su disco Nuevas canciones para niños sin sueño, 2005
Adultos
Algunos jamás fueron niños, demasiado temprano abrieron los ojos y vieron, y la mañanera comprensión les puso pátina de tristeza en los rostros sin estrenar. No pudieron darse a la puerilidad, las crueldades les supieron amargas en la boca, no fueron capaces de abrazar la inconsciencia. Fueron ingenuos, pero sabían que lo eran.
Pasaron la adolescencia como un viaje obligado a esa adultez que era esencial, que ya estaba instalada desde siempre. Aunque quizás lo hayan intentado, jamás hallaron destreza para las bromas torpes, y la brutal urgencia del sexo les devino amor.
Estas gentes que jamás fueron niños y padecieron los desgarros y lastimaduras de la adolescencia, estas gentes conservan la pureza de esa infancia sin mancillar, la rebeldía de una pubertad que no se resolvió en semen y sangre desperdiciados.
Aguardaron su hora.
Son adultos, palabra vejatoria en labios que repiten lo que el siglo se empeña en instalar.
Con reflexión y tolerancia son adultos.
No conocen la infelicidad de desear un pasado irrecuperable. Son lo que construyeron con paciencia, saborean la felicidad de comprender, de elegir la fruta que han de comer, a quién abrazar, con quiénes compartir maravillas y perplejidades. Viven con los ojos abiertos y las palmas ofrecidas. Y, de tanto en tanto, el regalo de que alguien les diga “quiero ser como vos cuando sea grande”.
Mónica Russomanno
monicarussomanno@yahoo.com.ar
El benteveo cantó
El benteveo cantó para mí esta mañana.
La luna en un cielo acuoso a punto de disolución
brilló para mí. Alguien dirá
que estas afirmaciones adolecen,
que el pájaro responde a su naturaleza
y la luna es una fría piedra condenada
a la órbita terrestre, pero yo sé
que habiendo podido despertarme y no oír,
que pudiendo haber estado presente y no ver,
esa mañana ver y oír
fueron actos que me constituyeron uno.
Y el pájaro y la luna estuvieron presentes en mí
y a la muerte le quité un día.
Roberto Malatesta
rmalatesta@bionik.tv
Los crujidos del modelo de los agronegocios
Las actuales crisis que desvelan a la Argentina, dan prueba de que continuamos siendo un país laboratorio de nuevos modelos y de innovaciones tecnológicas, un país que a la vez continúa viviendo en un subyacente estado de catástrofe, siempre al borde del estallido. Esas son las contradicciones de la Argentina profunda: por una parte el hervidero de lo social siempre dispuesto a sumarse a las sucesivas crisis, como el caso de los piquetes rurales que, en su fuerza, sorprendieron a los mismos participantes, y por otra, una clase dirigente con pensamientos antiguos, prácticas autoritarias y mezquinas que empobrecen la participación en la democracia. De hecho, nos encontramos con que el Gobierno que ahora descubre la “sojización”, incorporando a su discurso la necesidad de producir alimentos y de resistir a los monocultivos, es el mismo gobierno que conduce un Estado fuertemente comprometido con el modelo biotecnológico de producción de commodities para la exportación, con la promoción de una ciencia empresarial y con un plan de saqueo de los bienes comunes por parte de las Corporaciones.
Desde el Ecologismo nos resistimos a ver un paisaje sin matices o a mirarlo con las anteojeras con las que se recrean antiguas antinomias. Hace muchos años que denunciamos un proyecto de agricultura industrial tan extractivo y minero como la misma minería química que se practica en gran parte del territorio nacional. Por otra parte, que los productores corten las rutas protestando por un tributo a la exportación, que deja indiferentes a los exportadores, llama la atención sobre el modo en que las Corporaciones trasladan sus cargas hacia abajo en la cadena productiva, oficiando como recaudadores. Ambas situaciones están ausentes en los actuales debates, tanto como en las agendas políticas: lo ambiental en primer lugar, la salud en segundo lugar y además, el rol y el protagonismo de las corporaciones. Estamos en medio de una crisis donde todos los partícipes parecen complotados para no mencionar a los exportadores, a la vez que para ocultar la catástrofe a que el modelo actual condena los suelos y ecosistemas argentinos, y las devastadoras consecuencias de las fumigaciones y de la contaminación sobre la Salud de las poblaciones. Tememos que la confrontación oculte y anticipe los desgarramientos de un modelo de exportación y de producciones en escala, que se acelera con la llegada de fondos de inversión y la producción de agrocombustibles, y que inevitablemente dejará fuera de juego a muchos de los que cortaron las rutas protestando contra un impuesto a la exportación que no pagan las Corporaciones exportadoras.
Desde el Ecologismo proponemos abrir los debates del campo al resto de la Sociedad. Proponemos interpelar a las Corporaciones exportadoras sobre su papel en la crisis actual y auditar las exportaciones que realizan, hasta el momento bajo meras declaraciones juradas y con oscuros procesos de triangulación y subfacturación para evadir impuestos al Estado que parecieran ser la norma consentida por la mirada impávida de los funcionarios del área. Necesitamos recobrar la soberanía de los puertos, reinstalar los organismos de control del Estado, tales como las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, en los marcos de políticas agrarias que actualmente están en manos de los agronegocios. Pero también, necesitamos el respaldo a los desarrollos locales, con precios sostén para los alimentos tradicionales en la mesa de los argentinos; que se impulsen procesos de ecolocalismo que aseguren espacios de seguridad alimentaria, con cinturones verdes para producción de alimentos, ferias de cercanías, respaldo y control municipal de tambos pequeños con distribución de leche fresca o pasteurizada localmente, diseños territoriales con arraigo de familias para el desarrollo de economías de autoproducción y comercialización de excedentes. Proponemos modelos de producción amigables con la Naturaleza, en que la Justicia Social y la Soberanía Alimentaria aseguren la felicidad de la población y su calidad de vida.
Red Nacional de Acción Ecologista
(RENACE) www.renace.net
La garúa penetra en la tierra, no la lava, y acuna las nascencias allí habidas, de consuno a las circunstancias de la tierra que sustenta y la que gira en el espacio, que son la misma...
La tierra se sacia de los frutos del cielo, dice el viejo poema que cito sin comillas porque la verdad no las necesita y para la belleza no existen, y la verdad dicha con belleza es nomás la mejor manifestación de la Poesía... Y sin duda que la garúa es una de sus mejores puentes, de sus mejores climas, de sus mejores casas...
En la blanca luz de los días nublados, esa que obvia todo reloj hasta que ya es de noche, la garúa fabrica y mantiene y comunica los rocíos durante toda la hora diurna. Y acaricia. Y acompaña en la soledad, es decir: consuela...
Espejos de luz, agentes de amor, la Poesía y la garúa son parientes a la hora de hacer habitable el mundo, una de sus basales tareas. Hermanadas sus vías –las mismas– de respeto en acto, pan del día en la mano del necesitado de pan...
Nos moja como cuando nos nombra una voz adecuada, como cuando nos acollara la “querendona mujer” del Canto a la Alegría, versión original. Y, en así, quedamos, fincamos ternurados, almados, sonreídos por la naturaleza de las cosas y la divinidad que todo ritma y cadencia manteniendo el fluir de lo sagrado. Llamémosle: la vida, simplemente...
La garúa forma un ambiente de humedad que favorece las maceraciones, fermentaciones y germinaciones, liberación de la energía, liberación, sin más ni menester de más, en permanente generación, renovación, y alegría. Es una felicidad perdurable de las aguas uniéndonos en misma luz con las árboles y las piedras y las otras criaturas. Y he ahí, noscierto?, la Poesía: bien vale equipararlas...
Saludo a la quichua garúa. Siento haber intuído su lección, creo haberla aprendido. Estarla compartiendo...
Le agradezco, al continuar viviendo...
Cantando...
Horacio C. Rossi
La brisa y la garúa, inédito
terrazio@ciudad.com.ar
La cuenca fluvial
La cuenca fluvial, realidad del ambiente natural con la que convive el habitante de la región, es un don que brinda como todo ser vivo.
Establece el ser humano ese vínculo que lo determina y viceversa. La relación de respeto mutuo adecuada a las condiciones de sus ciclos no puede ser soslayada, pues se sabe que es así y nos acompañará siempre. La convivencia se produce acorde a la armonía de las dos partes en general y los distintos aspectos en particular que la establecen teniendo en cuenta dichos comportamientos recíprocos.
El bienestar es parte fundamental de ese entendimiento. Del hombre, capaz de paz o desequilibrios, es tarea de aprovechar el bien que nos provee el medio natural.
El medio natural nos ha conformado en parte y cuando no se ha establecido ese respeto y consideración, los habitantes de él hemos sufrido. No se interpreta que el respeto implique forzamiento o dolor, sino responsabilidad activa y atenta.
Teñido y no constreñido por el ambiente, el poblador debe procurarse, merced a su capacidad creadora de leer lo natural y lograr plenitud, esa convivencia armónica.
Como en el arte, es un arte más, un arte mayor, realizado por los intérpretes involucrados en él y su buen uso.
La técnica y la inteligencia son un bien, usados correctamente, la naturaleza también es inteligente, pues es un ser vivo, regido por ciclos de plenitud, fuerza, tranquilidad, belleza, embate y paz. Este último aspecto contiene lo agradable, lo que nos llega de forma más honda y perdurable en el sentir común.
Toda la tarea humana y la de los seres que nos acompañan, tienden a este fin. Pero es necesario realizarlo diariamente, en cada una de las conductas, pues cualquiera sea el error, redundará en la alteración de esa posibilidad benéfica.
La cuenca fluvial tiene una conducta inocente, que puede ser bien llevada, tanto en la furia que irrumpe dolorosamente, como en el más delicado y hermoso sonido.
Jorge Drenkard
Lloverá en alta mar, 2003
Milagro de los peces
(Milagre dos peixes)
Yo veo estos peces y voy de corazón
yo veo estas matas y voy de corazón
Naturaleza
En pantalla el colorido
de unos niños coloridos
de un genio televisor.
Y en el andar de nuestros nuevos santos
la señal de viejos tiempos:
muerte, muerte, muerte al amor
Ellos no hablan del mar y los peces
ni dejan ver la moza pura canción
ni ver nacer la flor, ni ver nacer el sol
y yo apenas soy uno más, uno más
que habla de este dolor, nuestro dolor
Dibujando en estas piedras
tengo todos los colores
cuando hablo de lo real
Y en un silencio en la naturaleza
yo que amo a mis amigos
libre, quiero poder decir:
Yo tengo estos peces, los doy de corazón
yo tengo estas matas, las doy de corazón.
Milton Nascimento - Fernando Brant
Déficit de Naturaleza
La era de la informática y la comunicación nos otorga muchos beneficios pero tiene su contraparte negativa. Entre las nuevas amenazas está la adicción a Internet y el síndrome de déficit de naturaleza que puede estar afectando el futuro de muchos niños. Fue Richard Louv, periodista y prolífico autor, el que inventó el término y lo hizo popular a través de su libro El último chico en el bosque. La denominación “déficit de naturaleza” busca retratar una carencia de peso en la infancia del siglo XXI que casi no necesita explicación. Todas las personas mayores en la actualidad saben destacar las diferencias entre sus aventuras infantiles y los juegos que hoy atraen a los niños. Todos los adultos sabemos lo que es embarrarse y trepar un árbol (y la gran mayoría lo evoca con una nostalgia añorante), algo que los niños de hoy en día miran con reticencia. Y somos varios los que nos preguntamos con frecuencia si no es insalubre que la generación más joven no estimule su imaginación en espacios abiertos. Louv decidió indagar en esto cuando investigaba para su libro El futuro de la infancia y descubrió que la falta de contacto con la naturaleza tiene efectos físicos y psicológicos en las personas.
Los niños pasan demasiado tiempo encerrados. Van de la casa a la escuela, a centros de actividades y a casa otra vez. Entienden más que sus mayores de tecnología y muestran mayor facilidad para adaptarse al cambio. En muchas cosas parecen ser más “avispados” de lo que éramos nosotros a su edad o hasta, quizás, más inteligentes. Sin embargo, esta “madurez” prematura les está jugando en contra. Cada vez son más comunes el síndrome de déficit de atención y la obesidad infantil y hay otros efectos como el estrés o la depresión que pueden estar ligados con la falta de naturaleza en sus vidas. Cuando un niño se golpea o corta en la actualidad, los padres se alborotan; en seguida van al médico y lo llenan de remedios, vendas y cuidados. No es que esté mal cuidar a nuestros hijos, pero estamos ejerciendo una sobreprotección que ignora nuestras propias experiencias. En las “infancias viejas” (allá por los 70’s u 80’s) sufríamos raspaduras regularmente, muchos nos hemos fracturado cayendo de árboles o rodando por pendientes, cortado con botellas rotas o clavos oxidados. Muchos veíamos más la aguja de una vacuna antitetánica que la que nuestras madres usaban para tejer y sin embargo aquí estamos: sanos y salvos, llenos de experiencias y saludables (y agradables) memorias. Louv destaca que no son las ciudades y la tecnología los únicos responsables del déficit de naturaleza; los padres forman parte de las causas. La inseguridad social creciente los obliga a remarcar más que nunca el “no hables con extraños” y limitan el esparcimiento de sus hijos a un área marcada y conocida, a moverse en automóvil y no salir mucho de casa. (...) Los niños que son expuestos a la naturaleza muestran mejoras intelectuales, espirituales y físicas en comparación a los que se mantienen encerrados. Las actividades en la naturaleza probaron disminuir el estrés, aguzar la concentración y promover resoluciones creativas a problemas. Louv y varios investigadores más consideran que esta es una buena terapia para el síndrome de déficit de atención y otros males que afectan a los niños. Louv va un poco más allá, sugiriendo que mientras aumentar la exposición de los niños a la naturaleza puede ayudarlos a centrarse, la existencia de desórdenes es evidencia de que dos generaciones de alienación pueden haber resultado en un daño considerable ya hecho a nuestros niños. Y es que el periodista no olvida destacar que, más allá de los pequeños, a los mayores también nos hace bien un poco de verde en nuestras vidas. (...) Estudios en Estados Unidos, Suecia, Australia y Canadá han demostrado que los chicos que juegan en escenarios naturales (con ríos, campos y árboles) son más propensos a crear sus propios juegos y mostrar mayor cooperación que aquellos que juegan en escenarios armados. Y es que en los ambientes controlados no hay verdadera experimentación ni riesgo. Aunque, precisamente, el riesgo es lo que los padres desean evitar, es lo que más nos enseña y estimula la creatividad a la hora de encontrar soluciones.
El déficit de naturaleza no es una enfermedad que requiera de pastillas o tratamientos inclementes. Por el contrario, puede solucionarse recuperando esa costumbre perdida que tan bien nos hizo cuando nosotros fuimos pequeños.
(...) Los chicos de ahora aprenden de naturaleza en sus libros y entienden más sobre la selva amazónica de lo que nosotros comprendíamos años atrás. Pero la falta de contacto con la naturaleza intelectualiza el aprendizaje y los vuelve desapegados. Y son ellos los que deberán luchar por preservarla de aquí a unos años. Es hora de volver a encarrilar nuestra unión con la naturaleza. Tanto la de nuestros niños como la propia.
Constanza Villanueva
http://www.neoteo.com/deficit-de-naturaleza.neo
Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con resplandeciente sonido;
Y ranas que en los estanques cantarán durante la noche,
y ciruelos de tembloroso blanco;
y petirrojos que vestirán plumas de fuego,
y silbarán sus canciones en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá que hay guerra, nadie
se preocupará del fin de la guerra;
a nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al amanecer
apenas sabrá que hemos desaparecido.
Sara Teasdale
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
La laguna del “no me gusta”
A los habitantes de la Laguna del “No me gusta”, nunca les gustaba nada. Era una laguna poblada de bichitos malhumorados: había sapos caprichosos, ranas con rabietas, caracoles con caras largas y patos con pataletas. A ellos, todo les parecía mal. Vivían trompudos y pataleando el suelo.
Si salía el sol, protestaban:
— ¡Ufa! ¡El sol!... –decían las ranas con rabieta.
— ¡No me gusta el sol! –rezongaban los sapos caprichosos.
— El sol me aburre... –se quejaban los caracoles con caras largas.
— Qué llueva –pedían los patos haciendo pataletas.
Y ahí se armaba la chinche, el berrinche y el bochinche. Entonces el sol se iba para que empezara a llover. Pero en cuanto llovía, volvían a protestar:
— ¡Ufa! ¡Llueve! –decían las ranas con rabieta.
— ¡No me gusta la lluvia! –rezongaban los sapos caprichosos.
— La lluvia me aburre... –se quejaban los caracoles de caras largas.
— Que salga el sol, mejor –pedían los patos con pataletas.
Y otra vez se armaba la chinche, el berrinche y el bochinche.
Entonces la lluvia se iba para que saliera el sol.
Si era de día, querían que fuera de noche, y si era de noche, que fuera de día. Lo que más se escuchaba, lo que siempre se escuchaba, lo único que se escuchaba, era: “No me gusta, no me gusta y no me gusta”.
De tanto hacer berrinches, los bichitos de la laguna ya no sabían cómo se saltaba de alegría, ni cómo era aquello de reírse a carcajadas, y mucho menos, cómo se gritaba: ¡¡¡Bien!!! ¡¡¡Iupi!!! ¡¡¡Hurra!!! Pero un día, el sol se enojó de ser siempre tan mal recibido, así que se metió atrás de las nubes y quedó ahí, acurrucado, y trompudo, sin salir ni siquiera a ver qué pasaba. La luna se copió y también las estrellas, y hasta la lluvia dejó de caer. Ahí se quedaron todos: escondidísimos detrás de las nubes. Por la mañana, cuando los bichitos de la laguna se despertaron, vieron todo nublado.
—¡Ufa! Las nubes!... –dijeron las ranas con rabieta.
— No me gustan las nubes –rezongaron los sapos caprichosos.
— Las nubes me aburren... –se quejaron los caracoles de caras largas.
— Que salga el sol, mejor –pidieron los patos haciendo pataletas.
Y, como siempre, se armó la chinche, el berrinche y el bochinche. Pero las nubes no se fueron y el sol no salió. Ni de noche salió la luna, ni al día siguiente llovió: las nubes un día, y las nubes el otro.
Los paraguas se empezaron a llenar de plantitas, porque nadie los usaba; las ranas se olvidaron de cantar, porque no había luna; los caracoles no podían sacar sus cuernos al sol, porque no salía, ni las lombrices hacer pocitos en la tierra porque estaba muy dura; y hasta los patos se olvidaron de cantar. Los bichitos se pasaban el día sentados, sin saber a qué jugar, mirándose, mirando el cielo y volviéndose a mirar. Lo único que se escuchaba era: “No me gustan las nubes...”. Sólo que esta vez, lo decían muy en serio y sin berrinches.
Hasta que un día, una rana que raspaba la tierra seca con la pata, miró al cielo, abrió la bocaza y, en vez de decir “No me gustan las nubes”, le salió un:
— Me gustaría tanto que saliera el sol!... –con suspiro y todo.
Y el sol, que la escuchó, se asomó para oír mejor.
Apenas lo vieron, los habitantes de la laguna se pusieron a saltar de alegría, como hacía tiempo que no saltaban.
— ¡¡¡Bien!!! ¡¡¡El sol!!! –gritaban las ranas contentísimas.
— ¡Me encanta el sol! –aplaudían los sapos entusiasmados.
— ¡El sol me divierte! –se reían los caracoles a carcajadas.
— ¡Que se quede! ¡Que se quede! –pedían los patos a los saltos..
Y siguieron saltando y festejando hasta la noche, en que apareció la luna, y le cantaron para darle la bienvenida.
Esa noche se fueron a dormir cansados pero muy contentos, porque sabían que cuando se despertaran iba a salir el sol otra vez, y después la luna y las estrellas, y a lo mejor la lluvia también, y que todo eso... sí, les gustaba. Y entre tanto y tanto, bailecito y carcajada, se fueron olvidando del “no me gusta”, de las pataletas y de los berrinches. Sólo se guardaron un “no me gusta”, de las pataletas y de los berrinches. Sólo se guardaron un “no me gusta” muy serio, para cuando algo, muy en serio, no les gustaba.
Eso sí: tuvieron que cambiarle el nombre a la laguna.
María Inés Falconi
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Mudanza
Mudanza de amaneceres
provocan gozosos los pájaros.
Celebran con la intensidad del trino
el fantástico misterio del alba.
Desnuda y bella está la mañana
mientras contempla al viento
zambullirse, feliz,
en un ocre mar
de dormida hojarasca.
Un oleaje crujiente
de nidos y sombras
ofrece generoso, retazos de luz
guardados en los pliegues de su traje
Desnuda y bella está la mañana,
despojada al fin de sus máscaras.
Sin maquillajes.
Desnuda y bella.
Verdad revelada.
¡Danzan felices las palabras
en cada remolino de historias
que de esta Tierra se alzan!
Palabra que llega efervescente
de la humedad de sus entrañas
sin pedir permiso
a los Dueños de la Nada.
Desafiante.
Decidida.
Desnuda y bella.
Mutando fragancias.
Desnuda y bella,
se ofrece la mañana.
Marta Goddio
martagt46@yahoo.com.ar
La ciudad era esta incertidumbre
la eterna pregunta –quién soy–
dicho de otro modo: quién sos.
Cristina Peri Rossi
fragmento de Tango - Otra vez eros, 1994
Nuevamente hablamos de la ciudad. Una vez más, decimos que lo urbano no puede comprenderse cabalmente sin una mirada que trascienda los límites de una jurisdicción municipal. La ciudad es generadora de impactos sobre su entorno inmediato y, a la vez, caja de resonancia del sistema de relaciones económicas y políticas impuesto en un territorio mucho más extenso. Se espera de ella que resuelva múltiples conflictos de complejidad creciente para los cuales suele carecer de planificación y hasta de posibilidades materiales.
Decisiones tomadas en un ámbito urbano continúan convirtiendo aceleradamente a gran parte del campo y de los bosques nativos de nuestro país en un inmenso desierto verde de soja, con trágicas consecuencias sociales y ambientales que ya se están padeciendo. A la vez, y como reflejo de eso, la expulsión durante años de cientos de miles de campesinos descartados por los eufemísticamente llamados “agronegocios” –“agrogenocidios”, en realidad– viene haciendo inhabitables a muchas ciudades, entre las cuales la nuestra –no por casualidad situada en la zona epicentral del asunto– es un lamentable ejemplo. Incluso el propio gobernador de la provincia ha dicho que “el proceso de sojización ha significado vaciar el campo, que la gente migre a las ciudades, con oficios que no corresponden a las demandas que hoy tiene una ciudad, a vivir en los peores lugares, lo que genera planes sociales que nunca tendrán el valor del trabajo como elemento formador del individuo y la sociedad” (diario La Nación, 1/2/2008). Ciertamente, cada vez son más las voces que reconocen esta tragedia colectiva disfrazada de fiesta privada; sin embargo, desde un medio como Radio Nacional se disponen a levantar Horizonte Sur, el programa donde Jorge Rulli y otros vienen denunciando lo que nos está ocurriendo y proponiendo alternativas. Por eso, abriendo la mirada más allá de lo que se suele entender por urbano, cabría preguntarse si seguiremos enfocando paliativos para los problemas de la ciudad o nos decidiremos a comprender la complejidad de la cuestión para cambiar el rumbo antes de que resulte demasiado tarde.
Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com
Extramuros
ante las nunca habidas pero eficientes puertas de la ciudad
emergen unos toldos de lata y unas tareas sin palabra
y se establecen afuera, perfectamente afuera
y desde allí penetran las nunca habidas pero cerradas puertas de la ciudad
rociando nuestros ocios con un tema de charla que tampoco perdura...
el instinto de esa gente conoce...
escuchan las electricidades al tocar los envases y las cenizas del consumo
que alimenta la carne y la presunción es decir la materia y la ignorancia
es decir la creencia y la ajenidad (estoy tratando de algo decir)
de nosotros los no menos transitorios y mudables...
forman hilera para el examen de las hojarascas domésticas...
contratan apenas pactando la transacción que los enladrillados
creemos gananciosa para nuestro ciudadano privilegiado beneficio...
en así aprenden cómo...
y se preparan a heredar el mundo...
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
“Homo urbanus” ¿celebración o lamento?
El año 2007 fue visto por algunos como un gran hito en la saga humana, con una magnitud similar a la era agrícola y la revolución industrial. Según Naciones Unidas, por primera vez en la historia la mayoría de los seres humanos están viviendo en grandes zonas urbanas con poblaciones de 10 millones de habitantes o más. Nos hemos convertido en el Homo urbanus.
El fenómeno de millones de personas apiñadas y amontonadas unas encima de otras en gigantescos centros urbanos es nuevo. Recordemos que, hace 200 años, una persona normal de la Tierra habría conocido entre 200 y 300 personas en toda su vida. Hoy, un habitante de Nueva York puede vivir y trabajar entre 220 mil personas en un radio de 10 minutos de su casa u oficina en el centro de Manhattan.
Sólo una ciudad en toda la historia –la Roma antigua– contaba con una población de más de un millón de habitantes antes del siglo XIX. Londres se convirtió en la primera ciudad moderna con una población de más de un millón de personas, en el año 1820. En la actualidad, 414 ciudades poseen una población de un millón de habitantes o más, y no se atisba el fin del proceso de urbanización, ya que nuestra especie está creciendo a una velocidad alarmante. Cada día nacen en el planeta 376 mil personas. Se espera que la población humana alcance los 9 mil millones en 2042, la mayoría de los cuales vivirán en densas zonas urbanas.
Mientras la raza humana dependió del flujo solar, los vientos, las corrientes y la energía animal y humana como sustento vital, la población se mantuvo relativamente baja para adaptarse a la capacidad de carga de la Naturaleza: la capacidad de la biosfera para reciclar residuos y reponer recursos. El punto de inflexión se produjo con la exhumación de grandes cantidades de energía solar almacenada, primero en forma de depósitos de carbón, y luego, petróleo y gas natural bajo la superficie terráquea. Aprovechados por el motor a vapor y más tarde por el motor de combustión interna, y convertidos en electricidad y distribuidos a través del tendido eléctrico, los combustibles fósiles permitieron a la humanidad crear nuevas tecnologías que aumentaron de manera espectacular la producción de alimentos, los artículos manufacturados y los servicios. El incremento de la productividad derivó en el crecimiento desenfrenado de la población y la urbanización mundial.
No es sorprendente que nadie esté realmente seguro de si este profundo punto de inflexión en las modalidades de la vida humana debería celebrarse o lamentarse, o si simplemente deberíamos dejar constancia de él. Ello se debe a que nuestra población en aumento y nuestro estilo de vida urbano se han comprado a expensas de la desaparición de los grandes ecosistemas y hábitat de la Tierra. El historiador cultural Elías Canetti comentaba en una ocasión que cada uno de nosotros es un monarca en un campo de cadáveres. Si nos detuviéramos por un momento y reflexionáramos sobre el número de criaturas y recursos de la Tierra que hemos expropiado y consumido en nuestra vida, nos horrorizaría la carnicería y la explotación que han sido necesarias para garantizar nuestra existencia.
El hecho es que las grandes poblaciones que viven en megaciudades consumen cantidades ingentes de energía del planeta para mantener sus infraestructuras y su flujo diario de actividad humana. Para poner esto en perspectiva, sólo la Torre Sears, uno de los rascacielos más altos del mundo, utiliza más electricidad en un día que una ciudad de 35 mil habitantes. Y lo que es todavía más increíble: nuestra especie actualmente consume casi un 40 por ciento de la producción primaria neta de la Tierra, aunque sólo constituimos un 0,5 por ciento de la biomasa animal del planeta. Las demás especies tienen menos para consumir. La otra cara de la urbanización es la estela que dejamos en nuestro camino hacia un mundo de edificios de oficinas de 100 plantas, torres de viviendas y paisajes de cristal, cemento, luz artificial e interconectividad eléctrica. No es casualidad que mientras celebramos la urbanización del mundo, nos aproximemos rápidamente a otro hito histórico: la desaparición de la Naturaleza. El crecimiento de la población y el consumo de comida y agua, la ampliación de las carreteras y los ferrocarriles, y la expansión urbana siguen invadiendo la Naturaleza y la abocan a la extinción.
Nuestros científicos nos dicen que a lo largo de la vida de los niños de hoy, la Naturaleza desaparecerá de la faz de la Tierra tras millones de años de existencia. La autopista transamazónica, que cruza toda la extensión de la selva del Amazonas, está acelerando la devastación del último gran hábitat natural. Otras regiones naturales, desde Borneo hasta la cuenca de Congo, están mermando rápidamente cada día que pasa, y abriendo camino a unas poblaciones humanas cada vez mayores que buscan espacio y recursos para vivir. No es de extrañar que, según el biólogo de Harvard E. O. Wilson, estemos experimentando la mayor oleada de extinción masiva de especies animales en 65 millones de años. Actualmente perdemos por la extinción entre 50 y 150 especies al día. En 2100, dos terceras partes de las especies restantes de la Tierra probablemente se habrán extinguido.
¿Adónde nos lleva todo esto? Intenten imaginar mil ciudades de casi un millón de habitantes o más dentro de 35 años. Nos deja helados y es insostenible para la Tierra. No quiero ser aguafiestas, pero quizá la conmemoración de la urbanización de la raza humana en 2007 podría ser una oportunidad para replantearse nuestra manera de vivir en este planeta. Sin duda, hay mucho que aplaudir de la vida urbana: su rica diversidad cultural, sus relaciones sociales y la densa actividad comercial. Pero es una cuestión de magnitud y escala. Debemos reflexionar sobre la mejor manera de reducir nuestra población y desarrollar entornos urbanos sostenibles que utilicen con mayor eficacia la energía y los recursos, que sean menos contaminantes y que estén mejor diseñados.
En resumen: en la gran era de la urbanización hemos aislado cada vez más a la raza humana del resto del mundo natural en la creencia de que podríamos conquistar, colonizar y utilizar la rica generosidad del planeta para garantizar nuestra completa autonomía sin consecuencias funestas para nosotros y para las generaciones futuras. En la próxima fase de la historia humana tendremos que encontrar un modo de reintegrarnos en el resto de la Tierra viviente si pretendemos preservar nuestra especie y conservar el planeta para las demás criaturas.
Jeremy Rifkin
economista estadounidense (1943)
Divagaciones al comenzar la mañana
Estoy en el trabajo. Una oficina no muy grande con ventanales al parque y con vecinos conversadores. Vendedores de revistas, bizcochitos y facturas. Todo transeúnte, a estas horas de la mañana, se detiene a comprar una bolsita de harinas cocidas de variedades dulces y cremosas o saladas, para acompañar el desayuno.
Un poco más allá, la avenida reporta los ruidos de siempre: motores acelerados, frenadas, el roce de los neumáticos en el pavimento, una puerta que se cierra. Luego, árboles y el lago. La mirada se detiene en ellos. Es una mirada necesaria para intentar seguir viendo. Es el remanso que alumbra el día.
Algunos pájaros gorjean. Se bajan irrespetuosos a comer las migas que los vendedores esparcen al final de cada jornada. Y no temen. No hay nadie de caza. Algún perro acompaña la comparsa, adoptando dueños pasajeros para luego hundirse en lo ignoto de esta parte de la ciudad. Fluyen las hormigas, pequeñas y grandes, llevándose restos invisibles a sus guaridas. Otros insectos se escabullen en el aire o entre la gramilla, esquivando pasos o picotazos de los pájaros.
En tanto, observo. La vida fluye sin miramientos. Fluye y se dispersa en los confines y sus intersticios. No se detiene ante el primer escollo. Lo burla, lo salta, lo trepa y sigue presentándose renovada.
Sé que me habita. Sé que está bordeándome, esculpiéndome en cada instante. Sé que la habito y me permite habitarla. No pedí permiso. Solamente me concedió la gracia. Y no sé más de ello.
Entonces sólo queda hundirse en el flujo que nos contiene y celebrar. Celebrar la vida.
Oscar Angel Agú
cachoagu@yahoo.com.ar
No lugar
No lugar es no lugares, no es uno solo, de tanto no ser es muchos, se multiplica; de tanto carecer de identidad es impecablemente igual a sí mismo, reconocible en su aparente falta de señales y ausencia de huellas.
No lugar de los aeropuertos, de los shoppings, de los lobbys de hotel con la misma música difusa, decoración sin personalidad, borrosa gente. Imagen con filtro, fotografía extraviada del álbum, ¿esto era Estambul o Buenos Aires? ¿Este era Julio o Fernando? ¿Y quién soy, yo, en la fotografía?
Como dice Kundera, siempre hay aliados de sus propios sepultureros, gente que se deleita en ser uno más de millones, en no ser reconocido ni reconocer, en que la indiferenciación cree el fantástico tono futurista de un mundo aséptico y dilatadamente uniforme. Andy Warhol proclamando que Moscú no es bella porque no tiene Mac Donald, que Madrid es bella porque tiene Mac Donald. Se ha reparado la falta, ahora todas las ciudades son bellas.
La vestimenta, las comidas, el mismo lenguaje es aplanado por el limbo desdibujado del sitio inmóvil enclavado en el centro del caos. Afuera evolucionan abigarrados colectivos fileteados, mujeres de lustrosas pieles rojizas, aromas de especias. Afuera hace frío o calor, llueve, las voces aferran caligráficos acentos. Afuera es la vida.
En el mercado, el verdulero saluda a Eduardo y le pregunta por Eva, le da la medida justa de tomates que necesita, receta un remedio de la abuelita para el ardor de estómago, exhibe los olores impúdicos de las frutas maduras. En el super o el hiper las normadas bandejitas pesan igual para todos los clientes, el plástico transparente no impide que el tenue perfume a desodorante de ambientes sea el mismo en la sección de carnes que en la de pescado. Y adentro nunca sabrás si afuera nieva o el sol derrite el asfalto, si a media cuadra hay un mendigo que expone las llagas de las piernas al sol, si acaso penden banderas de los balcones. Desde adentro, se puede intentar que el afuera no exista.
Lo bueno es que el subte salga directamente en el shopping, que el taxi nos deje justo en la puerta, que no se cuele ninguna brizna de pasto y nos desarregle el peinado. Ah la epifánica felicidad de no ser, estar invisiblemente, confundirse. Y mirar, sin asombro, los mismos objetos, las mismas marcas en todos los escaparates. Sin sentir miedo ni horror.
El maravilloso éxtasis de estar en un no lugar, es decir no estar, no ser, dejar de haber sido.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
Agenda on line
Una ciudad
Grande como un país
sumergida en el aire
infectada de tránsito
mercado y afanes
violación de espacios
narcodólar
así
vagando
desde la niebla de lo increíble
peinada maquillada
con documento de decencia
desde lo periférico
con visitas de excelencia
o variopintos aliados
una ciudad
grande como un país
sostenida sobre las espaldas
de antiguos dioses obreros
una ciudad de ascetas
resistiendo a los fondos buitres
meditando
en la disparidad del dólar
o en la caída de algunos fondos
una ciudad como un país
con canales de participación
unión y voluntad
memoria
voto
alianzas políticas
pactos de no agresión
balances de gestión incorrectos
matirizada por líderes de temple
una ciudad
una entidad
en emergencia hídrica
agropecuaria
sanitaria
judicial
pelándose los codos y las horas
por un desarrollo armónico sustentable
una ciudad
crisol de colectividades
con libertad de expresión
tolerancia religiosa
con genómica
proteómica
comida
una vestal
con potencialidades
semiocultas:
los docentes tienen miedo
los padres no saben qué hacer
sacerdotes confusos
confusión esperanza confusión
esperando quizás
por otro siglo de las luces
virtualmente.
Una ciudad
que sueña adolescente
que escribe y borra con sudor
que planea sobre el tablero
las líneas de su legado aborigen
y emigrante
su arquitectura divina.
Víctor M. Falco
vittoriofa9@hotmail.com
el arca de la infancia
[para leer con los chicos]
Trompada
Hubo una época en que a la gente no se le había ocurrido poner luz en la calle. Luz había en la casa. Afuera todo estaba oscuro y, para alumbrarse, cada uno se las arreglaba como podía. Unos llevaban faroles, otros, una especie de teas y, otros, sencillamente, un pedazo de vela en el bolsillo.
Andar por las calles era una aventura. En Madrid, por ejemplo, allá por el año 1730, las calles no estaban empedradas y, cuando llovía, se formaba barro que le llegaba a la gente a la rodilla. Además, en las casas no había agua corriente ni baños y la gente hacía lo que todo el mundo hace varias veces al día, en un gran recipiente que ponían arriba de todo, en el granero.
Ese recipiente, que se llamaba bacín, al finalizar el día estaba cualquier cosa menos vacío y cuando llegaba la noche, había, claro, que vaciarlo.
Al bacín lo vaciaban en la calle. Así como les digo.
Agarraban el bacín entre dos y, desde la puerta de la casa, o a lo mejor desde la ventana, gritaban: ¡Agua va! y tiraban lo que había adentro del bacín a la calle.
Como estaba oscuro no veían si había gente, y como querían –me imagino– terminar cuanto antes con ese trabajito, tampoco se fijaban mucho si había alguien. Y así era como a veces el contenido del bacín le caía encima a alguno.
Y ahí no terminaban las desgracias. No era nada raro que dos que caminaban en esa oscuridad quisieran pasar por el mismo lugar y a la misma hora pero en direcciones distintas y se pegasen un tremendo golpe uno contra otro.
No sé si ustedes se fijaron, pero de todos los golpes que uno puede darse cabeza contra cabeza con otra persona, el peor es el que uno se da en las narices. Es terrible cómo duele la nariz. Duele tanto que da la impresión de ser mucho pero mucho más grande. Parece que en vez de ser una nariz fuese una trompa de elefante.
Y fue justamente porque los golpes dados de frente hacían doler las narices chiquitas como si fuesen trompas grandes que la gente empezó a llamar trompazos a los golpes que se daban nariz contra nariz y llamó después trompada a cualquier golpe violento que una persona daba a otra..
La gente que quiso vivir un poco mejor, un día empedró las calles, otro día inventó sistemas de agua corriente y otro día puso faroles en los frentes de las casas. Así terminó el barro, la suciedad y los trompazos en la calle. Las trompadas, por desgracia, no terminaron. Hay gente que sigue pegando trompadas como si les gustara vivir en la época del barro, los bacines llenos y la oscuridad.
Gloria Pampillo
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Corazón urbano
Gente en la calle
siguiendo el sol,
pucha, qué hermoso es vivir.
Quiero sacar mi mejor canción
como una oración.
Otra ciudad,
otro yo, tal vez.
Ojos que miran sin ver,
quiero bañar en la luz del sol
lo que siente hoy este corazón urbano.
¿Quién pisará esta tierra
en el diez mil catorce?
¿Quién dormirá en la plaza Colón?
¿o es que no habrá cirujas?
Los que conducen
sin dirección
y el vecindario sin fe.
Cada cartel sonriéndose
parece burlarse de este sentir.
Y pese a todo
la vida va
hembras, hombres con sed.
Hay que seguir
buscando el lugar
para la expresión
de nuestra esperanza...
urbana... urbana.
Horacio Sosa
del disco Cordobeses, 2007
Otro sueño que despierta
> Así es. El día 23/11/2007 EL ARCA del Sur, Palabras & Músicas de este lado del mundo, un nuevo proyecto nacido a partir de esta revista, abrió su puerta para propiciar encuentros, para hacer más visibles los trabajos de tantos artistas que producen de manera independiente o mediante editoriales y discográficas alternativas, y acercarlos a todos los que buscan más allá de lo que ya ofrece la publicidad masiva.
Y, más acá de los riesgos que conlleva esta aventura, el comienzo ha sido alentador. Una propuesta diferente que interesa, precios muy accesibles, y la creciente difusión boca boca lo hacen posible.
Nuestro local está en Irigoyen Freyre 2935, abierto de lunes a viernes entre las 17 y las 21, y los sábados de 9 a 13. Ahí te esperamos. <
Alejandro Alvarez Durante
responsable de EL ARCA del Sur
¿Qué es lo que hay?
> Hasta el momento, y a pocas semanas de la apertura, disponemos de un Catálogo inicial de alrededor de 220 títulos diferentes, entre Libros y Discos compactos, más algunas otras cosas.
En Literatura la variedad incluye Poesía, Cuento, Novela y Ensayo. Muchos de los libros son ediciones de autor, individuales o cooperativas, y otros corresponden a pequeñas editoriales. Contamos, además, con los títulos del catálogo de la Editorial Municipal de Rosario, siendo hasta ahora su único punto de venta en la ciudad de Santa Fe.
Estos -entre otros- son los autores que actualmente pueden encontrarse en nuestro local:
Poesía: Ada Torres, Aldo Oliva, Alejandra Gianello, Alicia Límido de Ballante, Arturo Fruttero, Carlos Busignani, Carlos Piccioni, Daniel Pérez, Edith Caliani de Villordo, Emilia Bertolé, Enrique Diego Gallego, Felipe Aldana, Francisco Gandolfo, Francisco Garamona, Gabriela Saccone, Graciela Maturo, Héctor M. Rotger, Horacio C. Rossi, Irma Peirano, Leonardo Martínez, María Amelia Schaller, María Beatriz Bolsi, María Cristina Pepe, María Lanese, Marta Castellano, Miguel Angel Gavilán, Nelly Alicia Fournier, Oscar A. Agú, Roberto Aguirre Molina, Roberto D. Malatesta, Rubén Manfredi, Sergio Ferreira, Sergio Gioacchini, Sergio Messing, Sonia Scarabelli.
Cuento: Ada Donato, Adrián Escudero, Alfredo Di Bernardo, Delia Crochet, Gregorio Echeverría, Jorge Barquero, Jorge Barroso, Jorge Riestra, Marcela Atienza, María del Pilar Rodríguez, Osvaldo Barbieri, Pablo Solomonoff, Patricia Severín.
Novela: Alfredo Di Bernardo, Alicia Barberis, Beatriz Vignoli, Cecilia Muruaga, Horacio C. Rossi, Marcelo Fiorentino, Patricio Pron, Rubén Tron
ENSAYO - NO FICCIÓN: Alicia Barberis, Amalia Pati, Ana Emilia Lahitte, Claudio Chiuchquievich, Héctor M. Rotger, Horacio Lapunzina, Jorge Cadús-Facundo Toscanini, Miguel Angel Gavilán, Nora Didier de Iungman, Olga Cosettini, Osvaldo Aguirre, Uberto Sagramoso.
También está presente la HISTORIETA, hasta ahora en formato de CD interactivo, con trabajos de Raúl Viso.
En Música, la diversidad abarca las múltiples variantes de Folclore argentino y latinoamericano, Jazz, Tango, Rock, Pop, música Coral y de Cámara. Aquí las producciones independientes comparten espacio con los catálogos de discográficas alternativas como Shagrada Medra, Blue Art, Ediciones UNL y Editorial Municipal de Rosario, entre otras. Estos son los primeros grupos y solistas disponibles:
ROCK - POP - CANCIÓN URBANA: Adrián Abonizio, Ariel Borda, Sergio Korn, Horacio Sosa, Espíritu salvaje, Esteban Sesso, Ethel Koffman, Francesca Ancarola, Inés Cervera, Jorge Fandermole, Keyser Soze, La Data, La Gota, La Montecarlo, La Santa Fe Blues Band, Laura Suárez, Los Ranser, Los Sucesores de la Bestia, Mundo Bizarro, Myriam Cubelos, Pedro Reñé, Quartet Concept, Sandra Corizzo, Tonelada.
FOLCLORE ARGENTINO Y LATINOAMERICANO: Aca Seca Trío, Adrián Monzón, Aníbal Sampayo, Carlos Aguirre, Carlos Pino, Carlos Speciali, Carlos Zelko, Cecilia Giménez, Coqui Ortiz, Diana Baroni Trío, Eduardo Isaac, Ernesto Méndez, Ernesto Snajer Grupo, Escaramujo, Exequiel Ricca, Guillermo Ibáñez y Tren de Almas, Walter Heinze, Pablo Ascúa, Luis Barbiero, Horacio Castillo, Jorge Jewsbury, Julio Migno, La Chirlera, Lilián Saba, Lula Fernández, Macchi-Bolzani-Silva, Mario Baroni, Martín Sosa y los Replicantes, Matías Marcipar, Ana Suñé, Patricia Barrionuevo, Natalia Pérez, Nilda Godoy, Micaela Piccirilli, Norma Sarmoria, Presenta Trío, Ramiro Escobar Blázquez, Romina López, Rubén Carlini, Silvia Góngora, Silvina López, Valeria Navarro, Wagner-Taján Dúo.
JAZZ Y FUSIÓN: Banda Hermética, Cinegraf, Daniel Martina, Ernesto Jodos, Hierbacana, Jorge Bravo, Jorge Migoya, José Reinoso, La Revancha, Negras Musas, Paula Shocron, Rocamadour, Rubén “Chivo” González, Rumble Fish, Santa Fe Jazz Ensamble, Sirimarco-Suárez-Trillini.
TANGO: Antonio Ríos, Eduardo Rovira Trío, Enrique Gule, Fernando Tell, Omar Torres, Orquesta de Cámara, Ramiro Gallo Quinteto, Marianne, Valei, Luciana Tourné, Valentina Fernández, La Bordona y otros.
MÚSICA CORAL: Coro Juvenil de la Escuela Almirante Brown.
MÚSICA DE CÁMARA: La Sociedad de los 5 Vientos y otros.
Además contamos con algunas producciones en DVD, como el cortometraje documental El Arca del Sur, de Mónica Russomanno, Rodolfo Gómez y Guillermo Marotte, varios trabajos del Taller de Cine y Video de la Universidad Nacional del Litoral, y el DVD de la Santa Fe Jazz Ensamble En concierto.
Pero eso no es todo. También hay:
- Agendas Remolino 2008, con un contenido muy original, tapas pintadas a mano y los nombres de días y meses en 4 lenguas aborígenes.
- Duendiarios, pequeños libros artesanales realizados por Laura Storani con textos de diversos autores.
- Obras de arte en técnica mixta y pequeño formato de la artista plástica Analía Sagardoy.
- Revistas diversas, como la Eh! Agenda Urbana, Cuaderno Carmín, Transatlántico, El Ambientalista, Vuelos y, por supuesto, El Arca del Sur. <
reseñas > LIBROS
Lambrusco
Horacio C. Rossi
> Lambrusco es una obra extraña, sugestiva y original. Incomparable, en el sentido estricto de la palabra. Pues resulta difícil hallarle auténticos puntos de referencia para así poder catalogarla. Es una novela escrita por un poeta que no se disfraza de narrador, sino que sigue siendo poeta en cada página. A tal punto que cabría conjeturar si acaso, más que de una novela, no estamos en presencia de un extenso poema novelado. (...)
Lambrusco cuenta la historia de Victorina, una arquetípica colonia argentina. (...)
El protagonista (el Lambrusco del título) es un cronista de la vida de la colonia. Camina, observa, escucha. Y, sobre todo, anota. Testigo privilegiado, intenta plasmar sobre el papel ese mundo que lo fascina y obsesiona. (...) Si algún rótulo le cuadra a Lambrusco, tanto por su forma como por cierto contenido que el autor libera entrelíneas, es el de ser una obra profundamente subversiva. <
del prólogo de Alfredo Di Bernardo
Obra: Lambrusco
Autor: Horacio C. Rossi
Editorial: Edición del Autor
Año: 2003
Cantidad de páginas: 352
Precio: $ 19.-
reseñas > AUTORES
Jorge Fandermole
> Autor, compositor, intérprete y docente de música; nació en Pueblo Andino, provincia de Santa Fe, en 1956.
Comenzó a componer en su juventud y durante los '80 formó parte del movimiento informal de creación y producción musical conocido como Trova Rosarina.
En 1982 comenzó a actuar como solista cantando sus propias canciones. En 1983 grabó su primer disco. Tiene seis discos solistas editados. Ha participado en otros dos como integrante de conjuntos y en una antología de intérpretes santafesinos.
Junto a otros músicos fundó en 1988 la Escuela de Músicos de Rosario; proyecto educativo, de creación y de producción artística basado en las expresiones musicales populares.
Reacio a la limitación que imponen las definiciones de género dentro de la canción y partidario de la multiplicidad de lenguajes, su producción compositiva integra elementos de las diversas formas de la canción urbana y rural de Argentina.
Sus canciones han sido interpretadas y grabadas por Mercedes Sosa, Suna Rocha, Juan Carlos Baglietto, Ana Belén, Carmina Canavino, Silvina Garré, Liliana Herrero, Silvia Iriondo, Silvia Lallana, Juan Quintero y Luna Monti, Ethel Koffman, Miriam Cubelos, Claudio Sosa, Juan Juncales, Guadalupe Farías Gómez y otros.
Sus discos Navega (2002) y Pequeños Mundos (2005) estuvieron nominados para los premios Gardel y se encuentran entre los cds más vendidos en nuestro local.
Es actualmente docente en la Escuela Municipal de Música J. B. Massa de la ciudad de Rosario.
Entre sus proyectos inmediatos figura la edición de un disco en vivo compartido con Carlos Aguirre. Está, además, preparando una antología de canciones del repertorio de sus primeras ediciones y un nuevo disco de canciones inéditas.
Jorge Fandermole vino a mediados de diciembre a conocer personalmente nuestro local –traído por otro talentoso músico, Martín Sosa– y nos dejó la grata impresión de ser un tipo sencillo, inteligente y sensible, confirmando plenamente todo aquello que uno puede percibir escuchando su música. <
Más información en:
www.jorgefandermole.com.ar
El verdor, la madurez
y lo marchito
son el tiempo
de las aguas
distintas
y las mismas;
y nada nace
ni muere,
pareciera;
todo gira,
gira
y se rehace,
en las horas
y los días
de la eternidad
efímera.
Eduardo Dalter
Canciones olvidadas
Ediciones Recovecos, 2006
cuadcarmin@hotmail.com
Una marca, un recuerdo
Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido. Y después, a los sesenta, setenta, un año pasa muy rápido, y a los cien, más todavía. Los años pasan cada vez más rápido, y a los mil años, un año pasa como si fuera una semana, un día. Es una noción interna.
Todo pasa rápido, y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando buscamos la Vía, cuando queremos practicarla, despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío”. Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.
Eugenia Bertone
eugeniabertone@hotmail.com
Mi vivienda es la mano
donde mueren todos los relámpagos,
hontanar de todos los ríos
y madre de las músicas naturales...
Trato en vano de capturar siquiera
la luz o el calor, la humedad o,
simplemente, cualquier canto...
Amo en vano bajo soles y lunas,
sobre planetas llenos de gentes vacías.
Amo en medio de la soledad,
perfumado de verdes cristalinos,
habitado por deseos cálidos, simples...
La mano sostiene un gran azulejo celeste:
es el cielo que reposa su color.
Y le da de beber...
Y le da de beber mi vida.
Y cada dedo mío es un pezón para el cielo
que baja de tarde en tarde...
Y es azul azul mi cielo cielo...
Aquí estoy, tratando de capturar calor y vida.
Como mano, soy más lenta que el relámpago.
Soy el ciego hontanar, el padre que todo río olvida...
Herido sin retribución
vibro mi pena
y la gente siente que algo suyo anda en el aire...
Sin más movimiento que el impuesto
por la cicatrización de las heridas,
distraigo vectores en todo sentido.
Tengo planetas por todas partes de mi cuerpo...
Me hurgo en los bolsillos. Aparece
un planeta, luego otro, y otro más.
Mi mano se llena de ellos.
Se entintan.
Se inscriben en un papel...
Aveces, apenas tengo tiempo para vibrar mi pena....
Tiempo. ¿Tiempo?. Tiempo.
Tiempo de estar con mis amigos.
Nos damos las manos.
Mis manos y sus manos.
Mis planetas y sus planetas.
Órbitas convergentes y órbitas divergentes...
Y la conversación diversa del hombre
tienta explicar la soledad del mundo...
Tumba de relámpagos,
vertiente y culpable de la música,
adivinando qué podría suceder,
no lo puedo negar:
me gustaría ver un día
a todos los planetas siendo sólo uno...
Pienso que será entonces el tiempo
de habitar el poema
a través del cual se justifica el universo.
Horacio C. Rossi
Del Actas (1972/3/4), inédito
terrazio@ciudad.com.ar
Las edades
Un niño no es un hombre hasta que no puede cargar a su padre en sus espaldas. Eso dijo un chino, y sabemos que los orientales dicen muchas cosas con una frase tejida en apretada urdimbre.
La niñez acabó cuando surgió la urgencia de tener una personalidad. La adolescencia terminó cuando la casa y la comida me las proporcionó mi propio trabajo. La juventud feneció cuando cargué a mi padre en hombros. Entonces fue la adultez.
Las edades de la vida no responden a los solsticios. A algunos les sucede el invierno cuando sus coetáneos están aún nadando en los lagos del verano, otros se niegan a reconocer que llegó la temporada del frío, y continúan vistiendo los pantalones cortos cuando la nieve cayó sobre sus cabezas.
Recuerdo el temor y el azoramiento ante esas cosas que hacía la gente grande. Ir a los bancos, hacer trámites, tomar decisiones, afrontar espantos como las salas de los sanatorios y las discusiones con funcionarios. Eso jamás me iba a pasar. Nunca podría, yo, realizar esas sorprendentes actividades.
Hube, sin embargo, de alzar del suelo el cuerpo de mi padre. Transité sanatorios, postergué mis miedos y me hice fuerte porque lo requería mi responsabilidad. Y aquello que me infundía pavor fue lo cotidiano. Crecer o envejecer, no importa cómo nombremos la actitud de madurar.
Llevaré los crayones en los bolsillos, no renunciaré al asombro ni al temblor. Pero no será tristeza, será orgullo sentir el peso de mis mayores y saber que puedo marchar con esa carga y la magnífica alegría de ser soporte en los vendavales.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
Maravilla
Adentrado mi andar en darme cuenta,
súbitamente en ciernes, noticiaba
su aviso entre difusas avanzadas
la imprevista señal de la advertencia.
¿Qué advertencia; qué anuncio avizoraba
con la aseveración de una sentencia
mi sensibilidad, en la inminencia
del acontecimiento que anonada?
Enterábame a tientas del aviso
perplejándome, sosteniendo en vilo
mi aliento, que ante sí lo presentía.
Y fue venir de siempre a espabilarme
que todo es siempre y, como nunca antes,
en cada siempre espié la maravilla.
Un hombre se manifiesta y transcurre como habitante de su propio siempre.
Convive con otros en el intercambio de siempres que cada uno describe como de todos, dando por sentada la omnipresencia de su siemprecidad.
La memoria no puede establecer un comienzo de esa noción. Aunque agregue eslabones a la cadena, cada nuevo eslabón tiene un lugar definido y único de enganche o significación para cada uno de los siempres en vínculo.
Un hombre de las cavernas y un hombre cibernético, un esquimal y un beduino, un moribundo y un infante, cada cual refiere a su siemprecidad como si no fuese posible que no fuese la misma para todos. Todo lo diferente que venga a ocurrir de aquí en más no alterará la pansiquicidad ilusoria en la que cada uno estableció su residencia, sin poder recordar momento o instancia de comienzo, lo que le permitiría reconocer que su siemprecidad no es común a todas y que, por algún motivo, en algún momento eligió su particular noción de siempre.
Uno es su continuidad psíquica; uno es su siemprecidad; uno es según cómo se refiere a lo que todos entienden por siempre.
La noción de siempre es el flujo del tiempo cristalizado en nuestra psiquis.
Esa cristalización es una elección vinculante en la que queda atrapada nuestra voluntad, nuestra sensibilidad y nuestra razón (si cabiera dividir lo que, de hecho, actúa en bloque). El libre albedrío del que disponemos es esclavo de lo que esa cristalización nos permite ver. La verdadera libertad es liberación de la jaula de nuestra mirada. La verdadera relación es la relación con nuestra mirada. Carente de esa libertad, y de esa relación, el albedrío elige según su siemprever. Toda elección debe garantizar la continuidad ininterrumpida del siempre. Aún una persona que padeciese amnesia severa, puesta en la situación de optar entre dos posibilidades, no dejaría de actuar en forma similar a la persona que fue antes de perder la memoria. La noción de siempre es mucho más atávica que la memoria reciente o superficial. La noción de siempre es la ecuación que hace el yo al preguntarse de dónde viene y cuál es su dirección. El yo de cada uno va del siempre al siempre de cada uno. El siempre es la apropiación que el yo hace del tiempo, sin el cual, a su vez, el yo sería inconcebible. El tiempo no existe independiente del “yo”. El tiempo del yo, si cabiera hablar de ellos por separado, es nuestra siemprecidad.
Lo que hace que, a pesar de tal apropiación exclusiva del tiempo, no vivamos ensimismados en cada siemprecidad, es el lenguaje. Las palabras hacen el promedio de todas las ecuaciones yo+tiempo y sostienen la ficción que llamamos realidad o cordura. Hoy día es demodé hablar de “normalidad”, pero cualquier persona acusa recibo cuando alguien no se conduce “con normalidad”, o sea, cuando se sitúa fuera de lo acordado tácitamente en el lenguaje por toda la variedad de siemprecidades en vínculo. Mi siempre puede confiar en tu siempre, no es amenazado por él, no constituye momentáneamiente un peligro. Por lo tanto, me agradas y te quiero. O he dejado de quererte porque no actúas como siempre.
Aún pensando en el lenguaje, el lenguaje mismo, la lengua materna, forma parte del siempre acordado, ya que se piensa según las pecualiaridades del idioma.
El idioma tejido por las siemprecidades en vínculo constituye una cultura. El idioma no pemanece estable, porque las siemprecidades confrontadas con cambios tecnológicos, ambientales, o de cualquier orden, obligan a modificar expresiones. Al cambiar la forma de proteger la siemprecidad en riesgo, decimos que cambia la forma de pensar, pero no hay tal cambio. Un idioma –y sus cambios– es un cierto modo de preservar la idea de que hay un siempre común para el grupo que lo habla.
Hubo movimientos, en la historia del arte de occidente, que entrevieron este escamoteo del instante inédito por el siempre seguro. Buscando un instante pleno que eludiera la abrumadora dictadura del siempre, cayeron en la cuenta que debían subvertir el lenguaje, reductor a común denominador. Así nació el Dadaísmo, inspirado por el rumano Tristán Tzará, precursor del Surrealismo, quien, liderado por la fogosidad de André Breton, toma por los años '30 las banderas de una revolución que quiso ser ontológica, cuya pretensión era cerrar filas junto al marxismo y el psicoanálisis. Sin embargo, lejos estaban los marxistas y los discípulos de Freud de arriesgar su plafond científico en aras de un cuestionamiento que, llegado el caso, explorando más allá de los bordes canónicos, los pondría en aprietos. Freud tenía problemas en su frente interno, lidiando con discípulos díscolos y brillantes como Carl Jung, que emparentó el análisis con el campo esotérico y Wilhem Reich, quien profesando la fe marxista, no pudo evitar que su diagnóstico radical acerca de la raíz antisomática y sexorepresiva del facismo, lo llevara a comulgar inadvertidamente con las ideas milenarias del tantrismo acerca del cuerpo y adoptar finalmente una militancia mística que la academia y el stablishment intelectual de marxistas y freudianos no podían tolerar más que la derecha ultraconservadora que lo confinó en la cárcel.
Así las cosas, no sorprende la sordera de Freud hacia Breton. Freud no entendió adónde quería llegar el surrealismo, aunque Breton propugnaba un arte poético que conmoviera el “siempre” del lenguaje formal. El surrealismo quería redescubrir la chispa de lucidez que había debajo de la capa represiva del conciente. Y en tanto que Wilhem Reich aseguraba que esa lucidez yacía bajo capa tras capa de la “coraza caracterológica” y que la terapia debía apuntar a disolver la inercia muscular forjada tras siglos de represión orgásmica –“quien toca al cuerpo toca al inconciente”–, Bretón urgaba en la cantera de los sueños y las asociaciones automáticas. En la palabra y el cuerpo estaba, sin duda, la llave maestra al laberinto del inconciente. Lacan, quien fundó escuela, no podía concebirlos por separado. Las palabras y el cuerpo estaban entretejidos en una trama indisoluble.
El Mayo francés de 1968 fue la última eclosión, esta vez multitudinaria, de todo este malestar que quería sacudir la policía interior de los mandatos sociales. Jamás había registrado la historia semejante despropósito: una revolución que anteponía la inspiración a la organización; que planteaba preguntas en vez de recetas. Tal vez fue el canto del cisne de una revuelta sísmica que venía incubándose desde muchas corrientes dispersas.
Después de todo, que es la carga de siemprecidad lo que nos impide ver la maravilla constante, es el diagnóstico invariable de toda una pléyade de inconformes que reúne a William Blake, Thoreau, Krishnamurti y tantos otros que, sin distingo de siglos y culturas, destapan de tanto en tanto, las fosas del miedo.
El fracaso del Mayo francés dejó la evidencia, por si no la hubiera, de que la revolución propugnada no era viable en términos de proselitismo o poder de número. Por el mismo motivo, tampoco era viable el surrealismo, que acabó en lo menos deseado por su fundador: un modo estético alternativo de los tantos que jalonaron el cuello de botella del siglo XX.
El psicoanálisis convertido en terapia adaptable; el surrealismo devenido algo más; el oriente milenario vuelto orientalismo californiano, desmedulado en formato New Age; el revival anarquista al estilo Michel Foucault o Jean Baudrillard, que fortalecen el síntoma al mostrar el control policíaco como una fatalidad exterior; son algunos de los nudos que muestran el error de los que pretenden que la lucidez, la metanoia o el segundo nacimiento pueden incubarse en otra matriz que no sea la “soledad sonora y la música callada” 1A como lo supo Jesús antes del cristianismo y Buda antes del budismo.
No se puede acceder a un fin yendo por el medio que lo contradice. Todos los medios contradicen el fin cuando se pretenden continuadores del principio. El principio y el fin, el alfa y el omega son lo mismo. No hay medio entre ambos. Sólo lo semejante conoce a lo semejante. No hay proceso –ni mucho menos “progreso”– en el hacer por ser. Hacer por Ser no es hacer hacia un fin que pueda preverse o predecirse. Se hace por Ser, como enseñara Nicolás de Cusa, cuando se reside en la “docta ignorancia” –exactamente al revés de nuestra actual “ignorancia ilustrada”– o, como lo enseña Eckhardt, cuando se reside en el desasimiento de todo lo que damos por conocido –sobre todo la idea de Dios– 1B. La maravilla es la disolución del “siempre” coagulado. Y el siempre se disuelve cuando se lo mira y uno no deja de reírse de haber dado algo por propio o adquirido, cuando uno confronta la desproporción entre lo que proyecta y lo que puede, entre la palabra convencional y la realidad. Quien puede reconocer esa zona infranqueable y soportar la presión corrosiva de la mentira radical en la que se fundan nuestros optimismos cómplices, quien aun con todo eso no se concede la falsa opción del pesimismo victimizante; quien en vez de la desconfianza paranoica acepta el reto de ver al otro, a cada otro, como la interpelación de ¿quién vive en mí? y nunca da por resuelta esa pregunta; ese que, en virtud de lo anterior no es propiamente un “quien”, un quien afirmado, sino más bien un ¿quién dice quién?, un quien auto interrogado, tiene acceso a la visión de “un mundo en un grano de arena” (según W. Blake), ya que el “siempre” ha sido obturado en su maniática y vetusta solidez.
A partir de ahí, ninguna expectativa del siempre por lo inminente en ciernes puede distraer la atención de esto que ahora mismo viene dándose: la intersección del devenir y el advenir.
La maravilla es advertible por un ojo que no espera otra cosa que lo que se da, pero en vez de conformarse con verlo como cosa de siempre, ve la totalidad del siempre capturada en la cosa. Es como decir que siempre se puede estar viendo lo mismo, pero lo mismo nunca es lo de siempre. No es conformismo pensar que la realidad no necesita ser transformada según el ver o la perspectiva del siempre, –que cambia algo para que nada cambie–. No hay otro cambio necesario –y efectivo– que la transformación que el sujeto haga de su visión, y desde ahí, como no hay ver sin actuar, lo abarcativo o restrictivo de nuestra visión dará la cobertura o el alcance de nuestra acción. No se trata de sumar miradas sino de asumirse en lo que se mira, suspendiendo las categorías estrechas del juicio. Dicen que Leonardo se quedaba largo tiempo absorbido en los relieves que habían formado, aleatoriamente, a través de los siglos, los escupitajos de los que pasaban ante un muro. Igualmente se cuenta la anécdota de que Jesús pasaba ante un perro muerto lleno de moscas, al que todos esquivaban por la imagen y el hedor y él, deteniéndose maravillado dijo “— Miren sus dientes, brillan como perlas”.
1A–1B Estas expresiones pertenecen a quienes cultivaron lo que se dio en llamar la “Vía Apofática”: perseverancia en la búsqueda con el previo reconocimiento de nuestra radical desvalidez cognitiva, lo que despierta el saber infuso. Juan de la Cruz, Nicolás de Cusa, Eckhardt son, entre muchos otros, sus exponentes. Juan de la Cruz la sintetiza del siguiente modo: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes./ Para venir a lo que no gustas,/ has de ir por donde no gusta./ Para venir a lo que no posees,/ has de ir por donde no posees./ Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres... Para venir a saberlo todo,/no quieras saber algo en nada./ Para venir a gustarlo todo,/ no quieras gustar algo en nada./ Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada./ Para venir a serlo todo,/ no quieras ser algo en nada.
Héctor Martín Rotger
www.hectormartinrotger.com.ar
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
El sueño
Con ocho horas de sueño,
si vives sesenta años
te pasas veinte durmiendo.
¡Veinte años! Sería bueno
que en las horas que no duermas
te cuides de estar despierto.
José Sebastián Tallon
Las Torres de Nuremberg
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Cada día del año es un regalo que se ofrece a un solo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de este para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué trivialidad va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada.
Vladimir Nabokov
El Elfo Patata (fragmento)
y lo marchito
son el tiempo
de las aguas
distintas
y las mismas;
y nada nace
ni muere,
pareciera;
todo gira,
gira
y se rehace,
en las horas
y los días
de la eternidad
efímera.
Eduardo Dalter
Canciones olvidadas
Ediciones Recovecos, 2006
cuadcarmin@hotmail.com
Una marca, un recuerdo
Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido. Y después, a los sesenta, setenta, un año pasa muy rápido, y a los cien, más todavía. Los años pasan cada vez más rápido, y a los mil años, un año pasa como si fuera una semana, un día. Es una noción interna.
Todo pasa rápido, y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando buscamos la Vía, cuando queremos practicarla, despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío”. Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.
Eugenia Bertone
eugeniabertone@hotmail.com
Mi vivienda es la mano
donde mueren todos los relámpagos,
hontanar de todos los ríos
y madre de las músicas naturales...
Trato en vano de capturar siquiera
la luz o el calor, la humedad o,
simplemente, cualquier canto...
Amo en vano bajo soles y lunas,
sobre planetas llenos de gentes vacías.
Amo en medio de la soledad,
perfumado de verdes cristalinos,
habitado por deseos cálidos, simples...
La mano sostiene un gran azulejo celeste:
es el cielo que reposa su color.
Y le da de beber...
Y le da de beber mi vida.
Y cada dedo mío es un pezón para el cielo
que baja de tarde en tarde...
Y es azul azul mi cielo cielo...
Aquí estoy, tratando de capturar calor y vida.
Como mano, soy más lenta que el relámpago.
Soy el ciego hontanar, el padre que todo río olvida...
Herido sin retribución
vibro mi pena
y la gente siente que algo suyo anda en el aire...
Sin más movimiento que el impuesto
por la cicatrización de las heridas,
distraigo vectores en todo sentido.
Tengo planetas por todas partes de mi cuerpo...
Me hurgo en los bolsillos. Aparece
un planeta, luego otro, y otro más.
Mi mano se llena de ellos.
Se entintan.
Se inscriben en un papel...
Aveces, apenas tengo tiempo para vibrar mi pena....
Tiempo. ¿Tiempo?. Tiempo.
Tiempo de estar con mis amigos.
Nos damos las manos.
Mis manos y sus manos.
Mis planetas y sus planetas.
Órbitas convergentes y órbitas divergentes...
Y la conversación diversa del hombre
tienta explicar la soledad del mundo...
Tumba de relámpagos,
vertiente y culpable de la música,
adivinando qué podría suceder,
no lo puedo negar:
me gustaría ver un día
a todos los planetas siendo sólo uno...
Pienso que será entonces el tiempo
de habitar el poema
a través del cual se justifica el universo.
Horacio C. Rossi
Del Actas (1972/3/4), inédito
terrazio@ciudad.com.ar
Las edades
Un niño no es un hombre hasta que no puede cargar a su padre en sus espaldas. Eso dijo un chino, y sabemos que los orientales dicen muchas cosas con una frase tejida en apretada urdimbre.
La niñez acabó cuando surgió la urgencia de tener una personalidad. La adolescencia terminó cuando la casa y la comida me las proporcionó mi propio trabajo. La juventud feneció cuando cargué a mi padre en hombros. Entonces fue la adultez.
Las edades de la vida no responden a los solsticios. A algunos les sucede el invierno cuando sus coetáneos están aún nadando en los lagos del verano, otros se niegan a reconocer que llegó la temporada del frío, y continúan vistiendo los pantalones cortos cuando la nieve cayó sobre sus cabezas.
Recuerdo el temor y el azoramiento ante esas cosas que hacía la gente grande. Ir a los bancos, hacer trámites, tomar decisiones, afrontar espantos como las salas de los sanatorios y las discusiones con funcionarios. Eso jamás me iba a pasar. Nunca podría, yo, realizar esas sorprendentes actividades.
Hube, sin embargo, de alzar del suelo el cuerpo de mi padre. Transité sanatorios, postergué mis miedos y me hice fuerte porque lo requería mi responsabilidad. Y aquello que me infundía pavor fue lo cotidiano. Crecer o envejecer, no importa cómo nombremos la actitud de madurar.
Llevaré los crayones en los bolsillos, no renunciaré al asombro ni al temblor. Pero no será tristeza, será orgullo sentir el peso de mis mayores y saber que puedo marchar con esa carga y la magnífica alegría de ser soporte en los vendavales.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
Maravilla
Adentrado mi andar en darme cuenta,
súbitamente en ciernes, noticiaba
su aviso entre difusas avanzadas
la imprevista señal de la advertencia.
¿Qué advertencia; qué anuncio avizoraba
con la aseveración de una sentencia
mi sensibilidad, en la inminencia
del acontecimiento que anonada?
Enterábame a tientas del aviso
perplejándome, sosteniendo en vilo
mi aliento, que ante sí lo presentía.
Y fue venir de siempre a espabilarme
que todo es siempre y, como nunca antes,
en cada siempre espié la maravilla.
Un hombre se manifiesta y transcurre como habitante de su propio siempre.
Convive con otros en el intercambio de siempres que cada uno describe como de todos, dando por sentada la omnipresencia de su siemprecidad.
La memoria no puede establecer un comienzo de esa noción. Aunque agregue eslabones a la cadena, cada nuevo eslabón tiene un lugar definido y único de enganche o significación para cada uno de los siempres en vínculo.
Un hombre de las cavernas y un hombre cibernético, un esquimal y un beduino, un moribundo y un infante, cada cual refiere a su siemprecidad como si no fuese posible que no fuese la misma para todos. Todo lo diferente que venga a ocurrir de aquí en más no alterará la pansiquicidad ilusoria en la que cada uno estableció su residencia, sin poder recordar momento o instancia de comienzo, lo que le permitiría reconocer que su siemprecidad no es común a todas y que, por algún motivo, en algún momento eligió su particular noción de siempre.
Uno es su continuidad psíquica; uno es su siemprecidad; uno es según cómo se refiere a lo que todos entienden por siempre.
La noción de siempre es el flujo del tiempo cristalizado en nuestra psiquis.
Esa cristalización es una elección vinculante en la que queda atrapada nuestra voluntad, nuestra sensibilidad y nuestra razón (si cabiera dividir lo que, de hecho, actúa en bloque). El libre albedrío del que disponemos es esclavo de lo que esa cristalización nos permite ver. La verdadera libertad es liberación de la jaula de nuestra mirada. La verdadera relación es la relación con nuestra mirada. Carente de esa libertad, y de esa relación, el albedrío elige según su siemprever. Toda elección debe garantizar la continuidad ininterrumpida del siempre. Aún una persona que padeciese amnesia severa, puesta en la situación de optar entre dos posibilidades, no dejaría de actuar en forma similar a la persona que fue antes de perder la memoria. La noción de siempre es mucho más atávica que la memoria reciente o superficial. La noción de siempre es la ecuación que hace el yo al preguntarse de dónde viene y cuál es su dirección. El yo de cada uno va del siempre al siempre de cada uno. El siempre es la apropiación que el yo hace del tiempo, sin el cual, a su vez, el yo sería inconcebible. El tiempo no existe independiente del “yo”. El tiempo del yo, si cabiera hablar de ellos por separado, es nuestra siemprecidad.
Lo que hace que, a pesar de tal apropiación exclusiva del tiempo, no vivamos ensimismados en cada siemprecidad, es el lenguaje. Las palabras hacen el promedio de todas las ecuaciones yo+tiempo y sostienen la ficción que llamamos realidad o cordura. Hoy día es demodé hablar de “normalidad”, pero cualquier persona acusa recibo cuando alguien no se conduce “con normalidad”, o sea, cuando se sitúa fuera de lo acordado tácitamente en el lenguaje por toda la variedad de siemprecidades en vínculo. Mi siempre puede confiar en tu siempre, no es amenazado por él, no constituye momentáneamiente un peligro. Por lo tanto, me agradas y te quiero. O he dejado de quererte porque no actúas como siempre.
Aún pensando en el lenguaje, el lenguaje mismo, la lengua materna, forma parte del siempre acordado, ya que se piensa según las pecualiaridades del idioma.
El idioma tejido por las siemprecidades en vínculo constituye una cultura. El idioma no pemanece estable, porque las siemprecidades confrontadas con cambios tecnológicos, ambientales, o de cualquier orden, obligan a modificar expresiones. Al cambiar la forma de proteger la siemprecidad en riesgo, decimos que cambia la forma de pensar, pero no hay tal cambio. Un idioma –y sus cambios– es un cierto modo de preservar la idea de que hay un siempre común para el grupo que lo habla.
Hubo movimientos, en la historia del arte de occidente, que entrevieron este escamoteo del instante inédito por el siempre seguro. Buscando un instante pleno que eludiera la abrumadora dictadura del siempre, cayeron en la cuenta que debían subvertir el lenguaje, reductor a común denominador. Así nació el Dadaísmo, inspirado por el rumano Tristán Tzará, precursor del Surrealismo, quien, liderado por la fogosidad de André Breton, toma por los años '30 las banderas de una revolución que quiso ser ontológica, cuya pretensión era cerrar filas junto al marxismo y el psicoanálisis. Sin embargo, lejos estaban los marxistas y los discípulos de Freud de arriesgar su plafond científico en aras de un cuestionamiento que, llegado el caso, explorando más allá de los bordes canónicos, los pondría en aprietos. Freud tenía problemas en su frente interno, lidiando con discípulos díscolos y brillantes como Carl Jung, que emparentó el análisis con el campo esotérico y Wilhem Reich, quien profesando la fe marxista, no pudo evitar que su diagnóstico radical acerca de la raíz antisomática y sexorepresiva del facismo, lo llevara a comulgar inadvertidamente con las ideas milenarias del tantrismo acerca del cuerpo y adoptar finalmente una militancia mística que la academia y el stablishment intelectual de marxistas y freudianos no podían tolerar más que la derecha ultraconservadora que lo confinó en la cárcel.
Así las cosas, no sorprende la sordera de Freud hacia Breton. Freud no entendió adónde quería llegar el surrealismo, aunque Breton propugnaba un arte poético que conmoviera el “siempre” del lenguaje formal. El surrealismo quería redescubrir la chispa de lucidez que había debajo de la capa represiva del conciente. Y en tanto que Wilhem Reich aseguraba que esa lucidez yacía bajo capa tras capa de la “coraza caracterológica” y que la terapia debía apuntar a disolver la inercia muscular forjada tras siglos de represión orgásmica –“quien toca al cuerpo toca al inconciente”–, Bretón urgaba en la cantera de los sueños y las asociaciones automáticas. En la palabra y el cuerpo estaba, sin duda, la llave maestra al laberinto del inconciente. Lacan, quien fundó escuela, no podía concebirlos por separado. Las palabras y el cuerpo estaban entretejidos en una trama indisoluble.
El Mayo francés de 1968 fue la última eclosión, esta vez multitudinaria, de todo este malestar que quería sacudir la policía interior de los mandatos sociales. Jamás había registrado la historia semejante despropósito: una revolución que anteponía la inspiración a la organización; que planteaba preguntas en vez de recetas. Tal vez fue el canto del cisne de una revuelta sísmica que venía incubándose desde muchas corrientes dispersas.
Después de todo, que es la carga de siemprecidad lo que nos impide ver la maravilla constante, es el diagnóstico invariable de toda una pléyade de inconformes que reúne a William Blake, Thoreau, Krishnamurti y tantos otros que, sin distingo de siglos y culturas, destapan de tanto en tanto, las fosas del miedo.
El fracaso del Mayo francés dejó la evidencia, por si no la hubiera, de que la revolución propugnada no era viable en términos de proselitismo o poder de número. Por el mismo motivo, tampoco era viable el surrealismo, que acabó en lo menos deseado por su fundador: un modo estético alternativo de los tantos que jalonaron el cuello de botella del siglo XX.
El psicoanálisis convertido en terapia adaptable; el surrealismo devenido algo más; el oriente milenario vuelto orientalismo californiano, desmedulado en formato New Age; el revival anarquista al estilo Michel Foucault o Jean Baudrillard, que fortalecen el síntoma al mostrar el control policíaco como una fatalidad exterior; son algunos de los nudos que muestran el error de los que pretenden que la lucidez, la metanoia o el segundo nacimiento pueden incubarse en otra matriz que no sea la “soledad sonora y la música callada” 1A como lo supo Jesús antes del cristianismo y Buda antes del budismo.
No se puede acceder a un fin yendo por el medio que lo contradice. Todos los medios contradicen el fin cuando se pretenden continuadores del principio. El principio y el fin, el alfa y el omega son lo mismo. No hay medio entre ambos. Sólo lo semejante conoce a lo semejante. No hay proceso –ni mucho menos “progreso”– en el hacer por ser. Hacer por Ser no es hacer hacia un fin que pueda preverse o predecirse. Se hace por Ser, como enseñara Nicolás de Cusa, cuando se reside en la “docta ignorancia” –exactamente al revés de nuestra actual “ignorancia ilustrada”– o, como lo enseña Eckhardt, cuando se reside en el desasimiento de todo lo que damos por conocido –sobre todo la idea de Dios– 1B. La maravilla es la disolución del “siempre” coagulado. Y el siempre se disuelve cuando se lo mira y uno no deja de reírse de haber dado algo por propio o adquirido, cuando uno confronta la desproporción entre lo que proyecta y lo que puede, entre la palabra convencional y la realidad. Quien puede reconocer esa zona infranqueable y soportar la presión corrosiva de la mentira radical en la que se fundan nuestros optimismos cómplices, quien aun con todo eso no se concede la falsa opción del pesimismo victimizante; quien en vez de la desconfianza paranoica acepta el reto de ver al otro, a cada otro, como la interpelación de ¿quién vive en mí? y nunca da por resuelta esa pregunta; ese que, en virtud de lo anterior no es propiamente un “quien”, un quien afirmado, sino más bien un ¿quién dice quién?, un quien auto interrogado, tiene acceso a la visión de “un mundo en un grano de arena” (según W. Blake), ya que el “siempre” ha sido obturado en su maniática y vetusta solidez.
A partir de ahí, ninguna expectativa del siempre por lo inminente en ciernes puede distraer la atención de esto que ahora mismo viene dándose: la intersección del devenir y el advenir.
La maravilla es advertible por un ojo que no espera otra cosa que lo que se da, pero en vez de conformarse con verlo como cosa de siempre, ve la totalidad del siempre capturada en la cosa. Es como decir que siempre se puede estar viendo lo mismo, pero lo mismo nunca es lo de siempre. No es conformismo pensar que la realidad no necesita ser transformada según el ver o la perspectiva del siempre, –que cambia algo para que nada cambie–. No hay otro cambio necesario –y efectivo– que la transformación que el sujeto haga de su visión, y desde ahí, como no hay ver sin actuar, lo abarcativo o restrictivo de nuestra visión dará la cobertura o el alcance de nuestra acción. No se trata de sumar miradas sino de asumirse en lo que se mira, suspendiendo las categorías estrechas del juicio. Dicen que Leonardo se quedaba largo tiempo absorbido en los relieves que habían formado, aleatoriamente, a través de los siglos, los escupitajos de los que pasaban ante un muro. Igualmente se cuenta la anécdota de que Jesús pasaba ante un perro muerto lleno de moscas, al que todos esquivaban por la imagen y el hedor y él, deteniéndose maravillado dijo “— Miren sus dientes, brillan como perlas”.
1A–1B Estas expresiones pertenecen a quienes cultivaron lo que se dio en llamar la “Vía Apofática”: perseverancia en la búsqueda con el previo reconocimiento de nuestra radical desvalidez cognitiva, lo que despierta el saber infuso. Juan de la Cruz, Nicolás de Cusa, Eckhardt son, entre muchos otros, sus exponentes. Juan de la Cruz la sintetiza del siguiente modo: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes./ Para venir a lo que no gustas,/ has de ir por donde no gusta./ Para venir a lo que no posees,/ has de ir por donde no posees./ Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres... Para venir a saberlo todo,/no quieras saber algo en nada./ Para venir a gustarlo todo,/ no quieras gustar algo en nada./ Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada./ Para venir a serlo todo,/ no quieras ser algo en nada.
Héctor Martín Rotger
www.hectormartinrotger.com.ar
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
El sueño
Con ocho horas de sueño,
si vives sesenta años
te pasas veinte durmiendo.
¡Veinte años! Sería bueno
que en las horas que no duermas
te cuides de estar despierto.
José Sebastián Tallon
Las Torres de Nuremberg
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Cada día del año es un regalo que se ofrece a un solo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de este para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué trivialidad va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada.
Vladimir Nabokov
El Elfo Patata (fragmento)

Imagen de tapa: Pablo Smerling
http://pablosmerling-dibujos.blogspot.com/
Zamba para la guagüita
Quise hacerte esta zambita
pa’que aprendas a cantar
el canto de nuestra tierra, guagüita,
la más hermosa que hay.
Quise hacerla bien sencilla
–dos o tres tonos no más–
para que puedan tus manos chiquitas
acompañarla al cantar.
Quise hacerte esta zambita, guagüita,
pa’que aprendas a cantar
que ser humilde y muy pobre, petisa,
nunca debe avergonzar
porque son pobres y humildes, guagüita,
los que amasaron tu pan.
Quise hacerte esta zambita
pa’que aprendas a soñar
con esa patria grandota, guagüita,
con que sueña tu papá,
patria sin pobres ni tristes, guagüita,
que algún día llegará.
Hay quien crece para arriba
y otros en ancho nomás,
pero hay quien crece hacia adentro, guagüita,
y es lo que debe importar,
pues si lo de adentro es grande, guagüita,
siempre tendrás para dar.
Quise hacerte esta zambita, guagüita,
pa’que aprendas a cantar,
que ser pobre y muy humilde, petisa,
nunca debe avergonzar,
pues si lo de adentro es grande
siempre tendrás para dar.
Verónica Condomí
de su disco Cielo arriba, 2001
La inocencia es una actitud que lleva consigo la visión, no la ceguera. Habría que recuperar la inocencia en la vida adulta. En la edad de 0 a 2 años es bastante fácil y en la edad parvularia es bastante factible, pero ya en la escuela esta posibilidad se empieza a desvanecer, pues las profesoras parvularias no están preparadas para mantenerla o recuperarla. La inocencia se pierde cuando la atención está puesta en la consecuencia de la acción y se empieza a vivir en el futuro, o cuando en las relaciones de exigencias se vive atendiendo a los resultados. Esto empieza a pasar ya en la educación parvularia. Los profesores de educación parvularia y de kindergarten deberían recibir una formación que les permita saber lo que está pasando con el niño y lo que pasa es que a esa edad el niño está creando su mundo.
Si el niño vive el mundo desde la exigencia, desde la pérdida de la inocencia, ese será, entonces, el mundo que el niño creará y nuestra cultura patriarcal admite y espera esa transformación. A medida que van pasando los años van apareciendo los “discursos de la esperanza” de lo que va a ser el niño, de las expectativas de los padres, de lo que la mamá o el papá esperan que haga el niño en el futuro en función de lo que ellos no hicieron. En una cultura donde es natural que el niño siga a los padres, porque se vive un dinamismo armónico con una historia de cambio temporal lento, no hay esperanzas para el futuro del niño, pues este simplemente crece en el vivir armónico en un mundo con sucesos gratos e ingratos, que son en sí respetables y, por lo tanto, no generan conflictos existenciales. En tal vivir no hay contradicción entre el presente y el futuro. Y de hecho no hay futuro como para nosotros. Si no vivo en la esperanza, no vivo en la exigencia, si no vivo en la exigencia, puedo vivir en la inocencia. El niño puede vivir en la inocencia hasta que la pierde desde la expectativa del adulto como ser centrado en la autoridad y el control por falta de confianza en el mundo natural. Si vive así, el niño o niña llega a ser un adulto socialmente responsable que hará lo que haga bien fuera de la competencia. La competencia no genera calidad en el quehacer, y cuando parece que la genera lo que pasa es que las personas actúan desde la seriedad en su acción. La competencia genera mentira y engaño. Yo pienso que es mejor que nuestros hijos crezcan matrísticos y que aprendan a ser impecables en su quehacer por autorrespeto.
Humberto Maturana
El sentido de lo Humano, 1991
música del arcanauta
Canciones de Sebastián Monk
Para cantar con chicos despiertos

Si la tradición de música infantil en la Argentina incluye nombres como los de María Elena Walsh o proyectos todavía en vigencia como los de Promúsica de Rosario, por esa senda caminan hoy músicos que aportan su sensibilidad, trabajo y compromiso para disfrute de los niños que van naciendo.
Uno de ellos es Sebastián Monk, compositor y pianista, que anclado a su experiencia como profe de música en escuelas primarias, contribuyó con 8 discos de canciones al repertorio destinado a los chicos, que también oxigena el oído de los grandes. Varios de esos trabajos recrean las temáticas de los actos escolares con letras que hablan de la patria, la bandera y los hombres de la historia desde otra mirada, sin la distancia del bronce ni la solemnidad tan arraigada en estas celebraciones.
Con ese espíritu de búsqueda de la belleza, sin dejar de hablar de los temas de siempre, Monk compuso catorce joyitas y se las presentó a músicos amigos para que las enriquezcan con sus voces y arreglos. Así surgió Nuevas canciones para niños sin sueño, donde nanas, canciones de cuna e historias que hablan de lo que ha inquietado a los chicos de todos los tiempos, encuentran cobijo en los ritmos del folclore argentino y latinoamericano.
Cecilia Todd, Silvia Iriondo y Marcos Cabezaz, Carlos Aguirre y Silvia Salomone, Luna Monti y Juan Quintero, María Elía y Diego Penelas, Guadalupe González Táboas y Pablo Tozzi, Melania Pérez, Beto Caletti, Franco Luciani, Néstor Lamónica y Patricio Bonfiglio hacen propias esas canciones y las hermosean con sus músicas, acuñadas en la delicadeza, el respeto y el amor.
Huayno para despertarse con caricias, Coplas de la abuela, Zamba del viento, Huella, la luna son sólo algunos de estos regalos con que podemos acariciar a nuestros niños. Porque, como dice Sebastián en los versos de Si es posible: “para ellos las tardes de jugar en la vereda, el cine, el circo, el sol, los elefantes. Para mí, lo que quede si es que queda, que teniéndolos felices ya es bastante”.
Gabriela Redero
shagradasantafe@yahoo.com.ar
Palabras para Julia
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía, es mejor vivir
con la alegría de los hombres,
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto,
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno,
son como polvo, no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti,
cuando te escribo estas palabras,
pienso también en otros hombres.
Tu destino está en los demás,
tu futuro es tu propia vida,
tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría,
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname, no sé decirte
nada más, pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en tí como ahora pienso.
José Agustín Goytisolo
Tortugas voladoras
Las tortugas también vuelan es un film del 2004 de un director kurdo-iraní. Si alguien había ido al cineclub a olvidarse un poco de la realidad y pasar un momento agradable, no lo debe de haber logrado. A mí no me ocurrió eso, ciertamente.
Los actores son niños que se interpretan a sí mismos; no hay efectos especiales para que al chico le falten los dos brazos, o tenga muletas y una piernita retorcida asome del pantalón. La historia es la supervivencia comunitaria de los huérfanos de Hussein en campos de refugiados, esperando que estalle la guerra.
Y los niños se ganan el sustento limpiando los campos minados para los campesinos; vendiendo luego las minas al ejército. Habría mucho para contar; como la historia de la pequeña suicida que arrastra a su hijito fruto de la violación por los mismos soldados que asesinaron a sus padres; o el liderazgo natural de esas personas llamadas por su propia naturaleza a organizar y ayudar como pueden a sus semejantes, aún con trece años.
Pero una debe hacer pie en algún aspecto, y precisamente cuando salí de la sala una terrible indignación me oprimía el pecho, pensando en esos campesinos que no se preocupaban en utilizar a los propios huérfanos de su pueblo, pequeños indefensos y haraposos, para recuperar sus sitios de labranza. Los mandaban al muere por monedas. Una indignación enorme contra los otros refugiados, adultos, que protegían a sus niños pero se desentendían totalmente de esta enorme bandada de sufrimientos minúsculos que sin embargo llenan de dolor el mundo.
Cómo nadie hacía nada por ellos. Cómo con sus pobres recursos los niños solitos debieron sobrevivir o morir o quedar lastimados para siempre. Solos en la terrible hostilidad de un universo caótico.
Lo pensaba mientras tomaba el colectivo porque hacía un frío atroz; y el viento de Santa Fe hacía rodar en la acera un pedazo de columna de concreto. No fui caminando a mi casa. No estaba la noche como para emprender esa insensata aventura.
En ese momento, cuando subía los escalones hacia la calidez iluminada del autobús, recordé (todos lo sabemos, lo difícil es recordarlo) que hay niños en las calles de mi ciudad, chicos acurrucados en portales, niños vendiendo su sexo inmaduro para lograr la moneda o el reparo, chicos con estampitas o flores, descalzos, haraposos, ignorados.
No tenemos guerra, no estamos en campamentos de refugiados. Pero los niños desheredados vagan alrededor de nuestros refugios.
Primero sentí indignación por los campesinos de Irak. Después, vergüenza por todos nosotros.
Mónica Russomanno
russomannomonica@gigared.com
mirador de las voces nuevas
Los sueños madrugados
A la escuela arrastrando una carga:
colgados, se resisten tironeando
los sueños madrugados.
Pies a tientas, los ojos apenas intuyendo;
a la escuela,
a través de la bruma que los sueños emanan.
Finalmente en la puerta se enrollan y se guardan.
Y en el patio del recreo,
sonámbulos, se sueltan
filamentos que flotan y translucen al sol
Los sueños de los niños
esperan impacientes los fines de semana
para estirarse en todas direcciones
sin límites
como fuegos artificiales desbocados.
Laura Hormaeche
lhormaeche@gigared.com
Los pibes banderas
Las Petacas se llama el exacto escenario del segundo estado argentino donde los pibes son usados como señales para fumigar.
Chicos que serán rociados con pesticidas mientras trabajan como postes, como banderas humanas y que luego serán reemplazados por otros nadies.
“Primero se comienza a fumigar en las esquinas, lo que se llama esquinero. Después, hay que contar 24 pasos hacia un costado desde el último lugar donde pasó el mosquito, desde el punto del medio de la máquina y pararse allí”, dice uno de los pibes entre los catorce y dieciséis años de edad. El mosquito es una máquina que vuela bajo y riega una nube de plaguicida.
Para que el conductor sepa dónde tiene que fumigar, los productores agropecuarios de la zona encontraron una solución económica: chicos de menos de 16 años, se paran con una bandera en el sitio a fumigar. Los rocían con Roundup, a veces 2-4 D. Tiran insecticidas y mata yuyos. “Tienen un olor fuertísimo. A veces también ayudamos a cargar el tanque. Cuando hay viento en contra nos da la nube y nos moja toda la cara”, describe el niño señal, el pibe que será contaminado, el número que apenas alguien tendrá en cuenta para un módico presupuesto de inversiones.
No hay protección de ningún tipo. Y cuando señalan el campo para que pase el mosquito cobran “entre veinte y veinticinco centavos la hectárea y cincuenta centavos cuando el plaguicida se esparce desde un tractor que va más lerdo”, dice uno de los chicos.
Con el mosquito hacen 100 ó 150 hectáreas por día. Se trabaja con dos banderilleros, uno para la ida y otro para la vuelta. “Trabajamos desde que sale el sol hasta la nochecita. A veces nos dan de comer ahí y otras nos traen a casa, depende del productor”, agregan los entrevistados.
Uno de los chicos dice que sabe que esos líquidos le puede hacer mal: “Que tengamos cáncer”, ejemplifica.
“Hace tres o cuatro años que trabajamos en esto. En los tiempos de calor hay que aguantárselo al rayo del sol y encima el olor de ese líquido te revienta la cabeza. A veces me agarra dolor de cabeza en el medio del campo. Yo siempre llevo remera con cuello alto para taparme la cara y la cabeza”, dicen las voces de los pibes envenenados.
“Nos buscan dos productores. Cada uno tiene su gente, pero algunos no porque usan banderillero satelital. Hacemos un descanso al mediodía y caminamos 200 hectáreas por día. No nos cansamos mucho porque estamos acostumbrados. A mí me dolía la cabeza y temblaba todo. Fui al médico y me dijo que era por el trabajo que hacía, que estaba enfermo por eso”, remarcan los niños.
El padre de los pibes ya no puede acompañar a sus hijos. No soporta más las hinchazones del estómago, contó. “No tenemos otra opción. Necesitamos hacer cualquier trabajo”, dice el papá cuando intenta explicar por qué sus hijos se exponen a semejante asesinato en etapas.
La Agrupación de Vecinos Autoconvocados de Las Petacas y la Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam) habían emplazado al presidente comunal Miguel Ángel Battistelli para que elabore un programa de erradicación de actividades contaminantes relacionadas con las explotaciones agropecuarias y el uso de agroquímicos. No hubo avances. Los pibes siguen de banderas. Es en Las Petacas, departamento San Martín, provincia de Santa Fe.
Carlos Del Frade
http://www.lacapital.com.ar/2006/09/03/region/noticia_323292.shtml
Patio de la infancia
Qué tan pequeño era
el patio de la infancia,
de aquella la que fuera
por entonces, mi casa.
La de paredes pobres,
la que tanto quería,
donde niño jugaba
y mi madre tejía.
Qué tan pequeño era
el patio de la infancia,
frecuentado por pájaros,
poblado de fragancias
de rojas rosas ¡cuántas!
de floridos ciruelos,
aquellos que podaban
las manos del abuelo.
En mis sueños de niño
amplié su geografía,
me llevó por mil rumbos
mi febril fantasía;
fui soldado, pirata,
cacique y bandolero,
en el patio de entonces,
aquel que tanto quiero,
el de paredes pobres,
sin revoque, vencidas,
donde pasé mi infancia,
lo mejor de la vida.
Danilo Doyharzábal
el arca de la infancia [para leer con los chicos]
La nona Insulina
A medida que pasaban los años la cara de la nona Insulina se volvía más lisa y desarrugada. Las manos más firmes, la espalda más derecha. Hasta se notaba que crecía un poco. Con el tiempo se le afirmaron los dientes y dejó de usar bastón. Por esa misma época le empezaron a gustar más los tacos altos que las pantuflas.
En unos años nació su último nieto; y un poco después, el primero.
Se jubiló de maestra de piano.
Pronto le desaparecieron las primeras canas.
Cuando quiso acordarse ya faltaban veinte años para su casamiento con el joven Beto Fregolini. Hasta entonces fue criando a sus dos hijos, que le daban cada vez más trabajo a medida que se hacían chicos.
Más tarde conoció a Beto. El la sacó a bailar un sábado de Carnaval en la Sociedad de Fomento de Carapachay. Allí la nona Insulina pronto empezó a ir a las fiestas acompañada de su mamá.
A los doce años entró en séptimo grado y estrenó un par de zoquetes nuevos. Ya nunca más dejaría los zoquetes.
El día que empezó la primaria la nona Insulina gritó como una marrana cuando su mamá la dejó en la escuela. Por entonces se le picó la primera muela por lo que iba a ser su gran debilidad: los caramelos de leche. El primer porrazo fue a los trece meses, cuando se largó a caminar. Después empezó a gatear y a ofrecerle su chupete a medio mundo. Era la época en que la entalcaban para que no se paspara. En cuestión de semanas la pusieron a dormir en un moisés lleno de moños. Enseguida la nona Insulina empezó a despertarse cada cuatro horas para pedir la mamadera.
Una mañana de setiembre, muy temprano, pegó su primer grito: ¡BUAAAAAAA! Le pegaron una palmada en el traste y después nació.
Ema Wolf
Propuesta de textos para el arca de la infancia: Georgina Cánaves
Al pie desde su niño
El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.
Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.
Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.
Aquellas suaves uñas
de cuarzo de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y los pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.
Pero este ciego anduvo
sin tregua, sin parar
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.
Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si lo enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.
Pablo Neruda
Estravagario, 1958
no es ser niño enverdad
lo que se quiere
cuando uno llora
sino permanecer do no se muere
y conservar intactas fauna y flora
hasta besar la piedramor d'aurora.
Horacio C. Rossi
terrazio@ciudad.com.ar
en el principio fue la palabra
y las palabras siguen tocando
desde papeles en la memoria
signos sobre la piel de los días
manos que hablan de cierto viaje
intentando descifrar el mundo
atravesando los calendarios
llegando como pequeño oleaje
hasta los oídos del corazón.
Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com
El barquero
Un buen día quizás, un barquero
se lanzó tras el mar del recuerdo.
Era un barco pequeño en el tiempo,
pero había fe,
pero había un raro resplandor en sus ojos,
pero había un místico afán de porqué
–pero había fe–.
Una dársena es sólo una entraña.
Mar de invierno es tal vez la mañana.
Barco chico es quizás alma clara.
Y aunque haya fe,
y aunque haya un flujo de mundo en mi frente,
tanto se hunde mi rostro en la gente,
que ya no sé.
Ya me canso de tanto hablar,
si está dicho todo hasta el fin.
¿Qué más ruido que el de escuchar
de la vida todo el trajín?
Tanto espacio entre mi voz
y el oído que ha de esperar.
Nada tengo que decir yo.
Miren todo y me escucharán.
Un buen día quizás, un barquero
se lanzó tras el mar del recuerdo.
De su barca, entre grito y silencio,
aún no se sabe
cuál de las tantas ha sido su suerte:
si halló la vida o se fue con la muerte,
o simplemente se perdió.
Silvio Rodríguez
de su disco Érase que se era, 2006
música del arcanauta
Sonideras, Lilián Saba y Nora Sarmoria
Cuatro manos para volar

El placer de la búsqueda. Eso motoriza a estas dos pianistas que unen sus manos en beneficio de la música. Porque Lilián Saba y Nora Sarmoria son dos de las más relevantes compositoras que ha dado el instrumento en los últimos tiempos.
Ancladas al preciosismo de su formación clásica, ambas han forjado sendos lenguajes propios para un pianismo que se podría reconocer cercano al folclore –sobre todo por su riqueza rítmica–, pero enriquecido por otros discursos musicales más relacionados al free jazz o al bossa nova. En este Sonideras (2001, producción independiente), se unen los aires folclóricos aportados, en su mayoría, por Lilián, con los sonidos que Nora se reserva para otras músicas del mundo.
Un clima intimista para un mejor vínculo con las teclas y un delicado trabajo armónico, crean la atmósfera para esta producción, donde conviven composiciones de las dos cuidadosamente seleccionadas y ejecutadas –en varias ocasiones– a cuatro manos. El mago (dedicada a Hermeto Pascoal) y Con el río lejos sobresalen entre las obras de Saba; Tu-ya y Milonga cromada son puertas de entrada al rico universo musical de Sarmoria. Todo con la intención exploradora que caracteriza a las artistas, en un disco donde aparece el estado de madurez al que arribaron con sus caminos solistas.
Este es uno de esos discos donde se puede escuchar la ausencia de fronteras entre la música popular y la clásica, esa posibilidad que cultiva una camada de jóvenes compositores argentinos. La creación de texturas, la libertad armónica, la diversidad rítmica, gestan desde chayas hasta candombes, huaynos o tangos. Y allí, a modo de regalo para una maestra compartida, aparece una imperdible versión de La diablera, donde Sarmoria luce no sólo su voz sino su particular modo de decir, y Lilián colorea con su percusión: todo un gesto para Hilda Herrera, a través de la zamba que compusiera con Nella
y las palabras siguen tocando
desde papeles en la memoria
signos sobre la piel de los días
manos que hablan de cierto viaje
intentando descifrar el mundo
atravesando los calendarios
llegando como pequeño oleaje
hasta los oídos del corazón.
Alejandro Alvarez Durante
alegad@gigared.com
El barquero
Un buen día quizás, un barquero
se lanzó tras el mar del recuerdo.
Era un barco pequeño en el tiempo,
pero había fe,
pero había un raro resplandor en sus ojos,
pero había un místico afán de porqué
–pero había fe–.
Una dársena es sólo una entraña.
Mar de invierno es tal vez la mañana.
Barco chico es quizás alma clara.
Y aunque haya fe,
y aunque haya un flujo de mundo en mi frente,
tanto se hunde mi rostro en la gente,
que ya no sé.
Ya me canso de tanto hablar,
si está dicho todo hasta el fin.
¿Qué más ruido que el de escuchar
de la vida todo el trajín?
Tanto espacio entre mi voz
y el oído que ha de esperar.
Nada tengo que decir yo.
Miren todo y me escucharán.
Un buen día quizás, un barquero
se lanzó tras el mar del recuerdo.
De su barca, entre grito y silencio,
aún no se sabe
cuál de las tantas ha sido su suerte:
si halló la vida o se fue con la muerte,
o simplemente se perdió.
Silvio Rodríguez
de su disco Érase que se era, 2006
música del arcanauta
Sonideras, Lilián Saba y Nora Sarmoria
Cuatro manos para volar

El placer de la búsqueda. Eso motoriza a estas dos pianistas que unen sus manos en beneficio de la música. Porque Lilián Saba y Nora Sarmoria son dos de las más relevantes compositoras que ha dado el instrumento en los últimos tiempos.
Ancladas al preciosismo de su formación clásica, ambas han forjado sendos lenguajes propios para un pianismo que se podría reconocer cercano al folclore –sobre todo por su riqueza rítmica–, pero enriquecido por otros discursos musicales más relacionados al free jazz o al bossa nova. En este Sonideras (2001, producción independiente), se unen los aires folclóricos aportados, en su mayoría, por Lilián, con los sonidos que Nora se reserva para otras músicas del mundo.
Un clima intimista para un mejor vínculo con las teclas y un delicado trabajo armónico, crean la atmósfera para esta producción, donde conviven composiciones de las dos cuidadosamente seleccionadas y ejecutadas –en varias ocasiones– a cuatro manos. El mago (dedicada a Hermeto Pascoal) y Con el río lejos sobresalen entre las obras de Saba; Tu-ya y Milonga cromada son puertas de entrada al rico universo musical de Sarmoria. Todo con la intención exploradora que caracteriza a las artistas, en un disco donde aparece el estado de madurez al que arribaron con sus caminos solistas.
Este es uno de esos discos donde se puede escuchar la ausencia de fronteras entre la música popular y la clásica, esa posibilidad que cultiva una camada de jóvenes compositores argentinos. La creación de texturas, la libertad armónica, la diversidad rítmica, gestan desde chayas hasta candombes, huaynos o tangos. Y allí, a modo de regalo para una maestra compartida, aparece una imperdible versión de La diablera, donde Sarmoria luce no sólo su voz sino su particular modo de decir, y Lilián colorea con su percusión: todo un gesto para Hilda Herrera, a través de la zamba que compusiera con Nella
